-¿Crees
que tengo algo que decir? -Pregunté.- Dime, a ver si me hace
recordar.
Samanta
negó furiosa con la cabeza. Galia seguía estupefacta.
-¿Creías
que podías escondernos que te liaste con... -señaló a Samuel, que
se encontraba al otro lado dando golpes a un balón:- él?
Galia
abrió la boca y miraba hacia nosotras de hito en hito.
-¡¿En
serio?! ¡¿Con él?! ¡Venus! ¿Por qué no contaste nada?
Ella
parecía “feliz” de saberlo.
Samanta
le fulminó y luego me miró a mí.
-Galia
no tiene ni idea de lo que puede llegar a ocurrir. Sólo fíjate que
me hizo Julio, y luego si quieres inténtalo con Sáez. ¿No crees
que estás cometiendo un error, Venus? ¿Por qué lo haces?
Iba
a intervenir pero ella seguía mascullando.
-Ya
sé que físicamente es perfecto, pero si miras su interior te darás
cuenta de que es una mierda de persona -opinó.- Él no merece la
pena en absoluto. Es demasiado arrogante para que tú lo aguantes.
Galia
le daba tortas a Samanta en el brazo.
-Es,
posiblemente, una de las peores personas que existan aquí. Y en el
mundo.
Detrás
de ella, Samuel carraspeó.
Samanta
abrió los ojos, asustada y bastante asombrada. Me lanzó una mirada
fulminante, mientras yo me encogía de hombros.
Ella
se dio la vuelta para mirarlo a él.
Él
alzó las cejas y sonrió.
-Hola
-sa
ludó
ella mientras ladeaba la cabeza, encantadora.- ¿Qué te trae por
aquí?
Él
miró hacia el suelo y movió la cabeza.
-El
balón. Ha ido a parar a tus pies. ¿Puedes dármelo o también
parecería rastrero?
Ella,
arrepentida por decirle todo aquello, se agachó y se lo devolvió
con una sonrisa triste.
-No
me molesta, si es lo que te preocupa -dijo, y antes de irse me miró
entrecerrando los ojos.
Galia
estaba riéndose en voz alta. Pensábamos que se asfixiaría si
seguía así, así que la cogimos por sus brazos e intentábamos que
parase de hacerlo.
-¡Todos
en fila! -Chilló la profesora Hill.- ¡Venus Ameda! ¡Venus Ameda!
Todo
el mundo dirigió su mirada hacia mí y yo levanté la cabeza hacia
mi profesora de gimnasia.
-Aquí
-ella con su mirada me localizó.
-El
profesor Santos quiere hablar contigo seriamente -dijo mientras
caminaba hacia los chicos.
Con
la mano arrastré los pelos de la cara hacia atrás.
Estaba
parada justo enfrente del profesor Santos, de nuevo. Él aún no
había abierto la boca y yo mucho menos.
-No
puedes contarle nada a nadie, Venus -ordenó.
Me
encogí de hombros.
-Estoy
de acuerdo -dije. Y de verdad que lo estaba.
Él
sonrió y se acercó a mí. Agarró mi pelo y lo olió bruscamente.
Mis piernas, por el acto del miedo, dieron un paso hacia atrás.
-Dije
que no le contaría nada a nadie porque pensaba que esto iba a ceder
-dije, intentando ser inteligente.- No pensaba que quería seguir
haciendo esto.
Él
pareció estar totalmente en contra, porque me cogió de la cintura y
me puso sobre la mesa.
Ahora
sí estaba asustada.
-Déjeme
-hablé más alto de lo normal.
Él
pareció no haberlo entendido.
-Cálmate,
no voy a hacer nada que tú no quieras -dijo mientras ponía sus
sucias manos sobre mis pantalones, justo en mis muslos.
Intenté
enseñar una sonrisa pero, con tan solo verle sus ojos hacía que yo
retrocediese.
Él
puso sus manos a ambos lados de mi cintura y me impulsé hacia atrás,
tirando toda una pila de papeles al suelo. Él seguía agarrándome
con fuerza, no quería dejarme ir y esto iba a empeorar las cosas.
-Déjeme
o gritaré -amenacé.
Él
agarró mi mentón y fijó sus ojos en los míos.
-He
intentado ser paciente, pero veo que te resignas a darme lo que
quiero -soltó y a raíz de esto comenzó a quitarme mis zapatillas.
No
sé que iba a hacer. En realidad podría imaginarme mil cosas que
podría hacer después, pero ninguna quería que sucediese. Él,
simplemente, volvió a acercarse a mí y a intentar presionar sus
labios con los míos, pero los rechacé. No quería sus labios, no
quería que mi primer beso fuese con mi profesor acosador de cuarenta
años.
Él
volvió a agarrarme del mentón, mientras separaba mis piernas para
él poder meterse entre ellas. Comencé a patalear, a llorar
frenéticamente y a suplicarle que me dejase.
El
profesor Santos seguía insistiendo en aquel beso, y yo seguía
insistiendo en que no lo quería. Pataleé con fuerza, intenté
gritar pero el agarró mi cuello y me tumbó en la mesa con él
encima.
-Tus
gritos sólo hace que todo sea más fácil para mí -susurró en mi
oído derecho.
Mis
lágrimas se acumulaban, bajaban rápidamente y mis labios,
totalmente apretados, querían despegarse.
Él
tenía todo planeado. ¿Qué puñetas podía hacer, Dios? ¿Qué
podía hacer?
Vislumbré
una grapadora justo al lado de mi cabeza, algo arriba, pero podría
cogerla. Él se detuvo en mi cuello y me dio salpicados besos por
éste, lentamente, como si quisiera que mi tortura fuese bastante
para satisfacer su lado psicópata.
La
cogí con la mano derecha y, sin querer queriendo, le di en la sien
con ella.
Él
se puso de un costado mientras se quejaba y yo bajé lo más rápido
posible de la mesa, cayéndome al suelo aún con lágrimas en los
ojos.
Pude
coger mis zapatillas antes de irme gateando hacia fuera, luego corrí
y corrí escaleras abajo. Choqué contra alguien, miré arriba y pude
ver que era Hugo, no le presté atención a lo que me dijo. Volví a
correr, cada vez más rápido, más acelerada. Mi pulmón requería
oxígeno y no se lo daba, sólo quería llegar hasta el otro lado del
instituto y meterme en el baño menos visitado. Mis pulmones podrían
esperar, o eso esperaba.
Seguía
oyendo la voz de Hugo a mis espaldas, intentando seguirme el ritmo.
Él era uno de los más rápidos, pero pude suponer que, por esta
vez, yo era mejor que él. Estaba muerta de miedo, quería vomitar,
quería gritar y esconderme.
-¡Venus!
-Gritó, una vez más.
Seguí
corriendo, subí escaleras con las zapatillas aún en mis manos. Y
allí, justo en aquel sitio, estaba sana y salva.
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