Estoy
parada justamente en la sala de espera, ligeramente hundida en la silla. Creo
que no me encuentro bien, pero poco importa. Pronto dirán mi nombre y pasaré,
como hago todos los miércoles desde que tenía doce años.
He
mirado a mí alrededor, y es extraño ver como todos pueden aparentar ser tan
normales. Cómo si éste fuese otro día cualquiera. Como si estar parado aquí
fuese lo más interesante que a uno podría ocurrirle hoy. A veces estoy segura
que éste es el futuro de mi vida, nada me gustaría más que ir cada semana al
psicólogo.
Todo
empezó cuando intenté suicidarme. Creedme, cortarse no merece la pena, porque
intentas dejar salir todos tus miedos y temores, pero poco funciona. Más que
nada porque, cuando, te descubren creen que estás loca, que no mereces la pena,
que tan solo es un pequeño trámite por el que adolescentes pasan a medida que
entran en la adolescencia. Perdona que les diga a esas personas que no saben
nada de lo que es sentirse rota. De lo que es sentirse herida, y estúpida. Fea
y gorda. Negada e imperfecta. Sola. Completamente sola.
-Amy
Bornes –Ladraron.
Éste
era mi turno.
Me
levanté lentamente, mientras que mi padre yacía ojeando una revista y mi madre
absorta en cómo les había quedado las uñas tras hacerse la manicura. Perfecto,
como cada miércoles, a ellos les daban lo mismo que hacía o dejaba hacer. Pero
no podían tener una hija suicida para que todos nuestros vecinos hablasen de
eso. Podrían catalogarlos como zumbados. Y les señalarían, criticándoles que yo
era lo peor que pudieron tener. Así que por el bien de mis padres accedí ir al
psicólogo, antes de que dijesen que era adoptada.
Era
una chica suicida, problemática e inteligente.
Soy
problemática, pero no por mi culpa, lo juro. Es sólo que mi vida está fuera de
control desde hace cinco años. Es sólo que siempre acababa con moratones por mi
cuerpo tras regresar a casa del instituto. Joder, hasta mi padre me pegaba
cuando le venía en gana. Él cuando solía beber demasiado. No era su culpa. Y mi
madre… Pues, era adicta a las pastillas, ella decía que eran tranquilizantes,
pero hacía años que dejé de creerle.
Agarré
el pomo y abrí la puerta.
El
Doctor Parker estaba perfectamente sentado en su silla. Estaba tranquilo. ¿Cómo
no iba a estarlo? Él no era quién tenía toda esta mierda, esta mierda de vida.
Levantó
rápidamente su cabeza e hizo un gesto para que me recostase en el mullido sofá.
-¿Cómo
estás Amy? ¿Sigues teniendo pesadillas? –Preguntó, cómo lo hacía cada
miércoles.
Eso
era otro asunto. Tenía pesadillas, muchas pesadillas. Sobre mi muerte.
Imaginaros que gracia me hacía a mí despertarme cada mañana, sudando y
gritando.
En
mi sueño aparecía un bosque. Está oscuro, totalmente apartado de la sociedad,
totalmente fuera de las carreteras. En mitad de la nada. Húmedo, bastante
húmedo. Hay árboles por todos lados, tan largos y gruesos que es imposible ver
nada. No sé que llevo, no sé qué hago allí. Sólo sé que estoy asustada y que me
gotea sudor de mi frente. Estoy buscando algo, y no tengo el sentimiento de
saberlo, pero en mi sueño, ella sí lo sabe. Está buscando algo muy querido, ya
que está desesperadamente triste. Está llorando mientras, mis pies chocan
contra el suelo, lleno de ramas caídas de los árboles. Las astillas se clavan
en mis pies, mientras ella llora por eso que desconozco. Joder, soy yo y no soy
capaz de descifrarlo. A ella le da igual el dolor de sus pies sangrando, ella
llora porque no lo encuentra. Oigo un disparo, lo oye, lo oímos. Rápidamente
giramos la cabeza hacia atrás. Hay una figura, esbelta, oscura y temerosa.
Ella, yo; nosotras nos quedamos petrificadas. Oímos cómo respira, como sonríe.
Cómo alza el arco y apunta a nuestro corazón. Y cuando suelta la flecha algo
negro cubre mi mente.
-Bien.
No. Hace dos días que no sueño absolutamente nada –Admití.
Él
asintió despacio con la cabeza.
-Entonces
las pastillas te están yendo bien… -Aclaró.
Hizo
una pausa mientras buscaba unos papeles en sus cajones. Sería mi expediente o
cómo quisiese llamarse esos papeles donde especifican que estoy como una jodida
cabra.
-¿Y
cómo te has sentido, moralmente, Amy? –Preguntó mientras me miraba fijamente.
Eso significaba que no iba a dejarlo pasar ni de coña. Esas miradas que él
ponía sobre mí eran penetrantes, es decir, que descubriría si estuvieses
mintiendo, así que, directamente le conté la verdad:
-Mal
–Dije mientras torcía la boca.
Volvió
a asentir con la cabeza como si eso lo explicase todo. Él ya se lo esperaba.
-Escúchame
–Empezó.- No puedes sentirte siempre así, Amy. Llevamos cinco años tratando los
dos mismos problemas, y hace dos días hemos arreglado tu pesadilla. ¿Pero y el
querer suicidarte?
-Señor
Parker, hace un año que no intento suicidarme –Aseguré.
Y
era verdad. Desde hacía un año y un mes. La última vez fue en mi instituto, cuando
el equipo de natación me encerró en una de sus taquillas. Claramente no había
aire, estaba completamente cerrado y podría haber podido morir pero,
desgraciadamente, no fue así. Busqué algo para golpear la puerta pero sólo vi
una percha. Quité el plástico que la envolvía lo más rápido posible, hasta
llegar al hierro y con ello me corté la muñeca, para liberar mis lágrimas.
-Amy…
-Soltó un suspiro.- Si no eres feliz, no estoy seguro que dejar de tratarte sea
la mejor solución.
Moví
ligeramente la cabeza.
Cómo
había dicho segundos antes, éste era mi futuro. No podría, simplemente, hacer
una vida sencilla como la de cualquier adolescente. Me había dedicado a decir
durante toda mi vida que estaba bien.
Mostrar
una falsa sonrisa ya no funcionaba.
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