Odio
a esas personas que se quedan en pleno pasillo hablando. Tal vez
deberían irse a otro lugar a hablar, porque había personas como yo
que, quizás, lo único que querían era irse a clase sanas y salvas.
-Oye,
señorita Ameda -me llamó el profesor de Historia a mis espaldas.
-Hola
profesor Santos, ¿qué le preocupa? -Pregunté dudando de mis
palabras.
-Necesito
que hagas clases particulares para un alumno -dijo sonriendo.- Por
favor.
La
mejor opción era aceptar e irse corriendo.
-De
acuerdo, lo haré -le devolví una sonrisa un poco torcida.
Él
se mostró de acuerdo y antes de irse me dijo el día y la hora. Hoy
empezaría, a las tres. ¿A las tres? ¿Pretendía que no comiese?
¿No tengo vida social ahora, o qué? Esto no le gustará nada a mi
hermano y es lo que más me gusta de esto.
Entré
a clase de Literatura con Samanta tocándome los talones.
-A
ver, Venus, ¿por qué hay famosos que se suicidan? -Preguntaba.-
Tienen bastante dinero.
Galia
estaba bastante entusiasmada con la conversación que se unió, y eso
que no nos hacía caso desde que rondaba en sus pensamientos cuando
veía a Carlos.
-Porque
sino tienen ni amor ni familia ni felicidad dudo mucho que quiera
seguir aquí -dijo.- ¿A qué sí, Venus?
Asentí
hacia ellas con una risa graciosa en mis labios.
-Este
tema de conversación seguro que le gustará a la profesora -di por
sentado.
Nos
sentamos en nuestros respectivos sitios. Iba con Galia a mi lado y
delante a Samanta que se sentaba con Hugo. Solíamos hablar bastante
entre los cuatros.
-Me
gustaría empezar a hablar sobre el amor, entre otras cosas -comenzó
la profesora.- ¿Alguien quiere comenzar?
Uno
de la fila de atrás, llamados mejor cómo LFA, levantó la mano, y
dijo:
-¿Cuando
nos acostamos unos con otros? -Preguntó asombrado.- Entonces tengo
mucho de que hablar.
La
profesora levantó la palma de su mano para que se callase.
-Guárdese
sus altanerías, señorito López. ¿Alguien que quiera hablar de
algo puramente natural? -Preguntó ella.
-Eso
es algo normal, profesora. Seguro que tú también lo ha practicado
-dijo, guiñando un ojo a la señorita.
Creo
que esto no iba a terminar muy bien.
-Sal
de clase. ¡Ahora! -Gritó finalmente. Éste, con mucho gusto se fue,
cerrando la puerta tras su espalda.
Y
ella, para darnos la lección, deberíamos hablar de sexo.
Cagada
de tema.
Toqué
el aula de Música, nadie respondía así que entré por mí misma.
Debería de estar el chico al que le daría clases de historia, que
ni siquiera sé porqué me lo había dicho a mí. Si aprobaba era
porque no me quedaba otra. Aborrecía la historia.
-¿Hola?
-Pregunté, y un chico salió detrás de la batería. Y cuando me
fijé en realidad quien era se me paró el corazón. ¿No había otro
al que encontrarme que a Samuel? ¿Qué tanto odio me tienen allí
arriba?
Él
se puso de espaldas a la pared, en el lado contrario a mí.
Si
me permitís contaros: Él es uno, entre otros, de los que dan miedo
porque no saben buscar otra cosa más que pelea. En realidad me
cabrea bastante que me haya encontrado con él, pero se trata de
rectificar.
-Lo
siento, buscaba a una persona -dije, y su voz grave me paró en seco
cuando caminaba hacia la salida.
-No
como, Ameda, acaso que tú me lo pidas -dijo con una sonrisa pícara
en sus labios.
Las
piernas comenzaban a temblar. Esto ero lo más absurdo.
-Es
sólo... que tengo que encontrar a esa persona, lo siento -dije. Puso
su brazo en la puerta, impidiendo que pudiese salir de allí. Mi
respiración era irregular.
Sentía
que sonreía a mis espaldas, bueno si, podría decirse así; aunque
me llevaba un buen y agigantado cacho.
-Soy
el alumno, Ameda -dijo, saboreando las palabras.
El
escalofrío subió por mi columna como un rayo.
Me
di la vuelta para encontrármelo frente a mí, midiendo cada uno de
mis movimientos, de mis facciones. Se hizo a un lado, sin apartar la
mano de la puerta.
Fui
hacia una de las sillas y abrí el libro en la mesa, esperando a que
él lograra venir.
Y
vino.
Y
sin ninguna palabra de intercambio.
-Pues
si que mueren demasiado pronto -consultó por sí mismo.
Le
miré, aún con la idea magnánima de irme corriendo de allí.
-En
aquella época no habían pistolas, Sáez -le respondí.
Él
pareció disfrutar de toda aquella drama. Ni siquiera sabía porque
estaba haciendo ella de tutora si él sabía más que ella, quizás
el triple más que ella. Él se la estaba jugando.
-¿Seguro
que eres tú a quien tenía que dar clase? -Pregunté sin ser capaz
de decir alguna palabra más.
Rió.
-Huelo
tu miedo.
-Si
lo hueles es que eres un perro -dije, y al momento me dije idiota por
decir aquello. Ahora me mataría a sangre fría.
Él
volvió a reír.
-¿Sabes
que? Tienes toda la razón: soy un perro -admitió.- Pero nadie me
juzga por ello, ¿no?
Ahora
fui yo quién rió.
-Claro
que no.
Él
entrecerró los ojos, buscando el porqué de aquella ironía.
-¿Qué
quiere decir eso? -Preguntó.- Puedes ser fiel a tu palabra, no te
pondré contra la pared; y si lo hago no es para matarte.
Tragué
saliva por su malintencionadas palabras.
-Nadie
te juzgaría, y lo sabes tan bien como yo. ¿Cómo quieres que lo
hagan si para empezar tú podrías, simplemente, matarlos de un sólo
porrazo?
Él
se quedó pensando en la sexta galaxia.
-Continúa,
Ameda -obligó.
-Te
tengo miedo. Te tienen miedo -justifiqué.
Él
se quedó pensando y al momento en su cara reflejó entusiasmo.
-Me
gusta esta parte de ti, la de contarlo todo sin importar si caes
-dijo, como si trazara un plan en su mente.- Tampoco creo que sea tan
necesario tenerme miedo, ¿no crees?
Preferí
no contestar y girar la conversación.
-¿Por
qué querías una tutora para dar clase? -Pregunté.
Él
me miró divertido, como si yo acaso fuese graciosa.
-Para
aprobar, Ameda. Pensé que lo sabrías -dijo con una sonrisa en sus
labios.
Negué
con la cabeza mirando hacia la puerta. Estaba esperando a encontrar
la respuesta correcta.
-Sabes
perfectamente todo esto -le miré entrecerrando los ojos.- Has
mentido y no sé porqué.
Él
se levantó, se metió las manos en los bolsillos y caminaba de un
lado a otro.
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