lunes, 11 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 13


Aparcó el coche al voleo, es decir, en el primer sitio que pilló sobre la acera. Esto, como tantos otros, hacían que las personas tuviesen que dar la vuelta para poder seguir su paseo. Samuel, como ya sabía yo, era idiota. Pero estaba enamorada de ese idiota.
Salimos del coche, él apresurado y yo con su chaqueta y la manta encima.
Él dirigió su mirada hacia mí y se rió en voz alta.
-Estás graciosa -comentó.- Puedes dejar la manta en el maletero.
Alcé las cejas.
-No lo creo. Hace frío.
Él sonrió ampliamente enseñando todos sus dientes.
-La puerta está justo a cinco metros, Venus -puntualizó.
Me encogí de hombros.
-¿Y? -Pregunté rodando los ojos.
Fui directa a la puerta, pero noté que él se había quedado atrás, parado. Si pretendía que dejase la manta ahí estaría muy equivocado, me casaría con ésta cosa aunque fuese. No iba a correr el riesgo de resfriarme en estos cinco metros.
-¿Acabas de mandarme a la mierda? -Preguntó. Yo me dí la vuelta.
-Yo no te he mandado a ningún lado, Sáez -le respondí ladeando la cabeza.
Él sonrió.
-No como todos lo hacen, sino con soberbia... Espera, ¿adónde vas?
Volvía a caminar hacia su casa y me paré en seco.
-A tu casa. ¿O tengo que dormir en la caseta del perro?
Él volvió a echar la cabeza hacia atrás para reírse, ese acto me parecía bastante cómico en él. Ya sabéis, ahora en estos momentos, es cuando se mostraba realmente como era, fuera de todo lo demás.
-¿Tienes llave? -Preguntó.
Entrecerré los ojos.
-¿Tienes hermana? -Pregunté a su vez.
Él levantó la ceja.
-No está, probablemente.
Resoplé.
-¡Vamos Samuel, me estoy pelando de frío aquí fuera! -Exclamé arropándome más a la manta.
Él corrió hacia la casa y, cuando sonó que la puerta se abría la quedó a su merced.
-¿Contraseña? -Preguntó alzando las comisuras de sus labios.
Eché la cabeza hacia atrás y quise darme de hostias contra la pared.
-¿Ahora te vas a volver juguetón? -Pregunté enarcando la ceja.- Siempre te digo que dejes de ser tan serio y se te ocurre jugar ahora... ¿Eres tonto, Samuel?
Se encogió de hombros y exclamó:
-Contraseña -de nuevo.
Resoplé. Esto no acabaría pronto.
-Bien, niño pequeño. ¿Podría ser... Samuel Sáez?
Él abrió los ojos.
-¿Tan poca imaginación crees que tengo? -Preguntó.
-No sé, quizás sea yo que no tengo tiempo ni ganas para pensar. ¡Me voy a resfriar!
Él sonrió ampliamente.
-Tú decides si entras o no -dijo apoyando un brazo sobre la pared.
Exclamé una maldición y le miré.
-¿Venus? -Pregunté tontamente.
Él alzó una ceja.
-Creo que eres bastante egocéntrica, luego no te metas conmigo -dijo irónicamente.
Bueno estaba considerando la idea de dormir en el coche, o quizás en el banco de enfrente. Dependía de si Samuel me dejaba las llaves de su coche o no.
-¿Venus Ameda? -Pregunté.
Él volvió a sonreír irónicamente.
-Muy bien, vete a la mierda Samuel -espeté.
Él me agarró del brazo, prohibiéndome que me fuese de allí, y luego me metió en la casa. Más tarde cerró la puerta con llave.
La casa era perfecta, era las típicas casas cuales sus paredes son blancas como podría serlo las alas de un ángel, y sus muebles chapados a la antigua. Me pregunto si su antepasado tuvo un cargo bastante elevado en el siglo XVII. Las habitaciones eran enormes, y eso que ni siquiera había ido a ninguna, pero desde mi perspectiva así lo parecía, además de impecables.
Se oyeron ruidos provenientes de arriba y rápidamente me puse detrás de Samuel, que levantaba la ceja derecha a la misma vez.
-Cuidado diosa, podrías salir herida de quienquiera que sea el que esté ahí arriba -dijo, repitiendo el mote que me había puesto, y luego subió la mirada hacia las escaleras.- ¿Leire? ¿Marco? ¿Susana? ¿Miguel?
Miré en su dirección.
-¿Cuántos hermanos tienes? -Pregunté aún detrás de él.
Él parecía divertirse.
-Con el mismo ADN tengo cuatro, medio hermanos tengo tres.
Casi escupo pero, gracias a Dios, hoy estaba bien bonita de ponerme en ridículo y no lo hice.
-Luego me quejo yo de Leo -rugí.- Rosa no hace nada así que no me quejo.
Aún seguían sin responder así que él comenzó a subir las escaleras.
-¿Adónde vas? -Pregunté.
Él no respondió, siguió corriendo escaleras arriba, pero yo como tonta que era le seguí. Esto lo había visto en muchas películas de miedo. Al principio parece una jugarreta, ya sabéis: “No será nada, serán los árboles que suenan mucho por el viento”, ya bueno, pues luego resulta ser un tío psicópata con tres ojos y cinco piernas al que su madre no quería, y eso le daba razón para matar a jóvenes y adultos a su antojo. O mejor, un fantasma atormentado del siglo XVII, que se cree que aún no ha muerto y no se ha dado cuenta de que ha pasado siglos de su existencia mortal.
Llegados a la planta de arriba Samuel me miró.
-Te conozco lo suficiente para saber que estás pensando el tonterías de películas -levantó una ceja.- ¿Me equivoco?
Le miré horrorizada. Había acertado.
-¿Y si es verdad? ¿Y si es un psicópata, un fantasma, un vampiro o que se yo? -Pregunté.
Él rió.
-Más quisieras que fuera un vampiro, mi diosa -dijo andando por el largo pasillo.
-Pienso en vampiros como los del conde Drácula no como los de Edward, Samu -espeté.
Sonrió, luego abrió una puerta para encontrarse con la cabeza de una chica pelirroja hermosa.
-¿Qué haces aquí? -Le preguntó, luego miró en mi dirección y entornó los ojos.- Hola, soy Susana.
Le sonreí amablemente.
-Venus -le respondí.
Ella volvió la vista a Samuel y le miró de arriba abajo.
-Tienes la ceja partida, hermano -le respondió.- ¿Te la has curado?
Él rió amargo.
-¿Qué haces aquí? -Preguntó.- Cuando me largo os largáis todos. Esas son mis normas, Susana.
Ella rodó los ojos.
-No me apetecía -dijo rodando los ojos.
-Abre la puerta -ordenó. Ella le miró desafiante, pero igual que todo el mundo, no se podía negar ante la gran amabilidad de Samuel. Una pequeña ironía.
Ella abrió la puerta. Yo aún estaba detrás de Samuel, como si fuese mi escudo o algo similar, y si él se adentraba en la habitación yo le seguiría y parecería que iba a buscar trapos sucios, y si no lo hacía me moriría de la vergüenza.
¿Qué camino elegir?
-¿Dónde le has metido esta vez? -Preguntó Samuel mirando toda la espaciosa habitación.
Susana rodó los ojos y me pareció que yo hacía simplemente lo mismo.
-¿A quien? -Preguntó ella, inocentemente.
Hasta yo sabía que ella estaba aquí con su novio, o con quien fuese. Sabía que había escondido a alguien y eso era más que suficiente para que Samuel se pusiera como un loco, que es lo que era.
-¿Daniel? -Preguntó en voz alta.
En realidad no se escuchaba nada, pero me hacía gracia que estuviese rebuscando en el armario, debajo de la cama... ¡En los cajones! ¿Cómo iba a esconderse allí? ¿Se partió en cachitos y luego se metió, como quien no quiere la cosa?
Él agarró bastantes cosas y las tiró a la cama.
Oh, bien, condones. Esto se estaba poniendo interesante, y eso que yo aún seguía justamente en la puerta, y Susana a mi lado. Yo intentaba por no reírme o exclamar alguna cosa a Samuel. Se estaba portando bastante mal con su hermana.
Él abrió la ventana y sonrió de oreja a oreja.
-Tienes un aspecto horrible. Entra -ordenó a un chico que, fijo, que estaba encaramado en el árbol. Como si fuese una especie de mono.
Él chico era bastante ágil y entró en décimas de segundos, aunque después de ver que estaba totalmente desnudo tapándose la entrepierna con las manos, deseé que no estuviese allí.
Abrí los ojos mientras miraba toda la habitación y Susana, a mi lado, sonreía.
¿Por qué sonreía?
-Cuanto tiempo sin verte -saludó Samuel, irónicamente.- Creí que te dije que no volvieses a acercarte a mi hermana.
Él, como avergonzado que estaba, miró a Susana rogándole algo. Ropa, supongo.
-No, no quiero que te vistas -ordenó Samuel. ¿Me salió gay ahora?- Prefiero que si tengo que retorcerte los cojones sea aún más fácil, ¿no?
El chico se percató de mi presencia.
-Deja de mirar a la chica y mírame a mí -volvió a hablar Samuel. El chico parecía estar pasándolo verdaderamente mal.
Y me metí yo, como por segunda vez hoy.
-Oye, Samuel... ¿Nos podemos ir? -Pregunté.
Él me miró a mí sorprendido y a la vez furioso de que intentase chafar sus planes.
-Puedes esperar abajo, Venus -me ordenó esta vez, cosa que lo pasé por alto.
-Déjale -le pedí.- Tu hermana puede hablar con él y que decidan lo que quieran. Son bastante mayores ya, Samuel.
Seguía mirándome con aquella mirada, la cual no me gustaba nada. Me sentía como si fuese un cordero y él un gran (y sexy) toro. En cualquier momento podía tirarme y eso es lo que intentaba que no pasase, pero tampoco quería ver como el chico iba a ser golpeado.
-Mi hermana, mi... no tan querido cuñado y yo me encargo de esto -dijo.
Negué con la cabeza, prohibiendo a mis lágrimas desvanecerse. ¿Es que no podía hacerme caso por una vez? ¿Tan difícil era para él no hacerse el macho?
Di media vuelta y me encaminé hacia la puerta de salida, pero Susana me cogió del brazo antes de bajar las escaleras.
-No te vayas -rogó.- Sé que por un extraño motivo él confía en ti. Y ese que está ahí dentro es la persona a la que amo, y no quiero que mi estúpido hermano se la cargue.
La miré impresionada.
-¿Qué debo de hacer? -Pregunté.- Tu hermano pasa de mis exigencias.
Ella se encogió de hombros.
-Lo has hecho psicológicamente, ¿podrías hacerlo físicamente?
Enarqué las cejas.
-¿Qué quiere decir eso?
-Cógelo del brazo de la mano y tira. No sé, cualquier cosa que le haga irse de la habitación.
Miré hacia la derecha, detrás de ella y volví a encaminarme hacia la habitación. Ellos dos mantenían una conversación entre dientes.
-Samuel, por última vez, vente -ordené apretando la mandíbula.
Él sonrió irónico.
-¿Exigencias?
-Llámalo como quieras. Ven. Ahora -ordené. Él pasó de mí.
Me acerqué y le tomé la mano, como si fuese un crío. Y peor aún, oía a Susana reírse. Después de aquello me ahogaría.
Tiré demasiado de él pensando que no lo lograría, pero se dejó guiar por mí y logré sacarlo de la habitación, mientras Susana cerraba la puerta tras ella.
Samuel me miró.
-¿Sabías que odio que hagan eso? -Preguntó con las cejas alzadas, intentó dar la vuelta.
-Como vayas de nuevo a la habitación, me largo Samuel -indiqué.
Él me cogió del brazo.
-Cámbiate, yo bajaré -dijo mientras bajaba las escaleras de dos en dos, rápidamente. Estaba claro que quería mantenerme lo más alejada de él y de todo lo demás.
Me di media vuelta, orientándome. ¿Por qué decía que me cambiase si no conocía nada de ésta casa? Fui abriendo cada puerta del largo pasillo que se hallaba ante mí. ¿Debería de dar media vuelta, o estaba bien ver la intimidad de las personas? Bien, él lo había dicho, no yo.
La primera puerta daba a un cuarto de color azul cielo, con bastantes peluches por todos lados, aparte de dos cunas que se hallaban al fondo de la habitación, una rosa y otra azul. Era el cuarto de dos bebés. ¿Habitaban dos bebés en esta casa?
La segunda puerta se hallaba una cama de matrimonio con las paredes color burdeo, es decir que esta sería la de los padres y como era lógico, al lado de la habitación de los niños pequeños, y justo al lado estaba el baño que supongo que compartirían el matrimonio.
La tercera puerta es donde estaba Susana, y no tenía el valor suficiente de molestarla, ella estaría con su novio o con lo que quería que fuese y sabrá Dios si les interrumpo en algo importante, así que pasé a la otra habitación, otro jodido baño.
La quinta puerta tenía las paredes de color blancas, con algunos marcos de caras desconocidas, pero por supuesto, no era tan tonta de no saber cuál de ellos era Samuel, aunque visto lo visto ahí parecía un niño normal. La cama estaba pegada a la pared, formando un gran cuadrado. Espera... La cama era cuadrada, realmente cuadrada. En realidad nunca había visto una igual... ¿Qué queréis que os diga? La mía es de lo más corriente, y eso que mi padre había insistido en comprar lo que quisiera. Sus sábanas negras estaban tiradas por todo el suelo, como si no hubiese tenido tiempo de hacerla. Más un escritorio. Un armario, y otra puerta que conducía a otro baño. Aquí seguro que no se pelearían con los baños.
¿Qué hago ahora? He encontrado su habitación.
Abrí su armario.
Vale, ropa. ¿Qué esperaba encontrarme? ¿Cadáveres? ¿Zombies mosqueados? Ah, espera. Los zombies no es que sean muy cariñosos tampoco. Esta cosa tenía tres cajones dentro de sí misma. Los abrí. Vale, quizás ver sus calzoncillos no sea mi mejor hazaña, pero lo cerré enseguida que conste. Bien, el segundo contenía más de lo mismo. El tercero constaba de calcetines.
Cogí el primero que vi, que abrigase mis pies claro está. ¿De qué talla era esto? Me estaba haciendo muchos apaños con los calcetines para que no me quedasen a lo payaso. Ahora ya tengo los calcetines, de color negro, por cierto.
Necesitaría un pijama. Y si podría ser no muy abrigado, aquí hacía un calor horroroso.
Miré de arriba abajo todo el armario y seguía encontrando más de lo mismo, es decir, nada. Ropa normal: camisetas, jersey, pantalones y etc. Miré los jersey, uno de ellos era rojo y decidí cogerlo. Espero que no se cabree, no es mi culpa, me hubiese dado él la ropa, cualquiera estaría bien para mí. Menos unos pantalones, de eso estaba segura.
Me quité el vestido, mi parte íntima interior y me puse el jersey. Se estaba calentito aquí dentro, y lo digo porque parecía un botijo. Esta cosa me estaba enorme, así que agarré las mangas con los dedos, cogí la ropa y la puse sobre el escritorio doblándola. Mi sujetador entremedio para que no se viese.
Bien, con este jersey gigantón me conformaba. Al salir de la habitación troté hasta llegar a las escaleras, aún la puerta de Susana estaba abierta y se oían voces (no quería saber exactamente que decían, la verdad) así que bajé sigilosamente, para que no se diesen cuenta de mi presencia.
Samuel estaba en la cocina, no iba a molestarle, ¿o sí?
-¿Venus? -Preguntó al aire. Miré adentro y estaba de espaldas a mí, cogiendo dos vasos.
¿Íbamos a brindar por este precioso día? Porque de bonito tenía bien poco, la verdad.
Él se dio la vuelta y me echó un vistazo. Reparó en su jersey que, yo, llevaba puesto. ¿Veis la paradoja de todo esto?
-Si no te parece bien me lo puedo quitar, quedarme el vesti... -él me cortó.
-Me da igual, Venus. Puedes coger lo que te plazca -aclaró.- Pero pasarás frío con eso.
Entrecerré los ojos.
-¿Con el calor infernal que hace aquí? -Pregunté con una ceja alzada.
Él me regaló una media sonrisa.
-A la noche se apaga -explicó.
-Da igual, me arroparé bien -dije, como si fuese una niña pequeña.
Volvió a torcer la sonrisa. ¿Estaba enfadado conmigo por algo? Esto me molestaba, profundamente.
Él volvió a darse la vuelta, cogió los dos vasos y pasando por mi lado se fue a la sala, luego volvió y sin dirigirme palabra cogió una botella de agua y se la llevó consigo.
¿Tendría que seguirle o me quedaría aquí como boba?
Fui detrás de él.
-¿Tienes alguna cita romántica? Lo digo para irme arriba -le dije mirando la mesa, que contenía una pizza sobre ella.
Antes de que él contestase hablé yo.
-Aunque una pizza y agua no sea lo más romántico del mundo, ¿sabías? -No sé porque me estaba cabreando, pero él hacía que me entrasen ganas de matar a todo el mundo.- Y más con tu hermana, su novio y una tía a la que tienes que cuidar como si tuviese cuatro años.
Él se levantó de la silla y se fue.
-¿Adónde vas? ¡Vas a perderte tu cita! -Grité a su espalda.
Me senté sobre una de las sillas, esperando a que él regresase y me echase, al menos. Sólo quería saber si se había enfadado conmigo o estaría cogiendo algunos condones de su mesita de noche. Los tendría ahí, ¿verdad?
Él volvió tras unos minutos y pude ver que se había cambiado con unos pantalones de pijama y una camiseta blanca de mangas cortas a su vez. Mientras no se desnudase estaría bien, aunque la verdad es que lo mismo daba porque yo ya me había quedado embobada. Como gilipollas.
-Que guapo vas -opiné con un dedo sobre mi labio inferior.- Es más cómodo de quitar, ¿no crees?
Él me fulminó.
-¿Quieres comer de una vez, Venus? -Preguntó molesto.- Estoy cansado de ésto.
Ah, que la cena era para mí. ¿Y yo que iba a saber? ¿Cuántas cosas ha hecho Samuel por mí? Como mucho dejar que me alojase en su casa, porque mi hermano lo había pedido que si no ni eso.
-¿No hay cita hoy? -Pregunté.
Él negó con la cabeza.
-No he tenido una cita desde los trece años -aclaró.
Asentí fríamente con la cabeza.
-Tú te saltas los pequeños pasos y vas a por el grande. Tirártela, que es lo más macho que puede haber.
Él recostó su cabeza sobre el pequeño sillón en el que estaba y se volvió a levantar. Bebió agua y se apresuró a la puerta, de nuevo.
-Cuando acabes ya sabes donde está mi cama.
¿Por qué no quería discutir conmigo? ¡Me sentía invisible!
-¿Estarás tú ahí? -Pregunté gritando. Él volvió a dar marcha atrás, me ruboricé porque él tenía una sonrisa pícara en su rostro. Miró mis piernas desnudas y cerré más mis piernas.
-No lo creo -dijo y tras ésto se fue.
Cuando terminé de cenar, que fue aproximadamente después de una hora o cosa así, decidí irme hacia arriba. No cené apenas pero me quedé mirando un programa en la televisión ya que cuando fuese a dormir no encontraría a nadie esperándome, así que lo mismo daba. 

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