-Eres
hermana de Leo, ¿verdad?
Le
miré entornando los ojos, sin saber bien que contestar. Sí, lo era,
¿pero por qué él querría saberlo?
Asentí
con la cabeza, simplemente.
-Eso
es porqué te elegí como tutora, a pesar de que no lo necesito
-dijo, como si yo hubiese completado el puzzle.
-¿Qué?
Él
miró más allá de mí.
-No
creo que pueda decirte nada más -dijo, y con esto caminó hasta la
puerta, cosa que impedí cuando le cogí del brazo.
Tal
vez no ha sido la mejor idea que he tenido en diecisiete años, pero
es la más efectiva. Aunque no sabría que decirte si tenemos en
cuenta que él no es... un caballero. Es todo lo contrario.
Él
me miró, y quité el brazo rápidamente.
-Has
comenzado a decirme algo y quiero que lo termines, Samuel -dije,
diciendo la primera vez su nombre.
Él
volvió a darse media vuelta y no iba a permitirlo.
-Él
es mi hermano y quiero saber que es lo que traes entre manos.
-Siéntate
-ordenó. Lo hice.
Él
permaneció de pie.
-Tu
hermano ha heredado el sitio de tu padre -saltó.
-¿Qué
quiere decir eso?
-Que
él está en el mismo sitio que yo, Ameda.
Negué
con la cabeza varias veces, sin entender aún porque me decía eso.
-Él
no es así.
El
entrecerró los ojos.
-¿No
es cómo?
-Como
tú.
A
lo mejor no tuve que habérselo dicho, pero dicho eso cogió su
mochila y se largó lo más rápido que pudo de mí.
Había
cometido un error, pero era por haberla subestimado. ¿Pero y si era
verdad?
Samanta
estaba hablándome sobre el sobre que le entregó Julio.
-¿Qué
pondrá? -Me preguntó mientras paseaba de un lado para otro.
Galia
estaba bastante apresurada y la fulminaba. Ella debía de irse y la
estaba entreteniendo.
-Cuando
quieras, Sam -dijo agobiada.
Samanta
suspiró dos veces antes de abrir la carta, y comenzó a leerla:
-Samanta
necesito que estés a las seis detrás del instituto -comenzó. Y
terminó.
-Eso
es más una nota que una carta -admití.- No se lo ha currado mucho,
eh.
Samanta
saltaba de alegría, y nosotras nos miramos desconcertadas.
-¿De
qué te alegras? Ni siquiera sabes lo que quiere -dijo Samanta.
-A
lo mejor sólo quiere pedirte un favor -dije convencida de ello.
Samanta
nos fulminó y se fue hacia la puerta.
-Pensaba
que me apoyaríais en todo, sobretodo tú Venus. ¿Por qué vas a
darme lecciones sobre lo que quiere o no? Tampoco es que hayas tenido
una relación en tu vida -dijo negando la cabeza.
Samanta
se fue, Galia me miró con pena y yo me fui corriendo de allí.
Me
paré justo enfrente de la puerta del dormitorio de mi hermano,
preparada para lo que vendría ahora.
Toqué.
No
hubo respuesta, pero sabía que estaba ahí. Abrí.
Estaba
con Nando y con... Samuel.
-¿Venus?
-Preguntó.
Le
miré directamente a él.
-Toqué
-excusé.
-Si
no abrí fue por algo -dijo.- ¿Querías algo?
Miré
a los otros dos intrusos y luego, de nuevo, a mi hermano.
-Hablar
contigo -dije intentando enviarle una mirada de súplica.
Él
no pareció darse cuenta porque miró a sus amigos, idiotas pero
amigos, y luego a mí de nuevo:
-Puedes
hablar aquí mismo -dijo, rompiendo todos mis planes.
Sonreí
con amargura.
-¿Por
qué no me cuentas las cosas, Leo? ¿Por qué no puedes, simplemente,
decirme la verdad? ¿Sabe papá que eres... uno de ellos? -Pregunté
señalando a la nada, pero Nando y Samuel se habían dado por
aludidos.
Leo
miró hacia ellos. No tenía ni idea de que yo lo sabía, Samuel no
se lo dijo. Ahora he metido a Samuel en esto también... ¡Pero eso
se lo merece por imbécil!
Se
dio cuenta. Leo se puso frente a él dando cara.
Tenían
la misma altura, cara con cara. Se miraban rabiosos entre sí,
mientras Nando me miraba a mí intentando decirme algo. Los ojos
grises de Leo estaban sobre los ojos verdes de Samuel; y viceversa.
Ambos tenían la mandíbula apretada, querían pelearse y eso no iba
a consentirlo y menos aquí.
-Si
te pedí que te hicieras cargo de mi hermana era para mantenerla
alejada, no para contarle todo, capullo -insultó las palabras frente
a Samuel.
Éste
sonrió ocultando tras esta sonrisa la verdadera realidad.
-No
me toques los cojones, Ameda; sabes muy bien que nadie me da órdenes
-luego, me miró a mí. De nuevo a él.- Dije que la mantendría
alejada, pero nunca dije que no le contaría la verdad.
Abrí
la boca para hablar pero Leo se adelantó:
-Pues
no hace falta que lo hagas más, buscaré a otro -dijo, como si fuese
de trapo.
Samuel
entrecerró los ojos y dio un paso hacia Leo.
-No
lo creo -dijo, sin más.
Leo
sintió que su orgullo moría.
-No
te lo voy a decir más, Sáez. No quiero que te acerques de nuevo a
ella, ya no quiero que la protejas -aclaró pausadamente.
Samuel
siguió inmóvil.
-Sabes
que me pasaré tus órdenes por mis jodidos cojones, así que
apártate -dijo, mirándolo desafiante.
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