Capítulo
7.
El
profesor Santos quería reunirse en la sala de profesores conmigo.
Estaba esperando a que él asomase la cabeza o, simplemente, a que
los demás profesores se fuesen de allí.
Esperaba
a que él me regañase, ya que, ayer no dispuse a esperarme para
darle clases a Samuel Sáez. Ni tampoco esperaba dársela de nuevo.
No
a él.
Una
vez que todos los profesores se fueron, él salió y me guió con un
dedo.
-Hola
Venus -saludó con la mano y con una sonrisa.
Revolvió
los papeles y me tendió uno cerca de mi cara.
Arrugué
la frente y le miré sin saber que quería.
-Es
el examen de Samuel -dijo.- Pensaba que tú querías saber cuanto
había hecho.
Alcé
la mano para coger el papel y él lo quitó de mi alcance. Luego me
miró sonriendo ampliamente, intentando decirme algo. Se levantó de
su silla y se quedó justo enfrente mía.
-Supongo
que habréis tenido algunas diferencias, ¿no?
Apreté
los puños a ambos lados de mi cuerpo.
-Sí
-admití.- Pero no tiene de que preocuparse. Puede darme la hoja.
Él
volvió a ponerme el papel a mi alcance, pero me cogió de la muñeca
y me atrajo hacia él.
¿Qué
demonios estaba haciendo?
¿Estaré
loca o su cara estaba justamente a pocos centímetros de la mía?
Mi
respiración se aceleraba mediante él paseaba su mirada por todos
mis rasgos. Estaba asustada y él lo sabía.
-¿De
verdad quieres ver la nota? -Preguntó.
Me
quedé callada, viendo como él me miraba fijamente.
Sonrió.
-Lo
sabía... -Suspiró.
Enarqué
las cejas.
-¿Sabe
el qué? -Pregunté, dando un paso hacia atrás. Él volvió a dar un
paso hacia delante.
-Venus,
no me venga con tonterías. Bien sus rasgos muestran que están
asquerosamente enamorada de él.
Pestañeé
los ojos varias veces antes de encontrarme con su mirada inexpresiva.
-Creo
que eso a usted no le incumbe en absoluto -dije temblando.
-Creo
que me incumbe más de lo que usted cree -dijo acercándose más, si
eso era posible.
Me
ponía nerviosa, con tan solo su presencia sabía que había algo
mal. ¿Por qué mi profesor no me hablaba tan normal como siempre?
¿Por qué estaba su aliento sobre mi frente? ¿Por qué no dejaba mi
vida personal en paz? ¿Por qué no me dejaba ir? Aún seguía su
mano sobre mi muñeca.
No
dije nada. Esperaba a que él me dejase ir y pudiese olvidarme de
este amargo encuentro.
-Espero
que no se niegue -dijo antes de arrimar su cabeza a la suya. Antes de
cerrar los ojos mientras su mano derecha rodeaba mi cintura.
Antes
de que le asentara una patada en la entrepierna.
No
vi nada más.
Corrí.
Y corrí.
Estaba
en el cuarto de baño, llorando. Ni siquiera sabía porque lo estaba
haciendo. ¿Por qué? ¿Por fijarme en Samuel? ¿Por el casi beso de
mi profesor? ¿Por Samanta y Hugo? ¿Por qué demonios lo hacía? Lo
único que tenía claro en mi mente era que todo me aterraba. Tanto
la relación de mis dos mejores amigos, como el acoso de mi profesor,
como mi amor hacia Samuel: estaba estropeando mi vida.
Seguía
llorando mientras me imaginaba las mil cosas que deberían de ir bien
ahora mismo. ¿Samanta y Hugo juntos? Obviamente eso mejoraría las
cosas en nuestro grupo, ellos estarían felices. ¿Qué mi profesor
hubiese bebido alcohol a la hora de hacer eso? También mejoraría
las cosas, haría que yo me relajase y él se tomase unas vacaciones.
¿Qué no me fijase en Samuel? ¿Eso era posible? ¿Era posible no
poder fijarme en él? ¿Poder pasarlo por alto?
Abrí
la puerta de uno que daba paso al retrete y miré mi reflejo.
¿Era
yo? ¿Era la misma de antes?
Abrí
el grifo. me enjuagué la cara con agua fría y me sequé con papel,
cogí mi mochila del suelo y me fui de allí.
Samanta
y Galia hablaban sobre el vestido que se pondrían en la fiesta de
Jorge. La fiesta sería el sábado y estaría toda la clase, junto
con las demás clases y posiblemente los amigos de todos estos. Las
fiestas de Jorge eran conocidas por ser brutalmente llena de gente de
distinto tipo. Allí, desde los más bajos del listón (los frikis)
hasta los del mayor listón (los que armaban peleas), iban porque no
era adecuado perdérsela.
-¿Cuál
te escogerás tú, Venus? -Preguntó Galia.- El mío será ese verde
que vimos en el escaparate.
Samanta
sonrió ampliamente.
-Es
precioso. Yo escogeré el rosa pálido que compré con vosotras el
fin de semana pasado.
Galia
le devolvió la sonrisa, aplaudiendo.
Ni
siquiera yo me concentraba en lo que decían, en lo que debería de
decir. Simplemente mi mente navegaba a lo mismo de ayer. Era una
jodida estúpida.
-¿Venus?
-Preguntó Galia dándome un golpe en el brazo.- Atiende. ¿Por qué
estás tan callada? Sinceramente es algo raro en ti.
Samanta
asintió, estando de acuerdo con ella.
-¿Tienes
algo que contar? -Preguntó Samanta, y me echó la típica mirada de
<<ya te he cazado>>.
¿Ella
podría saber algo? No, ¿verdad?
Pestañeé
varias veces y negué con la cabeza.
-¿Seguro?
-Preguntó Samanta, entrecerrando sus preciosos ojos celestes.-
Quiero que nos lo digas, Venus. Somos tus mejores amigas y debemos
saberlo.
¿Contar
el qué?
-No
tengo nada que contar -respondí, cansada.
Samanta
apretó los dientes.
-¡No
digas que no hay nada! -Gritó en medio del patio.
Estábamos
en clase de gimnasia y aún la profesora tardaba en venir, los demás
se esparcían por el resto del patio.
¿Qué
le pasaba?
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