Londres, Inglaterra,
1823.
Estaban en mitad de un
bosque rodeado de nieve por todas partes, era época de invierno y a pesar de
que el sol salía con mucha frecuencia, no era lo bastante fuerte como para
arrasar con toda aquella preciosa estampa. Cuando las grandes masas de nieve de
los altos árboles del bosque caían en la tierra húmeda, Vivien sonreía. Iba de
un lado hacia otro como una loca enamorada, que lo era. Detrás de ella, con
paso más lento para que ella pudiese coger carrerilla, estaba Steph. Ella reía
mientras hacía grandes bolas de nieve y se las tiraba al pecho, pero él siempre
las esquivaba. Cuando llegó hasta ella la cogió de la cintura y la alzó. Él
olía su perfume, como si la vida le fuese en ello. Estaba locamente enamorado
de ella y él quería pasar toda una vida a su lado. Volvió a ponerle los pies en
el suelo y le dio suavemente la vuelta para estar cara a cara con ella. Le
cogió del mentón y la besó tiernamente.
Ella se apartó y le
dedicó una mirada azul intensa.
-¿De verdad que me
quieres? –preguntó con una expresión nerviosa.
Él negó con la cabeza
para abrazarla y susurrarle al oído:
-Quererte suena muy
pobre –hizo una pausa-. Te amo Vivien.
Ella feliz de su
declaración de amor, volvió a zafarse de él para correr, adentrándose en el
bosque. Él volvió a sonreír cuando se dio cuenta de que ella era lo que más
amaba en este mundo. Tenía a quien querer de verdad. A quien apreciar sin
ninguna condición. En el fondo le aterraba, pero para eso estaba ella allí: para
quitarle esos miedos. Corrió detrás de ella cuando la perdió de vista. Estaba
sentada sobre la nieve, e inclinaba su espalda hacia atrás apoyándola contra el
árbol. Ella sonrió burlona con algunos mechones rubios sobre la mejilla.
-Eres un tardón. Llevo
media vida esperándote –rió con una carcajada.
Él caminó hacia ella
en cuestión de segundos y se sentó a su lado, pasándole un brazo por sus
hombros. Ella se recostó en su pecho y suspiró relajada. Él había estado loco por
ella desde que la vio en ese mismo bosque. Le parecía tan natural y hermosa que
era incapaz de pasar de desapercibida. Él besó su mano el primer día que la
conoció, mientras que ella le observaba asustada.
-¿Te ocurre algo?
–preguntó ella con una ceja fruncida.
Él dudó. Realmente pasos
a su alrededor. Él sabía, que aparte de ellos otras personas estarían por aquí
cerca, era un bosque precioso y no era difícil de imaginar que, las familias
pasasen aquí mucho tiempo. Steph no sabía si escupirlo de alguna forma o
callárselo. Vivien podría empezar a delirar y al final se marcharían de allí a
paso de un correcaminos.
-Sólo preocupado
–soltó mientras le pasaba la mano por su pelo lacio.
-¿Por qué? –preguntó
Vivien, mientras pasaba su dedo por el mentón de Steph.
Él le sonrió negando
con la cabeza. No había forma de que le dijese nada para no preocuparla. Ella
estaba muy bella cuando sonreía, cuando estaba contenta y despreocupada. No iba
a darle un motivo para que saliese a correr asustada.
Steph iba a
contestarle cuando oyó un disparo a lo lejos. Vivien se asustó y se aferró a su
cuerpo mientras se levantaban. Steph le acarició la mejilla mientras suspiraba.
-Quédate aquí. Voy a
andar sobre los alrededores. ¿De acuerdo? –preguntó mientras Vivien negaba una
y otra vez con la cabeza. No quería quedarse sola, y menos que él fuese a
investigar. Era mejor irse y ponerse a salvo, pero Steph era un cabezota.
-¡No! Quédate –Chilló.
Él se acercó y le dio un leve beso en los labios. Sólo un roce.
-Volveré enseguida. Lo
prometo mi amor –le dijo Steph sonriéndole por última vez.
Después de decirle que
se estuviese quieta, él salió a correr hacia el lugar donde creyó oír los
disparos. Recorrió con la vista todo aquello. Sentía el sudor frío cubriéndole
la frente. Dio dos pasos hacia atrás y visualizó una sombra tras un árbol.
Salió a correr.
Pero cuando volvió hacia ella ya era demasiado
tarde.
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