Los
golpes comenzaron a resonar en toda la habitación. Me desperté
rápidamente, asustada. Miré a Samuel que se levantó gruñendo de
la cama. Se estaba poniendo los pantalones y se apresuraba a bajar a
la habitación.
El
reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada.
-¿Adónde
vas? -Pregunté primero.- ¿Qué son esos ruidos?
Él
miró mi aspecto y sonrió, pero quitó la sonrisa de inmediato,
cambiándola por la culpabilidad.
-Mis
hermanos -dijo moviendo la cabeza.
Asentí
con la cabeza, medio sonriendo. Él se fue de la habitación
dejándome sola con mis pensamientos, lo peor del mundo. ¿Cierto? Me
dolía horror la cabeza y no mejoraba el hecho de que estaba desnuda,
simplemente tapada con la sábana hasta mis pechos. Esto era...
Realmente inquietante... ¿Samuel y yo? ¿Cuándo había sucedido
todo?
Me
levanté, me puse el jersey y salí de allí. Me encontré a toda una
familia enorme reunida.
Todas
las miradas se dirigieron hacia mí.
La
de Samuel fue la última.
-Hola
-saludó Susana junto a la puerta del salón.- ¿Te hemos despertado?
Negué
con la cabeza.
-Oh,
bien porque esto se va a poner interesante -dijo ella sonriendo.- ¿Te
presento a mis hermanos?
Me
encogí de hombros porque si decía que sí ya sería una
entrometida, y parecería que quería adueñarme de Samuel metiéndome
ya en su vida. Si decía que no era descortés.
-Pues
bien, este es Miguel -dijo Susana palmeando la espalda de su hermano.
Tan hermoso como Samuel pero era más pequeño, de mi misma edad
quizás.- Tiene diecisiete años y es todo un atleta. ¿Verdad?
El
hermano me miró sonriendo.
-Tú
debes ser Venus -dijo él ladeando la cabeza.
Asentí
sonriendo ampliamente, parecía totalmente lo contrario a su hermano,
es decir, agradable.
-Ella
es mi novia, Sofía -dijo Miguel tomándole la mano.
-Encantada
-susurré abrazándome. Samuel no parecía nada contento con esto, y
eso sólo hacía que me enfadase más conmigo misma.
-Él
es mi hermano Marco -dijo Susana más tarde.- Él también se ocupa
de todos nosotros, como un padre pero sin ser tan jodidamente
estricto como Samuel.
Oí
el bufido de Samuel, bastante degradante, sonoro y grave.
-Soy
el inteligente de la familia -dijo éste sonriendo.- Encantado,
Venus.
Me
reí.
-Gracias
a Dios... -suspiré sonriendo. Samuel me miró entrecerrando los
ojos, pero le ignoré
Hasta
ahora había descubierto a su hermana Susana, luego más tarde a
Miguel con su novia Sofía, eran tal para cual porque se parecían
bastante. Eran morenos con ojos claros. Susana era pelirroja... Todos
tenían los mismos ojos grises que Samuel, sin duda eran sus
hermanos. Sin duda Marco es el que más se parecía a Samuel, pero
con tan solo verlo, podrías averiguar que no era tan gilipollas como
su hermano.
-Ella
es mi chica, Clara -dijo él dando paso a una chica rubia de ojos
azules, que sonreía en mi dirección.
Le
sonreí a su vez.
-Encantada...
-susurré de nuevo.- Sois todos como gotas de agua...
Susana
puso una mano en su pecho y ahogó una exclamación.
-¡No
me digas eso! -Chilló Susana haciéndose la enfadada.- ¿Soy igual
de imbécil que éstos?
Samuel
rodó los ojos mientras abría la puerta del salón. Una chica, o
mejor, niña de doce o trece años dio unos cuantos pasos hacia
nosotros. Sabía que era hermana de ellos porque tenía el pelo
rojizo de Susana, y sus ojos grises brillando bajo la luz tenue del
pasillo.
-¡Hola!
-Exclamó en mi dirección, luego se precipitó hacia mí.- ¿Eres
Venus? ¡Oh, me encanta tu pelo! Es tan brillante...
Y
lo dijo la chica que, cuando le daba la luz parecía que su pelo
estuviese en llamas.
-Oh...
-logré soltar sorprendida. Ella me tocó el pelo y dijo:
-Soy
Leire, la hermana pequeña... Bueno, antes de que los gemelos
naciesen -rió.- La hermana preferida de Samuel.
Miré
a Samuel con las cejas enarcadas. ¿Hermana preferida?
-Es
la más pequeña, es la que menos problemas da -dijo Samuel cansado,
mientras se tocaba la parte trasera de la cabeza.- Es... sencillo
cuidar de ella.
Leire
le miró abriendo muchos los ojos.
-¡Eres
mi hermano mayor, trátame con más cariño! -Soltó mientras se
cruzaba de brazos.
Él
le sonrió con ternura y la cogió en brazos.
-Te
quiero más que a todos estos porque eres perfecta, ellos no -dijo
poniendo voz de niño pequeño.
Era
encantador verlo como si fuese un padre para ellos, en vez de su
hermano mayor.
//////
Galia
no dejaba de pulsar los botones de la calculadora una y otra vez,
creo que los tenía morados ya. Estaba cabreada por el cuatro con
ocho que le habían puesto en Geografía. Eso se lo merecía por
pasar el tiempo con Jorge y no con los libros. Este Lunes iba a
resultar de lo más aburrido sin Hugo delante nuestra, y mucho más
aburrido para Samanta, que era su novia. Al fin, ¿verdad?
Carlos
se sentó al lado de Samanta y miró a Galia, a ella le había
gustado durante muchísimo tiempo, pero luego se fue con Jorge,
aunque al principio no me hacía demasiada gracia.
-Espero
que estéis de acuerdo con la nota que os puesto -comenzó a decir la
profesora de Geografía.- ¿Alguien tiene algo que reclamar?
Galia
levantó la mano con furia. Estaba desubicada.
-Me
ha puesto un cuatro con ocho -se quejó Galia echándose el pelo
hacia atrás.
La
profesora miró a Galia por encima de las gafas y entrecerró los
ojos. Después de dos suspiros le sonrió.
-Es
la nota que le sale -le explicó.
Ella
abrió la boca.
-¡Pero
yo me porto bien en clase! -Chilló ella.- Sólo me faltaba dos
décimas para subir al cinco...
La
profesora se levantó de la silla y caminó por el altar de la clase,
y luego puso sus brazos encima de ella.
-Pero
aquí no cuenta como se porte usted, sino cuanto sabe.
-¡Ah,
claro y cuando somos unos jodidos rebeldes nos bajas la nota por mal
comportamiento! -Volvió a chillar más alto.- Es que no es justo.
La
profesora volvió a su mesa, pero sin sentarse, cogió algunas cosas
de la mesa. Comenzó a bajar del altar y vino hacia nosotras, le
tendió a Galia los papeles que había alcanzado.
Galia
los miró, y yo al mismo tiempo también.
Se
había ganado un paseo a Jefatura. Debería de estar contentísima
por esto.
//////
Samanta
me había dicho que iría a Jefatura a recoger a Galia, que fuese
hacia el Comedor mientras ella iba y cogiese mesa, antes de que
cualquier otro se pusiera. No había visto a Jorge desde la clase de
Geografía y debí suponer que estaba quejándose a la Directora para
que dejase salir a Galia, al final él también acabaría con un
paseo hasta allí. Hugo tuvo que ir al médico hoy, así que Samanta
estaba algo más callada que de costumbre, la pobre chica estaba
colada por él... Y era su novio, gracias a Dios. Al final Carlos se
fue tan rápido como tocó el timbre, y no pudimos preguntarle porqué
se había sentado ahí.
Y
la otra persona era Samuel.
Al
que no había visto desde el domingo por la mañana, cuando me marché
de su casa, sola, a las seis de la mañana.
Detrás
de mí se movían algunas personas y no paraban de empujarse unas a
otras así que cogí el otro camino hacia el Comedor, porque no
soportaba tener gente alrededor tan lenta y tan gilipollas.
Noté
que una mano agarraba mi muñeca, atrayéndome hacia él y la fuerza
fue tan fuerte y tan dura que acabé en el suelo. Oí que la puerta
se cerró, justo delante mía, pero sin poder verlo porque mi largo
pelo tapaba la imagen.
Lo
aparté, lo justo para ver que era la persona a la que le tenía el
mayor miedo. Me impulsé hacia atrás, gateé lo más rápido posible
de su alcance, muerta de miedo. Mis piernas eran incapaces de hacerme
subir, joder, ellas me estaban fallando. Estaba perdiendo el
equilibrio, estaba nerviosa y me di contra la pared de ladrillo.
Él
estaba acercándose, con paso vacilante. Él sabía como me sentía,
y le gustaba verme sufrir.
Esto
no estaba bien.
Nada
estaba bien conmigo misma, nada estaba bien si era mi vida de la que
hablábamos.
Sólo
pude sentarme en el frío y duro suelo, mi pelo volvía a estar
delante de mi cara pero esta vez no lo aparté, cuanto menos viese
mejor. En cuanto vi que nos separaba menos de un metro, un escalofrío
me recorrió la espalda.
Él
se paró en seco cuando sus pies estaban rozando los míos. Miré
arriba, mi labio inferior me temblaba y el vello de mis brazos se me
erizó de tal manera que me dio un terrible frío. Y a la vez el
calor ardiente de mis mejillas.
-Llevaba
tres días sin verte, y aquí estás... -Susurró con la voz más
grave que había oído, aparte de la de Samuel.- Tuve que cuidar del
moratón que me hiciste la otra vez, ¿sabías?
Tragué
saliva. ¿Adónde quería ir?
Se
agachó, ahora su cara estaba a la altura de la mía. Pegué mis
manos al roda-pié.
-¿Y
tus amigas? -Preguntó dejando salir una sonrisa lo suficientemente
grande, como para darse cuenta de que además de ser demasiado
dentuda, era escalofriante.- Esta vez nadie nos interrumpirá.
Cuando
pestañeé me había dado cuenta de que había estado con los ojos
abiertos como platos durante todo este tiempo, me escocían los ojos,
y comenzaron a lagrimear.
Él
lo interpretó mal.
-Tranquila
cielo... -Dijo mientras tocaba mi mejilla derecha, ahora sí que
lloraba. Él me quitó la lágrima que ya había soltado.- No te
preocupes, yo estoy aquí. No tienes de que preocuparte, no te haré
daño...
Los
cojones.
Comencé
a chillar como una niña pequeña pero con una mano me tapó la boca,
y con la otra agarró mi nuca e hizo acostarme en el suelo. Ahora
estaba a su merced, y no podía volver atrás. Nadie me había
escuchado, y ahora iba a sufrir una violación.
Mis
lágrimas seguían corriendo por mis mejillas. No podía gritar, no
podía pedirle piedad porque sé que no lo haría... Tenía mis pies
totalmente tensos bajo sus piernas. Él estaba encima de mí, y me
daba un asco repugnante el tenerlo tan cerca... Comencé a removerme,
mi padre siempre decía que tenía demasiada fuerza para ser una
chica, pero tampoco para quitar a un hombre de ochenta kilos de
encima mía.
Él
se cabreó, Santos se cabreó tanto que agarró mis hombros y luego
me impulsó duramente contra el suelo. Mi cabeza comenzó a darme
vueltas, ahora sí que estaba perdida. Mis oídos comenzaron a
pitarme, mi nariz alcanzaba a oler el producto de limpieza y supe que
la limpiadora había estado aquí antes. ¿Y si regresaba para
recoger las cosas?
¿Y
si no?
-Estate
quieta, Venus... -Susurró sonriendo como un verdadero demonio.- No
puedo concentrarme en tu blusa si no paras de moverte...
Oh
Dios, esto no estaba mejorando en absoluto. Iba a pasar de verdad,
iba a... ¿violarme? No podía ser cierto, debería de estar
soñando... Dios mío, por favor, sálvame. Necesito que lo hagas...
Sé que nunca te he prestado atención, que llevo años sin orar,
pero no puedo pasar por esto...
No
soy tan fuerte para soportar esto.
Santos
comenzó a quitarme la blusa, destapando botón a botón y
rápidamente, como si quisiera terminar de una vez con esto. Volví a
moverme y noté que su puño se estrellaba contra mi mejilla. Lloré,
lloré más de lo que había llorado antes... No había sido el puño,
ni siquiera había sido el miedo, había sido la impotencia. La
impotencia de no poder moverlo de encima, de no poder coger las
fuerzas suficientes para apartarlo.
Sentía
como el moratón se extendía sobre mi pómulo, y noté como él me
quitaba la blusa y la tiraba al suelo. Debajo tenía la camisa del
uniforme, pero en vez de hacer lo mismo me la rompió. Ahora estaba
destrozada la camisa tanto como yo. Las dos necesitábamos que
alguien nos volviese a reparar.
Santos
volvió a sonreír como un loco poseído. Él miró a mi falda, y
comenzó a bajármela, no pude resistirme porque tenía las piernas
entumidas y ahora desnudas. El frío se hizo más intenso, menos
llevadero.
Volví
a gritar porque, quitó la mano de mi boca para poder bajarme las
medias. Me dio otro puño, esta vez sobre mi estómago. Pensé que
lloraría, pensé que volvería a chillar como una pequeña loca,
pero me di cuenta de que tenía ganas de vomitar.
Estaba
muerta de miedo, de frío y del asco.
Él
quitó mis medias, y se entretuvo en mi cuello. Sus besos eran como
pequeñas moscas que aunque no te piquen, lo sientes... Él estaba
surcando mi piel con su lengua, y yo estaba al borde del vómito. Él
apartó la cabeza y me miró como si fuese la cosa más preciosa del
mundo, y eso sólo me llevaba a alguien a mi mente: Samuel.
Santos
besó mis labios y el vomito retenido subía por mi garganta, intenté
apartar la cara pero la tenía agarrada entre sus sucias manos, y no
dejaba irme. Él bajó sus pantalones mientras me besaba como un
sabueso. Estaba perdida.
No
iba a despertar jamás de esto.
Alguien
abrió la puerta entre risas.
Santos
y yo giramos la cabeza y pudimos ver a Galia y Samanta mirarnos de
hito en hito. Comencé a llorar, y esta vez de felicidad.
La
primera en reaccionar fue Galia, que avanzó a grandes zancadas y su
tacón impactó en la cara de Santos, haciéndole gemir de dolor,
pero él aún no había caído.
Y
aún no se había acabado.
Samanta
se asustó de repente e intentó cerrar la puerta de golpe, pero
sabía que Jorge estaba aquí, y que Hugo había vuelto... Pero para
mi sorpresa el primero que apareció fue Samuel, al que se le borró
la sonrisa de la cara.
Samanta
negó con la cabeza varias veces, y pude ver que los otros dos se
avalanzaban hacia Samuel.
Galia
estaba de pie ante mí, Santos estaba a mis pies, intentando
recuperarse y avalanzarse sobre Galia.
Samuel
escrutó mi rostro entrecerrando los ojos, vio mi moratón y luego el
moratón en mi estómago. Luego miró a Galia, que estaba mirando
asustada hacia él. Más tarde a Santos que tenía los pantalones
bajados, y además yo estaba semi-desnuda.
Y
todo fue demasiado rápido porque Galia me cogió por los hombros, me
balanceó y me empujó hacia delante, hacia Samanta, ésta me abrazó.
Samuel
salió del estado de shock y se avalanzó hacia Santos, con una
patada en la cara. Los músculos de Samuel comenzaron a endurecerse,
como si fuesen rocas; los puños volaban hacia la cara de mi profesor
de Historia, uno, otro, y luego más tarde otro más... Le cogió de
la solapa de la camisa y lo estampó contra la pared, sus puños
seguían volando hacia su cara, pero no le servía solo eso, porque
estaba chorreando sudor en cuanto tiró a Santos al suelo, haciendo
que la espalda de él crujiese. Las patadas se hacían más intensas,
más brutas y Santos iba perdiendo energía, iba a caer insconciente.
Un
grito me desgarró el alma.
Había
sido Santos, estaba con las manos en alto y quería parar aquello.
-Samuel...
-susurré. Más para mí que para él.
Hugo
fue el primero en hablar, alarmado. Jorge intentó separarle de
Santos, Hugo también le estaba ayudando pero era imposible. Hugo
volvió a gritar desconsolado a Samuel.
Él
estaba perdiendo el control.
Mis
ganas de vomitar se hacían mas intensas, y descubrí que llevaba mi
falda... Samanta lo había hecho mientras me mantuve embelesada
mirando la pelea.
Galia
gruñó.
-¡Están
viniendo los guardias, chicos! -Gritó ella, impaciente.
Samuel
paró en seco pero, no sin dejar de agarrar al insconciente Santos
por la camisa.
Me
miró de arriba abajo y noté que él estaba triste, él estaba
destrozado.
-Sacadla
de aquí -ordenó a Galia y a Samanta.
Ellas
dos asintieron y me agarraron de los brazos, como si me hubiese
quedado inválida o alguna cosa parecida. Intenté pararme para
intentar que Samuel dejase de pegarle, intenté por todas mis fuerzas
hacerlo pero, ya había gastado suficiente energía con Santos...
Ahora solo quería respirar.
En
cuanto salimos al pasillo vimos a los guardias revisar cada aula, y
entonces es cuando Samanta y Galia tiraron de mí antes de que se
diesen cuenta de que estábamos aquí. Conseguí girarlas hasta la
pared, y oímos lo que estaban haciendo ahí. Oímos mas golpes, más
gemidos y más insultos.
No
quería que Samuel saliese perdiendo.
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