-¿Qué
prefieres? ¿El vestido rosa o verde? –Preguntó Lindsay, haciendo muecas
mediante paseaba a lo largo de su habitación.
Tenía una
habitación preciosa. Modelada a su gusto. Había montones de fotos de sus amigos
y montones de fotos tamaño gigante en su pared derecha, sobre su cama. Sus
paredes eran blancas, era lo único que no me llamaba realmente la atención.
Me senté
sobre su escritorio y la miré fijamente.
-¿Por qué
me lo preguntas a mí? No sigo realmente la moda –contesté.
Ella me
miró con las cejas alzadas y sonrió maliciosamente.
-Te lo pido
a ti porque eres la única que me comprende y que no me clasifica de cateta por
usar vestidos de Dior.
Estaba
entretenida mirando su televisor, tan grande como una pared de mi habitación; y
de repente me encontré mirándola con los ojos abiertos como platos.
-¿Q…? ¿Qué?
–Pregunté.
Ella abrió
la boca y cambió de tema.
-¿Vas a
venir? Ya sabes que no eres la única que no es una niña rica –contestó.
Y aún que
lo dijese con tanta naturalidad, no sabía porque se había descrito así. Ella
también era millonaria. Yo era pobre, y venía de otro país. No concordaba aquí.
Estaba segura de ello.
-No creo
que vaya –respondí a su tonta pregunta.
Ella volvió
a sonreír con esa sonrisa a la que yo llamaba maliciosa, como la del Padrino.
Creo. Seguramente. En mi jodida vida vi esa película, pero me lo imaginaba.
-Hazme caso
que si irás. Pensé en el amarillo, pero parecerías un pequeño Piolín; así que
te quedarás con el azul. ¿Te parece? –Preguntó mientras rebuscaba en el
armario.
-Iré pero
llevaré mi propio vestido –concluí.
Asintió
satisfecha.
-Me parece
bien –Sonrió.
Y a sufrir
como una maldita perra.
۞
Lindsay
estaba rodeada por sus amigos, por esos pequeños pijos que les daba asco
acercarse a una persona que no fuese millonaria, hija de un conde, o cualquier
otra gilipollez.
Ella me
dijo que me parase en las escaleras mientras los saludaba y éstos las recibían
con abrazos y sonrisas completas. Podía catalogarlos, es decir, que sabían que
hacían y a que clases pertenecían. El rubio alto, que podría declararse jugador
de baloncesto, era bailarín. La rubia, que casualmente era su hermana, era
cantante. Cómo no. El chico pelirrojo con pecas era pintor, era el único
millonario que se dignaba a saludarme cuando me veía. Buena persona, intuí. Y
la otra chica de pelo castaño iba a mi clase. Daba actuación, y no cabía duda
de que era una perra, como la chica rubia. Carecía de información sobre sus
nombres, la verdad; nunca me apeteció conocerlos.
A parte de
todos ellos, había gente millonaria o multimillonaria por todas partes. De
pre-adolescentes inocentes a adolescentes con sus hormonas demasiado revolucionadas.
Estaban las chicas guapas que coqueteaban con medio equipo de fútbol, obvio. Y
luego estaban las normales, (ya qué, fea, fea no había nadie), qué se dedicaban
a lanzar miraditas para que los chicos se presentasen. Lógico, ¿eh? Pero por
otro lado estaban los chicos, los inocentes se quedaban sentados en las sillas,
pegados a la mesa que habían sido asignados. Y los guapos que daban vueltas y
vueltas mientras veían el culo de las chicas. Es que me enamora tanto espíritu
amoroso, enserio. Notad mi ironía, por favor.
Lindsay se
acercó a mí y me dio una sonrisa.
-¿Sabías
que Marie estaba con Robert a escondidas? –Preguntó sorprendida.
No quise
discutir sobre quienes eran y de que me importaba una mierda que hacían o qué
dejaban de hacer, así que asentí maravillada. O eso creo.
-Muy bien,
señorita Azul Barona –sonrió ampliamente.- Vámonos antes de que empiecen sin
nosotras.
Oh, eso
podría haber sido maravilloso. Haber llegado tarde, a la hora en que todos
estuviesen borrachos y no se percatasen de tu presencia.
-Muy bien
señoritos, siéntense en sus asientos y daremos lugar a la pequeña charla de la
Directora Marshall.
¿Pequeña
charla? Las charlas de la Directora Marshall eran tan incómodas y largas como
cuando tus padres te hablan sobre sexo. Gracias a Dios eso a mí no me pasó,
porque vengo de una familia española. Eso allí no se lleva, o eso creo. Lo que
sí sé con seguridad es que las jóvenes españolas se quedan embarazadas sin
dificultad.
Lindsay y
yo nos sentamos en la mesa que nos asignaron. La 13. Oh, sí. El número de la
mala suerte; esto iba a resultar muy divertido, aun que no creyese en las
historias esas.
-¿Qué crees
que nos contará ahora? –Preguntó Lindsay en voz baja mientras nuestro Jefe de
Estudios intentaba poner el ordenador en marcha para alguna que otra
diapositiva.
-Ellos no
son muy… normales, así que a saber qué nos pondrá –admití.- Quizás nos enseñen
vídeos de las posturas que deberían de coger los alumnos al mantener relaciones
sexuales… Ya sabes… ¡Espalda recta! ¡Nadie querrá una joroba en su futura
pareja! ¡PON LA ESPALDA RECTA, HE DICHO!
Me encogí
de hombros.
Lindsay se
estaba riendo y tapándose la boca para no echarse a reír en voz alta. Gracias a
Dios, porque eso es lo que teníamos en común. Risas demasiado sonantes.
-¿Hola?
Probando, probando… -Decía nuestra inteligente Directora.
Y pensar
que mis otros Directores eran los únicos tontos…
-Muy bien.
Estamos de nuevo en este baile de bienvenida por haber vuelto otro año más a
esta gran escuela –sonrió orgullosa de sí misma y de los gilipollas que
habían.- Cómo vamos avanzando y todavía no hemos hablado de las normas, es
bueno hacerlo ahora.
Oh sí, cómo
no. Hable señora, yo mientras dormiré plácidamente.
-Lógicamente
el uniforme es imprescindible de lunes a viernes por la mañana. Sabéis que la
Cafetería siempre está abierta, hasta las doce de la noche. Y también tened en
cuenta que somos puntuales…
Eso es una
gran mentira.
-No
muestras de afecto en directo. Es decir: en pasillos, clases, reuniones de
delegados o bailes. Es decir, en vuestras habitaciones como mucho, y como ya
sabéis a las ocho cada sexo a su planta asignada.
De pronto
estallaron a gritos de desagrado y una Directora muy enfadada por ésta
respuesta. ¿Qué se esperara? ¿Qué estuviesen de acuerdo en tener una hora
programada para mantener relaciones sexuales unos con otros? Sí. Inteligente.
-Callaros
si no queréis que al final suspenda éste baile –y como consecuencia todos se
callaron rápidamente.- Ya que he redondeado las más importantes de las reglas,
he decidido dejaros en paz y dejaros el discurso que tenía para otro baile.
Ahora hubo
gritos de agrado. Antes de desagrado, ahora de agrado. A nadie le gustaban los
discursos de la Directora; a no ser que seas Jon, que probablemente sea el
único chico que se dedica a cantar, actuar, pintar, bailar y otras cosas
juntas.
-Eh,
Lindsay. ¿Cómo estás? –Preguntó un chico plantado en la veintena. Rubio con el
pelo peinado hacia atrás. Hum… Bastante peinado, diría yo. Pero tremendamente
guapo.
Lindsay se
le iluminaron los colores de las mejillas en cuanto lo vio. Y en cuanto se le
incendiaron los fuegos de los pómulos supe que se trataba de Clark.
-Hola Clark
-¿Veis? Nunca fallo.- Hacía años que no te veía. ¿Qué haces aquí?
Clark como
si estuviese en zapatillas de estar por casa y en su propio salón, cogió una
silla de otra mesa y se puso entre nosotras dos. Gracias a éste chico parecía
una excluida del mundo social… Qué no era raro, la verdad.
-Dejé esto
hace dos años y al final he decidido volver aquí. Ya sabes que no soy nada sin
la pintura –Lindsay se rió, con lo cual no supe porqué, porque no tenía ninguna
gracia. Estaba rematada la pobre enamorada.
-Me parece
genial… Hacía mucho tiempo que no te veía y me gustaría retomar nuestra amistad
de tantos años… -sonrió ella.
Él le
devolvió la sonrisa y luego me miró a mí con las cejas enarcadas. Oh, esto
resultaba encantador señor Joselito.
-¿Y tú
eres…?
-Azul
–dije, y al momento supe que él había sentido mi acento español, o al menos que
tenía acento de otro país.
Asintió
levemente y me mostró una sonrisa blanca.
-Soy Clark.
Un viejo amigo de Lindsay.
Asentí.
-¿Y has
decidido quedarte aquí por…? –Preguntó ella interesada.
-Era
demasiado tiempo alejado de ti –le guiñó un ojo.
Oh, mi
Dios. Esto no podía verlo; y ahora comprendía los porqués. Ella sonría una
completa tonta enamorada y él le guiñaba el ojo cuando ella subía y bajaba su
mirada hacia él. Sin embargo yo parecía totalmente imbécil mirándoles.
-Sé que
tardé mucho en… -no terminó la frase porqué alguien apareció.
Un chico,
al igual que Clark, plantado en la veintena. Me gusta esa frase. Él tenía el
cabello oscuro y unos claros ojos verdes; y debo de decirlo de nuevo, al igual
que Clark, era terriblemente hermoso. ¿Habéis visto las dos palabras tan
distintas? Vale, era porqué no se le veía muy sonriente, en varios aspectos
podía dar miedo; y hermoso porqué era tremendamente guapo. Eh, soy tímida no
tonta.
Él plantó
su mano encima del hombro de Clark.
-Eh tío,
pensé que estabas muy ocupado dormido como para darte cuenta de que me había
largado –le saludó Clark.
Lindsay le
sonrió ampliamente y saltó a sus brazos.
Uh. Mister
Clark va a ponerse muy celoso.
-¡Cam!
–Gritó ella ilusionada en su oído.
Uh. Mister
Cam puso una tierna sonrisa en su cara. Al final Mister Clark le meterá un buen
hostión bien dado.
Lindsay me
miró con las comisuras de los labios bastante elevadas. Estaba más feliz que
nunca.
-¡Azul! –Me
gritó.- ¿Alguna vez te presenté a mi hermano?
Oh. Mierda.
No sirvo para ser cotilla de nadie. Ni siquiera me fijé en que tenían los
mismos rasgos. Son parientes. Hermanos. De la misma sangre, se ha dicho.
Negué con
la cabeza mientras me mordía mi labio inferior.
-Oh,
perdón. Él es Cam, mi hermano mayor –dijo mientras el chico me miraba
inexpresivo.
¿Debería
levantarme y darle la mano? ¿O simplemente quedarme y decir “encantada”? ¿O
quizás dos besos? ¿O sólo uno? ¡Qué alguien me diga algo, demonios!
-Ella es
Azul –contestó Lindsay al incómodo silencio.
Lindsay
miró de mala manera a su hermano, y luego prestó su atención a mí mientras se
alejaba de él.
-¿Estás
bien? Te veo muy blanca… -contestó.
Simulé una
pequeña sonrisa tímida. Había demasiada gente desconocida.
-Estoy
bien, gracias –le respondí.
Clark veía
todo esto muy incómodo así que decidió cambiar de tema.
-Oye Azul.
¿Qué haces? –Preguntó mirándonos a ambas.
Miré a
Lindsay para qué me dijese porqué él tenía que decir eso. ¿No podía estar aquí
cómo cualquier otra persona?
-Oh, no,
no. Me refiero a que clase vas –rectificó.
Asentí,
agradecida de que no fuese un subnormal más.
-Actúo
–respondí, e intenté ser respetuosa.- ¿Y tú?
-Pinto –sonrió.- Tienes acento.
Mostré una
pequeña sonrisa.
-Soy
española.
-¿Entonces
vives con tu familia? –Preguntó ladeando la cabeza.
Negué con
la cabeza.
-Sólo estoy
yo. Mi familia. Toda mi familia vive en España.
Él abrió un
poco los ojos, y pude ver que eran de un azul intenso.
-¿No había
Academia allí? –Preguntó extrañado.
Mostré una
verdadera sonrisa, porqué me parecía muy lindo. A pesar de no ser de su clase
ni de su país intentaba ser mi amigo. Aun que
lo hiciese solo por Lindsay me daría igual. Lo estaba intentando.
-Sí. Sí
hay. Es sólo qué… -miré a Lindsay. Ella asintió.- Encontraba la manera de
escapar, y lo hice.
Él me miró
extrañado.
-¿Has
matado a alguien?
Me reí. En
serio. Me reí en voz alta. Lindsay se unió cuando me tapé la boca con la mano. En
vez de salirme mi típica risa sonante, fue chillona.
-Oh. Lo
siento. No fue mi intención –declaré.- Es sólo qué… no todas las personas
escapamos porqué hayamos matado o robado o violado o cualquier otra cosa…
Él sonrió
ampliamente mientras Lindsay y su hermano se sentaban en otras sillas.
-Creo que
nos llevaremos bien –comentó aún sonriendo.
Le devolví
la sonrisa.
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