viernes, 21 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 4


 Leo le dejó pasar, pero en cuanto se distanciaron él fue detrás de él con las manos convertidas en puño; Samuel se lo esperaba, así que se dio la vuelta. Me puse entre los dos.
-Muy bien, esto se ha acabado, ¿vale? -Comencé.- No vas a tratarme como si fuese una niña pequeña y tú -dije mirando a Samuel -no vas a vigilarme, ninguno lo haréis.
Tenía sus miradas clavadas en mí, hasta Nando me miraba con las cejas alzadas.
-Quiero que me expliquéis lo de protegerme. Ahora -ordené.
Leo miró de mala gana a Samuel y luego a mí:
-Que te lo explique tu salvador, no creo que le importe ¿verdad?
Miré a Samuel que en este momento no me estaba mirando a mí, sino a mi hermano.
-Samuel -le llamé. Él, pausadamente, puso su mirada encima de mí.- ¿Deseas contármelo?
Entrecerró los ojos, inseguro de sí mismo y de mí.
-Tu hermano se ha metido en un buen lío. Todos nos hemos metido en un buen lío, y me mandó a mí a cuidarte. Tiene miedo de que le amenacen con hacerte algo -terminó.
Exclamé un taco y miré a mi hermano con los ojos abiertos como platos.
-¿En qué pensabas, Leonardo? -Pregunté en voz alta. Oí la risa de Nando al otro lado de la habitación.- ¿Y piensas en mí en vez de en Rosa? ¿Has pensado en ella?
Leo se calló por un segundo y respondió:
-¿Por qué te crees que papá quiso que estuviese encima de ti todo el día? Él lo sabe, Venus.
Cerré los ojos y los volví a abrir con lentitud.
-Papá lo sabe... Mamá también... -Leo asintió con la cabeza. Me di media vuelta para toparme con Samuel.- ¿Y tú eras el encargado de protegerme? Tienes un expediente en peleas bastante grueso.
Él emitió una sonrisa victoriosa.
-De seguro que tú has metido a mi hermano en esto -concluí.
Él pareció ofenderse.
-Oh no mi diosa, estás muy equivocada -dijo.
¿Diosa? ¿Mi diosa? ¿A qué venía llamarme así? No sé que me pasó cuando escuché aquello saliendo de sus labios que a mis tripas le gustaron tanto, no era hambre, ni disgusto, era algo agradable. Era como lo más bonito que me habían dicho jamás. Más que las palabras que me decía mi padre.
Y creo que estoy delirando.
Leo carraspeó cuando se dio cuenta de nuestro percance.
-¿Entonces como te metiste en esto, Leo? -Pregunté mientras me daba otra media vuelta para enfrentarme a él.
-Necesitaba hacerlo -aclaró.- No pienso contarte más, Venus. Sal de aquí.
Me puse furiosa. Nadie me contaba nada, nadie me decía nada y para colmo sentía algo por Samuel, no sé el que, no sé que demonios me había pasado, quizás fuese algo que me había echado. Quería gritar, llorar y lamentarme por todos aquellos inútiles.
Me di la vuelta cuando oí un puño compactándose en una mandíbula.
Leo había pegado a Samuel, y ahora éste le había devuelto el puño. Leo le dio un rodillazo en las costillas, Samuel no podía moverse apenas pero logró compactar su puño en el ojo de mi hermano.
Estaban pegándose como si uno tuviese que matar al otro y salir victorioso.
Pequé un grito. Ellos dos pararon.
-Sois unos gilipollas -admití.
Leo me miró con un ojo hinchado y sus ojos grises apenas podían verse. Lo tenía bien merecido, y por la mirada de furiosa y decepción que le eché salió de la habitación con Nando pisándole los talones.
-Intentaré hablar con él -dijo Nando.- Además intentaré que se le quite la cara de subnormal que tiene ahora.
Rió y se fue.
Miré la espalda de Samuel. Es lo único que podía ver de él.
-¿Samuel? -Pregunté.
-Me largo -dijo antes de darse la vuelta y fijarme en su horrible aspecto. Al igual que mi hermano.
A pesar de que tenía el labio roto y estaba algo incurvado presionando su mano en las costillas, se veía hermoso. Tenía belleza para rato, eso me agobiaba y me trastornaba.
-No, espera -le agarré del brazo antes de que se fuese.- Debo curarte.
Él me miró con las cejas fruncidas.
-¿Por qué?
-Porque estás malherido, imbécil -le insulté.- Lo siento, es sólo que...
Me interrumpió cuando soltó un gruñido.
-Hazlo ya -ordenó.
Le conduje hasta el cuarto de baño de mi habitación. Allí podría curarle sin que nadie nos viese.
Cerré el pestillo.
Él tenía una sonrisa tierna en su boca.
-No sabía que te gustase esto, diosa -dijo.
Cogí el alcohol, el algodón y los coloqué sobre el lavabo mientras le decía que se sentase sobre el váter. Mojé un trozo de algodón con alcohol y lo puse sobre su labio. No se quejaba, pero sabía que era su masculinidad la que le impedía hacerlo.
-¿Por qué me llamas así? -Pregunté.
Él tenía la boca ocupada por el algodón, así que apartó mi mano un segundo.
-¿Te llamo como? -Preguntó.
-Diosa -respondí.
Él sonrió amablemente.
-Porque tu nombre es de una diosa romana, Venus -contestó.
Asentí con la cabeza cuando me di cuenta de que decía la verdad. Siempre me lo habían dicho, lo había estudiado pero nunca caí cuando él me lo dijo. Busqué el porqués más significativo para mí, como que él me quería y ya. Pero me parece que los sueños, sueños son.
Acabé de limpiarle el labio cuando comenzó a quitarse la camiseta.
-¡Samuel! ¿Qué demonios haces? -Pregunté histérica.
Él me miró con los ojos entornados.
-Dijiste que querías curarme todas las heridas -dijo sonriendo.
-Bueno, me refería al labio, no a todo el cuerpo... -Admití.
Él rió.
-No creo que sea el primer chico que ves sin camiseta, Venus -dijo. Me quedé callada y él lo entendió todo. Sabía que era virgen, que ni siquiera había tenido una relación y así paró de quitarse la camiseta.
-No -negué.- Te dije que te curaría y pienso hacerlo.
Él seguía mirándome con ternura y se la quitó al fin.
Lo peor de todo es la cara que se me puso. Mi piel tornaba a ponerse roja como un tomate y ahora más, debía de estar más graciosa de cuando hacía ejercicio. Me quedé embobada, mirando como aquel dios griego me observaba con una sonrisa vacilante en sus gruesos labios.
Él carraspeó.
-Te has desviado de tu trabajo, diosa -dijo, haciendo que recordase que antes le había dicho dios griego. Bueno, pensado.
Vi el moratón en sus costillas, y no fue eso realmente lo que me llamó la atención. Fueron sus muchas cicatrices, aparte de las que tenía en la frente y en la mejilla. Tenía varios tatuajes en el costado, en la espalda (aunque no divisaba a verlo mucho desde aquí), y en los brazos. Era perfecto en toda su estructura.
-Sí... Perdona -dije, mientras me sentaba sobre mis talones para examinarle el costado.
Él rió.
-¿No te has dado cuenta de que no puedes hacer nada para quitar el moratón? -Preguntó alzando una de las comisuras de sus labios.
Asentí débilmente justamente cuando le toqué el moratón. Toqué su piel. Le toqué.
Él no hizo nada para impedirlo. Al revés, me miraba con curiosidad, intentando averiguar que es lo que quería.
Le miré fijamente, incapaz de apartar la mano de su pecho, luego bajé hasta sus labios. Después me acerqué a él y justo cuando cerré mis ojos para rozar mis labios con los suyos, él me esquivó.
-Creo que es hora de que me vaya -dijo. Me cogió de los hombros para que me pusiese derecha y él se levantó.
Y sin nada más que decirme, se puso su camiseta y se largo.
Y yo había quedado como una idiota.

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