jueves, 20 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 2


Odio a esas personas que se quedan en pleno pasillo hablando. Tal vez deberían irse a otro lugar a hablar, porque había personas como yo que, quizás, lo único que querían era irse a clase sanas y salvas.
-Oye, señorita Ameda -me llamó el profesor de Historia a mis espaldas.
-Hola profesor Santos, ¿qué le preocupa? -Pregunté dudando de mis palabras.
-Necesito que hagas clases particulares para un alumno -dijo sonriendo.- Por favor.
La mejor opción era aceptar e irse corriendo.
-De acuerdo, lo haré -le devolví una sonrisa un poco torcida.
Él se mostró de acuerdo y antes de irse me dijo el día y la hora. Hoy empezaría, a las tres. ¿A las tres? ¿Pretendía que no comiese? ¿No tengo vida social ahora, o qué? Esto no le gustará nada a mi hermano y es lo que más me gusta de esto.
Entré a clase de Literatura con Samanta tocándome los talones.
-A ver, Venus, ¿por qué hay famosos que se suicidan? -Preguntaba.- Tienen bastante dinero.
Galia estaba bastante entusiasmada con la conversación que se unió, y eso que no nos hacía caso desde que rondaba en sus pensamientos cuando veía a Carlos.
-Porque sino tienen ni amor ni familia ni felicidad dudo mucho que quiera seguir aquí -dijo.- ¿A qué sí, Venus?
Asentí hacia ellas con una risa graciosa en mis labios.
-Este tema de conversación seguro que le gustará a la profesora -di por sentado.
Nos sentamos en nuestros respectivos sitios. Iba con Galia a mi lado y delante a Samanta que se sentaba con Hugo. Solíamos hablar bastante entre los cuatros.
-Me gustaría empezar a hablar sobre el amor, entre otras cosas -comenzó la profesora.- ¿Alguien quiere comenzar?
Uno de la fila de atrás, llamados mejor cómo LFA, levantó la mano, y dijo:
-¿Cuando nos acostamos unos con otros? -Preguntó asombrado.- Entonces tengo mucho de que hablar.
La profesora levantó la palma de su mano para que se callase.
-Guárdese sus altanerías, señorito López. ¿Alguien que quiera hablar de algo puramente natural? -Preguntó ella.
-Eso es algo normal, profesora. Seguro que tú también lo ha practicado -dijo, guiñando un ojo a la señorita.
Creo que esto no iba a terminar muy bien.
-Sal de clase. ¡Ahora! -Gritó finalmente. Éste, con mucho gusto se fue, cerrando la puerta tras su espalda.
Y ella, para darnos la lección, deberíamos hablar de sexo.
Cagada de tema.

Toqué el aula de Música, nadie respondía así que entré por mí misma. Debería de estar el chico al que le daría clases de historia, que ni siquiera sé porqué me lo había dicho a mí. Si aprobaba era porque no me quedaba otra. Aborrecía la historia.
-¿Hola? -Pregunté, y un chico salió detrás de la batería. Y cuando me fijé en realidad quien era se me paró el corazón. ¿No había otro al que encontrarme que a Samuel? ¿Qué tanto odio me tienen allí arriba?
Él se puso de espaldas a la pared, en el lado contrario a mí.
Si me permitís contaros: Él es uno, entre otros, de los que dan miedo porque no saben buscar otra cosa más que pelea. En realidad me cabrea bastante que me haya encontrado con él, pero se trata de rectificar.
-Lo siento, buscaba a una persona -dije, y su voz grave me paró en seco cuando caminaba hacia la salida.
-No como, Ameda, acaso que tú me lo pidas -dijo con una sonrisa pícara en sus labios.
Las piernas comenzaban a temblar. Esto ero lo más absurdo.
-Es sólo... que tengo que encontrar a esa persona, lo siento -dije. Puso su brazo en la puerta, impidiendo que pudiese salir de allí. Mi respiración era irregular.
Sentía que sonreía a mis espaldas, bueno si, podría decirse así; aunque me llevaba un buen y agigantado cacho.
-Soy el alumno, Ameda -dijo, saboreando las palabras.
El escalofrío subió por mi columna como un rayo.
Me di la vuelta para encontrármelo frente a mí, midiendo cada uno de mis movimientos, de mis facciones. Se hizo a un lado, sin apartar la mano de la puerta.
Fui hacia una de las sillas y abrí el libro en la mesa, esperando a que él lograra venir.
Y vino.
Y sin ninguna palabra de intercambio.
-Pues si que mueren demasiado pronto -consultó por sí mismo.
Le miré, aún con la idea magnánima de irme corriendo de allí.
-En aquella época no habían pistolas, Sáez -le respondí.
Él pareció disfrutar de toda aquella drama. Ni siquiera sabía porque estaba haciendo ella de tutora si él sabía más que ella, quizás el triple más que ella. Él se la estaba jugando.
-¿Seguro que eres tú a quien tenía que dar clase? -Pregunté sin ser capaz de decir alguna palabra más.
Rió.
-Huelo tu miedo.
-Si lo hueles es que eres un perro -dije, y al momento me dije idiota por decir aquello. Ahora me mataría a sangre fría.
Él volvió a reír.
-¿Sabes que? Tienes toda la razón: soy un perro -admitió.- Pero nadie me juzga por ello, ¿no?
Ahora fui yo quién rió.
-Claro que no.
Él entrecerró los ojos, buscando el porqué de aquella ironía.
-¿Qué quiere decir eso? -Preguntó.- Puedes ser fiel a tu palabra, no te pondré contra la pared; y si lo hago no es para matarte.
Tragué saliva por su malintencionadas palabras.
-Nadie te juzgaría, y lo sabes tan bien como yo. ¿Cómo quieres que lo hagan si para empezar tú podrías, simplemente, matarlos de un sólo porrazo?
Él se quedó pensando en la sexta galaxia.
-Continúa, Ameda -obligó.
-Te tengo miedo. Te tienen miedo -justifiqué.
Él se quedó pensando y al momento en su cara reflejó entusiasmo.
-Me gusta esta parte de ti, la de contarlo todo sin importar si caes -dijo, como si trazara un plan en su mente.- Tampoco creo que sea tan necesario tenerme miedo, ¿no crees?
Preferí no contestar y girar la conversación.
-¿Por qué querías una tutora para dar clase? -Pregunté.
Él me miró divertido, como si yo acaso fuese graciosa.
-Para aprobar, Ameda. Pensé que lo sabrías -dijo con una sonrisa en sus labios.
Negué con la cabeza mirando hacia la puerta. Estaba esperando a encontrar la respuesta correcta.
-Sabes perfectamente todo esto -le miré entrecerrando los ojos.- Has mentido y no sé porqué.
Él se levantó, se metió las manos en los bolsillos y caminaba de un lado a otro.







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