viernes, 28 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 10


Me había puesto el vestido azul eléctrico (era corto, con escote pronunciado y apretado, aunque no demasiado), había dejado mis tirabuzones caer hasta debajo de mis pechos y conseguido reunir el valor de hacerlos permanentes durante ese día. Los tacones me los dio Galia, que eran azules con tiras dobladas al tobillo y dejando ver, un poco, los dedos más grandes del pie. Me había pintado la raya negra en los ojos y luego algo de sombra, las pestañas azules, y terminé; mis labios eran cosa de cacao.
Samanta y Galia asomaron sus pequeñas cabezas por la habitación.
-¡Estás preciosa! -Gritaron a coro.
Ellas dos estaban el doble de preciosa que yo. Samanta con su pelo castaño recogido en una trenza bastante mal hecha, como a ella le gustaba, y sus ojos color topacio rodeados por un lápiz color rosa rozando a fucsia y con su vestido corto rosa palo. Galia tenía su vestido verde envuelto sobre ella, como una manta, dejando a un lado gran tejido de ello. Su pelo rubio, rizado, con mechas verdes estaba rozando su fino cuello. Sus ojos marrones estaban rodeados por el color verde.
-¡Vámonos! -Gritó Samanta y luego nos sacó a las dos de allí.

Llegamos a la fiesta justamente cuando Jorge se apresuraba a salir de ella, me suponía que para respirar un poco de aire. Era el anfitrión así que juraría que miles de chicas lo querrían hoy en su casa, en su cama, propiamente dicho.
El pobre era demasiado guapo como para pasarlo por alto, pero algo capullo y demasiado gamberro.
-¡Eh! -Le gritó a Galia desde lejos. Ellos tenían una amistad desde hacía poco tiempo, pero parecía ser que esto iba llegando a más. A Galia le encantaba pasar tiempo con él, y él con ella. Pero no quería alguien así para mi mejor amiga (aparte de Samanta).
-¡Jorge! -Chilló ella felizmente de verle sin nadie al lado.
Samanta y yo nos miramos con las cejas alzadas cuando vimos a Galia echarse encima de él.
-¿Crees que...? -Comenzó a preguntar Samanta.
-Es más que evidente -sonreí.- ¿Estás con Hugo?
Ella miró hacia otro lado y luego suspiró profundamente.
-No he hablado con él desde entonces -dijo mientras agarraba mi brazo.
Quité su brazo de encima mía y me dispuse a intentar conseguir que ellos dos hablasen y se pusieran de acuerdo. A Samanta no le gustó nada que quitase su brazo y se enfurruñó.
-No es por nada, Sam. Quiero que hables con él -dije, señalando a Hugo en la otra parte del césped.
Ella miró hacia él, justo cuando él giró la cara por todos lados y nos pilló a las dos mirándole. Conmigo parecía enfadado por el tema que odio recordar, y con ella parecía entristecido. No habían sido justos ninguno de ellos.
Samanta levantó la mano para saludarle y éste le sonrió de oreja a oreja.
Ella me miró a mí con los ojos entornados:
-¿Estarás bien? -Preguntó triste.
Le sonreí ampliamente.
-Yo siempre estoy bien. Recuerda -le señalé de nuevo a Hugo.- Ves hacia él ya, tonta.
Y una vez que vi como ella “corrió” hacia él con tacones, entré en la fiesta. Tal vez no conocía a muchas personas, pero a los del tipo normal a todas. Intentaba buscar a Julia, ella se sentaba conmigo en la clase de Álgebra, pero no aparecía por ningún lado, aunque eso también se le debería sumar a toda la gente que había allí, eso estaba abarrotado de gente. Era imposible encontrar a alguien conocido.
A alguien conocido que no fuese Samuel.
El estúpido que siempre estaba rodeado de tías a su alrededor. En realidad no era de extrañar: un chico perfecto (físicamente) al que se le daba bien todo, no era fácil de rechazar.
Me puse junto a la puerta mientras miraba como una chica rubia, de ojos oscuros como el cielo se le sentaba en las piernas, él dispuesto a seguir aquel juego le rodeó la cintura sensualmente. Él tocó sus muslos mientras le susurraba cosas en el oído y ella sonreía ruborizándose. Ella paró de sonreír en cuanto él puso a una chica morena de pelo corto en su otra pierna. Cómo no.
Él desvió sus miradas de ella y se posó en la mía.
Entrecerró los ojos y yo, con un movimiento irónico, me largué del alcance de su vista.
Me topé con un chico castaño de ojos oscuros. No era feo, pero tampoco pertenecía al grupo de los guapos. Normal, de los que me gustaban a mí... Bueno, de los que que quería que me gustasen, mejor dicho.
-Hola -sonrió ampliamente.- ¿Cómo te llamas? Porqué tendrás nombres, ¿no?
Estiré las comisuras de mis labios intentando formar una sonrisa.
-Me llamo Venus, y supongo que tú también tendrás nombre.
Él puso su brazo encima de mi hombro.
-No quiero romper este momento -dijo.- ¿Te gustaría acompañarme...?
Él dirigió su mirada hacia las escaleras, hacia arriba. Bueno, parecía tranquilo arriba y él podría entretenerme mientras.
Iba a asentir con la cabeza cuando una mano rodeó mi brazo.
-Lárgate -gruñó. Ladeé la cabeza y pude ver que se trataba de Samuel.
El chico río y me miró a mí, como si diese paso a que yo comentase algo, a que le dijese yo misma que no, pero el chico no sabía que estaba demasiado perdida en Samuel.
-Mira, yo la he visto primero así que me gustaría que te fueras -le soltó el chico.
Samuel se rió.
-A ella la conozco desde hace años, creo que yo te gano en esto -dijo apresurándose a ponerse delante de él.- Fuera.
Él chico se rió.
-No voy a irme hasta acostarme con ella -dejó claro.
¿Acostarse conmigo? ¿Pero cómo podía decir eso? ¿Por qué ahora todos, de repente, sólo le apetecían acostarse conmigo? ¿Por qué era fácil, ya que era demasiado corriente? Eso no les da derecho a querer hacerme daño. Soy persona, como otra cualquiera. Soy virgen y pienso serlo hasta que alguien merezca que se lo dé. Y todo esto sólo hacía que recordase al profesor Santos, sólo hacía que las lágrimas volviesen a salir.
Y no aguantaba más esto.
Subí escaleras arriba. Deprisa. Sólo oí el puño que le lanzó Samuel.

-¡Para! -Gritó Samuel desde el otro lado.- Hazme caso por una jodida vez en tu puñetera vida.
Me paré en seco. Seguía de espaldas a él.
-¿Sabías por qué quería traerte aquí, Venus? -Preguntó.
Me encogí de hombros.
-¿Para llevarme a una de las camas? -Pregunté.- ¿Y Jorge? ¿No se daría cuenta?
Samuel lanzó una risa irónica. Estando de espaldas no podía ver que mueca estaba haciendo, pero seguro que una irónica, a juego con su risa.
-Tiene diez habitaciones innecesarias, y las usa como picaderos -me dio la solución del enigma.
Asentí brevemente.
-Así que quería encerrarme en una de estas habitaciones, quitarme la ropa y meterme bajo las sábanas -dije, con lágrimas recorriendo mis mejillas.
Él soltó un bufido.
-Es algo más que eso.
Ahora fui yo quién rió irónicamente. Mi voz tembló, pero me dio igual.
-No esperaba menos de un tío. Todo esto es así, ¿verdad? -Me dí la vuelta.- Estás tan acostumbrado a tu mundo... A esto. ¿Es así como se hacen las cosas? ¿Ilusionas a alguien para luego acostarte con ella? ¿Esto es así?
Él pareció conmovido, pero seguí hablando.
-No me digas que tú no lo haces porque lo acabo de ver ahora mismo, Sáez. Acabo de ver como has ilusionado a una muchacha y de pronto has sentado a otra en tu pierna -me refregué la mano por las mejillas para quitarme las lágrimas.- ¿Así son las cosas ahora? ¿Un momento sí, al otro no? Y con eso no te vale, también te vale con acercarte y enamorarles con tu jodida sonrisa perfecta, y ni siquiera sabes que estás haciendo.
Di un paso hacia atrás y casi caigo con un zapato de hombre. Me quedé mirando al zapato en espera de su respuesta pero, sin embargo, vi como él ya no estaba allí.
Se había largado.
Bien, que le den.
Revolví mi bolso para coger mi móvil, hoy me quedaría en casa de Galia con Samanta, no quería “dormir” sola.
Llamé a mi padre, él se ocupaba de todo.
-Papá, voy a quedarme en casa de Galia, con Sam -dije mientras toqueteaba mi pulsera con la otra mano.
Oí su respiración a través del teléfono.
-Muy bien, ¿llamo a su casa para asegurarme? -Preguntó indeciso.
Solté un bufido.
-¿No te fías de mí, papá? -Pregunté.- No me apetece discutir contigo, así que haz lo que te apetezca.
-Hey, pequeña, soy tu padre -comenzó.- Tengo que asegurarme pero confío en ti, y en que no harás nada de lo que nos arrepintamos.
Asentí.
-Pues no sé que te ha pasado pero... -me callé en cuanto vi que Samuel acababa de aparecer, y me había lanzado una llave a mi regazo.
-¿Pero...? -Preguntó mi padre, intentando que volviese a hablar.
-Pero eres más agradable ahora... Oye, Galia me está invitando a bailar -dije.
-Sí, pero recuerda: No lo hagas como tu madre, ella lo hacía conmigo y así estamos -dijo, con una sonrisa (aun que no pudiese verla).
Rodé los ojos.
-Vale papá. Adiós -y con esto apagué el teléfono.
Samuel había escuchado la mayoría de la conversación y una vez que finalicé la llamada, anduvo hasta una habitación y con la cabeza me indicó que entrara.
No iba a entrar ahí, y menos con él.
Negué la cabeza y él, al instante, me cogió por la cintura y me llevó hacia dentro, mientras gritaba lo más que podía, pero me di cuenta de que esto era un picadero y si gritaban era razón de placer. Pues yo estaba gritando de temor.
Le di un manotazo en la cara y en cuanto me dejó en la habitación cerró la puerta de golpe.
-Esta es la segunda hostia que me das -dijo mientras se quitaba la cazadora y la dejaba sobre una silla.- No voy a hacer nada contigo.
Puse una mano en su pecho.
-Tampoco iba a permitirlo -fingí una sonrisa, que él captó que era falsa.
Me apartó la mano lentamente y fijó la vista en la cama.
-Ponte ahí, si quieres gritar intenta hacerlo del gusto -dijo mientras se dirigía al baño, pero se paró.- Mejor grita, quiero que se corra el rumor de que doy placer, aunque tampoco haga falta, ¿no?
Le miré con las cejas enarcadas.
-Me he acostado con la mitad de las tías de esta ciudad, tú lo piensas, ¿no?
En vez de contestarle me quité los zapatos dejándolos en el suelo, y luego aparté las sábanas metiéndome bajo ellas.
-Sabes que en nada me iré, ¿verdad?
Él rió.
-Tus amigas no creo que duren poco en deshacerse de sus novios -dijo mientras estaba en baño, su voz hacía eco en el resto de la habitación.
-No son sus novios -le contesté celosa de que ellas estuviesen con la persona que quería y yo... Yo también pero en condiciones distintas.
Él salió del baño y se quitó los zapatos, dejándolos al otro lado.
-A partir de ahora lo serán, o simplemente necesitan tiempo.
Se recostó al lado mía, pero nos separaban grandes centímetros. Estábamos callados, esperando a algo que no iba a pasar, porque éramos los únicos en esta habitación.
-Puedes dejarme sola, Sáez. Puedes irte de nuevo con las chicas de antes -dije mientras miraba arriba.
Él me miró y observó el resto de mi cuerpo. Miró mi traje con detenimiento y esto me ponía nerviosa.
-¿Puedes dejar de hacer eso? -Pregunté aún mirando arriba.
Él bostezó y se tiró totalmente en la cama.
-Te contestaré a todas las preguntas, diosa -comenzó.- Prefiero quedarme aquí contigo, siento que no sería buen protector si te dejase aquí sola. Y, al parecer, te molesta todo.
Miré como mantenía los ojos cerrados y decidí decirle las cosas a la cara, y más ahora que no me veía.
-No quiero tenerte como protector, no quiero tenerte como nada, Sáez. Lo único que quiero que hagas es que te vayas, que lo hagas y me dejes tranquila. Rompe ese jodido pacto que tienes con mi hermano de una vez -solté.
Él hizo un sonido con la garganta.
-No.
Abrí los ojos como platos ante su negativa y seguí calculando que diría:
-Muy bien, pues entonces déjame decirte cuatro cosas -precipité.
Él soltó una carcajada y seguía manteniendo los ojos cerrados.
-Pensé que lo que me habías soltado en el pasillo y esto estaba todo dicho -suspiró.
-Pues no. No está todo dicho, porque... Porque aún habiéndotelo dicho todo sigues aquí, jodiéndome -me llevé la mano al estómago. Me estaba asfixiando.
Él puso un brazo sobre sus ojos.
-No te estoy jodiendo. Créeme que si lo estuviese haciendo tú no estarías tan enfadada. Al revés, estarías gritando conmigo de placer.
Le di un puño sobre su barriga, pero como me imaginaba, me dolía más a mi la mano que a él el estómago.
Quitó su brazo de encima y me miró con una ceja alzada.
-Puedes pegarme todo lo que quieras, eso no hará que sea mentira.
Me mordí el labio inferior, nerviosa.
-Eso te crees tú, estúpido.
Él alzó las dos cejas y me miró incrédulo.
-¿Eso crees? ¿Quieres apostarte algo? -Preguntó.
Abrí la boca y el hizo que la cerrase poniendo una mano en mi barbilla. Quité su mano y comencé a parlotear.
-Para empezar no me acostaría contigo ni loca.
-¿Por qué? -Preguntó girándose sobre un costado.
-Porque no hay ninguna tensión sexual entre nosotros -apreté los labios mientras fijaba mis ojos directamente en los suyos.
Él rió.
-No te creo.
Ahora fui yo quién alcé las cejas, pero él se acercó a mí, tan cerca que ya pude ver nuestros labios rozándose.
¿Quería mi primer beso con Samuel?
Sí.

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