lunes, 11 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 12


-Acabas de decir que eres una guarra -dijo Blanca, para mejorar las cosas.
El coro volvió a llenarse de risas, comprendiendo que era verdad. ¿Es que el público no prefería que estos se fuesen? ¿O yo era la que molestaba en verdad?
Los ojos negros del chico me estudiaron con lentitud.
-No me gusta que me contraataquen, cielo -comenzó.- Al final el pago serás tú, no tu... amiga. Tú impertinencia me ha calado.
¿Calado? ¡¿Calado?! ¿Se había fumado algo raro?
-¿Qué quiere decir eso? -Pregunté.
Él sonrió de oreja a oreja, mostrando todos sus blancos dientes bajo la noche. Se volvió hacia Jorge que parecía perplejo con la escena.
-El dinero, si no tomaré posesión de esta chica -me miró esperando a que le dijese mi nombre.- ¿Cariño? Tu nombre.
Apreté la mandíbula mirando a Jorge que me miró con los ojos entornados: me estaba pidiendo perdón.
Asentí.
-Venus -susurré.
El chico sonrió más (si aún eso era posible).
-Te daré yo el dinero, pero aléjate de ella -saltó Sáez con las manos en los bolsillos.- ¿Cuánto?
El chico, que su nombre no me sabía y si lo habían dicho no me acordaba, pensó la solicitud. ¿El dinero o yo? Supongo que el dinero le vendría mejor que una persona como yo, él buscaba a chicas que tuviesen experiencia, y yo seguía siendo virgen. ¿Así que tendría que preocuparme?
-No entras, Sáez -le espetó este.- Jorge es quien debe pagarme.
Sí. Debo preocuparme.
-¿Y si te doy yo el dinero? -Pregunté con las cejas enarcadas.
Él hizo un leve movimiento de cabeza.
-Me llamo Azrael -se presentó como si a mí me importase algo.
¿Eso era un no en el idioma de los gilipollas? Mirando hacia allá pude ver que Samuel había desaparecido, ¿me había dejado sola? Oh, mi protector estaba más preocupado de no manchar su reputación que de protegerme a mí.
Los amigos de Azrael comenzaron a gemir, de dolor (creo), y pude ver que Samuel se había encargado de ellos. ¿Por qué caían inconscientemente? ¿Los había matado? No, ¿verdad? Azrael se tiró hacia él, pero Samuel se quitó a tiempo haciendo que el otro parase en seco.
-¿Te parece bonito la que has liado? -Preguntó Samanta nerviosa. Creo que estaba a punto de llorar.- ¿Es que quieres morir, o ser una de las putas de Azrael?
No sé cual prefería, la verdad.
-Pensaré en algo, Sam. No lo sé. Déjalo -espeté susurrando mirando como Azrael le había asentado un golpe a Samuel, y éste le había devuelto el puño justo en el ojo derecho.
Los golpes eran tan rápidos, tan justos...
-Venus -susurró Héctor, a mi lado. Con Jorge y Ben detrás de él.- Métete en el coche.
Enarqué las cejas.
-¿Nos vamos? -Pregunté mirando la pelea.- No pienso dejar al karateka aquí. ¿Y si su contrincante le asienta la llave mortal, o como demonios se llame?
Héctor rodó los ojos.
-No te preocupes por él. Vamos al coche -dijo mientras Jorge y Ben me conducían a un coche negro y, si bien no me confundía, era bastante costoso.
Aún se escuchaba los gritos de las personas, menos el de ellos. ¿No les dolía?
-¿De quién es el coche? -Pregunté mirándoles.
Jorge me miró de nuevo como lo había hecho antes, y se tocó el pelo.
-Lo siento tanto, Venus. Soy un estúpido -respondió.
Sonreí conmovida.
-Tranquilo -le relajé.- Soy lista, ¿verdad? Puedo llevar esto.
¿Podría?
Héctor, como siempre, ya estaba aquí: Listo para irse conmigo en el coche de un desconocido. Ben, sin duda, quería guerra.
-¿No deberíamos pelear junto a él? -Preguntó mirando a Héctor. ¿Desde cuando Héctor estaba con ellos?
Él rodó los ojos.
-Cállate -ordenó.- Samuel quiere hacerlo solo, y me ha mandado que llevase a Venus al asiento del copiloto de su coche.
¿Eso que significa? ¿Cómo se irá luego Samuel? ¿Este coche era de él? Estaba tan acostumbrada a verlo en moto. Héctor volvió a hablar:
-Ben, lárgate y haz que Samuel se entere de que ella ya está aquí. Jorge, hazme el favor de llevar a Galia y a Samanta a casa -pareció terminar cuando prosiguió:- Dile a Samanta que la quiero, que luego se lo explicaré.
Estaba a punto de llorar por esto cuando me di cuenta de que estaba más sensible que nunca. Que acababa de retener las lágrimas todo este tiempo.
-¿Y tú que harás? -Preguntó Ben.
-Hacerme cargo de ella hasta que vuelva -dijo mientras hacía un movimiento de cabeza. Luego, ellos dos, desaparecieron en la noche. Corriendo, a más no poder.
Él abrió la puerta del asiento del copiloto. Yo, como buena samaritana, abrazándome por el frío. Cerró la puerta, y en vez de meterse a hablar conmigo, se dedicó a permanecer quieto pero con la ventana bajada, por si le decía alguna cosa.
-¿Estás bien? -Preguntó.
Una lágrima había bajado mi mejilla, pero él estaba de espaldas a mí, así que podría mentirle.
-Sí -mentí.
-¿Sabes que has cometido una gilipollez? ¿Sabes que Azrael irá a por ti?
Asentí de nuevo. Él no me veía, pero después de todos estos años sabía como me comportaba.
-Me gustaría decirte todo lo que has hecho mal, Venus. Decirte que has hecho totalmente la imbécil, pero yo habría hecho lo mismo -se sinceró.
-¿Entonces tú también habrías sido un imbécil? -Pregunté cerrando los ojos y dejándome caer en el asiento de cuero.
-Más que eso -sé que sonreía. Luego volvió a poner todo su peso en las dos piernas y esperó que una silueta oscura se acercase.
¿Azrael?
No. Samuel.
Héctor se acercó a él, lejos de mí, para poder articular unas palabras sin que yo me enterase. ¿Qué estarían diciendo? ¿Qué era una idiota? Porque eso ya lo sabía de adelanto. Héctor le dio una palmadita en la espalda y se fue corriendo en dirección a la casa. De nuevo.
Samuel rodeó el coche y abrió la puerta del copiloto, es decir, la mía. Pero no dijo nada, simplemente se fue al maletero y luego, volvió a venir para dejarme una manta sobre mi regazo.
Él cerró la puerta sin decirme nada más. Pero me tapé totalmente con la manta. Aún estaba muerta de frío. Subí mis pies al asiento y me hice un ovillo.
Samuel abrió la puerta del conductor y se metió rápidamente, arrancando el coche.
Entonces es cuando me di cuenta de las mariposas revueltas de mi estómago, de lo que él me hacía sentir. Pero todo eso se fue cuando vi su aspecto. Estaba sangrando.
Él, como no, se dio cuenta al mirar el retrovisor e intentó alargarse lo más que pudo hacia el asiento de atrás. Me fijé en que estaba limpiándose la herida, y dejó caer los papeles en el suelo de atrás.
-Hola -saludé tontamente. Él dirigió su mirada hacia mí, como si no me hubiese visto antes.
-Venus... -susurró pasándose la mano por el pelo.
Sacudí mi cabeza.
-No me riñas tú tampoco -le contesté, susurrando.
Él asintió.
-No te escaparás fácilmente de esta -repuso con furia.- Te la has cargado, y sólo porque no puedes callarte. ¿Qué pretendías hacer? ¿Qué te matasen? ¿Es que eres tan cría para que no lo entiendas?
Abrí la boca pero la cerré al instante.
-No podía dejar que le hiciese eso a Galia.
Él negó con la cabeza, furiosamente.
-Me había encargado de darle el dinero a Jorge, Venus -explicó.- Y ahora no puedo hacerlo, porque ha puesto nuevas reglas. Si Jorge le da el dinero se pensará que habré sido yo -reparó.- ¿Qué demonios tengo que hacer contigo, Venus?
Apoyé la cabeza en el cristal, mirando a la carretera.
-No deberías de hacer nada. Deja que gane -dije, encogiéndome de hombros.
Él rió. Una risa de lo más malévola.
-Eso es lo que te gustaría, ¿no?
Miré rápidamente hacia él, haciendo sonar el hueso de mi cuello.
-¿Que? -Creo que chillé.
Él me miró, y luego a la carretera.
-¿No es verdad que siempre decías que no podría hacerme cargo de nadie? -Preguntó, reteniéndose a gritarme.- ¿Qué por eso estoy lleno de problemas? ¡Dime, Venus!
Volví a sacudir la cabeza.
-¿A qué viene todo esto? -Pregunté.
-Pretendes que le deje ganar para que te dé la razón, ¿cierto?
¿Cómo podía tener tan mal corazón de pensar siquiera eso? Le di un manotazo en el brazo, lo más fuerte que pude. Suficiente, ¿no? Él me miró con una ceja alzada y sonriendo.
-¿Por qué me pegas?
-¡Por qué eres un estúpido! Siempre pensé que eras escoria, uno de esos tipos que no pueden encontrar una novia normal porque, eso implicaría ponerle los cuernos hasta la saciedad -le respondí.- Siempre supe que serías capaz de proteger a cualquier persona.
-¿Por qué?
-Porque eres tú. Ya sabes, todo lo malo que puede ser... -el me cortó.
-No me refiero a eso, Venus. A porqué debería de ponerle los cuernos a mi novia.
Reí irónicamente.
-¿Acaso ves el ritmo de tu vida? Tía arriba, tía abajo, tía arriba, tía abajo... Eres un sin control. Creo que te has tirado todas las tías de esta ciudad y ahora tienes que repetir.
Él sonrió, satisfecho. Y no sé de qué.
-No me he acostado contigo, ¿cierto?
Le miré extrañada.
-Sólo había faltado diez minutos más en la cama, y también me hubieses penetrado -susurré.
Pude notar como me miraba. Y al momento exclamó una risa a carcajadas. Le miré con la boca abierta.
-¿De qué te ríes, idiota? -Pregunté, enfadada.
-¿Penetrado? ¿En serio, Venus? -Preguntó aún riéndose.
Rodé los ojos.
-Eres imposible.
-Y tú me pusiste cachondo cuando le insinuaste a Azrael que era gay -dijo aún con una sonrisa.
Puse los pies sobre el suelo, descalzos y me senté recta.
-A ti te pone cachondo cualquier cosa que se mueva, Sáez -dije.
-¿Sabes cuál es tu problema? Qué te crees todo lo que cuentan -dijo torciendo la cabeza.
Exclamé.
-¿Vas a negarme que dos tías estaban sobre tu regazo? -Pregunté arrugando la frente.
Él resopló.
-¿Hasta cuando me vas a recordar lo mismo? -Preguntó.- Además, una cosa es que caliente a las tías, y otra es que me acueste con ellas.
Asentí.
-¿Así que cuando estábamos en la cama pretendías ponerme cachonda, y luego largarte? ¿O cómo va tus planes?
Él rodó los ojos.
-No pensaba hacer nada de eso. En realidad lo hice porque quería. Y mis planes van perfectamente, ahora mismo te estoy llevando a mi casa.
Le miré horrorizada.
-¿Qué?
Él miró en mi dirección.
-Llamé antes a tu hermano y él dijo que era preferible que te dejase en mi casa. Mi hermana se hará cargo de ti, o mejor dicho, ella te prestará su cuarto para que puedas dormir -dijo rodeando la carretera.
-¿Tu hermana? ¿Tan caballeroso eres que haces que ella me tenga que dejar su cuarto y tú dormir en tu preciosa cama? -Pregunté rodando los ojos.
Él rió.
-Tenía pensado dejarle a ella mi cuarto y yo irme al sillón -dijo.
Alcé una ceja.
-¿Y no es más fácil dejármelo a mí? ¿Tienes que hacer mover a tu hermana?
Él me miró cómico y luego dijo:
-Pensé que no querías entrar en mi habitación, pero ahora resuelto el problema podrás dormir en ella.
Rodé los ojos, de nuevo.



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