viernes, 28 de diciembre de 2012

Genetics - Episodio 8


-¿Crees que tengo algo que decir? -Pregunté.- Dime, a ver si me hace recordar.
Samanta negó furiosa con la cabeza. Galia seguía estupefacta.
-¿Creías que podías escondernos que te liaste con... -señaló a Samuel, que se encontraba al otro lado dando golpes a un balón:- él?
Galia abrió la boca y miraba hacia nosotras de hito en hito.
-¡¿En serio?! ¡¿Con él?! ¡Venus! ¿Por qué no contaste nada?
Ella parecía “feliz” de saberlo.
Samanta le fulminó y luego me miró a mí.
-Galia no tiene ni idea de lo que puede llegar a ocurrir. Sólo fíjate que me hizo Julio, y luego si quieres inténtalo con Sáez. ¿No crees que estás cometiendo un error, Venus? ¿Por qué lo haces?
Iba a intervenir pero ella seguía mascullando.
-Ya sé que físicamente es perfecto, pero si miras su interior te darás cuenta de que es una mierda de persona -opinó.- Él no merece la pena en absoluto. Es demasiado arrogante para que tú lo aguantes.
Galia le daba tortas a Samanta en el brazo.
-Es, posiblemente, una de las peores personas que existan aquí. Y en el mundo.
Detrás de ella, Samuel carraspeó.
Samanta abrió los ojos, asustada y bastante asombrada. Me lanzó una mirada fulminante, mientras yo me encogía de hombros.
Ella se dio la vuelta para mirarlo a él.
Él alzó las cejas y sonrió.
-Hola -sa
ludó ella mientras ladeaba la cabeza, encantadora.- ¿Qué te trae por aquí?
Él miró hacia el suelo y movió la cabeza.
-El balón. Ha ido a parar a tus pies. ¿Puedes dármelo o también parecería rastrero?
Ella, arrepentida por decirle todo aquello, se agachó y se lo devolvió con una sonrisa triste.
-No me molesta, si es lo que te preocupa -dijo, y antes de irse me miró entrecerrando los ojos.
Galia estaba riéndose en voz alta. Pensábamos que se asfixiaría si seguía así, así que la cogimos por sus brazos e intentábamos que parase de hacerlo.
-¡Todos en fila! -Chilló la profesora Hill.- ¡Venus Ameda! ¡Venus Ameda!
Todo el mundo dirigió su mirada hacia mí y yo levanté la cabeza hacia mi profesora de gimnasia.
-Aquí -ella con su mirada me localizó.
-El profesor Santos quiere hablar contigo seriamente -dijo mientras caminaba hacia los chicos.
Con la mano arrastré los pelos de la cara hacia atrás.
Estaba parada justo enfrente del profesor Santos, de nuevo. Él aún no había abierto la boca y yo mucho menos.
-No puedes contarle nada a nadie, Venus -ordenó.
Me encogí de hombros.
-Estoy de acuerdo -dije. Y de verdad que lo estaba.
Él sonrió y se acercó a mí. Agarró mi pelo y lo olió bruscamente. Mis piernas, por el acto del miedo, dieron un paso hacia atrás.
-Dije que no le contaría nada a nadie porque pensaba que esto iba a ceder -dije, intentando ser inteligente.- No pensaba que quería seguir haciendo esto.
Él pareció estar totalmente en contra, porque me cogió de la cintura y me puso sobre la mesa.
Ahora sí estaba asustada.
-Déjeme -hablé más alto de lo normal.
Él pareció no haberlo entendido.
-Cálmate, no voy a hacer nada que tú no quieras -dijo mientras ponía sus sucias manos sobre mis pantalones, justo en mis muslos.
Intenté enseñar una sonrisa pero, con tan solo verle sus ojos hacía que yo retrocediese.
Él puso sus manos a ambos lados de mi cintura y me impulsé hacia atrás, tirando toda una pila de papeles al suelo. Él seguía agarrándome con fuerza, no quería dejarme ir y esto iba a empeorar las cosas.
-Déjeme o gritaré -amenacé.
Él agarró mi mentón y fijó sus ojos en los míos.
-He intentado ser paciente, pero veo que te resignas a darme lo que quiero -soltó y a raíz de esto comenzó a quitarme mis zapatillas.
No sé que iba a hacer. En realidad podría imaginarme mil cosas que podría hacer después, pero ninguna quería que sucediese. Él, simplemente, volvió a acercarse a mí y a intentar presionar sus labios con los míos, pero los rechacé. No quería sus labios, no quería que mi primer beso fuese con mi profesor acosador de cuarenta años.
Él volvió a agarrarme del mentón, mientras separaba mis piernas para él poder meterse entre ellas. Comencé a patalear, a llorar frenéticamente y a suplicarle que me dejase.
El profesor Santos seguía insistiendo en aquel beso, y yo seguía insistiendo en que no lo quería. Pataleé con fuerza, intenté gritar pero el agarró mi cuello y me tumbó en la mesa con él encima.
-Tus gritos sólo hace que todo sea más fácil para mí -susurró en mi oído derecho.
Mis lágrimas se acumulaban, bajaban rápidamente y mis labios, totalmente apretados, querían despegarse.
Él tenía todo planeado. ¿Qué puñetas podía hacer, Dios? ¿Qué podía hacer?
Vislumbré una grapadora justo al lado de mi cabeza, algo arriba, pero podría cogerla. Él se detuvo en mi cuello y me dio salpicados besos por éste, lentamente, como si quisiera que mi tortura fuese bastante para satisfacer su lado psicópata.
La cogí con la mano derecha y, sin querer queriendo, le di en la sien con ella.
Él se puso de un costado mientras se quejaba y yo bajé lo más rápido posible de la mesa, cayéndome al suelo aún con lágrimas en los ojos.
Pude coger mis zapatillas antes de irme gateando hacia fuera, luego corrí y corrí escaleras abajo. Choqué contra alguien, miré arriba y pude ver que era Hugo, no le presté atención a lo que me dijo. Volví a correr, cada vez más rápido, más acelerada. Mi pulmón requería oxígeno y no se lo daba, sólo quería llegar hasta el otro lado del instituto y meterme en el baño menos visitado. Mis pulmones podrían esperar, o eso esperaba.
Seguía oyendo la voz de Hugo a mis espaldas, intentando seguirme el ritmo. Él era uno de los más rápidos, pero pude suponer que, por esta vez, yo era mejor que él. Estaba muerta de miedo, quería vomitar, quería gritar y esconderme.
-¡Venus! -Gritó, una vez más.
Seguí corriendo, subí escaleras con las zapatillas aún en mis manos. Y allí, justo en aquel sitio, estaba sana y salva.

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