Su
mano estaba en mi cintura. Estábamos en una posición bastante
cómica, pero desde mi punto de vista era perfecto. Ahora mismo,
podría verse, que no estaba demasiado atenta y que estaba nerviosa.
Lo estaba, mejor dicho. Porque en cuanto sus labios rozaron los míos
se me olvidó el si podría notar mi poca experiencia, (o nada mejor
dicho), y traté de darle todo lo que sentía en ese momento. La mano
que le quedaba libre la posó sobre mi nuca, atrayéndome más hacia
él. Abrí lentamente mis labios, y él, aprovechando el momento,
hizo alargar su lengua hacia mi boca.
Me
cogió como si mi peso fuese el de una pluma, y me extendió en la
cama sin separarse de mi boca. Él estaba encima de mí y no podía
pensar en nada más que en Samuel.
Y
ahora, por supuesto, todo se estropeaba.
Mi
móvil comenzó a sonar con la melodía de Breakaway de Kelly
Clarkson.
Él
se separó lo más rápido que fue capaz, alertado por el sonido que
emitía mi teléfono móvil. Por lo que pude visualizar en él se
arrepentía de haberlo hecho. Ahora mi buen humor se había disipado.
Pensé que, tal vez, le diese igual lo que habría pasado.
¿Por
qué me miento a mí misma?
Pensaba
que después de esto declarase su amor por mí.
Soy
bastante estúpida.
-¿Venus?
¿No vas a coger el teléfono? -Preguntó mientras me miraba con las
cejas fruncidas.
Salté
sobre la cama.
-Ah,
sí -dije mientras descolgaba.
Y
ahí es cuando escuché la voz de Galia, gritándome.
-¡¿Dónde
estás, Venny? -Preguntó histérica.
Miré
a Samuel con expresión extraña, y el me respondió con un
movimiento de cabeza.
Seguí
hablando:
-Estoy
en una de las habitaciones de Jorge -expliqué.- ¿Por qué?
Ella
comenzaba a balbucear incoherencias.
-¿Con
quién? ¿Qué has hecho, Venus? ¡Responde! -Me gritaba. Se estaba
volviendo loca
Contesté
varios segundos después.
-Con
Samuel. Y nada. ¿Quieres tranquilizarte? -Pregunté casi histérica.-
¿Por qué demonios me has llamado? ¿Qué pasa?
Ella
comenzó a llorar, o eso parecía.
-¡Venus!
Dile a Samuel que baje al jardín, por favor. Jorge, Héctor y Ben lo
necesitan -dijo antes de respirar con dificultad, mientras se oía a
Samanta parlotear mientras sollozaba.
-¿Por
qué? ¿Qué ocurre? -Pregunté en tensión.
Samuel
pareció preocupado. Comenzaban a oírse voces procedentes de fuera,
mejor dicho, gritos de chicos y chillos provenientes de las chicas.
Se
puso de pie y anduvo hasta la ventana y allí se quedó mirando
fijamente hacia afuera.
-Han
venido personas... -Comenzó a decir cuando Samanta le quitó el
teléfono y se puso.
-Bajad
y os enteraréis -gritó.
Samuel,
ya sabiendo que pasaba, cogió su chaqueta y se disponía a salir de
la habitación. Sin mí, por cierto. Se había olvidado de que estaba
en la estancia.
-¡Sáez!
-Chillé.
Él
se dio la vuelta y con una mirada fija en mí, comenzó a ordenarme:
-Baja
con tus amigas -dijo mientras se apresuraba hacia las escaleras.
Corrí
detrás de él, imposible alcanzarle, corría (o andaba) demasiado
rápido. Y mis tacones no daban más de sí.
-Deja
de hacer como si fuese invisible -le grité.
Él
volvió a parar en seco y me miró.
-No
sé si sabías que estoy aquí, que tal vez me caiga con tacones por
tu culpa. ¿Puedes, simplemente, ayudarme ahora? ¿Puedes hacer como
que tienes sentimientos? ¿Tanto te cuesta?
Él
se acercó a mí y me cogió en brazos.
-No
me refería a esto, Samuel -dije mientras observaba su cuello. Olía
terriblemente bien.
Él
me miró con una ceja alzada. Tragué saliva.
-No
te quejes. Ni se te ocurra Venus -dijo mientras bajaba los escalones
de dos en dos conmigo en brazos.
Pensé
que nos daríamos un porrazo contra el suelo pero, al parecer, tenía
bastante equilibrio conmigo encima; y eso sólo me recordaba que era
un promiscuo. Un maldito mujeriego, se ha dicho.
En
cuanto rodeamos el pasillo, pudimos ver como millones de chicos y
chicas, la mayoría bebidos, alzaban los gritos mediante dos, o tres
(no pude verlos muy bien) se peleaban. No podía ver exactamente
quienes eran, pero al parecer Samuel si lo sabía y se puso tenso.
Podía sentirlos en sus brazos. Aparte de eso, uno de ellos hizo
chocar su puño contra la mandíbula del adversario. Esto se ponía
bastante interesante, en realidad me gustaban las peleas. Demostraba
la incoherencia y la inutilidad de las personas de ahora.
Galia
y Samanta se dieron la vuelta (ni siquiera me había fijado en
ellas), y nos miraron con los ojos abiertos como platos.
Samuel,
ni siquiera había apartado la vista de aquello y se dispuso a
dejarme sobre el suelo.
Limpié
el polvo inexistente de mi vestido y me eché hacia atrás el pelo.
Él se quitaba, de nuevo, la cazadora y la puso sobre mis hombros.
-No
tengo frío -dije.- Pero gracias.
Él
prohibió que me quitase la cazadora.
-Quedatela.
Lo hago porque el alcohol hace que la mayoría de estos gilipollas
tengan las hormonas bastante subiditas.
Arrugué
la frente.
-¿Y?
-Pregunté.
Él
movió la cabeza en mi dirección, y pude ver que se refería a mi
vestido, a lo roja que me había puesto desde que hoy me había
dirigido la palabra y demás.
-Pasa
las manos, Venus -dijo mientras le hacía caso.- Ahora tengo que irme
fuera, vete con Samanta y Galia. Mañana me devuelves la cazadora.
Asentí
mientras él se iba corriendo hacia afuera.
Galia
y Samanta me escrutaron con sus miradas y me sentí incómoda.
-Dejad
de hacer eso -chisté.- ¿Qué ha pasado?
Galia
le volvía a temblar la voz.
-No
sé exactamente que ha pasado. Estaba con Jorge fuera, él me
abrazaba y de repente aparcaron cuatro coches y salieron varios
chicos, demasiados chicos y comenzaron a gritarse cosas. Jorge había
bebido y se puso demasiado bruto. Temía que le ocurriese algo, y
luego Héctor se metió. Ya sabes como es Héctor, él nunca se mete
en nada, pero vio que diez chicos contra uno era difícil. Luego de
intentar que se fuesen, que no dio resultado, vino Ben; y obviamente
todos sabemos como es él. La pelea comenzó y Samanta quiso
localizar a Samuel, que al parecer estaba contigo.
Resoplé.
-Así
que sabíais que estaba con él -contemplé como Héctor gritaba unas
cuantas cosas a uno.
Samanta
negó con la cabeza.
-En
realidad te llamamos porque estábamos preocupadas por ti. Gracias a
Dios también pudimos contactar con Samuel -dijo Samanta, ignorando
el hecho de que me había ruborizado al escuchar su nombre.
Ahora
mismo diez chicos (gilipollas, diría yo) contra cuatro no me parecía
totalmente justo, además tenemos que contar que Jorge estaba
borracho como una cuba y que Ben estaba con las hormonas subiditas
(se podía visualizar en su entrepierna).
Jorge
hizo un intento de decirles que se fuesen, que no querían problemas
y que esta era su casa, que si no se iban llamarían a la policía,
pero todos sabíamos que eso no ocurriría. Él estaba haciendo una
fiesta ilegal, en ausencia de padres. Además de que todo el mundo
seguía en la fiesta, algunos ausentes de lo que pasaba aún bailaban
borrachos como una cuba, y otros absortos en la pelea.
Héctor
tenía el labio partido, Jorge tenía el brazo sangrando (¿habían
usado armas? ¿Cómo pudieron hacer aquello?), Ben parecía el peor
parado, ya que tenía varios moratones y respiraba con dificultad.
Samuel, obviamente, no tenía ningún rasguño porque acababa de
aparecer. Aún así conocía sus tácticas. Él no se metía hasta
que alguno pegase, las palabras prefería guardárselas.
Dos
de ellos también tenían el labio partido y respiraban con
dificultad.
-¿Por
qué no os vais? -Preguntó Jorge.- ¡Os juro que os mataré como no
os larguéis!
Mi
resoplido fue bastante sonado.
-Si
está con amenazas, es lógico que no se vayan. Eso es lo que
pretenden.
Pensé
que Galia me contraatacaría, pero me dio la razón mientras asentía
con la cabeza.
Héctor
estaba alucinando con aquellos y mientras ponía su peso sobre la
otra pierna, visualizó a Samuel. Éste estaba vagamente aburrido
mirando uno a uno, como si estuviese intentando averiguar que
planeaban hacer.
Héctor
susurró algo a Samuel, éste que estaba absorto mirándolos, le
contestó a Héctor. Intercambiaron algunas palabras más y Héctor
parecía abatido. La noticia de Samuel no fue muy buena.
Ben,
con su incontrolable subida de hormonas, era incapaz de apartar la
mirada de su, muy guarra, novia. Ésta parecía que no conocía los
vestidos, sino las camisetas largas.
Jorge
intercambió palabras, de nuevo, con los visitantes y éstos se
rieron entre dientes.
-Te
avisamos. Si no jugabas limpio vendríamos a saldar la deuda -rugió
uno de ellos.
Samuel
levantó la ceja y miró a Jorge. Ahora había descubierto que era
culpa de Jorge de que estuviesen allí.
-Os
dije que tardaré en daros el dinero, pero que al fin y al cabo lo
reuniré -dijo Jorge, sin temblar.
Uno
de ellos le miró con asombro.
-Vaya,
vaya. De seguro que para una fiesta, y para comprarle estúpidas
cosas a tu novia fijo que sí -dijo éste mismo, lanzando una mirada
a Galia.
Sentía
que ella se estremecía y comenzó a temblarle las piernas. Jorge se
dio cuenta de la incomodidad de ella, y comenzó a hacer la pregunta
que todos esperamos que hiciese.
-¿Qué
quieres? -Preguntó.
Negó
con la cabeza.
-Quiero
mi dinero, por enésima vez -saltó.
-¿Y
si no lo obtienes? -Preguntó, de vuelta.
El
chico se encogió de hombros.
-Pagarás
la deuda. A palizas, quizás hasta lo pague tu novia. Pero no de esa
manera. ¿Verdad, guapa? -Preguntó en dirección de Galia.
Le
agarré el brazo, y lo mismo hizo Samanta.
-¿Estarías
dispuesta a pagar la deuda que tu novio tiene conmigo? ¿Cómo lo
harías, ricura?
No
podía creer lo que este estaba insinuando.
-Clavándote
dos puñales en el estómago, gilipollas -solté. Galia estaba cada
vez más nerviosa, temblando como si fuese de gelatina. Samanta la
sujetaba y ahora también temblaba ella.
El
chico dirigió su mirada hacia mí, y me encontró graciosa. No sé
en que momento le conté un chiste, pero hizo efecto.
-¿Y
tú...? -Preguntó en mi dirección.
Sacudí
la cabeza.
-No
creo que te importe en absoluto.
Él
dudo en que hacer: si dejarme pasar lo que le había dicho o, muy a
mi pesar, acercarse y matarme. Lenta y dolorosamente. Quizás
disfrutaría con mi muerte. ¿Qué?
Él
miró todo mi conjunto.
-Así
que, para no andarse con rodeos, eres la nueva guarra de Sáez
-comentó, así por encima. Además de sonreír como un palurdo.
Comenzaron
a reírse por mi alrededor. Esto era la guerra Santa.
-¿Tienes
envidia? -Pregunté ladeando la cabeza, con una sonrisa irónica.
Muchas
de las risas se transformaron en asombro. Estaban exclamándose unos
a otros el porqué había dicho eso, aunque ni yo lo sabía. Acababa
de admitir que era una guarra. De Alex. ¿No? La cosa era que al
chico le estaba dando un tipo de ataque epiléptico, porque me miró
y no dejaba de moverse.
¿Habré
dado en el punto clave o es que no le gustaba que le quedasen mal?
Él
comenzó acercándose. Por el rabillo del ojo, sin pestañear, vi
como Samuel se ponía derecho y rígido, a punto de dirigirse hacia
aquí. Negué con la cabeza. Podría manejar esto.
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