domingo, 17 de marzo de 2013

Just a disaster - Episodio 7


#Katarzyna

    17. Febrero. 2013

Katarzyna llevaba media hora esperando a que Sibylla terminase de hablar con el profesor de biología. Miró a ambos lados y pudo ver a un montón de chicos y chicas corriendo hacia la salida. Se suponía que ella saldría hoy más temprano, pero al parecer esto no iba a suceder. Por el rabillo del ojo, Katarzyna, observó a Alix con Amanda. Ella siempre se preguntaba porqué le había gustado desde tantos años... Él tampoco es que fuese una belleza excepcional, y su forma de ser tampoco le acompañaba demasiado. Justo cuando Sibylla salía de la clase, dirigiéndose aún al profesor, Alix giraba en redondo y salía por la puerta de atrás. Amanda, sin embargo, salía por la de delante.
-Dios mío, que pesado que es -opinó Sibylla-. Se piensa que copio en los exámenes. ¿Qué pasa? ¿Es el único que puede saberse perfectamente la Guerra Mundial?
Katarzyna rió ante la expresión de asco que mantenía su mejor amiga.
-Él está celoso de tus conocimientos -le respondió Katarzyna-. Es profesor, ya lo sabes, y él piensa que tú eres un obstáculo para ganar su premio Nobel.
Sibylla le fulminó con la mirada cuando algo en la acera de enfrente le llamó la atención.
-¿El que está coqueteando con Amanda no es Egil? -Preguntó Sibylla, poniéndose una mano sobre la frente para verlo mejor-. Sí. Efectivamente es él. Pero él es de Helvor...
-Halvor -le corrigió Katarzyna; y de repente se sintió como si todo el mundo quisiera reírse de ella-. Vamos hacia allí.
Sibylla alzó las cejas, esperando a que su amiga cogiese su típica mirada de: “¿Pero qué coño me estás contando?”, pero Katarzyna la ignoró mientras la cogía del brazo y hacía que bajase de las escaleras.
-¡Hola! -Chilló Katarzyna, y Sibylla sintió como su tímpano izquierdo temblaba.
Egil fue el primero en girar la cabeza, y su expresión era de asombro total. Amanda, sin duda, se veía claramente molesta; pero Katarzyna pensó que no debería de estarlo. Ella estaba con Alix, y no cuadraba que ella tuviera que fijarse también en Egil. Aunque tampoco tenía ni idea de porqué se preocupaba tanto, pero simplemente le molestaba.
-¿Qué haces aquí, idiota? -Amanda parecía realmente cabreada, pero Katarzyna tampoco es que estuviera muy pacífica en aquel momento.
-Voy al mismo instituto que tú -le dijo Katarzyna con un deje de amargura-. ¿Recuerdas?
Amanda resopló con toda la fuerza que pudo, y miró a Egil con una sonrisa tímida, y demasiado enorme. Tanto que Katarzyna pensó que le ocurría algo malo.
-¡Estás molestando! -Exclamó ésta.
Katarzyna miró a Egil, y se dio cuenta de que se estaba divirtiendo.
-Creo que quién estás molestando eres tú -le contestó Katarzyna, apretando los labios.
Amanda abrió los ojos con una sonrisa graciosa en el rostro, y rodó los ojos; pero quién habló fue, de nuevo, Katarzyna.
-Egil ha venido a por nosotras -dijo Katarzyna, finalmente mirando los ojos de Egil-. ¿Cierto?
Ante su repentino cambio de actitud, Egil se mostró desagradable, y miró a Amanda para regalarle una encantadora sonrisa. Una sonrisa que a Sibylla le parecía demasiado real, para su gusto.
-En realidad no sabía que éste era tu instituto -dijo Egil, mirando a Katarzyna inexpresivo-. Vi a esta chica y quise parar aquí... Puedo decir que Amanda es mucho más cooperativa de lo que lo eres tú.
Katarzyna abrió la boca, y Sibylla le puso la mano en la barbilla y se la cerró.
-No puedo creer que... -iba a seguir Katarzyna, cuando Sibylla se metió de por medio.
Ella resoplaba con mucho entusiasmo, y miraba a Amanda como si fuera una cucaracha; aunque finalmente miró a Egil a los ojos, y por como le miraba Katarzyna sabía que no era bueno.
-Pues ya que estás aquí, llévanos a casa -le obligó Sibylla
Antes de que Egil abriese la boca siquiera, Katarzyna se había adelantado.
-Ni hablar -se negó-. Además, él tendrá mejores cosas que hacer, e incluso puede que lleve a Amanda a casa, ¿verdad que sí? ¿Cómo iba a dejar sola a una chica indefensa? Aunque ésta sea una de las más perras que haya conocido.
Sibylla abrió la boca, y comenzó a reírse. Katarzyna cerró la boca de golpe, y sintió que su corazón palpitaba en el pecho a gran velocidad.
-¿Qué acabas de decirme? -Amenazó ésta, y de pronto miró a Egil-. ¿Y de qué os conocéis?
Sibylla alzó la mano y con una expresión dramática, movió la cabeza.
-Él podría contártelo, ¿verdad que sí, Egil? -Preguntó ella, encogiéndose de hombros-. Pero no hay tiempo para eso. Egil debe presionarte para que te montes en la calabaza, y así pueda conducirte hasta su reino.
Katarzyna rodaba los ojos ante la escena.
-Sibylla -gruñó Egil-. Al coche.
Ésta abrió los ojos sorprendida, y se maravilló al escuchar a Egil decirle aquello. A ella le daba lo mismo montarse en los buses, pero no soportaba oír a Katarzyna quejarse sobre ellos todo el trayecto. Sibylla se dio la vuelta, y la miró.
-Vamos, Katarzyna -le indicó, a la vez que le mostraba a Amanda una mirada de orgullo.
Katarzyna tragó saliva.
-No me iré en ese coche -calculó Katarzyna-. No en ese coche, ni en ninguno que éste lleve.
En la garganta de Amanda sonó algo parecido a un gruñido, y tras mirarnos a todos como si estuviésemos locos se fue corriendo hacia el camino que dirigía a su casa.
-Súbete -ordenó Egil-. No me hagas repetírtelo.
-¿Perdona? -Katarzyna parecía atónica-. ¿Me estás ordenando? ¿Alguien te ha dicho que ahora estoy a tu cargo?
Egil no contestó a ninguna de sus preguntas.
-Súbete -dijo con voz queda-. Ahora.
Katarzyna se puso el otro asa de su mochila, y tras haber pensado realmente las opciones, negó con la cabeza y rodeó a Egil para seguir hacia delante, hacia la parada de bus.
-Me iré a casa andando -le dijo ésta.
Oyó que Egil reía.
-No me hagas ir a buscarte, Katarzyna Cecille -habló este. Katarzyna estaba lo suficientemente indignada para darse la vuelta y decirle que no pronunciase su segundo nombre. Lo mismo daba, ésta seguía su camino y no tenía ganas de pelear con un chico al que, encima, conocía desde ayer simplemente. Él, y los demás le habían estando presionando para que se fueran con ellos a una ciudad a la que no conocía, obviamente, porque era invisible. Mejor dicho, era una ciudad a la que sólo personas específicas podían hacerlo. Katarzyna aún debía de decírselo a su madre, decirle que había encontrado a los semidioses, pero no creía que eso fuera a gustarle demasiado.
Katarzyna siguió dando los pasos, cuando sintió que alguien la cogía de la cintura; y al momento pudo darse cuenta de que Egil la tenía en su hombro.
-Bájame imbécil -dijo ésta pataleando-. ¿Sólo me conoces de dos días y ya te dignas a tocarme?
Sintió como Sibylla reía desde el asiento trasero del lujoso coche de Egil, y le entró más rabia que se acumulaba en su mente.
-¡Puedo andar sola! -Gritó-. Tengo piernas.
-Y las usarás para patearme los testículos -siguió éste-. Conozco el procedimiento.
Mientras éste la transportaba sobre su hombro derecho hacia el coche, Katarzyna se dedicaba a lanzarle puños en la espalda; pero éste siguió tal cual, como si no fuera él.
Enseguida la enterró en el asiento del copiloto, y antes de que ella pudiera abrir la puerta, él ya estaba a su lado y le había echado el cerrojo a la puerta de ella.
-Esto es secuestro en mi país -dijo ella, testaruda.
Él sonrió abiertamente, y ella pudo ver que la dentadura de éste era perfecta, pero ya se lo esperaba. Por sus dientes impolutos, hacía que los ojos de él fuesen, claramente, más azules. Su nariz recta, y de tamaño normal... Sus labios gruesos, por supuesto, hacía que a Katarzyna le pareciese más intimidatorio. No como hijo de Ares, sino algo así como hijo de Apolo. Era claramente precioso, a lo mejor no como Ossian -que en realidad sí que era hijo de Apolo-, pero sí que le ponía la piel de gallina. Su cabello negro contrastaba con su piel bronceada, haciéndolos más irresistibles. Su musculatura era bastante notable bajo la camiseta negra, y sus pantalones vaqueros.
Egil se dio cuenta de que Katarzyna lo taladraba con la mirada, y le devolvió la mirada.
-¿Pasa algo? -Preguntó éste, al mismo tiempo que ella volvía la mirada hacia la ventana totalmente sonrojada.
Katarzyna hizo ademán de intentar sonar serena, pero Sibylla se adelantó.
-La estás distrayendo de ese sentimiento de querer despellejarte -le explicó Sibylla, poniéndose entre los dos asientos-. Ya sabes, eres físicamente hermoso, a lo mejor como persona dejas mucho que desear... Pero como tío buenorro puedes pasar. Pasas, y sigues hacia delante, claro está.
Katarzyna torció el gesto, y pensó si debería matar a su mejor amiga. Ella siempre había adorado la capacidad de ésta para coger las cosas al vuelo, pero en este preciso momento no quería su arte en ingenio.
-Mírala -indicó Sibylla, moviendo la cabeza hacia ella-, está hecha un flan, y ahora mismo piensa despellejarme a mí en vez de a ti. Simplemente porqué he dicho la verdad, y ella se calla ante todo. ¿Verdad que sí Kashia?
Katarzyna se arrastró en el asiento, tapándose la cara con una mano.
-Es algo normal, ¿sabías? -Le indicó Egil, con tono divertido-. Suelo causar esas sensaciones en las hembras... Y quizás en algún que otro macho... Depende de su tendencia sexual.
Katarzyna volteó los ojos, pero no añadió nada. Aunque quiso decirle que era un gran egocéntrico.
-Lo imagino, pero será mejor que no seas tú quien la entrene -le aconsejó Sibylla-. Maybritt, acaso.
Katarzyna surgió, de momento, demasiado espantada.
-¿Entrenarme? -Preguntó, casi gritando-. ¿Entrenarme de qué? ¿Qué tengo que hacer? ¡Egil, yo no soy valiente! ¡Ni soy atrevida! ¡No sería capaz de matar a una hormiga!
Sibylla rió y asintió con la cabeza.
-Eso es verdad -volvió a asentir-. Solía esquivar los hormigueros. Ella decía que eran tan chiquititas, que no se merecían morir.
Egil las miró divertida, y arrancó el coche.
-Primero debemos saber quien es tu padre -explicó Egil-. Más tarde, según quien sea, entrenarás o no. Los hijos de Dioniso, normalmente, no suelen luchar. Pero si eres de algún otro, entonces, seguramente tendrás que hacerlo.
Katarzyna miró sus manos, y luego, de nuevo a él.
-¿Y los hijos de Dioniso son los únicos que no luchan? -Preguntó Katarzyna.
-Exacto -habló esta vez Sibylla-. Ellos suelen estar borrachos la mayor parte del tiempo, y es eso lo que me hace pensar que no eres hija de ellos. Odias el alcohol.
-Aunque también están las hijas de Hera, y las de Hestia -añadió Egil al momento-. Pero todos sabemos que es tu padre el dios. Eres hija biológica de tu madre. Tus rasgos son parecidos a los de ella, simplemente cambia tus preciosos ojos negros.
Katarzyna seguía pensando, hasta que cayó en lo último que dijo Egil... <<Mis preciosos ojos negros>>, se repetió para ella misma. Había dicho que mis ojos eran preciosos, y yo estaba tan absorta en eso que no pude darle las gracias.
-Ahora larguémonos -añadió tras una pausa-. Seguiremos con esta conversación en el hotel.

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