lunes, 11 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 11


Su mano estaba en mi cintura. Estábamos en una posición bastante cómica, pero desde mi punto de vista era perfecto. Ahora mismo, podría verse, que no estaba demasiado atenta y que estaba nerviosa. Lo estaba, mejor dicho. Porque en cuanto sus labios rozaron los míos se me olvidó el si podría notar mi poca experiencia, (o nada mejor dicho), y traté de darle todo lo que sentía en ese momento. La mano que le quedaba libre la posó sobre mi nuca, atrayéndome más hacia él. Abrí lentamente mis labios, y él, aprovechando el momento, hizo alargar su lengua hacia mi boca.
Me cogió como si mi peso fuese el de una pluma, y me extendió en la cama sin separarse de mi boca. Él estaba encima de mí y no podía pensar en nada más que en Samuel.
Y ahora, por supuesto, todo se estropeaba.
Mi móvil comenzó a sonar con la melodía de Breakaway de Kelly Clarkson.
Él se separó lo más rápido que fue capaz, alertado por el sonido que emitía mi teléfono móvil. Por lo que pude visualizar en él se arrepentía de haberlo hecho. Ahora mi buen humor se había disipado. Pensé que, tal vez, le diese igual lo que habría pasado.
¿Por qué me miento a mí misma?
Pensaba que después de esto declarase su amor por mí.
Soy bastante estúpida.
-¿Venus? ¿No vas a coger el teléfono? -Preguntó mientras me miraba con las cejas fruncidas.
Salté sobre la cama.
-Ah, sí -dije mientras descolgaba.
Y ahí es cuando escuché la voz de Galia, gritándome.
-¡¿Dónde estás, Venny? -Preguntó histérica.
Miré a Samuel con expresión extraña, y el me respondió con un movimiento de cabeza.
Seguí hablando:
-Estoy en una de las habitaciones de Jorge -expliqué.- ¿Por qué?
Ella comenzaba a balbucear incoherencias.
-¿Con quién? ¿Qué has hecho, Venus? ¡Responde! -Me gritaba. Se estaba volviendo loca
Contesté varios segundos después.
-Con Samuel. Y nada. ¿Quieres tranquilizarte? -Pregunté casi histérica.- ¿Por qué demonios me has llamado? ¿Qué pasa?
Ella comenzó a llorar, o eso parecía.
-¡Venus! Dile a Samuel que baje al jardín, por favor. Jorge, Héctor y Ben lo necesitan -dijo antes de respirar con dificultad, mientras se oía a Samanta parlotear mientras sollozaba.
-¿Por qué? ¿Qué ocurre? -Pregunté en tensión.
Samuel pareció preocupado. Comenzaban a oírse voces procedentes de fuera, mejor dicho, gritos de chicos y chillos provenientes de las chicas.
Se puso de pie y anduvo hasta la ventana y allí se quedó mirando fijamente hacia afuera.
-Han venido personas... -Comenzó a decir cuando Samanta le quitó el teléfono y se puso.
-Bajad y os enteraréis -gritó.
Samuel, ya sabiendo que pasaba, cogió su chaqueta y se disponía a salir de la habitación. Sin mí, por cierto. Se había olvidado de que estaba en la estancia.
-¡Sáez! -Chillé.
Él se dio la vuelta y con una mirada fija en mí, comenzó a ordenarme:
-Baja con tus amigas -dijo mientras se apresuraba hacia las escaleras.
Corrí detrás de él, imposible alcanzarle, corría (o andaba) demasiado rápido. Y mis tacones no daban más de sí.
-Deja de hacer como si fuese invisible -le grité.
Él volvió a parar en seco y me miró.
-No sé si sabías que estoy aquí, que tal vez me caiga con tacones por tu culpa. ¿Puedes, simplemente, ayudarme ahora? ¿Puedes hacer como que tienes sentimientos? ¿Tanto te cuesta?
Él se acercó a mí y me cogió en brazos.
-No me refería a esto, Samuel -dije mientras observaba su cuello. Olía terriblemente bien.
Él me miró con una ceja alzada. Tragué saliva.
-No te quejes. Ni se te ocurra Venus -dijo mientras bajaba los escalones de dos en dos conmigo en brazos.
Pensé que nos daríamos un porrazo contra el suelo pero, al parecer, tenía bastante equilibrio conmigo encima; y eso sólo me recordaba que era un promiscuo. Un maldito mujeriego, se ha dicho.
En cuanto rodeamos el pasillo, pudimos ver como millones de chicos y chicas, la mayoría bebidos, alzaban los gritos mediante dos, o tres (no pude verlos muy bien) se peleaban. No podía ver exactamente quienes eran, pero al parecer Samuel si lo sabía y se puso tenso. Podía sentirlos en sus brazos. Aparte de eso, uno de ellos hizo chocar su puño contra la mandíbula del adversario. Esto se ponía bastante interesante, en realidad me gustaban las peleas. Demostraba la incoherencia y la inutilidad de las personas de ahora.
Galia y Samanta se dieron la vuelta (ni siquiera me había fijado en ellas), y nos miraron con los ojos abiertos como platos.
Samuel, ni siquiera había apartado la vista de aquello y se dispuso a dejarme sobre el suelo.
Limpié el polvo inexistente de mi vestido y me eché hacia atrás el pelo. Él se quitaba, de nuevo, la cazadora y la puso sobre mis hombros.
-No tengo frío -dije.- Pero gracias.
Él prohibió que me quitase la cazadora.
-Quedatela. Lo hago porque el alcohol hace que la mayoría de estos gilipollas tengan las hormonas bastante subiditas.
Arrugué la frente.
-¿Y? -Pregunté.
Él movió la cabeza en mi dirección, y pude ver que se refería a mi vestido, a lo roja que me había puesto desde que hoy me había dirigido la palabra y demás.
-Pasa las manos, Venus -dijo mientras le hacía caso.- Ahora tengo que irme fuera, vete con Samanta y Galia. Mañana me devuelves la cazadora.
Asentí mientras él se iba corriendo hacia afuera.
Galia y Samanta me escrutaron con sus miradas y me sentí incómoda.
-Dejad de hacer eso -chisté.- ¿Qué ha pasado?
Galia le volvía a temblar la voz.
-No sé exactamente que ha pasado. Estaba con Jorge fuera, él me abrazaba y de repente aparcaron cuatro coches y salieron varios chicos, demasiados chicos y comenzaron a gritarse cosas. Jorge había bebido y se puso demasiado bruto. Temía que le ocurriese algo, y luego Héctor se metió. Ya sabes como es Héctor, él nunca se mete en nada, pero vio que diez chicos contra uno era difícil. Luego de intentar que se fuesen, que no dio resultado, vino Ben; y obviamente todos sabemos como es él. La pelea comenzó y Samanta quiso localizar a Samuel, que al parecer estaba contigo.
Resoplé.
-Así que sabíais que estaba con él -contemplé como Héctor gritaba unas cuantas cosas a uno.
Samanta negó con la cabeza.
-En realidad te llamamos porque estábamos preocupadas por ti. Gracias a Dios también pudimos contactar con Samuel -dijo Samanta, ignorando el hecho de que me había ruborizado al escuchar su nombre.
Ahora mismo diez chicos (gilipollas, diría yo) contra cuatro no me parecía totalmente justo, además tenemos que contar que Jorge estaba borracho como una cuba y que Ben estaba con las hormonas subiditas (se podía visualizar en su entrepierna).
Jorge hizo un intento de decirles que se fuesen, que no querían problemas y que esta era su casa, que si no se iban llamarían a la policía, pero todos sabíamos que eso no ocurriría. Él estaba haciendo una fiesta ilegal, en ausencia de padres. Además de que todo el mundo seguía en la fiesta, algunos ausentes de lo que pasaba aún bailaban borrachos como una cuba, y otros absortos en la pelea.
Héctor tenía el labio partido, Jorge tenía el brazo sangrando (¿habían usado armas? ¿Cómo pudieron hacer aquello?), Ben parecía el peor parado, ya que tenía varios moratones y respiraba con dificultad. Samuel, obviamente, no tenía ningún rasguño porque acababa de aparecer. Aún así conocía sus tácticas. Él no se metía hasta que alguno pegase, las palabras prefería guardárselas.
Dos de ellos también tenían el labio partido y respiraban con dificultad.
-¿Por qué no os vais? -Preguntó Jorge.- ¡Os juro que os mataré como no os larguéis!
Mi resoplido fue bastante sonado.
-Si está con amenazas, es lógico que no se vayan. Eso es lo que pretenden.
Pensé que Galia me contraatacaría, pero me dio la razón mientras asentía con la cabeza.
Héctor estaba alucinando con aquellos y mientras ponía su peso sobre la otra pierna, visualizó a Samuel. Éste estaba vagamente aburrido mirando uno a uno, como si estuviese intentando averiguar que planeaban hacer.
Héctor susurró algo a Samuel, éste que estaba absorto mirándolos, le contestó a Héctor. Intercambiaron algunas palabras más y Héctor parecía abatido. La noticia de Samuel no fue muy buena.
Ben, con su incontrolable subida de hormonas, era incapaz de apartar la mirada de su, muy guarra, novia. Ésta parecía que no conocía los vestidos, sino las camisetas largas.
Jorge intercambió palabras, de nuevo, con los visitantes y éstos se rieron entre dientes.
-Te avisamos. Si no jugabas limpio vendríamos a saldar la deuda -rugió uno de ellos.
Samuel levantó la ceja y miró a Jorge. Ahora había descubierto que era culpa de Jorge de que estuviesen allí.
-Os dije que tardaré en daros el dinero, pero que al fin y al cabo lo reuniré -dijo Jorge, sin temblar.
Uno de ellos le miró con asombro.
-Vaya, vaya. De seguro que para una fiesta, y para comprarle estúpidas cosas a tu novia fijo que sí -dijo éste mismo, lanzando una mirada a Galia.
Sentía que ella se estremecía y comenzó a temblarle las piernas. Jorge se dio cuenta de la incomodidad de ella, y comenzó a hacer la pregunta que todos esperamos que hiciese.
-¿Qué quieres? -Preguntó.
Negó con la cabeza.
-Quiero mi dinero, por enésima vez -saltó.
-¿Y si no lo obtienes? -Preguntó, de vuelta.
El chico se encogió de hombros.
-Pagarás la deuda. A palizas, quizás hasta lo pague tu novia. Pero no de esa manera. ¿Verdad, guapa? -Preguntó en dirección de Galia.
Le agarré el brazo, y lo mismo hizo Samanta.
-¿Estarías dispuesta a pagar la deuda que tu novio tiene conmigo? ¿Cómo lo harías, ricura?
No podía creer lo que este estaba insinuando.
-Clavándote dos puñales en el estómago, gilipollas -solté. Galia estaba cada vez más nerviosa, temblando como si fuese de gelatina. Samanta la sujetaba y ahora también temblaba ella.
El chico dirigió su mirada hacia mí, y me encontró graciosa. No sé en que momento le conté un chiste, pero hizo efecto.
-¿Y tú...? -Preguntó en mi dirección.
Sacudí la cabeza.
-No creo que te importe en absoluto.
Él dudo en que hacer: si dejarme pasar lo que le había dicho o, muy a mi pesar, acercarse y matarme. Lenta y dolorosamente. Quizás disfrutaría con mi muerte. ¿Qué?
Él miró todo mi conjunto.
-Así que, para no andarse con rodeos, eres la nueva guarra de Sáez -comentó, así por encima. Además de sonreír como un palurdo.
Comenzaron a reírse por mi alrededor. Esto era la guerra Santa.
-¿Tienes envidia? -Pregunté ladeando la cabeza, con una sonrisa irónica.
Muchas de las risas se transformaron en asombro. Estaban exclamándose unos a otros el porqué había dicho eso, aunque ni yo lo sabía. Acababa de admitir que era una guarra. De Alex. ¿No? La cosa era que al chico le estaba dando un tipo de ataque epiléptico, porque me miró y no dejaba de moverse.
¿Habré dado en el punto clave o es que no le gustaba que le quedasen mal?
Él comenzó acercándose. Por el rabillo del ojo, sin pestañear, vi como Samuel se ponía derecho y rígido, a punto de dirigirse hacia aquí. Negué con la cabeza. Podría manejar esto.

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