sábado, 16 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 15


Los golpes comenzaron a resonar en toda la habitación. Me desperté rápidamente, asustada. Miré a Samuel que se levantó gruñendo de la cama. Se estaba poniendo los pantalones y se apresuraba a bajar a la habitación.
El reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada.
-¿Adónde vas? -Pregunté primero.- ¿Qué son esos ruidos?
Él miró mi aspecto y sonrió, pero quitó la sonrisa de inmediato, cambiándola por la culpabilidad.
-Mis hermanos -dijo moviendo la cabeza.
Asentí con la cabeza, medio sonriendo. Él se fue de la habitación dejándome sola con mis pensamientos, lo peor del mundo. ¿Cierto? Me dolía horror la cabeza y no mejoraba el hecho de que estaba desnuda, simplemente tapada con la sábana hasta mis pechos. Esto era... Realmente inquietante... ¿Samuel y yo? ¿Cuándo había sucedido todo?
Me levanté, me puse el jersey y salí de allí. Me encontré a toda una familia enorme reunida.
Todas las miradas se dirigieron hacia mí.
La de Samuel fue la última.
-Hola -saludó Susana junto a la puerta del salón.- ¿Te hemos despertado?
Negué con la cabeza.
-Oh, bien porque esto se va a poner interesante -dijo ella sonriendo.- ¿Te presento a mis hermanos?
Me encogí de hombros porque si decía que sí ya sería una entrometida, y parecería que quería adueñarme de Samuel metiéndome ya en su vida. Si decía que no era descortés.
-Pues bien, este es Miguel -dijo Susana palmeando la espalda de su hermano. Tan hermoso como Samuel pero era más pequeño, de mi misma edad quizás.- Tiene diecisiete años y es todo un atleta. ¿Verdad?
El hermano me miró sonriendo.
-Tú debes ser Venus -dijo él ladeando la cabeza.
Asentí sonriendo ampliamente, parecía totalmente lo contrario a su hermano, es decir, agradable.
-Ella es mi novia, Sofía -dijo Miguel tomándole la mano.
-Encantada -susurré abrazándome. Samuel no parecía nada contento con esto, y eso sólo hacía que me enfadase más conmigo misma.
-Él es mi hermano Marco -dijo Susana más tarde.- Él también se ocupa de todos nosotros, como un padre pero sin ser tan jodidamente estricto como Samuel.
Oí el bufido de Samuel, bastante degradante, sonoro y grave.
-Soy el inteligente de la familia -dijo éste sonriendo.- Encantado, Venus.
Me reí.
-Gracias a Dios... -suspiré sonriendo. Samuel me miró entrecerrando los ojos, pero le ignoré
Hasta ahora había descubierto a su hermana Susana, luego más tarde a Miguel con su novia Sofía, eran tal para cual porque se parecían bastante. Eran morenos con ojos claros. Susana era pelirroja... Todos tenían los mismos ojos grises que Samuel, sin duda eran sus hermanos. Sin duda Marco es el que más se parecía a Samuel, pero con tan solo verlo, podrías averiguar que no era tan gilipollas como su hermano.
-Ella es mi chica, Clara -dijo él dando paso a una chica rubia de ojos azules, que sonreía en mi dirección.
Le sonreí a su vez.
-Encantada... -susurré de nuevo.- Sois todos como gotas de agua...
Susana puso una mano en su pecho y ahogó una exclamación.
-¡No me digas eso! -Chilló Susana haciéndose la enfadada.- ¿Soy igual de imbécil que éstos?
Samuel rodó los ojos mientras abría la puerta del salón. Una chica, o mejor, niña de doce o trece años dio unos cuantos pasos hacia nosotros. Sabía que era hermana de ellos porque tenía el pelo rojizo de Susana, y sus ojos grises brillando bajo la luz tenue del pasillo.
-¡Hola! -Exclamó en mi dirección, luego se precipitó hacia mí.- ¿Eres Venus? ¡Oh, me encanta tu pelo! Es tan brillante...
Y lo dijo la chica que, cuando le daba la luz parecía que su pelo estuviese en llamas.
-Oh... -logré soltar sorprendida. Ella me tocó el pelo y dijo:
-Soy Leire, la hermana pequeña... Bueno, antes de que los gemelos naciesen -rió.- La hermana preferida de Samuel.
Miré a Samuel con las cejas enarcadas. ¿Hermana preferida?
-Es la más pequeña, es la que menos problemas da -dijo Samuel cansado, mientras se tocaba la parte trasera de la cabeza.- Es... sencillo cuidar de ella.
Leire le miró abriendo muchos los ojos.
-¡Eres mi hermano mayor, trátame con más cariño! -Soltó mientras se cruzaba de brazos.
Él le sonrió con ternura y la cogió en brazos.
-Te quiero más que a todos estos porque eres perfecta, ellos no -dijo poniendo voz de niño pequeño.
Era encantador verlo como si fuese un padre para ellos, en vez de su hermano mayor.

//////

Galia no dejaba de pulsar los botones de la calculadora una y otra vez, creo que los tenía morados ya. Estaba cabreada por el cuatro con ocho que le habían puesto en Geografía. Eso se lo merecía por pasar el tiempo con Jorge y no con los libros. Este Lunes iba a resultar de lo más aburrido sin Hugo delante nuestra, y mucho más aburrido para Samanta, que era su novia. Al fin, ¿verdad?
Carlos se sentó al lado de Samanta y miró a Galia, a ella le había gustado durante muchísimo tiempo, pero luego se fue con Jorge, aunque al principio no me hacía demasiada gracia.
-Espero que estéis de acuerdo con la nota que os puesto -comenzó a decir la profesora de Geografía.- ¿Alguien tiene algo que reclamar?
Galia levantó la mano con furia. Estaba desubicada.
-Me ha puesto un cuatro con ocho -se quejó Galia echándose el pelo hacia atrás.
La profesora miró a Galia por encima de las gafas y entrecerró los ojos. Después de dos suspiros le sonrió.
-Es la nota que le sale -le explicó.
Ella abrió la boca.
-¡Pero yo me porto bien en clase! -Chilló ella.- Sólo me faltaba dos décimas para subir al cinco...
La profesora se levantó de la silla y caminó por el altar de la clase, y luego puso sus brazos encima de ella.
-Pero aquí no cuenta como se porte usted, sino cuanto sabe.
-¡Ah, claro y cuando somos unos jodidos rebeldes nos bajas la nota por mal comportamiento! -Volvió a chillar más alto.- Es que no es justo.
La profesora volvió a su mesa, pero sin sentarse, cogió algunas cosas de la mesa. Comenzó a bajar del altar y vino hacia nosotras, le tendió a Galia los papeles que había alcanzado.
Galia los miró, y yo al mismo tiempo también.
Se había ganado un paseo a Jefatura. Debería de estar contentísima por esto.

//////

Samanta me había dicho que iría a Jefatura a recoger a Galia, que fuese hacia el Comedor mientras ella iba y cogiese mesa, antes de que cualquier otro se pusiera. No había visto a Jorge desde la clase de Geografía y debí suponer que estaba quejándose a la Directora para que dejase salir a Galia, al final él también acabaría con un paseo hasta allí. Hugo tuvo que ir al médico hoy, así que Samanta estaba algo más callada que de costumbre, la pobre chica estaba colada por él... Y era su novio, gracias a Dios. Al final Carlos se fue tan rápido como tocó el timbre, y no pudimos preguntarle porqué se había sentado ahí.
Y la otra persona era Samuel.
Al que no había visto desde el domingo por la mañana, cuando me marché de su casa, sola, a las seis de la mañana.
Detrás de mí se movían algunas personas y no paraban de empujarse unas a otras así que cogí el otro camino hacia el Comedor, porque no soportaba tener gente alrededor tan lenta y tan gilipollas.
Noté que una mano agarraba mi muñeca, atrayéndome hacia él y la fuerza fue tan fuerte y tan dura que acabé en el suelo. Oí que la puerta se cerró, justo delante mía, pero sin poder verlo porque mi largo pelo tapaba la imagen.
Lo aparté, lo justo para ver que era la persona a la que le tenía el mayor miedo. Me impulsé hacia atrás, gateé lo más rápido posible de su alcance, muerta de miedo. Mis piernas eran incapaces de hacerme subir, joder, ellas me estaban fallando. Estaba perdiendo el equilibrio, estaba nerviosa y me di contra la pared de ladrillo.
Él estaba acercándose, con paso vacilante. Él sabía como me sentía, y le gustaba verme sufrir.
Esto no estaba bien.
Nada estaba bien conmigo misma, nada estaba bien si era mi vida de la que hablábamos.
Sólo pude sentarme en el frío y duro suelo, mi pelo volvía a estar delante de mi cara pero esta vez no lo aparté, cuanto menos viese mejor. En cuanto vi que nos separaba menos de un metro, un escalofrío me recorrió la espalda.
Él se paró en seco cuando sus pies estaban rozando los míos. Miré arriba, mi labio inferior me temblaba y el vello de mis brazos se me erizó de tal manera que me dio un terrible frío. Y a la vez el calor ardiente de mis mejillas.
-Llevaba tres días sin verte, y aquí estás... -Susurró con la voz más grave que había oído, aparte de la de Samuel.- Tuve que cuidar del moratón que me hiciste la otra vez, ¿sabías?
Tragué saliva. ¿Adónde quería ir?
Se agachó, ahora su cara estaba a la altura de la mía. Pegué mis manos al roda-pié.
-¿Y tus amigas? -Preguntó dejando salir una sonrisa lo suficientemente grande, como para darse cuenta de que además de ser demasiado dentuda, era escalofriante.- Esta vez nadie nos interrumpirá.
Cuando pestañeé me había dado cuenta de que había estado con los ojos abiertos como platos durante todo este tiempo, me escocían los ojos, y comenzaron a lagrimear.
Él lo interpretó mal.
-Tranquila cielo... -Dijo mientras tocaba mi mejilla derecha, ahora sí que lloraba. Él me quitó la lágrima que ya había soltado.- No te preocupes, yo estoy aquí. No tienes de que preocuparte, no te haré daño...
Los cojones.
Comencé a chillar como una niña pequeña pero con una mano me tapó la boca, y con la otra agarró mi nuca e hizo acostarme en el suelo. Ahora estaba a su merced, y no podía volver atrás. Nadie me había escuchado, y ahora iba a sufrir una violación.
Mis lágrimas seguían corriendo por mis mejillas. No podía gritar, no podía pedirle piedad porque sé que no lo haría... Tenía mis pies totalmente tensos bajo sus piernas. Él estaba encima de mí, y me daba un asco repugnante el tenerlo tan cerca... Comencé a removerme, mi padre siempre decía que tenía demasiada fuerza para ser una chica, pero tampoco para quitar a un hombre de ochenta kilos de encima mía.
Él se cabreó, Santos se cabreó tanto que agarró mis hombros y luego me impulsó duramente contra el suelo. Mi cabeza comenzó a darme vueltas, ahora sí que estaba perdida. Mis oídos comenzaron a pitarme, mi nariz alcanzaba a oler el producto de limpieza y supe que la limpiadora había estado aquí antes. ¿Y si regresaba para recoger las cosas?
¿Y si no?
-Estate quieta, Venus... -Susurró sonriendo como un verdadero demonio.- No puedo concentrarme en tu blusa si no paras de moverte...
Oh Dios, esto no estaba mejorando en absoluto. Iba a pasar de verdad, iba a... ¿violarme? No podía ser cierto, debería de estar soñando... Dios mío, por favor, sálvame. Necesito que lo hagas... Sé que nunca te he prestado atención, que llevo años sin orar, pero no puedo pasar por esto...
No soy tan fuerte para soportar esto.
Santos comenzó a quitarme la blusa, destapando botón a botón y rápidamente, como si quisiera terminar de una vez con esto. Volví a moverme y noté que su puño se estrellaba contra mi mejilla. Lloré, lloré más de lo que había llorado antes... No había sido el puño, ni siquiera había sido el miedo, había sido la impotencia. La impotencia de no poder moverlo de encima, de no poder coger las fuerzas suficientes para apartarlo.
Sentía como el moratón se extendía sobre mi pómulo, y noté como él me quitaba la blusa y la tiraba al suelo. Debajo tenía la camisa del uniforme, pero en vez de hacer lo mismo me la rompió. Ahora estaba destrozada la camisa tanto como yo. Las dos necesitábamos que alguien nos volviese a reparar.
Santos volvió a sonreír como un loco poseído. Él miró a mi falda, y comenzó a bajármela, no pude resistirme porque tenía las piernas entumidas y ahora desnudas. El frío se hizo más intenso, menos llevadero.
Volví a gritar porque, quitó la mano de mi boca para poder bajarme las medias. Me dio otro puño, esta vez sobre mi estómago. Pensé que lloraría, pensé que volvería a chillar como una pequeña loca, pero me di cuenta de que tenía ganas de vomitar.
Estaba muerta de miedo, de frío y del asco.
Él quitó mis medias, y se entretuvo en mi cuello. Sus besos eran como pequeñas moscas que aunque no te piquen, lo sientes... Él estaba surcando mi piel con su lengua, y yo estaba al borde del vómito. Él apartó la cabeza y me miró como si fuese la cosa más preciosa del mundo, y eso sólo me llevaba a alguien a mi mente: Samuel.
Santos besó mis labios y el vomito retenido subía por mi garganta, intenté apartar la cara pero la tenía agarrada entre sus sucias manos, y no dejaba irme. Él bajó sus pantalones mientras me besaba como un sabueso. Estaba perdida.
No iba a despertar jamás de esto.
Alguien abrió la puerta entre risas.
Santos y yo giramos la cabeza y pudimos ver a Galia y Samanta mirarnos de hito en hito. Comencé a llorar, y esta vez de felicidad.
La primera en reaccionar fue Galia, que avanzó a grandes zancadas y su tacón impactó en la cara de Santos, haciéndole gemir de dolor, pero él aún no había caído.
Y aún no se había acabado.
Samanta se asustó de repente e intentó cerrar la puerta de golpe, pero sabía que Jorge estaba aquí, y que Hugo había vuelto... Pero para mi sorpresa el primero que apareció fue Samuel, al que se le borró la sonrisa de la cara.
Samanta negó con la cabeza varias veces, y pude ver que los otros dos se avalanzaban hacia Samuel.
Galia estaba de pie ante mí, Santos estaba a mis pies, intentando recuperarse y avalanzarse sobre Galia.
Samuel escrutó mi rostro entrecerrando los ojos, vio mi moratón y luego el moratón en mi estómago. Luego miró a Galia, que estaba mirando asustada hacia él. Más tarde a Santos que tenía los pantalones bajados, y además yo estaba semi-desnuda.
Y todo fue demasiado rápido porque Galia me cogió por los hombros, me balanceó y me empujó hacia delante, hacia Samanta, ésta me abrazó.
Samuel salió del estado de shock y se avalanzó hacia Santos, con una patada en la cara. Los músculos de Samuel comenzaron a endurecerse, como si fuesen rocas; los puños volaban hacia la cara de mi profesor de Historia, uno, otro, y luego más tarde otro más... Le cogió de la solapa de la camisa y lo estampó contra la pared, sus puños seguían volando hacia su cara, pero no le servía solo eso, porque estaba chorreando sudor en cuanto tiró a Santos al suelo, haciendo que la espalda de él crujiese. Las patadas se hacían más intensas, más brutas y Santos iba perdiendo energía, iba a caer insconciente.
Un grito me desgarró el alma.
Había sido Santos, estaba con las manos en alto y quería parar aquello.
-Samuel... -susurré. Más para mí que para él.
Hugo fue el primero en hablar, alarmado. Jorge intentó separarle de Santos, Hugo también le estaba ayudando pero era imposible. Hugo volvió a gritar desconsolado a Samuel.
Él estaba perdiendo el control.
Mis ganas de vomitar se hacían mas intensas, y descubrí que llevaba mi falda... Samanta lo había hecho mientras me mantuve embelesada mirando la pelea.
Galia gruñó.
-¡Están viniendo los guardias, chicos! -Gritó ella, impaciente.
Samuel paró en seco pero, no sin dejar de agarrar al insconciente Santos por la camisa.
Me miró de arriba abajo y noté que él estaba triste, él estaba destrozado.
-Sacadla de aquí -ordenó a Galia y a Samanta.
Ellas dos asintieron y me agarraron de los brazos, como si me hubiese quedado inválida o alguna cosa parecida. Intenté pararme para intentar que Samuel dejase de pegarle, intenté por todas mis fuerzas hacerlo pero, ya había gastado suficiente energía con Santos... Ahora solo quería respirar.
En cuanto salimos al pasillo vimos a los guardias revisar cada aula, y entonces es cuando Samanta y Galia tiraron de mí antes de que se diesen cuenta de que estábamos aquí. Conseguí girarlas hasta la pared, y oímos lo que estaban haciendo ahí. Oímos mas golpes, más gemidos y más insultos.
No quería que Samuel saliese perdiendo.

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