-¡No
lo hagas! -Exclamó Deena, haciéndome señas con las manos.
Estábamos
en mitad de un pasillo de la enorme mansión, intentando abrir
-ilegalmente- la puerta del dormitorio de mi jefe, mi patrón, Dios
mío, lo que fuese. Todo me sonaba mal y a besugo. Tenía una
estúpida pinza metida en el cierre como aquella que,
misteriosamente, iba a abrirse. Me había tragado quinientas
películas y siempre, siempre, la puerta se abría... pero esto no
era una película, y... para que mentir, yo tampoco era una espía.
-Martha,
va a venir -susurró Deena entre dientes, mientras luchaba con el
cierre-. Como venga el...
-¡¿QUÉ
DEMONIOS HACÉIS AQUÍ?! -Vociferó una voz a mis espaldas, a
nuestras espaldas.
Me
giré hacia atrás y vimos a una amiga de la patrona, Samie. Tragué
saliva y bendije silenciosamente a Dios, para que nos sacara de aquel
apuro cuanto antes. La chica con el cabello pelirrojo, irradiando
bajo la luz tenue del pasillo, parecía muy enfadada. Tanto que temí
por mi trabajo, y por el de Deena... Yo había sido quien le había
metido en el embrollo aquel.
-Emm...
-apreté los labios, formando una sola línea-. No... Puedo
explicarlo...
Samie
parecía apunto de querer vomitar.
-¡Cállate!
-Exclamó a voces-. Tú no deberías de estar vigilando nada. Ni
siquiera deberías de estar aquí... ¿Desde cuándo se te permite
estar en este ala? ¿Eh?
-Desde
que es mi sirvienta -un sonido grave se alzó; y las tres nos
dirigimos hacia aquella voz.
Oh
Dios mío, mi... jefe. Éste estaba vestido formal, aunque su postura
no tenía nada que ver... Él, posiblemente, fuera el más normal de
esta casa. Aunque preferiría no hablar muy alto... Por si acaso.
-Ella
estaba... -comenzó a decir Samie, hasta que Stromberg levantó la
mano derecha.
-No
quiero sus lamentos ni disculpas -comenzó a decir éste-. Puede
retirarse, mientras tanto... -me miró fijamente, y comencé a sentir
que mi cara ardía en llamas-. Tú, señorita, puede dirigirse
directamente a mi despacho. Y por tanto tú... -esta vez miró a
Deena, con su cabello castaño tapando gran parte de su rostro-,
puede retirarse.
Abrí
la boca para vociferar alguna estupidez, pero vi a mi patrón irse
tan pancho hacia su despacho. Moví mi mano y tomé una gran bocanada
de aire antes de seguirle.
Caminamos
por los largos caminos de la mansión. Era tan grande que a veces no
sabía donde empezaba y donde terminaba. Pero me encantaba... Era tan
hermosa... Lo que más me llamaba la atención de ella era su
antigüedad. Esta casa había pertenecido a gran parte de la
generación Stromberg. Mientras que mi generación solo tenía un
pequeño rebaño de ovejas.
No,
en serio.
Tenía
sólo eso... en un campo aislado del mundo social.
El
patrón abrió la puerta haciendo girar la llave y entró, luego
abrió más la puerta para mí, y entré. No hizo falta que dijese
algo más, yo simplemente sabía donde sentarme. Que fue justo lo que
hice, pero enfrente suya.
-Bien,
vamos a quedar algo claro... -empezó, con gesto serio-. No sé como
se le ha... ocurrido querer forzar mi habitación. Y desde luego que
no se lo preguntaré, porque temo por su respuesta...
-Sólo
fue... un... -él me interrumpió.
-Me
da igual -soltó-. No quiero que lo vuelva a hacer, porque como la
pille de nuevo la despediré. Usted ya sabe donde está la puerta de
salida... ¿Quiere que se lo muestre de nuevo?
Negué
varias veces con la cabeza. Rápidamente.
-Muy
bien... -susurró mientras entrecerraba los ojos, y me miraba fijo-.
¿Es por dinero?
Arrugué
la frente.
-¿Di...?
¿Dinero? -Balbuceé. Y caí en la cuenta-. Oh, ¿lo de la
habitación? ¡No! ¡No! Sólo me... No sé. No sé que me pasó que
quise entrar en la habitación... pero no le culpo si desea
despedirme.
Él
se echó hacia atrás, sonriendo ampliamente.
-Usted
se pone nerviosa con facilidad.
Resoplé.
-Usted
es el que me pone nerviosa -dije desesperada por salir-. Nos ha
pillado a Deena y a mí hurgando en la habitación, y es a mí a
quien le cae todo encima...
Se
inclinó hacia delante, posando los brazos en la mesa. Y es entonces
cuando mi menté divagó por los oscuros escondrijos de mis sueños...
de como serían sus duros brazos y como sería estar con él... De
verle sin...
¡Ya!
Respira.
Inspira.
Espira...
-¿Y
será por algo...? -Preguntó, irónicamente-. A la única que he
visto cometiendo el crimen es a usted, señorita.
Me
levanté de golpe de la silla y apreté los dientes mientras le
miraba desafiante. Nadie como él, nadie que se crea superior a mí
me iba a hacer esto... Nadie sabe como soy yo en realidad, y nadie
sabrá porqué demonios soy así.
-¿Por
qué habla de crimen, señor? -Pregunté, ladeando la sonrisa
irónica-. ¿Es qué acaba de confesármelo? Oh, espera... ¿Debería
llamarle asesino...? ¿Ladrón...?
-Yo
creo que usted se está pasando, señorita -dijo él, sin alterar la
voz.
-No
-negué-. Sigo manteniendo la compostura. Algo que temo que usted no
vaya a hacer... -me giré hacia la puerta, pero volví a voltearme-.
Ah, esto... créeme cuando le digo que no me interesa su dinero.
Haría mucho tiempo que yo ya me hubiera metido en su cama... señor
-recalqué ésto último.
Oí
su risa.
-Tampoco
es que vayamos a darlo por perdido, ¿verdad?
Me
paré en seco.
-Y
eso viene de un hombre que está prometido... -dije sin intentar
vacilar. Cosa que falló-. Creo que debería de quererse más, señor.
Usted no quisiera tener a una... mugrienta sirvienta.
-No
la veo así.
-Debería.
-¿Y
por qué?
Alcé
una ceja mientras por mi mente pasaban todo tipo de recuerdos. Hacía
más de cuatro meses que había comenzado a trabajar ahí y... el
simple roce de hombro con codo... o el simple gesto de cabeza,hacía
que ese hombre, con pinta de gilipollas, me erizara el vello de la
nuca. Ya solo quedaba adivinar si él era algo más que un simple
jefe, o si es que sencillamente me estaba volviendo como una puta
cabra. Y Dios... por tanto que desearía tenerlo, él estaba
prometido con otra... Y él era lo que yo no era: rica. Hermosa.
Estirada. Insufrible... Era todo lo que yo quisiera ser..., pero
luego estaba él... que era exactamente lo mismo: rico, hermoso,
estirado, insufrible... y era mi jefe.
-Porque
usted y yo somos muy diferentes -dije levantando la barbilla-. Ambos
carecemos de sentido común.
Suspiré.
-Y porque ambos deberíamos dejar este juego... -terminé-: antes de lograr quemarnos.
-Y porque ambos deberíamos dejar este juego... -terminé-: antes de lograr quemarnos.
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