#Katarzyna
17.
Febrero. 2013
Katarzyna
llevaba media hora esperando a que Sibylla terminase de hablar con el
profesor de biología. Miró a ambos lados y pudo ver a un montón de
chicos y chicas corriendo hacia la salida. Se suponía que ella
saldría hoy más temprano, pero al parecer esto no iba a suceder.
Por el rabillo del ojo, Katarzyna, observó a Alix con Amanda. Ella
siempre se preguntaba porqué le había gustado desde tantos años...
Él tampoco es que fuese una belleza excepcional, y su forma de ser
tampoco le acompañaba demasiado. Justo cuando Sibylla salía de la
clase, dirigiéndose aún al profesor, Alix giraba en redondo y salía
por la puerta de atrás. Amanda, sin embargo, salía por la de
delante.
-Dios
mío, que pesado que es -opinó Sibylla-. Se piensa que copio en los
exámenes. ¿Qué pasa? ¿Es el único que puede saberse
perfectamente la Guerra Mundial?
Katarzyna
rió ante la expresión de asco que mantenía su mejor amiga.
-Él
está celoso de tus conocimientos -le respondió Katarzyna-. Es
profesor, ya lo sabes, y él piensa que tú eres un obstáculo para
ganar su premio Nobel.
Sibylla
le fulminó con la mirada cuando algo en la acera de enfrente le
llamó la atención.
-¿El
que está coqueteando con Amanda no es Egil? -Preguntó Sibylla,
poniéndose una mano sobre la frente para verlo mejor-. Sí.
Efectivamente es él. Pero él es de Helvor...
-Halvor
-le corrigió Katarzyna; y de repente se sintió como si todo el
mundo quisiera reírse de ella-. Vamos hacia allí.
Sibylla
alzó las cejas, esperando a que su amiga cogiese su típica mirada
de: “¿Pero qué coño me estás contando?”, pero Katarzyna la
ignoró mientras la cogía del brazo y hacía que bajase de las
escaleras.
-¡Hola!
-Chilló Katarzyna, y Sibylla sintió como su tímpano izquierdo
temblaba.
Egil
fue el primero en girar la cabeza, y su expresión era de asombro
total. Amanda, sin duda, se veía claramente molesta; pero Katarzyna
pensó que no debería de estarlo. Ella estaba con Alix, y no
cuadraba que ella tuviera que fijarse también en Egil. Aunque
tampoco tenía ni idea de porqué se preocupaba tanto, pero
simplemente le molestaba.
-¿Qué
haces aquí, idiota? -Amanda parecía realmente cabreada, pero
Katarzyna tampoco es que estuviera muy pacífica en aquel momento.
-Voy
al mismo instituto que tú -le dijo Katarzyna con un deje de
amargura-. ¿Recuerdas?
Amanda
resopló con toda la fuerza que pudo, y miró a Egil con una sonrisa
tímida, y demasiado enorme. Tanto que Katarzyna pensó que le
ocurría algo malo.
-¡Estás
molestando! -Exclamó ésta.
Katarzyna
miró a Egil, y se dio cuenta de que se estaba divirtiendo.
-Creo
que quién estás molestando eres tú -le contestó Katarzyna,
apretando los labios.
Amanda
abrió los ojos con una sonrisa graciosa en el rostro, y rodó los
ojos; pero quién habló fue, de nuevo, Katarzyna.
-Egil
ha venido a por nosotras -dijo Katarzyna, finalmente mirando los ojos
de Egil-. ¿Cierto?
Ante
su repentino cambio de actitud, Egil se mostró desagradable, y miró
a Amanda para regalarle una encantadora sonrisa. Una sonrisa que a
Sibylla le parecía demasiado real, para su gusto.
-En
realidad no sabía que éste era tu instituto -dijo Egil, mirando a
Katarzyna inexpresivo-. Vi a esta chica y quise parar aquí... Puedo
decir que Amanda es mucho más cooperativa de lo que lo eres tú.
Katarzyna
abrió la boca, y Sibylla le puso la mano en la barbilla y se la
cerró.
-No
puedo creer que... -iba a seguir Katarzyna, cuando Sibylla se metió
de por medio.
Ella
resoplaba con mucho entusiasmo, y miraba a Amanda como si fuera una
cucaracha; aunque finalmente miró a Egil a los ojos, y por como le
miraba Katarzyna sabía que no era bueno.
-Pues
ya que estás aquí, llévanos a casa -le obligó Sibylla
Antes
de que Egil abriese la boca siquiera, Katarzyna se había adelantado.
-Ni
hablar -se negó-. Además, él tendrá mejores cosas que hacer, e
incluso puede que lleve a Amanda a casa, ¿verdad que sí? ¿Cómo
iba a dejar sola a una chica indefensa? Aunque ésta sea una de las
más perras que haya conocido.
Sibylla
abrió la boca, y comenzó a reírse. Katarzyna cerró la boca de
golpe, y sintió que su corazón palpitaba en el pecho a gran
velocidad.
-¿Qué
acabas de decirme? -Amenazó ésta, y de pronto miró a Egil-. ¿Y de
qué os conocéis?
Sibylla
alzó la mano y con una expresión dramática, movió la cabeza.
-Él
podría contártelo, ¿verdad que sí, Egil? -Preguntó ella,
encogiéndose de hombros-. Pero no hay tiempo para eso. Egil debe
presionarte para que te montes en la calabaza, y así pueda
conducirte hasta su reino.
Katarzyna
rodaba los ojos ante la escena.
-Sibylla
-gruñó Egil-. Al coche.
Ésta
abrió los ojos sorprendida, y se maravilló al escuchar a Egil
decirle aquello. A ella le daba lo mismo montarse en los buses, pero
no soportaba oír a Katarzyna quejarse sobre ellos todo el trayecto.
Sibylla se dio la vuelta, y la miró.
-Vamos,
Katarzyna -le indicó, a la vez que le mostraba a Amanda una mirada
de orgullo.
Katarzyna
tragó saliva.
-No
me iré en ese coche -calculó Katarzyna-. No en ese coche, ni en
ninguno que éste lleve.
En
la garganta de Amanda sonó algo parecido a un gruñido, y tras
mirarnos a todos como si estuviésemos locos se fue corriendo hacia
el camino que dirigía a su casa.
-Súbete
-ordenó Egil-. No me hagas repetírtelo.
-¿Perdona?
-Katarzyna parecía atónica-. ¿Me estás ordenando? ¿Alguien te ha
dicho que ahora estoy a tu cargo?
Egil
no contestó a ninguna de sus preguntas.
-Súbete
-dijo con voz queda-. Ahora.
Katarzyna
se puso el otro asa de su mochila, y tras haber pensado realmente las
opciones, negó con la cabeza y rodeó a Egil para seguir hacia
delante, hacia la parada de bus.
-Me
iré a casa andando -le dijo ésta.
Oyó
que Egil reía.
-No
me hagas ir a buscarte, Katarzyna Cecille -habló este. Katarzyna
estaba lo suficientemente indignada para darse la vuelta y decirle
que no pronunciase su segundo nombre. Lo mismo daba, ésta seguía su
camino y no tenía ganas de pelear con un chico al que, encima,
conocía desde ayer simplemente. Él, y los demás le habían estando
presionando para que se fueran con ellos a una ciudad a la que no
conocía, obviamente, porque era invisible. Mejor dicho, era una
ciudad a la que sólo personas específicas podían hacerlo.
Katarzyna aún debía de decírselo a su madre, decirle que había
encontrado a los semidioses, pero no creía que eso fuera a gustarle
demasiado.
Katarzyna
siguió dando los pasos, cuando sintió que alguien la cogía de la
cintura; y al momento pudo darse cuenta de que Egil la tenía en su
hombro.
-Bájame
imbécil -dijo ésta pataleando-. ¿Sólo me conoces de dos días y ya
te dignas a tocarme?
Sintió
como Sibylla reía desde el asiento trasero del lujoso coche de Egil,
y le entró más rabia que se acumulaba en su mente.
-¡Puedo
andar sola! -Gritó-. Tengo piernas.
-Y
las usarás para patearme los testículos -siguió éste-. Conozco el
procedimiento.
Mientras
éste la transportaba sobre su hombro derecho hacia el coche,
Katarzyna se dedicaba a lanzarle puños en la espalda; pero éste
siguió tal cual, como si no fuera él.
Enseguida
la enterró en el asiento del copiloto, y antes de que ella pudiera
abrir la puerta, él ya estaba a su lado y le había echado el
cerrojo a la puerta de ella.
-Esto
es secuestro en mi país -dijo ella, testaruda.
Él
sonrió abiertamente, y ella pudo ver que la dentadura de éste era
perfecta, pero ya se lo esperaba. Por sus dientes impolutos, hacía
que los ojos de él fuesen, claramente, más azules. Su nariz recta,
y de tamaño normal... Sus labios gruesos, por supuesto, hacía que a
Katarzyna le pareciese más intimidatorio. No como hijo de Ares, sino
algo así como hijo de Apolo. Era claramente precioso, a lo mejor no
como Ossian -que en realidad sí que era hijo de Apolo-, pero sí que
le ponía la piel de gallina. Su cabello negro contrastaba con su
piel bronceada, haciéndolos más irresistibles. Su musculatura era
bastante notable bajo la camiseta negra, y sus pantalones vaqueros.
Egil
se dio cuenta de que Katarzyna lo taladraba con la mirada, y le
devolvió la mirada.
-¿Pasa
algo? -Preguntó éste, al mismo tiempo que ella volvía la mirada
hacia la ventana totalmente sonrojada.
Katarzyna
hizo ademán de intentar sonar serena, pero Sibylla se adelantó.
-La
estás distrayendo de ese sentimiento de querer despellejarte -le
explicó Sibylla, poniéndose entre los dos asientos-. Ya sabes, eres
físicamente hermoso, a lo mejor como persona dejas mucho que
desear... Pero como tío buenorro puedes pasar. Pasas, y sigues hacia
delante, claro está.
Katarzyna
torció el gesto, y pensó si debería matar a su mejor amiga. Ella
siempre había adorado la capacidad de ésta para coger las cosas al
vuelo, pero en este preciso momento no quería su arte en ingenio.
-Mírala
-indicó Sibylla, moviendo la cabeza hacia ella-, está hecha un
flan, y ahora mismo piensa despellejarme a mí en vez de a ti.
Simplemente porqué he dicho la verdad, y ella se calla ante todo.
¿Verdad que sí Kashia?
Katarzyna
se arrastró en el asiento, tapándose la cara con una mano.
-Es
algo normal, ¿sabías? -Le indicó Egil, con tono divertido-. Suelo
causar esas sensaciones en las hembras... Y quizás en algún que
otro macho... Depende de su tendencia sexual.
Katarzyna
volteó los ojos, pero no añadió nada. Aunque quiso decirle que era
un gran egocéntrico.
-Lo
imagino, pero será mejor que no seas tú quien la entrene -le
aconsejó Sibylla-. Maybritt, acaso.
Katarzyna
surgió, de momento, demasiado espantada.
-¿Entrenarme?
-Preguntó, casi gritando-. ¿Entrenarme de qué? ¿Qué tengo que
hacer? ¡Egil, yo no soy valiente! ¡Ni soy atrevida! ¡No sería
capaz de matar a una hormiga!
Sibylla
rió y asintió con la cabeza.
-Eso
es verdad -volvió a asentir-. Solía esquivar los hormigueros. Ella
decía que eran tan chiquititas, que no se merecían morir.
Egil
las miró divertida, y arrancó el coche.
-Primero
debemos saber quien es tu padre -explicó Egil-. Más tarde, según
quien sea, entrenarás o no. Los hijos de Dioniso, normalmente, no
suelen luchar. Pero si eres de algún otro, entonces, seguramente
tendrás que hacerlo.
Katarzyna
miró sus manos, y luego, de nuevo a él.
-¿Y
los hijos de Dioniso son los únicos que no luchan? -Preguntó
Katarzyna.
-Exacto
-habló esta vez Sibylla-. Ellos suelen estar borrachos la mayor
parte del tiempo, y es eso lo que me hace pensar que no eres hija de
ellos. Odias el alcohol.
-Aunque
también están las hijas de Hera, y las de Hestia -añadió Egil al
momento-. Pero todos sabemos que es tu padre el dios. Eres hija
biológica de tu madre. Tus rasgos son parecidos a los de ella,
simplemente cambia tus preciosos ojos negros.
Katarzyna
seguía pensando, hasta que cayó en lo último que dijo Egil...
<<Mis preciosos ojos negros>>, se repetió para ella
misma. Había dicho que mis ojos eran preciosos, y yo estaba tan
absorta en eso que no pude darle las gracias.
-Ahora
larguémonos -añadió tras una pausa-. Seguiremos con esta
conversación en el hotel.
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