viernes, 28 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 9


Ya era el día siguiente y tenía planeado escaparme a la siguiente hora.
Historia.
O eso pensaba cuando vi a mi madre a lo lejos. Entrecerré los ojos y pude vislumbrar que era ella, con mi hermana Rosa. Perfecto. Y mi padre detrás.
Esto era bastante cojonudo.
Ella alzó la mano en mitad de toda mi clase y se acercó a mí.
-Hola cariño -saludó.- Hola Samanta, Galia. ¿Cómo estáis? Hacéis mucho tiempo que no venís a dormir.
Samanta se mostró tan simpática como es ella.
-Hola señora Ameda -le devolvió el saludo.- Le prometo que pronto nos quedaremos.
Galia le sonrió asintiendo con la cabeza, concentrada en todo lo que decíamos. Le caían muy bien mi madre porque según ellas, era una pasada de vieja. En realidad no era tan vieja, pero Galia y Samanta llamaban viejo a todo aquel que superase los veinticinco años. Luego pensaban de mi padre que era el viejo más buenorro que había. Esa, en parte, era verdad. Lo mismo le veías la belleza que poseía, como que te daba bastante miedo.
-Hola, joder, como crecéis, ¿no? -Ese era mi padre, haciendo que mis amigas se ruborizasen.- Cada vez estáis más hermosas.
Por favor, ver a mi padre así era lo más bochornoso del mundo. Podía ser todo lo guapo y fuerte que sea, pero no debería de hacer eso, me abochornaba a mí; sin embargo a mi madre le parecía lo más tierno del mundo.
-Pequeña estamos buscando a tu profesor de... -comenzó a decir mi padre cuando se paró en seco.- Pero mira quien tenemos aquí: ¡Samuel!
¿Samuel? ¿Cómo se conocían? ¡Mediante Leo! No, espera... Cuando los trajo ellos no estaban, es decir, que no podían conocerse, ¿no?
-Hola Alexz -saludó este, intentando no empujarme mientras se abría paso. Él sabía quien era mi padre, y al parecer se llevaban bastante bien.- Los años te pasan factura.
Mi padre se rió mientras le daba a Samuel una “palmadita” en la espalda. Samuel sonreía como si conociese a mi padre de toda la vida, como si ya le tuviese cierto cariño.
-¿De qué lo conoces, cariño? -Le preguntó mi madre.
Él la miró, con ternura (como siempre), y le respondió:
-Este era el hijo de Cross. Es la viva imagen de él -le respondió mientras volvía a ponerse a entablar conversación con él.- No sabía que seguías yendo al instituto. ¿Cuántas veces piensas repetir?
Samuel echó la cabeza hacia atrás y le salió una carcajada.
-No exactamente -le respondió, y en un breve instante vi como me lanzó una mirada.
Mi padre pareció no haberse coscado de aquello, y mejor era aquello.
Samuel iba a hablar pero hablé yo:
-Mi tutor está en la sala de delegados, está reunido. Podéis ir ya -dije, con prisas.- Él saldrá inmediatamente.
Samuel pasó a contraatacarme:
-Él no está aquí ahora -mis padres le miraron.- Se fue por una urgencia. Nos lo dijo en la anterior clase. Así que dudo que puedan hablar con él.
Me estaba destrozando el plan. Jodido imbécil.
-Oh, muchas gracias cielo -exclamó mi madre. Me miró y me dio un beso en la mejilla.- Estudia mucho.
Le sonreí para que se fuese ya, pero parecía que quería conocer profundamente a Samuel.
-¿Y tú que haces para pagarte las cosas? -Preguntó mi madre, metiéndose en la vida de los demás.
Samuel no se escaqueó, ni siquiera le miró mal, él respondió totalmente a gusto:
-Hacía lo mismo que mi padre, porque no quería mantenerme con la herencia de mi padre. Ahora trabajo de otra cosa -dijo, asintiendo con la cabeza mientras se metía las manos en los bolsillos.
-Eso es bonito -dijo mi madre.- Ahora si que nos vamos.
-Hasta luego, pequeña -se despidió mi padre con un beso en la frente.
Y luego, gracias a Dios, se fueron con Rosa en el carricoche.
Samanta y Galia se pararon a reírse en voz alta, haciendo de sus voces ecos.
Samuel tenía que salvarme.
-Oye -le susurré. Él me miró antes de darse la vuelta.
-Venus -susurró mi nombre.
Miré hacia la puerta.
-Sácame -supliqué con la mirada. Él pareció captarlo, me agarró del brazo y disimuladamente (salvo Samanta y Galia) los demás no nos vieron.
Antes de ponerme a correr sin él, me impulsó hacia él quedando muy cerca de su cuerpo. Me miró entrecerrando los ojos, queriendo saber.
-No quiero dar clase -justifiqué.
Él asintió.
-Tampoco la diste ayer. Es la única clase que no das, Venus -dijo mientras dábamos la vuelta hacia otra parte de la escuela.- ¿Por qué?
Me sentó en un banco.
-Porque... -Apresuré a decir, pero él me interrumpió.
-No hace falta que me des clase de Historia, Venus. Además por mucho que des o no, las normas serían las mismas y después del estúpido examen que hice, el profesor dijo expresamente que no ibas a volver a dármelas.
Miré hacia abajo mientras intentaba que las lágrimas no bajasen.
-No es nada de eso -intenté no sonar intranquila. Nerviosa.
Se sentó a mi lado. Me agarró mi mentón y todo volvió a aquella vez. A la sala de profesores. Con Santos. Y antes de que él dijese algo yo ya había echado a correr.
Oí su voz. Seguía corriendo cuando unos brazos me atraparon: Hugo.
-Quiero que ahora me expliques que pasa, Venus -dijo totalmente serio.
Negué con la cabeza.
-No pasa absolutamente nada -sonreí, o eso creo.
Me cogió del brazo y me tiró hacia los baños de hombres. Cuando Hugo se dio cuenta de que allí había más personas con una voz hizo que todos se fuesen. Estos se fueron cotilleando sobre nosotros, pensando que ahora me empujaría contra una pared y me haría gritar.
-Vi al profesor Santos corriendo detrás tuya, Venus -reveló.
No dije nada. Seguía mirando al suelo.
-¿Qué coño te ha hecho?
-¿Cómo podría un profesor hacerme algo? -Pregunté sonando irónica.
Hugo puso una mano detrás de mí, justo en la pared, y sacó una hoja impresa. Me la enseñó, pero no alcancé a leerla porque él ya había empezado a explicarme.
-Tiene delitos por acosar a menores de edad -dijo. Yo le miré asombrada y esperé a que él siguiese hablando.- Me lo encontré gritando tu nombre, empalmado.
Me entraron náuseas al escuchar lo último.
-Explícamelo.
Las lágrimas volvieron a su cauce.
-Todo sucedió tan rápido... Antes de ayer intentó besarme y... pensé que simplemente le había ocurrido algo, que no estaba cuerdo, pero ayer intentó aprovecharse de mí... -Solté.
Él se dio la vuelta, mirando hacia la pared que tenía enfrente mía; yo sólo visualizaba su espalda.
-¿Lo sabe alguien más? -Preguntó.
-No -mi voz apenas fue un susurro.
Volvió a mirarme:
-Tienes que contarlo.
Le miré con los ojos fijados en él.
-¡No! No puedo hacerlo. Él... me dijo que no lo podía decir.
-¿Te amenazó?
Negué con la cabeza.
-Hazlo -ordenó.
-No -negué yo, de nuevo.
Él comenzaba a enfadarse, así que cogió el pomo de la puerta.
-No creas que voy a quedarme callado, Venus -y con esto último se fue.
Había metido a Hugo en esto.

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