Leo
le dejó pasar, pero en cuanto se distanciaron él fue detrás de él
con las manos convertidas en puño; Samuel se lo esperaba, así que
se dio la vuelta. Me puse entre los dos.
-Muy
bien, esto se ha acabado, ¿vale? -Comencé.- No vas a tratarme como
si fuese una niña pequeña y tú -dije mirando a Samuel -no vas a
vigilarme, ninguno lo haréis.
Tenía
sus miradas clavadas en mí, hasta Nando me miraba con las cejas
alzadas.
-Quiero
que me expliquéis lo de protegerme. Ahora -ordené.
Leo
miró de mala gana a Samuel y luego a mí:
-Que
te lo explique tu salvador, no creo que le importe ¿verdad?
Miré
a Samuel que en este momento no me estaba mirando a mí, sino a mi
hermano.
-Samuel
-le llamé. Él, pausadamente, puso su mirada encima de mí.- ¿Deseas
contármelo?
Entrecerró
los ojos, inseguro de sí mismo y de mí.
-Tu
hermano se ha metido en un buen lío. Todos nos hemos metido en un
buen lío, y me mandó a mí a cuidarte. Tiene miedo de que le
amenacen con hacerte algo -terminó.
Exclamé
un taco y miré a mi hermano con los ojos abiertos como platos.
-¿En
qué pensabas, Leonardo? -Pregunté en voz alta. Oí la risa de Nando
al otro lado de la habitación.- ¿Y piensas en mí en vez de en
Rosa? ¿Has pensado en ella?
Leo
se calló por un segundo y respondió:
-¿Por
qué te crees que papá quiso que estuviese encima de ti todo el día?
Él lo sabe, Venus.
Cerré
los ojos y los volví a abrir con lentitud.
-Papá
lo sabe... Mamá también... -Leo asintió con la cabeza. Me di media
vuelta para toparme con Samuel.- ¿Y tú eras el encargado de
protegerme? Tienes un expediente en peleas bastante grueso.
Él
emitió una sonrisa victoriosa.
-De
seguro que tú has metido a mi hermano en esto -concluí.
Él
pareció ofenderse.
-Oh
no mi diosa, estás muy equivocada -dijo.
¿Diosa?
¿Mi diosa? ¿A qué venía llamarme así? No sé que me pasó cuando
escuché aquello saliendo de sus labios que a mis tripas le gustaron
tanto, no era hambre, ni disgusto, era algo agradable. Era como lo
más bonito que me habían dicho jamás. Más que las palabras que me
decía mi padre.
Y
creo que estoy delirando.
Leo
carraspeó cuando se dio cuenta de nuestro percance.
-¿Entonces
como te metiste en esto, Leo? -Pregunté mientras me daba otra media
vuelta para enfrentarme a él.
-Necesitaba
hacerlo -aclaró.- No pienso contarte más, Venus. Sal de aquí.
Me
puse furiosa. Nadie me contaba nada, nadie me decía nada y para
colmo sentía algo por Samuel, no sé el que, no sé que demonios me
había pasado, quizás fuese algo que me había echado. Quería
gritar, llorar y lamentarme por todos aquellos inútiles.
Me
di la vuelta cuando oí un puño compactándose en una mandíbula.
Leo
había pegado a Samuel, y ahora éste le había devuelto el puño.
Leo le dio un rodillazo en las costillas, Samuel no podía moverse
apenas pero logró compactar su puño en el ojo de mi hermano.
Estaban
pegándose como si uno tuviese que matar al otro y salir victorioso.
Pequé
un grito. Ellos dos pararon.
-Sois
unos gilipollas -admití.
Leo
me miró con un ojo hinchado y sus ojos grises apenas podían verse.
Lo tenía bien merecido, y por la mirada de furiosa y decepción que
le eché salió de la habitación con Nando pisándole los talones.
-Intentaré
hablar con él -dijo Nando.- Además intentaré que se le quite la
cara de subnormal que tiene ahora.
Rió
y se fue.
Miré
la espalda de Samuel. Es lo único que podía ver de él.
-¿Samuel?
-Pregunté.
-Me
largo -dijo antes de darse la vuelta y fijarme en su horrible
aspecto. Al igual que mi hermano.
A
pesar de que tenía el labio roto y estaba algo incurvado presionando
su mano en las costillas, se veía hermoso. Tenía belleza para rato,
eso me agobiaba y me trastornaba.
-No,
espera -le agarré del brazo antes de que se fuese.- Debo curarte.
Él
me miró con las cejas fruncidas.
-¿Por
qué?
-Porque
estás malherido, imbécil -le insulté.- Lo siento, es sólo que...
Me
interrumpió cuando soltó un gruñido.
-Hazlo
ya -ordenó.
Le
conduje hasta el cuarto de baño de mi habitación. Allí podría
curarle sin que nadie nos viese.
Cerré
el pestillo.
Él
tenía una sonrisa tierna en su boca.
-No
sabía que te gustase esto, diosa -dijo.
Cogí
el alcohol, el algodón y los coloqué sobre el lavabo mientras le
decía que se sentase sobre el váter. Mojé un trozo de algodón con
alcohol y lo puse sobre su labio. No se quejaba, pero sabía que era
su masculinidad la que le impedía hacerlo.
-¿Por
qué me llamas así? -Pregunté.
Él
tenía la boca ocupada por el algodón, así que apartó mi mano un
segundo.
-¿Te
llamo como? -Preguntó.
-Diosa
-respondí.
Él
sonrió amablemente.
-Porque
tu nombre es de una diosa romana, Venus -contestó.
Asentí
con la cabeza cuando me di cuenta de que decía la verdad. Siempre me
lo habían dicho, lo había estudiado pero nunca caí cuando él me
lo dijo. Busqué el porqués más significativo para mí, como que él
me quería y ya. Pero me parece que los sueños, sueños son.
Acabé
de limpiarle el labio cuando comenzó a quitarse la camiseta.
-¡Samuel!
¿Qué demonios haces? -Pregunté histérica.
Él
me miró con los ojos entornados.
-Dijiste
que querías curarme todas las heridas -dijo sonriendo.
-Bueno,
me refería al labio, no a todo el cuerpo... -Admití.
Él
rió.
-No
creo que sea el primer chico que ves sin camiseta, Venus -dijo. Me
quedé callada y él lo entendió todo. Sabía que era virgen, que ni
siquiera había tenido una relación y así paró de quitarse la
camiseta.
-No
-negué.- Te dije que te curaría y pienso hacerlo.
Él
seguía mirándome con ternura y se la quitó al fin.
Lo
peor de todo es la cara que se me puso. Mi piel tornaba a ponerse
roja como un tomate y ahora más, debía de estar más graciosa de
cuando hacía ejercicio. Me quedé embobada, mirando como aquel dios
griego me observaba con una sonrisa vacilante en sus gruesos labios.
Él
carraspeó.
-Te
has desviado de tu trabajo, diosa -dijo, haciendo que recordase que
antes le había dicho dios griego. Bueno, pensado.
Vi
el moratón en sus costillas, y no fue eso realmente lo que me llamó
la atención. Fueron sus muchas cicatrices, aparte de las que tenía
en la frente y en la mejilla. Tenía varios tatuajes en el costado,
en la espalda (aunque no divisaba a verlo mucho desde aquí), y en
los brazos. Era perfecto en toda su estructura.
-Sí...
Perdona -dije, mientras me sentaba sobre mis talones para examinarle
el costado.
Él
rió.
-¿No
te has dado cuenta de que no puedes hacer nada para quitar el
moratón? -Preguntó alzando una de las comisuras de sus labios.
Asentí
débilmente justamente cuando le toqué el moratón. Toqué su piel.
Le toqué.
Él
no hizo nada para impedirlo. Al revés, me miraba con curiosidad,
intentando averiguar que es lo que quería.
Le
miré fijamente, incapaz de apartar la mano de su pecho, luego bajé
hasta sus labios. Después me acerqué a él y justo cuando cerré
mis ojos para rozar mis labios con los suyos, él me esquivó.
-Creo
que es hora de que me vaya -dijo. Me cogió de los hombros para que
me pusiese derecha y él se levantó.
Y
sin nada más que decirme, se puso su camiseta y se largo.
Y
yo había quedado como una idiota.
No hay comentarios:
Publicar un comentario