Cuando te encuentres frente al abismo, no saltes. Corre
en dirección contraria porque puede que te la pegues hasta morirte, hasta
desangrarte. Hasta perder la noción del tiempo. Lo intenté más que nadie.
Me
encontré frente al abismo el mismo día en que me fui de España para irme a
Florida; justo en el momento en que entré en la Academia de Artes, con un
montón de chicos que pintaban, que cantaban, que actuaban, que bailaban y que
formaban grupos. Como en la escuela, esa infierna etapa de mi vida que me era
incapaz de olvidar.
Tengo
diecinueve años y me encuentro sola, alejada por un mar del sitio donde nací,
crecí y donde elegí irme para triunfar. O al menos intentarlo.
Vivo en un piso apartado de la
Academia, el dinero no me sobra así que no podía pagarlo. Eso sí, vivo con una
chica gótica ocupada en sus velas y en sus miles de pensamientos oscuros. No
hablo mucho con ella, así que ni sé cómo es, ni que es de su vida, sólo sé que
pinta muy bien.
Justo
donde me encuentro ahora, es todo lo que quería. Pero en cuanto vi que todo era
con más gilipollas de los que pensaba, y que no iba a resultar fácil sobrevivir
de nuevo; me hice la idea de crearme un caparazón. Ese típico que usamos las
chicas tímidas para hacerse invisible.
Eso
sí.
Más feliz que nunca.
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