martes, 9 de julio de 2013

Stay - Capítulo 1 (Fanfic Emblem3 - Wesley Stromberg)

-¡No lo hagas! -Exclamó Deena, haciéndome señas con las manos.
Estábamos en mitad de un pasillo de la enorme mansión, intentando abrir -ilegalmente- la puerta del dormitorio de mi jefe, mi patrón, Dios mío, lo que fuese. Todo me sonaba mal y a besugo. Tenía una estúpida pinza metida en el cierre como aquella que, misteriosamente, iba a abrirse. Me había tragado quinientas películas y siempre, siempre, la puerta se abría... pero esto no era una película, y... para que mentir, yo tampoco era una espía.
-Martha, va a venir -susurró Deena entre dientes, mientras luchaba con el cierre-. Como venga el...
-¡¿QUÉ DEMONIOS HACÉIS AQUÍ?! -Vociferó una voz a mis espaldas, a nuestras espaldas.
Me giré hacia atrás y vimos a una amiga de la patrona, Samie. Tragué saliva y bendije silenciosamente a Dios, para que nos sacara de aquel apuro cuanto antes. La chica con el cabello pelirrojo, irradiando bajo la luz tenue del pasillo, parecía muy enfadada. Tanto que temí por mi trabajo, y por el de Deena... Yo había sido quien le había metido en el embrollo aquel.
-Emm... -apreté los labios, formando una sola línea-. No... Puedo explicarlo...
Samie parecía apunto de querer vomitar.
-¡Cállate! -Exclamó a voces-. Tú no deberías de estar vigilando nada. Ni siquiera deberías de estar aquí... ¿Desde cuándo se te permite estar en este ala? ¿Eh?
-Desde que es mi sirvienta -un sonido grave se alzó; y las tres nos dirigimos hacia aquella voz.
Oh Dios mío, mi... jefe. Éste estaba vestido formal, aunque su postura no tenía nada que ver... Él, posiblemente, fuera el más normal de esta casa. Aunque preferiría no hablar muy alto... Por si acaso.
-Ella estaba... -comenzó a decir Samie, hasta que Stromberg levantó la mano derecha.
-No quiero sus lamentos ni disculpas -comenzó a decir éste-. Puede retirarse, mientras tanto... -me miró fijamente, y comencé a sentir que mi cara ardía en llamas-. Tú, señorita, puede dirigirse directamente a mi despacho. Y por tanto tú... -esta vez miró a Deena, con su cabello castaño tapando gran parte de su rostro-, puede retirarse.
Abrí la boca para vociferar alguna estupidez, pero vi a mi patrón irse tan pancho hacia su despacho. Moví mi mano y tomé una gran bocanada de aire antes de seguirle.
Caminamos por los largos caminos de la mansión. Era tan grande que a veces no sabía donde empezaba y donde terminaba. Pero me encantaba... Era tan hermosa... Lo que más me llamaba la atención de ella era su antigüedad. Esta casa había pertenecido a gran parte de la generación Stromberg. Mientras que mi generación solo tenía un pequeño rebaño de ovejas.
No, en serio.
Tenía sólo eso... en un campo aislado del mundo social.
El patrón abrió la puerta haciendo girar la llave y entró, luego abrió más la puerta para mí, y entré. No hizo falta que dijese algo más, yo simplemente sabía donde sentarme. Que fue justo lo que hice, pero enfrente suya.
-Bien, vamos a quedar algo claro... -empezó, con gesto serio-. No sé como se le ha... ocurrido querer forzar mi habitación. Y desde luego que no se lo preguntaré, porque temo por su respuesta...
-Sólo fue... un... -él me interrumpió.
-Me da igual -soltó-. No quiero que lo vuelva a hacer, porque como la pille de nuevo la despediré. Usted ya sabe donde está la puerta de salida... ¿Quiere que se lo muestre de nuevo?
Negué varias veces con la cabeza. Rápidamente.
-Muy bien... -susurró mientras entrecerraba los ojos, y me miraba fijo-. ¿Es por dinero?
Arrugué la frente.
-¿Di...? ¿Dinero? -Balbuceé. Y caí en la cuenta-. Oh, ¿lo de la habitación? ¡No! ¡No! Sólo me... No sé. No sé que me pasó que quise entrar en la habitación... pero no le culpo si desea despedirme.
Él se echó hacia atrás, sonriendo ampliamente.
-Usted se pone nerviosa con facilidad.
Resoplé.
-Usted es el que me pone nerviosa -dije desesperada por salir-. Nos ha pillado a Deena y a mí hurgando en la habitación, y es a mí a quien le cae todo encima...
Se inclinó hacia delante, posando los brazos en la mesa. Y es entonces cuando mi menté divagó por los oscuros escondrijos de mis sueños... de como serían sus duros brazos y como sería estar con él... De verle sin...
¡Ya!
Respira.
Inspira.
Espira...
-¿Y será por algo...? -Preguntó, irónicamente-. A la única que he visto cometiendo el crimen es a usted, señorita.
Me levanté de golpe de la silla y apreté los dientes mientras le miraba desafiante. Nadie como él, nadie que se crea superior a mí me iba a hacer esto... Nadie sabe como soy yo en realidad, y nadie sabrá porqué demonios soy así.
-¿Por qué habla de crimen, señor? -Pregunté, ladeando la sonrisa irónica-. ¿Es qué acaba de confesármelo? Oh, espera... ¿Debería llamarle asesino...? ¿Ladrón...?
-Yo creo que usted se está pasando, señorita -dijo él, sin alterar la voz.
-No -negué-. Sigo manteniendo la compostura. Algo que temo que usted no vaya a hacer... -me giré hacia la puerta, pero volví a voltearme-. Ah, esto... créeme cuando le digo que no me interesa su dinero. Haría mucho tiempo que yo ya me hubiera metido en su cama... señor -recalqué ésto último.
Oí su risa.
-Tampoco es que vayamos a darlo por perdido, ¿verdad?
Me paré en seco.
-Y eso viene de un hombre que está prometido... -dije sin intentar vacilar. Cosa que falló-. Creo que debería de quererse más, señor. Usted no quisiera tener a una... mugrienta sirvienta.
-No la veo así.
-Debería.
-¿Y por qué?
Alcé una ceja mientras por mi mente pasaban todo tipo de recuerdos. Hacía más de cuatro meses que había comenzado a trabajar ahí y... el simple roce de hombro con codo... o el simple gesto de cabeza,hacía que ese hombre, con pinta de gilipollas, me erizara el vello de la nuca. Ya solo quedaba adivinar si él era algo más que un simple jefe, o si es que sencillamente me estaba volviendo como una puta cabra. Y Dios... por tanto que desearía tenerlo, él estaba prometido con otra... Y él era lo que yo no era: rica. Hermosa. Estirada. Insufrible... Era todo lo que yo quisiera ser..., pero luego estaba él... que era exactamente lo mismo: rico, hermoso, estirado, insufrible... y era mi jefe.
-Porque usted y yo somos muy diferentes -dije levantando la barbilla-. Ambos carecemos de sentido común.
Suspiré.
-Y porque ambos deberíamos dejar este juego... -terminé-: antes de lograr quemarnos. 

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