Me
había puesto el vestido azul eléctrico (era corto, con escote
pronunciado y apretado, aunque no demasiado), había dejado mis
tirabuzones caer hasta debajo de mis pechos y conseguido reunir el
valor de hacerlos permanentes durante ese día. Los tacones me los
dio Galia, que eran azules con tiras dobladas al tobillo y dejando
ver, un poco, los dedos más grandes del pie. Me había pintado la
raya negra en los ojos y luego algo de sombra, las pestañas azules,
y terminé; mis labios eran cosa de cacao.
Samanta
y Galia asomaron sus pequeñas cabezas por la habitación.
-¡Estás
preciosa! -Gritaron a coro.
Ellas
dos estaban el doble de preciosa que yo. Samanta con su pelo castaño
recogido en una trenza bastante mal hecha, como a ella le gustaba, y
sus ojos color topacio rodeados por un lápiz color rosa rozando a
fucsia y con su vestido corto rosa palo. Galia tenía su vestido
verde envuelto sobre ella, como una manta, dejando a un lado gran
tejido de ello. Su pelo rubio, rizado, con mechas verdes estaba
rozando su fino cuello. Sus ojos marrones estaban rodeados por el
color verde.
-¡Vámonos!
-Gritó Samanta y luego nos sacó a las dos de allí.
Llegamos
a la fiesta justamente cuando Jorge se apresuraba a salir de ella, me
suponía que para respirar un poco de aire. Era el anfitrión así
que juraría que miles de chicas lo querrían hoy en su casa, en su
cama, propiamente dicho.
El
pobre era demasiado guapo como para pasarlo por alto, pero algo
capullo y demasiado gamberro.
-¡Eh!
-Le gritó a Galia desde lejos. Ellos tenían una amistad desde hacía
poco tiempo, pero parecía ser que esto iba llegando a más. A Galia
le encantaba pasar tiempo con él, y él con ella. Pero no quería
alguien así para mi mejor amiga (aparte de Samanta).
-¡Jorge!
-Chilló ella felizmente de verle sin nadie al lado.
Samanta
y yo nos miramos con las cejas alzadas cuando vimos a Galia echarse
encima de él.
-¿Crees
que...? -Comenzó a preguntar Samanta.
-Es
más que evidente -sonreí.- ¿Estás con Hugo?
Ella
miró hacia otro lado y luego suspiró profundamente.
-No
he hablado con él desde entonces -dijo mientras agarraba mi brazo.
Quité
su brazo de encima mía y me dispuse a intentar conseguir que ellos
dos hablasen y se pusieran de acuerdo. A Samanta no le gustó nada
que quitase su brazo y se enfurruñó.
-No
es por nada, Sam. Quiero que hables con él -dije, señalando a Hugo
en la otra parte del césped.
Ella
miró hacia él, justo cuando él giró la cara por todos lados y nos
pilló a las dos mirándole. Conmigo parecía enfadado por el tema
que odio recordar, y con ella parecía entristecido. No habían sido
justos ninguno de ellos.
Samanta
levantó la mano para saludarle y éste le sonrió de oreja a oreja.
Ella
me miró a mí con los ojos entornados:
-¿Estarás
bien? -Preguntó triste.
Le
sonreí ampliamente.
-Yo
siempre estoy bien. Recuerda -le señalé de nuevo a Hugo.- Ves hacia
él ya, tonta.
Y
una vez que vi como ella “corrió” hacia él con tacones, entré
en la fiesta. Tal vez no conocía a muchas personas, pero a los del
tipo normal a todas. Intentaba buscar a Julia, ella se sentaba
conmigo en la clase de Álgebra, pero no aparecía por ningún lado,
aunque eso también se le debería sumar a toda la gente que había
allí, eso estaba abarrotado de gente. Era imposible encontrar a
alguien conocido.
A
alguien conocido que no fuese Samuel.
El
estúpido que siempre estaba rodeado de tías a su alrededor. En
realidad no era de extrañar: un chico perfecto (físicamente) al que
se le daba bien todo, no era fácil de rechazar.
Me
puse junto a la puerta mientras miraba como una chica rubia, de ojos
oscuros como el cielo se le sentaba en las piernas, él dispuesto a
seguir aquel juego le rodeó la cintura sensualmente. Él tocó sus
muslos mientras le susurraba cosas en el oído y ella sonreía
ruborizándose. Ella paró de sonreír en cuanto él puso a una chica
morena de pelo corto en su otra pierna. Cómo no.
Él
desvió sus miradas de ella y se posó en la mía.
Entrecerró
los ojos y yo, con un movimiento irónico, me largué del alcance de
su vista.
Me
topé con un chico castaño de ojos oscuros. No era feo, pero tampoco
pertenecía al grupo de los guapos. Normal, de los que me gustaban a
mí... Bueno, de los que que quería que me gustasen, mejor dicho.
-Hola
-sonrió ampliamente.- ¿Cómo te llamas? Porqué tendrás nombres,
¿no?
Estiré
las comisuras de mis labios intentando formar una sonrisa.
-Me
llamo Venus, y supongo que tú también tendrás nombre.
Él
puso su brazo encima de mi hombro.
-No
quiero romper este momento -dijo.- ¿Te gustaría acompañarme...?
Él
dirigió su mirada hacia las escaleras, hacia arriba. Bueno, parecía
tranquilo arriba y él podría entretenerme mientras.
Iba
a asentir con la cabeza cuando una mano rodeó mi brazo.
-Lárgate
-gruñó. Ladeé la cabeza y pude ver que se trataba de Samuel.
El
chico río y me miró a mí, como si diese paso a que yo comentase
algo, a que le dijese yo misma que no, pero el chico no sabía que
estaba demasiado perdida en Samuel.
-Mira,
yo la he visto primero así que me gustaría que te fueras -le soltó
el chico.
Samuel
se rió.
-A
ella la conozco desde hace años, creo que yo te gano en esto -dijo
apresurándose a ponerse delante de él.- Fuera.
Él
chico se rió.
-No
voy a irme hasta acostarme con ella -dejó claro.
¿Acostarse
conmigo? ¿Pero cómo podía decir eso? ¿Por qué ahora todos, de
repente, sólo le apetecían acostarse conmigo? ¿Por qué era fácil,
ya que era demasiado corriente? Eso no les da derecho a querer
hacerme daño. Soy persona, como otra cualquiera. Soy virgen y pienso
serlo hasta que alguien merezca que se lo dé. Y todo esto sólo
hacía que recordase al profesor Santos, sólo hacía que las
lágrimas volviesen a salir.
Y
no aguantaba más esto.
Subí
escaleras arriba. Deprisa. Sólo oí el puño que le lanzó Samuel.
-¡Para!
-Gritó Samuel desde el otro lado.- Hazme caso por una jodida vez en
tu puñetera vida.
Me
paré en seco. Seguía de espaldas a él.
-¿Sabías
por qué quería traerte aquí, Venus? -Preguntó.
Me
encogí de hombros.
-¿Para
llevarme a una de las camas? -Pregunté.- ¿Y Jorge? ¿No se daría
cuenta?
Samuel
lanzó una risa irónica. Estando de espaldas no podía ver que mueca
estaba haciendo, pero seguro que una irónica, a juego con su risa.
-Tiene
diez habitaciones innecesarias, y las usa como picaderos -me dio la
solución del enigma.
Asentí
brevemente.
-Así
que quería encerrarme en una de estas habitaciones, quitarme la ropa
y meterme bajo las sábanas -dije, con lágrimas recorriendo mis
mejillas.
Él
soltó un bufido.
-Es
algo más que eso.
Ahora
fui yo quién rió irónicamente. Mi voz tembló, pero me dio igual.
-No
esperaba menos de un tío. Todo esto es así, ¿verdad? -Me dí la
vuelta.- Estás tan acostumbrado a tu mundo... A esto. ¿Es así como
se hacen las cosas? ¿Ilusionas a alguien para luego acostarte con
ella? ¿Esto es así?
Él
pareció conmovido, pero seguí hablando.
-No
me digas que tú no lo haces porque lo acabo de ver ahora mismo,
Sáez. Acabo de ver como has ilusionado a una muchacha y de pronto
has sentado a otra en tu pierna -me refregué la mano por las
mejillas para quitarme las lágrimas.- ¿Así son las cosas ahora?
¿Un momento sí, al otro no? Y con eso no te vale, también te vale
con acercarte y enamorarles con tu jodida sonrisa perfecta, y ni
siquiera sabes que estás haciendo.
Di
un paso hacia atrás y casi caigo con un zapato de hombre. Me quedé
mirando al zapato en espera de su respuesta pero, sin embargo, vi
como él ya no estaba allí.
Se
había largado.
Bien,
que le den.
Revolví
mi bolso para coger mi móvil, hoy me quedaría en casa de Galia con
Samanta, no quería “dormir” sola.
Llamé
a mi padre, él se ocupaba de todo.
-Papá,
voy a quedarme en casa de Galia, con Sam -dije mientras toqueteaba mi
pulsera con la otra mano.
Oí
su respiración a través del teléfono.
-Muy
bien, ¿llamo a su casa para asegurarme? -Preguntó indeciso.
Solté
un bufido.
-¿No
te fías de mí, papá? -Pregunté.- No me apetece discutir contigo,
así que haz lo que te apetezca.
-Hey,
pequeña, soy tu padre -comenzó.- Tengo que asegurarme pero confío
en ti, y en que no harás nada de lo que nos arrepintamos.
Asentí.
-Pues
no sé que te ha pasado pero... -me callé en cuanto vi que Samuel
acababa de aparecer, y me había lanzado una llave a mi regazo.
-¿Pero...?
-Preguntó mi padre, intentando que volviese a hablar.
-Pero
eres más agradable ahora... Oye, Galia me está invitando a bailar
-dije.
-Sí,
pero recuerda: No lo hagas como tu madre, ella lo hacía conmigo y
así estamos -dijo, con una sonrisa (aun que no pudiese verla).
Rodé
los ojos.
-Vale
papá. Adiós -y con esto apagué el teléfono.
Samuel
había escuchado la mayoría de la conversación y una vez que
finalicé la llamada, anduvo hasta una habitación y con la cabeza me
indicó que entrara.
No
iba a entrar ahí, y menos con él.
Negué
la cabeza y él, al instante, me cogió por la cintura y me llevó
hacia dentro, mientras gritaba lo más que podía, pero me di cuenta
de que esto era un picadero y si gritaban era razón de placer. Pues
yo estaba gritando de temor.
Le
di un manotazo en la cara y en cuanto me dejó en la habitación
cerró la puerta de golpe.
-Esta
es la segunda hostia que me das -dijo mientras se quitaba la cazadora
y la dejaba sobre una silla.- No voy a hacer nada contigo.
Puse
una mano en su pecho.
-Tampoco
iba a permitirlo -fingí una sonrisa, que él captó que era falsa.
Me
apartó la mano lentamente y fijó la vista en la cama.
-Ponte
ahí, si quieres gritar intenta hacerlo del gusto -dijo mientras se
dirigía al baño, pero se paró.- Mejor grita, quiero que se corra
el rumor de que doy placer, aunque tampoco haga falta, ¿no?
Le
miré con las cejas enarcadas.
-Me
he acostado con la mitad de las tías de esta ciudad, tú lo piensas,
¿no?
En
vez de contestarle me quité los zapatos dejándolos en el suelo, y
luego aparté las sábanas metiéndome bajo ellas.
-Sabes
que en nada me iré, ¿verdad?
Él
rió.
-Tus
amigas no creo que duren poco en deshacerse de sus novios -dijo
mientras estaba en baño, su voz hacía eco en el resto de la
habitación.
-No
son sus novios -le contesté celosa de que ellas estuviesen con la
persona que quería y yo... Yo también pero en condiciones
distintas.
Él
salió del baño y se quitó los zapatos, dejándolos al otro lado.
-A
partir de ahora lo serán, o simplemente necesitan tiempo.
Se
recostó al lado mía, pero nos separaban grandes centímetros.
Estábamos callados, esperando a algo que no iba a pasar, porque
éramos los únicos en esta habitación.
-Puedes
dejarme sola, Sáez. Puedes irte de nuevo con las chicas de antes
-dije mientras miraba arriba.
Él
me miró y observó el resto de mi cuerpo. Miró mi traje con
detenimiento y esto me ponía nerviosa.
-¿Puedes
dejar de hacer eso? -Pregunté aún mirando arriba.
Él
bostezó y se tiró totalmente en la cama.
-Te
contestaré a todas las preguntas, diosa -comenzó.- Prefiero
quedarme aquí contigo, siento que no sería buen protector si te
dejase aquí sola. Y, al parecer, te molesta todo.
Miré
como mantenía los ojos cerrados y decidí decirle las cosas a la
cara, y más ahora que no me veía.
-No
quiero tenerte como protector, no quiero tenerte como nada, Sáez. Lo
único que quiero que hagas es que te vayas, que lo hagas y me dejes
tranquila. Rompe ese jodido pacto que tienes con mi hermano de una
vez -solté.
Él
hizo un sonido con la garganta.
-No.
Abrí
los ojos como platos ante su negativa y seguí calculando que diría:
-Muy
bien, pues entonces déjame decirte cuatro cosas -precipité.
Él
soltó una carcajada y seguía manteniendo los ojos cerrados.
-Pensé
que lo que me habías soltado en el pasillo y esto estaba todo dicho
-suspiró.
-Pues
no. No está todo dicho, porque... Porque aún habiéndotelo dicho
todo sigues aquí, jodiéndome -me llevé la mano al estómago. Me
estaba asfixiando.
Él
puso un brazo sobre sus ojos.
-No
te estoy jodiendo. Créeme que si lo estuviese haciendo tú no
estarías tan enfadada. Al revés, estarías gritando conmigo de
placer.
Le
di un puño sobre su barriga, pero como me imaginaba, me dolía más
a mi la mano que a él el estómago.
Quitó
su brazo de encima y me miró con una ceja alzada.
-Puedes
pegarme todo lo que quieras, eso no hará que sea mentira.
Me
mordí el labio inferior, nerviosa.
-Eso
te crees tú, estúpido.
Él
alzó las dos cejas y me miró incrédulo.
-¿Eso
crees? ¿Quieres apostarte algo? -Preguntó.
Abrí
la boca y el hizo que la cerrase poniendo una mano en mi barbilla.
Quité su mano y comencé a parlotear.
-Para
empezar no me acostaría contigo ni loca.
-¿Por
qué? -Preguntó girándose sobre un costado.
-Porque
no hay ninguna tensión sexual entre nosotros -apreté los labios
mientras fijaba mis ojos directamente en los suyos.
Él
rió.
-No
te creo.
Ahora
fui yo quién alcé las cejas, pero él se acercó a mí, tan cerca
que ya pude ver nuestros labios rozándose.
¿Quería
mi primer beso con Samuel?
…
Sí.
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