jueves, 20 de diciembre de 2012

Genetics - Prólogo


El venir de una familia bastante amada también trae consecuencias, como ejemplo tenemos el típico: “No se lo digas a papá” al cual se lo digo a mi madre, ella, sin embargo, se lo cuenta y le dice que no me diga nada, pero mi padre no parece captarlo fácilmente.
Comienza a decirme que debería de estudiar más o quizás sacar sobresalientes. Como si eso fuese fácil en un maldito antro lleno de gilipollas. Al principio intenté olvidar sus grandes posturas de ricos embobados, cosa que a mi no me gustaba en absoluto, pero ellos tenían otros planes: Joderme la adolescencia.
Y bien si me la jodieron, porque se dedican a meterse en vidas ajenas cuando sabes que la suya es el triple peor, ya sea por sus problemas familiares o sentimentales, como cerebral. Es decir, están como una jodida mierda. Sobretodo cuando los chicos en los partidos de fútbol se quitan la camiseta para que un coro de chicas, con sus hormonas, empiecen a gritar y silbar.
Otro es el ejemplo de ellas. Estar en invierno con suéter de pico, sujetadores que hacen que se te pongan los pechos en la garganta y vaqueros tan ceñidos que, presuntuosamente, parece querer huir de su dueña. Pero si esto no fuese poco, ellos se dedican a comérselas con la mirada y así aumentar su ego.
Luego están los que se llaman, frikis, que son personas a las que nadie comprende, aunque yo tengo algo común en su forma de pensar. Si no les gusta la realidad, ellos quieren inventar una. La sociedad ha pasado de ser una influencia muy diferente a ser una estratagema para que todos se parezcan, y sino te pareces pues serás crucificado.
Al cabo están los inteligentes, esas únicas personas que charlan con tu profesor sobre las clases. Sí. Esas personas que no comprendes en absoluto. Es normal que quieran estudiar y aprobar, es obvio; ¿pero que te guste hacerlo? Eso ya no.
Están los góticos, punk, rockeros, emos y demás personas de distinto tipo de vida. Esas personas que les apasiona las cosas que en verdad no existen, o que dan escalofríos. Tampoco es que les pille mucho el truco pero lo comprendo. A mí me daría menos miedo el estar en un cementerio que en mi instituto.
También estamos las personas normales. Esas personas que van para aprobar milagrosamente y no puede ir más corriente.
Es difícil cuando sabes que en ti no se centrarán en absoluto. ¿Por qué? Porque eres tan corriente que aburres a morir. No soy un palo andante, ni tampoco hermosa. Soy una cosa intermedia, es decir, normal en todos los sentidos. No tiene nada de divertido que las demás personas, del grupo social, se dediquen a mirarte como si les dieses pena.
¿Por qué me miran así? Estoy bien conmigo misma, no me destroces la adolescencia. No merece la pena ni para ti ni para mi. No hagas daño cuando sabes que no quieres que te lo hagan a ti.
Bueno, y a lo que iba yendo, ahora podremos clasificar a las personas de alto nivel.
Están las animadoras. Esos pequeños seres a los que ves de lejos y piensas que serán muy amables contigo. Mentira, ellas son exactamente como las arpías de las películas: calculadoras, amenazadoras, peleonas y tienen una buena labia para destruirte emocionalmente. Estás también son conocidas como las zorras totales.
Luego pasamos a los futbolistas. Estos, sin embargo, no son como en las películas que tarde o temprano acaba enamorándose de la fea y no de la hermosa zorra. Estos son bastante idiotas en todos los sentidos, quitando las pesas que guardan en sus taquillas y que, cuando van hacia ellas, la sacan y comienzan a hacer ejercicio en pleno pasillo. Bien, no tengo nada en contra de eso pero tal vez, sólo tal vez, podría esperar a salir del instituto.
Y finalmente están los chicos malos, sí. Esos que ves tan cuadrados, tanto o más que los del equipo de fútbol, y te tiemblan hasta las piernas de sólo mirarles. Estos también suelen llamar la atención de las animadoras y estos las aceptan fácilmente para llevárselas a la cama. Genial, ¿eh? Pues estos chicos son los únicos que hace que el instituto sea divertido. Hay muchísimas peleas y, sinceramente, no me gustaría meterme jamás en una. Aunque no estoy totalmente en contra de ellos. Mi padre era uno de ellos cuando era adolescente.
Esto es lo último que quería decir.
La sociedad hace que nos ahoguemos y, si nos debilitamos ella podrá con nosotros.


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