jueves, 20 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 3


-Eres hermana de Leo, ¿verdad?
Le miré entornando los ojos, sin saber bien que contestar. Sí, lo era, ¿pero por qué él querría saberlo?
Asentí con la cabeza, simplemente.
-Eso es porqué te elegí como tutora, a pesar de que no lo necesito -dijo, como si yo hubiese completado el puzzle.
-¿Qué?
Él miró más allá de mí.
-No creo que pueda decirte nada más -dijo, y con esto caminó hasta la puerta, cosa que impedí cuando le cogí del brazo.
Tal vez no ha sido la mejor idea que he tenido en diecisiete años, pero es la más efectiva. Aunque no sabría que decirte si tenemos en cuenta que él no es... un caballero. Es todo lo contrario.
Él me miró, y quité el brazo rápidamente.
-Has comenzado a decirme algo y quiero que lo termines, Samuel -dije, diciendo la primera vez su nombre.
Él volvió a darse media vuelta y no iba a permitirlo.
-Él es mi hermano y quiero saber que es lo que traes entre manos.
-Siéntate -ordenó. Lo hice.
Él permaneció de pie.
-Tu hermano ha heredado el sitio de tu padre -saltó.
-¿Qué quiere decir eso?
-Que él está en el mismo sitio que yo, Ameda.
Negué con la cabeza varias veces, sin entender aún porque me decía eso.
-Él no es así.
El entrecerró los ojos.
-¿No es cómo?
-Como tú.
A lo mejor no tuve que habérselo dicho, pero dicho eso cogió su mochila y se largó lo más rápido que pudo de mí.
Había cometido un error, pero era por haberla subestimado. ¿Pero y si era verdad?

Samanta estaba hablándome sobre el sobre que le entregó Julio.
-¿Qué pondrá? -Me preguntó mientras paseaba de un lado para otro.
Galia estaba bastante apresurada y la fulminaba. Ella debía de irse y la estaba entreteniendo.
-Cuando quieras, Sam -dijo agobiada.
Samanta suspiró dos veces antes de abrir la carta, y comenzó a leerla:
-Samanta necesito que estés a las seis detrás del instituto -comenzó. Y terminó.
-Eso es más una nota que una carta -admití.- No se lo ha currado mucho, eh.
Samanta saltaba de alegría, y nosotras nos miramos desconcertadas.
-¿De qué te alegras? Ni siquiera sabes lo que quiere -dijo Samanta.
-A lo mejor sólo quiere pedirte un favor -dije convencida de ello.
Samanta nos fulminó y se fue hacia la puerta.
-Pensaba que me apoyaríais en todo, sobretodo tú Venus. ¿Por qué vas a darme lecciones sobre lo que quiere o no? Tampoco es que hayas tenido una relación en tu vida -dijo negando la cabeza.
Samanta se fue, Galia me miró con pena y yo me fui corriendo de allí.

Me paré justo enfrente de la puerta del dormitorio de mi hermano, preparada para lo que vendría ahora.
Toqué.
No hubo respuesta, pero sabía que estaba ahí. Abrí.
Estaba con Nando y con... Samuel.
-¿Venus? -Preguntó.
Le miré directamente a él.
-Toqué -excusé.
-Si no abrí fue por algo -dijo.- ¿Querías algo?
Miré a los otros dos intrusos y luego, de nuevo, a mi hermano.
-Hablar contigo -dije intentando enviarle una mirada de súplica.
Él no pareció darse cuenta porque miró a sus amigos, idiotas pero amigos, y luego a mí de nuevo:
-Puedes hablar aquí mismo -dijo, rompiendo todos mis planes.
Sonreí con amargura.
-¿Por qué no me cuentas las cosas, Leo? ¿Por qué no puedes, simplemente, decirme la verdad? ¿Sabe papá que eres... uno de ellos? -Pregunté señalando a la nada, pero Nando y Samuel se habían dado por aludidos.
Leo miró hacia ellos. No tenía ni idea de que yo lo sabía, Samuel no se lo dijo. Ahora he metido a Samuel en esto también... ¡Pero eso se lo merece por imbécil!
Se dio cuenta. Leo se puso frente a él dando cara.
Tenían la misma altura, cara con cara. Se miraban rabiosos entre sí, mientras Nando me miraba a mí intentando decirme algo. Los ojos grises de Leo estaban sobre los ojos verdes de Samuel; y viceversa. Ambos tenían la mandíbula apretada, querían pelearse y eso no iba a consentirlo y menos aquí.
-Si te pedí que te hicieras cargo de mi hermana era para mantenerla alejada, no para contarle todo, capullo -insultó las palabras frente a Samuel.
Éste sonrió ocultando tras esta sonrisa la verdadera realidad.
-No me toques los cojones, Ameda; sabes muy bien que nadie me da órdenes -luego, me miró a mí. De nuevo a él.- Dije que la mantendría alejada, pero nunca dije que no le contaría la verdad.
Abrí la boca para hablar pero Leo se adelantó:
-Pues no hace falta que lo hagas más, buscaré a otro -dijo, como si fuese de trapo.
Samuel entrecerró los ojos y dio un paso hacia Leo.
-No lo creo -dijo, sin más.
Leo sintió que su orgullo moría.
-No te lo voy a decir más, Sáez. No quiero que te acerques de nuevo a ella, ya no quiero que la protejas -aclaró pausadamente.
Samuel siguió inmóvil.
-Sabes que me pasaré tus órdenes por mis jodidos cojones, así que apártate -dijo, mirándolo desafiante.

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