Aparcó
el coche al voleo, es decir, en el primer sitio que pilló sobre la
acera. Esto, como tantos otros, hacían que las personas tuviesen que
dar la vuelta para poder seguir su paseo. Samuel, como ya sabía yo,
era idiota. Pero estaba enamorada de ese idiota.
Salimos
del coche, él apresurado y yo con su chaqueta y la manta encima.
Él
dirigió su mirada hacia mí y se rió en voz alta.
-Estás
graciosa -comentó.- Puedes dejar la manta en el maletero.
Alcé
las cejas.
-No
lo creo. Hace frío.
Él
sonrió ampliamente enseñando todos sus dientes.
-La
puerta está justo a cinco metros, Venus -puntualizó.
Me
encogí de hombros.
-¿Y?
-Pregunté rodando los ojos.
Fui
directa a la puerta, pero noté que él se había quedado atrás,
parado. Si pretendía que dejase la manta ahí estaría muy
equivocado, me casaría con ésta cosa aunque fuese. No iba a correr
el riesgo de resfriarme en estos cinco metros.
-¿Acabas
de mandarme a la mierda? -Preguntó. Yo me dí la vuelta.
-Yo
no te he mandado a ningún lado, Sáez -le respondí ladeando la
cabeza.
Él
sonrió.
-No
como todos lo hacen, sino con soberbia... Espera, ¿adónde vas?
Volvía
a caminar hacia su casa y me paré en seco.
-A
tu casa. ¿O tengo que dormir en la caseta del perro?
Él
volvió a echar la cabeza hacia atrás para reírse, ese acto me
parecía bastante cómico en él. Ya sabéis, ahora en estos
momentos, es cuando se mostraba realmente como era, fuera de todo lo
demás.
-¿Tienes
llave? -Preguntó.
Entrecerré
los ojos.
-¿Tienes
hermana? -Pregunté a su vez.
Él
levantó la ceja.
-No
está, probablemente.
Resoplé.
-¡Vamos
Samuel, me estoy pelando de frío aquí fuera! -Exclamé arropándome
más a la manta.
Él
corrió hacia la casa y, cuando sonó que la puerta se abría la
quedó a su merced.
-¿Contraseña?
-Preguntó alzando las comisuras de sus labios.
Eché
la cabeza hacia atrás y quise darme de hostias contra la pared.
-¿Ahora
te vas a volver juguetón? -Pregunté enarcando la ceja.- Siempre te
digo que dejes de ser tan serio y se te ocurre jugar ahora... ¿Eres
tonto, Samuel?
Se
encogió de hombros y exclamó:
-Contraseña
-de nuevo.
Resoplé.
Esto no acabaría pronto.
-Bien,
niño pequeño. ¿Podría ser... Samuel Sáez?
Él
abrió los ojos.
-¿Tan
poca imaginación crees que tengo? -Preguntó.
-No
sé, quizás sea yo que no tengo tiempo ni ganas para pensar. ¡Me
voy a resfriar!
Él
sonrió ampliamente.
-Tú
decides si entras o no -dijo apoyando un brazo sobre la pared.
Exclamé
una maldición y le miré.
-¿Venus?
-Pregunté tontamente.
Él
alzó una ceja.
-Creo
que eres bastante egocéntrica, luego no te metas conmigo -dijo
irónicamente.
Bueno
estaba considerando la idea de dormir en el coche, o quizás en el
banco de enfrente. Dependía de si Samuel me dejaba las llaves de su
coche o no.
-¿Venus
Ameda? -Pregunté.
Él
volvió a sonreír irónicamente.
-Muy
bien, vete a la mierda Samuel -espeté.
Él
me agarró del brazo, prohibiéndome que me fuese de allí, y luego
me metió en la casa. Más tarde cerró la puerta con llave.
La
casa era perfecta, era las típicas casas cuales sus paredes son
blancas como podría serlo las alas de un ángel, y sus muebles
chapados a la antigua. Me pregunto si su antepasado tuvo un cargo
bastante elevado en el siglo XVII. Las habitaciones eran enormes, y
eso que ni siquiera había ido a ninguna, pero desde mi perspectiva
así lo parecía, además de impecables.
Se
oyeron ruidos provenientes de arriba y rápidamente me puse detrás
de Samuel, que levantaba la ceja derecha a la misma vez.
-Cuidado
diosa, podrías salir herida de quienquiera que sea el que esté ahí
arriba -dijo, repitiendo el mote que me había puesto, y luego subió
la mirada hacia las escaleras.- ¿Leire? ¿Marco? ¿Susana? ¿Miguel?
Miré
en su dirección.
-¿Cuántos
hermanos tienes? -Pregunté aún detrás de él.
Él
parecía divertirse.
-Con
el mismo ADN tengo cuatro, medio hermanos tengo tres.
Casi
escupo pero, gracias a Dios, hoy estaba bien bonita de ponerme en
ridículo y no lo hice.
-Luego
me quejo yo de Leo -rugí.- Rosa no hace nada así que no me quejo.
Aún
seguían sin responder así que él comenzó a subir las escaleras.
-¿Adónde
vas? -Pregunté.
Él
no respondió, siguió corriendo escaleras arriba, pero yo como tonta
que era le seguí. Esto lo había visto en muchas películas de
miedo. Al principio parece una jugarreta, ya sabéis: “No será
nada, serán los árboles que suenan mucho por el viento”, ya
bueno, pues luego resulta ser un tío psicópata con tres ojos y
cinco piernas al que su madre no quería, y eso le daba razón para
matar a jóvenes y adultos a su antojo. O mejor, un fantasma
atormentado del siglo XVII, que se cree que aún no ha muerto y no se
ha dado cuenta de que ha pasado siglos de su existencia mortal.
Llegados
a la planta de arriba Samuel me miró.
-Te
conozco lo suficiente para saber que estás pensando el tonterías de
películas -levantó una ceja.- ¿Me equivoco?
Le
miré horrorizada. Había acertado.
-¿Y
si es verdad? ¿Y si es un psicópata, un fantasma, un vampiro o que
se yo? -Pregunté.
Él
rió.
-Más
quisieras que fuera un vampiro, mi diosa -dijo andando por el largo
pasillo.
-Pienso
en vampiros como los del conde Drácula no como los de Edward, Samu
-espeté.
Sonrió,
luego abrió una puerta para encontrarse con la cabeza de una chica
pelirroja hermosa.
-¿Qué
haces aquí? -Le preguntó, luego miró en mi dirección y entornó
los ojos.- Hola, soy Susana.
Le
sonreí amablemente.
-Venus
-le respondí.
Ella
volvió la vista a Samuel y le miró de arriba abajo.
-Tienes
la ceja partida, hermano -le respondió.- ¿Te la has curado?
Él
rió amargo.
-¿Qué
haces aquí? -Preguntó.- Cuando me largo os largáis todos. Esas son
mis normas, Susana.
Ella
rodó los ojos.
-No
me apetecía -dijo rodando los ojos.
-Abre
la puerta -ordenó. Ella le miró desafiante, pero igual que todo el
mundo, no se podía negar ante la gran amabilidad de Samuel. Una
pequeña ironía.
Ella
abrió la puerta. Yo aún estaba detrás de Samuel, como si fuese mi
escudo o algo similar, y si él se adentraba en la habitación yo le
seguiría y parecería que iba a buscar trapos sucios, y si no lo
hacía me moriría de la vergüenza.
¿Qué
camino elegir?
-¿Dónde
le has metido esta vez? -Preguntó Samuel mirando toda la espaciosa
habitación.
Susana
rodó los ojos y me pareció que yo hacía simplemente lo mismo.
-¿A
quien? -Preguntó ella, inocentemente.
Hasta
yo sabía que ella estaba aquí con su novio, o con quien fuese.
Sabía que había escondido a alguien y eso era más que suficiente
para que Samuel se pusiera como un loco, que es lo que era.
-¿Daniel?
-Preguntó en voz alta.
En
realidad no se escuchaba nada, pero me hacía gracia que estuviese
rebuscando en el armario, debajo de la cama... ¡En los cajones!
¿Cómo iba a esconderse allí? ¿Se partió en cachitos y luego se
metió, como quien no quiere la cosa?
Él
agarró bastantes cosas y las tiró a la cama.
Oh,
bien, condones. Esto se estaba poniendo interesante, y eso que yo aún
seguía justamente en la puerta, y Susana a mi lado. Yo intentaba por
no reírme o exclamar alguna cosa a Samuel. Se estaba portando
bastante mal con su hermana.
Él
abrió la ventana y sonrió de oreja a oreja.
-Tienes
un aspecto horrible. Entra -ordenó a un chico que, fijo, que estaba
encaramado en el árbol. Como si fuese una especie de mono.
Él
chico era bastante ágil y entró en décimas de segundos, aunque
después de ver que estaba totalmente desnudo tapándose la
entrepierna con las manos, deseé que no estuviese allí.
Abrí
los ojos mientras miraba toda la habitación y Susana, a mi lado,
sonreía.
¿Por
qué sonreía?
-Cuanto
tiempo sin verte -saludó Samuel, irónicamente.- Creí que te dije
que no volvieses a acercarte a mi hermana.
Él,
como avergonzado que estaba, miró a Susana rogándole algo. Ropa,
supongo.
-No,
no quiero que te vistas -ordenó Samuel. ¿Me salió gay ahora?-
Prefiero que si tengo que retorcerte los cojones sea aún más fácil,
¿no?
El
chico se percató de mi presencia.
-Deja
de mirar a la chica y mírame a mí -volvió a hablar Samuel. El
chico parecía estar pasándolo verdaderamente mal.
Y
me metí yo, como por segunda vez hoy.
-Oye,
Samuel... ¿Nos podemos ir? -Pregunté.
Él
me miró a mí sorprendido y a la vez furioso de que intentase chafar
sus planes.
-Puedes
esperar abajo, Venus -me ordenó esta vez, cosa que lo pasé por
alto.
-Déjale
-le pedí.- Tu hermana puede hablar con él y que decidan lo que
quieran. Son bastante mayores ya, Samuel.
Seguía
mirándome con aquella mirada, la cual no me gustaba nada. Me sentía
como si fuese un cordero y él un gran (y sexy) toro. En cualquier
momento podía tirarme y eso es lo que intentaba que no pasase, pero
tampoco quería ver como el chico iba a ser golpeado.
-Mi
hermana, mi... no tan querido cuñado y yo me encargo de esto -dijo.
Negué
con la cabeza, prohibiendo a mis lágrimas desvanecerse. ¿Es que no
podía hacerme caso por una vez? ¿Tan difícil era para él no
hacerse el macho?
Di
media vuelta y me encaminé hacia la puerta de salida, pero Susana me
cogió del brazo antes de bajar las escaleras.
-No
te vayas -rogó.- Sé que por un extraño motivo él confía en ti. Y
ese que está ahí dentro es la persona a la que amo, y no quiero que
mi estúpido hermano se la cargue.
La
miré impresionada.
-¿Qué
debo de hacer? -Pregunté.- Tu hermano pasa de mis exigencias.
Ella
se encogió de hombros.
-Lo
has hecho psicológicamente, ¿podrías hacerlo físicamente?
Enarqué
las cejas.
-¿Qué
quiere decir eso?
-Cógelo
del brazo de la mano y tira. No sé, cualquier cosa que le haga irse
de la habitación.
Miré
hacia la derecha, detrás de ella y volví a encaminarme hacia la
habitación. Ellos dos mantenían una conversación entre dientes.
-Samuel,
por última vez, vente -ordené apretando la mandíbula.
Él
sonrió irónico.
-¿Exigencias?
-Llámalo
como quieras. Ven. Ahora -ordené. Él pasó de mí.
Me
acerqué y le tomé la mano, como si fuese un crío. Y peor aún, oía
a Susana reírse. Después de aquello me ahogaría.
Tiré
demasiado de él pensando que no lo lograría, pero se dejó guiar
por mí y logré sacarlo de la habitación, mientras Susana cerraba
la puerta tras ella.
Samuel
me miró.
-¿Sabías
que odio que hagan eso? -Preguntó con las cejas alzadas, intentó
dar la vuelta.
-Como
vayas de nuevo a la habitación, me largo Samuel -indiqué.
Él
me cogió del brazo.
-Cámbiate,
yo bajaré -dijo mientras bajaba las escaleras de dos en dos,
rápidamente. Estaba claro que quería mantenerme lo más alejada de
él y de todo lo demás.
Me
di media vuelta, orientándome. ¿Por qué decía que me cambiase si
no conocía nada de ésta casa? Fui abriendo cada puerta del largo
pasillo que se hallaba ante mí. ¿Debería de dar media vuelta, o
estaba bien ver la intimidad de las personas? Bien, él lo había
dicho, no yo.
La
primera puerta daba a un cuarto de color azul cielo, con bastantes
peluches por todos lados, aparte de dos cunas que se hallaban al
fondo de la habitación, una rosa y otra azul. Era el cuarto de dos
bebés. ¿Habitaban dos bebés en esta casa?
La
segunda puerta se hallaba una cama de matrimonio con las paredes
color burdeo, es decir que esta sería la de los padres y como era
lógico, al lado de la habitación de los niños pequeños, y justo
al lado estaba el baño que supongo que compartirían el matrimonio.
La
tercera puerta es donde estaba Susana, y no tenía el valor
suficiente de molestarla, ella estaría con su novio o con lo que
quería que fuese y sabrá Dios si les interrumpo en algo importante,
así que pasé a la otra habitación, otro jodido baño.
La
quinta puerta tenía las paredes de color blancas, con algunos marcos
de caras desconocidas, pero por supuesto, no era tan tonta de no
saber cuál de ellos era Samuel, aunque visto lo visto ahí parecía
un niño normal. La cama estaba pegada a la pared, formando un gran
cuadrado. Espera... La cama era cuadrada, realmente cuadrada. En
realidad nunca había visto una igual... ¿Qué queréis que os diga?
La mía es de lo más corriente, y eso que mi padre había insistido
en comprar lo que quisiera. Sus sábanas negras estaban tiradas por
todo el suelo, como si no hubiese tenido tiempo de hacerla. Más un
escritorio. Un armario, y otra puerta que conducía a otro baño.
Aquí seguro que no se pelearían con los baños.
¿Qué
hago ahora? He encontrado su habitación.
Abrí
su armario.
Vale,
ropa. ¿Qué esperaba encontrarme? ¿Cadáveres? ¿Zombies
mosqueados? Ah, espera. Los zombies no es que sean muy cariñosos
tampoco. Esta cosa tenía tres cajones dentro de sí misma. Los abrí.
Vale, quizás ver sus calzoncillos no sea mi mejor hazaña, pero lo
cerré enseguida que conste. Bien, el segundo contenía más de lo
mismo. El tercero constaba de calcetines.
Cogí
el primero que vi, que abrigase mis pies claro está. ¿De qué talla
era esto? Me estaba haciendo muchos apaños con los calcetines para
que no me quedasen a lo payaso. Ahora ya tengo los calcetines, de
color negro, por cierto.
Necesitaría
un pijama. Y si podría ser no muy abrigado, aquí hacía un calor
horroroso.
Miré
de arriba abajo todo el armario y seguía encontrando más de lo
mismo, es decir, nada. Ropa normal: camisetas, jersey, pantalones y
etc. Miré los jersey, uno de ellos era rojo y decidí cogerlo.
Espero que no se cabree, no es mi culpa, me hubiese dado él la ropa,
cualquiera estaría bien para mí. Menos unos pantalones, de eso
estaba segura.
Me
quité el vestido, mi parte íntima interior y me puse el jersey. Se
estaba calentito aquí dentro, y lo digo porque parecía un botijo.
Esta cosa me estaba enorme, así que agarré las mangas con los
dedos, cogí la ropa y la puse sobre el escritorio doblándola. Mi
sujetador entremedio para que no se viese.
Bien,
con este jersey gigantón me conformaba. Al salir de la habitación
troté hasta llegar a las escaleras, aún la puerta de Susana estaba
abierta y se oían voces (no quería saber exactamente que decían,
la verdad) así que bajé sigilosamente, para que no se diesen cuenta
de mi presencia.
Samuel
estaba en la cocina, no iba a molestarle, ¿o sí?
-¿Venus?
-Preguntó al aire. Miré adentro y estaba de espaldas a mí,
cogiendo dos vasos.
¿Íbamos
a brindar por este precioso día? Porque de bonito tenía bien poco,
la verdad.
Él
se dio la vuelta y me echó un vistazo. Reparó en su jersey que, yo,
llevaba puesto. ¿Veis la paradoja de todo esto?
-Si
no te parece bien me lo puedo quitar, quedarme el vesti... -él me
cortó.
-Me
da igual, Venus. Puedes coger lo que te plazca -aclaró.- Pero
pasarás frío con eso.
Entrecerré
los ojos.
-¿Con
el calor infernal que hace aquí? -Pregunté con una ceja alzada.
Él
me regaló una media sonrisa.
-A
la noche se apaga -explicó.
-Da
igual, me arroparé bien -dije, como si fuese una niña pequeña.
Volvió
a torcer la sonrisa. ¿Estaba enfadado conmigo por algo? Esto me
molestaba, profundamente.
Él
volvió a darse la vuelta, cogió los dos vasos y pasando por mi lado
se fue a la sala, luego volvió y sin dirigirme palabra cogió una
botella de agua y se la llevó consigo.
¿Tendría
que seguirle o me quedaría aquí como boba?
Fui
detrás de él.
-¿Tienes
alguna cita romántica? Lo digo para irme arriba -le dije mirando la
mesa, que contenía una pizza sobre ella.
Antes
de que él contestase hablé yo.
-Aunque
una pizza y agua no sea lo más romántico del mundo, ¿sabías? -No
sé porque me estaba cabreando, pero él hacía que me entrasen ganas
de matar a todo el mundo.- Y más con tu hermana, su novio y una tía
a la que tienes que cuidar como si tuviese cuatro años.
Él
se levantó de la silla y se fue.
-¿Adónde
vas? ¡Vas a perderte tu cita! -Grité a su espalda.
Me
senté sobre una de las sillas, esperando a que él regresase y me
echase, al menos. Sólo quería saber si se había enfadado conmigo o
estaría cogiendo algunos condones de su mesita de noche. Los tendría
ahí, ¿verdad?
Él
volvió tras unos minutos y pude ver que se había cambiado con unos
pantalones de pijama y una camiseta blanca de mangas cortas a su vez.
Mientras no se desnudase estaría bien, aunque la verdad es que lo
mismo daba porque yo ya me había quedado embobada. Como gilipollas.
-Que
guapo vas -opiné con un dedo sobre mi labio inferior.- Es más
cómodo de quitar, ¿no crees?
Él
me fulminó.
-¿Quieres
comer de una vez, Venus? -Preguntó molesto.- Estoy cansado de ésto.
Ah,
que la cena era para mí. ¿Y yo que iba a saber? ¿Cuántas cosas ha
hecho Samuel por mí? Como mucho dejar que me alojase en su casa,
porque mi hermano lo había pedido que si no ni eso.
-¿No
hay cita hoy? -Pregunté.
Él
negó con la cabeza.
-No
he tenido una cita desde los trece años -aclaró.
Asentí
fríamente con la cabeza.
-Tú
te saltas los pequeños pasos y vas a por el grande. Tirártela, que
es lo más macho que puede haber.
Él
recostó su cabeza sobre el pequeño sillón en el que estaba y se
volvió a levantar. Bebió agua y se apresuró a la puerta, de nuevo.
-Cuando
acabes ya sabes donde está mi cama.
¿Por
qué no quería discutir conmigo? ¡Me sentía invisible!
-¿Estarás
tú ahí? -Pregunté gritando. Él volvió a dar marcha atrás, me
ruboricé porque él tenía una sonrisa pícara en su rostro. Miró
mis piernas desnudas y cerré más mis piernas.
-No
lo creo -dijo y tras ésto se fue.
Cuando
terminé de cenar, que fue aproximadamente después de una hora o
cosa así, decidí irme hacia arriba. No cené apenas pero me quedé
mirando un programa en la televisión ya que cuando fuese a dormir no
encontraría a nadie esperándome, así que lo mismo daba.
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