Ya
era el día siguiente y tenía planeado escaparme a la siguiente
hora.
Historia.
O
eso pensaba cuando vi a mi madre a lo lejos. Entrecerré los ojos y
pude vislumbrar que era ella, con mi hermana Rosa. Perfecto. Y mi
padre detrás.
Esto
era bastante cojonudo.
Ella
alzó la mano en mitad de toda mi clase y se acercó a mí.
-Hola
cariño -saludó.- Hola Samanta, Galia. ¿Cómo estáis? Hacéis
mucho tiempo que no venís a dormir.
Samanta
se mostró tan simpática como es ella.
-Hola
señora Ameda -le devolvió el saludo.- Le prometo que pronto nos
quedaremos.
Galia
le sonrió asintiendo con la cabeza, concentrada en todo lo que
decíamos. Le caían muy bien mi madre porque según ellas, era una
pasada de vieja. En realidad no era tan vieja, pero Galia y Samanta
llamaban viejo a todo aquel que superase los veinticinco años. Luego
pensaban de mi padre que era el viejo más buenorro que había. Esa,
en parte, era verdad. Lo mismo le veías la belleza que poseía, como
que te daba bastante miedo.
-Hola,
joder, como crecéis, ¿no? -Ese era mi padre, haciendo que mis
amigas se ruborizasen.- Cada vez estáis más hermosas.
Por
favor, ver a mi padre así era lo más bochornoso del mundo. Podía
ser todo lo guapo y fuerte que sea, pero no debería de hacer eso, me
abochornaba a mí; sin embargo a mi madre le parecía lo más tierno
del mundo.
-Pequeña
estamos buscando a tu profesor de... -comenzó a decir mi padre
cuando se paró en seco.- Pero mira quien tenemos aquí: ¡Samuel!
¿Samuel?
¿Cómo se conocían? ¡Mediante Leo! No, espera... Cuando los trajo
ellos no estaban, es decir, que no podían conocerse, ¿no?
-Hola
Alexz -saludó este, intentando no empujarme mientras se abría paso.
Él sabía quien era mi padre, y al parecer se llevaban bastante
bien.- Los años te pasan factura.
Mi
padre se rió mientras le daba a Samuel una “palmadita” en la
espalda. Samuel sonreía como si conociese a mi padre de toda la
vida, como si ya le tuviese cierto cariño.
-¿De
qué lo conoces, cariño? -Le preguntó mi madre.
Él
la miró, con ternura (como siempre), y le respondió:
-Este
era el hijo de Cross. Es la viva imagen de él -le respondió
mientras volvía a ponerse a entablar conversación con él.- No
sabía que seguías yendo al instituto. ¿Cuántas veces piensas
repetir?
Samuel
echó la cabeza hacia atrás y le salió una carcajada.
-No
exactamente -le respondió, y en un breve instante vi como me lanzó
una mirada.
Mi
padre pareció no haberse coscado de aquello, y mejor era aquello.
Samuel
iba a hablar pero hablé yo:
-Mi
tutor está en la sala de delegados, está reunido. Podéis ir ya
-dije, con prisas.- Él saldrá inmediatamente.
Samuel
pasó a contraatacarme:
-Él
no está aquí ahora -mis padres le miraron.- Se fue por una
urgencia. Nos lo dijo en la anterior clase. Así que dudo que puedan
hablar con él.
Me
estaba destrozando el plan. Jodido imbécil.
-Oh,
muchas gracias cielo -exclamó mi madre. Me miró y me dio un beso en
la mejilla.- Estudia mucho.
Le
sonreí para que se fuese ya, pero parecía que quería conocer
profundamente a Samuel.
-¿Y
tú que haces para pagarte las cosas? -Preguntó mi madre, metiéndose
en la vida de los demás.
Samuel
no se escaqueó, ni siquiera le miró mal, él respondió totalmente
a gusto:
-Hacía
lo mismo que mi padre, porque no quería mantenerme con la herencia
de mi padre. Ahora trabajo de otra cosa -dijo, asintiendo con la
cabeza mientras se metía las manos en los bolsillos.
-Eso
es bonito -dijo mi madre.- Ahora si que nos vamos.
-Hasta
luego, pequeña -se despidió mi padre con un beso en la frente.
Y
luego, gracias a Dios, se fueron con Rosa en el carricoche.
Samanta
y Galia se pararon a reírse en voz alta, haciendo de sus voces ecos.
Samuel
tenía que salvarme.
-Oye
-le susurré. Él me miró antes de darse la vuelta.
-Venus
-susurró mi nombre.
Miré
hacia la puerta.
-Sácame
-supliqué con la mirada. Él pareció captarlo, me agarró del brazo
y disimuladamente (salvo Samanta y Galia) los demás no nos vieron.
Antes
de ponerme a correr sin él, me impulsó hacia él quedando muy cerca
de su cuerpo. Me miró entrecerrando los ojos, queriendo saber.
-No
quiero dar clase -justifiqué.
Él
asintió.
-Tampoco
la diste ayer. Es la única clase que no das, Venus -dijo mientras
dábamos la vuelta hacia otra parte de la escuela.- ¿Por qué?
Me
sentó en un banco.
-Porque...
-Apresuré a decir, pero él me interrumpió.
-No
hace falta que me des clase de Historia, Venus. Además por mucho que
des o no, las normas serían las mismas y después del estúpido
examen que hice, el profesor dijo expresamente que no ibas a volver a
dármelas.
Miré
hacia abajo mientras intentaba que las lágrimas no bajasen.
-No
es nada de eso -intenté no sonar intranquila. Nerviosa.
Se
sentó a mi lado. Me agarró mi mentón y todo volvió a aquella vez.
A la sala de profesores. Con Santos. Y antes de que él dijese algo
yo ya había echado a correr.
Oí
su voz. Seguía corriendo cuando unos brazos me atraparon: Hugo.
-Quiero
que ahora me expliques que pasa, Venus -dijo totalmente serio.
Negué
con la cabeza.
-No
pasa absolutamente nada -sonreí, o eso creo.
Me
cogió del brazo y me tiró hacia los baños de hombres. Cuando Hugo
se dio cuenta de que allí había más personas con una voz hizo que
todos se fuesen. Estos se fueron cotilleando sobre nosotros, pensando
que ahora me empujaría contra una pared y me haría gritar.
-Vi
al profesor Santos corriendo detrás tuya, Venus -reveló.
No
dije nada. Seguía mirando al suelo.
-¿Qué
coño te ha hecho?
-¿Cómo
podría un profesor hacerme algo? -Pregunté sonando irónica.
Hugo
puso una mano detrás de mí, justo en la pared, y sacó una hoja
impresa. Me la enseñó, pero no alcancé a leerla porque él ya
había empezado a explicarme.
-Tiene
delitos por acosar a menores de edad -dijo. Yo le miré asombrada y
esperé a que él siguiese hablando.- Me lo encontré gritando tu
nombre, empalmado.
Me
entraron náuseas al escuchar lo último.
-Explícamelo.
Las
lágrimas volvieron a su cauce.
-Todo
sucedió tan rápido... Antes de ayer intentó besarme y... pensé
que simplemente le había ocurrido algo, que no estaba cuerdo, pero
ayer intentó aprovecharse de mí... -Solté.
Él
se dio la vuelta, mirando hacia la pared que tenía enfrente mía; yo
sólo visualizaba su espalda.
-¿Lo
sabe alguien más? -Preguntó.
-No
-mi voz apenas fue un susurro.
Volvió
a mirarme:
-Tienes
que contarlo.
Le
miré con los ojos fijados en él.
-¡No!
No puedo hacerlo. Él... me dijo que no lo podía decir.
-¿Te
amenazó?
Negué
con la cabeza.
-Hazlo
-ordenó.
-No
-negué yo, de nuevo.
Él
comenzaba a enfadarse, así que cogió el pomo de la puerta.
-No
creas que voy a quedarme callado, Venus -y con esto último se fue.
Había
metido a Hugo en esto.
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