En
cuanto Samanta y Galia me dieron lo que necesitaba, que eran un par
de pastillas para el dolor de cabeza, maquillaje para mi moratón del
pómulo, un uniforme nuevo y un cepillo de dientes, después de haber
vomitado... Regresamos a clase, al final no pudimos llegar a tiempo a
la penúltima clase, pero esperábamos llegar a la última.
Ellas
me preguntaron del tema, y se los conté todo. Comenzaron a gruñirme
como perros porque, no dejaron de decirme que si no confiaba en
ellas, pero estaban muy equivocadas, les contesté que por el único
motivo por el cuál no lo hice, fue para no preocuparlas.
Había
tocado las dos campanas. Una para salir, y otra para poder entrar en
la siguiente clase.
Ahora
parecía igual de intacta que antes, y eso solo me daba más fuerzas
para afrontarlo.
En
cuanto pisamos la clase sólo vimos seis personas, Andrea (que era
una del grupo de Samuel), Clara, Blanca, Hugo, Jorge y... Samuel.
Estaban todos repartidos en sitios, y me debí suponer que estaban
castigados, poniéndose unos lejos de otros.
Hugo
tenía un gran moratón en el ojo derecho, y me sentí
instantáneamente culpable; Hugo nunca se había metido en peleas y,
gracias a mí, había recibido un puñetazo en el ojo. Jorge tenía
un corte en el labio, no sé con qué se lo habían hecho, pero
también me sentí culpable. Samuel... Bueno, Samuel es el que peor
tenía la cara, un moratón el ojo izquierdo, otro en el pómulo
derecho y un corte en el labio.
-Vamos
a sentarnos en primera fila... -Susurró Galia al verlos.
La
paré en secó.
-Id
con ellos... -Susurré a su vez.
Samanta
negó con la cabeza varias veces, antes de añadir:
-No
vamos... -le interrumpí con un gruñido.
Le
sonreí a su vez.
-Iros
con ellos -comencé-, iré con Samuel...
Ahora
si que Galia y Samanta me agarraron de los brazos.
-¿Estás
loca? -Preguntó Galia.- Está totalmente ido, Venus. No creo que
esté en disposición de hablar con alguien..
Rodé
los ojos.
-Ir
-ordené.- Y dejarme tomar mis propias decisiones, no me pasará
nada.
Ellas
tragaron saliva y al segundo se pusieron con sus parejas.
Samuel
levantó la mirada y me descubrió ir hacia él, se removió en su
asiento y carraspeó. Sabía que quería decirme que no tenía ganas
de entablar una conversación conmigo, y mucho menos verme. Pero yo
no iba a hacerle caso, necesitaba saber como estaba.
Me
senté, y los recuerdos volvieron a mi mente.
<<Él
me había visto semi-desnuda, con un Santos sin pantalones>>
Tragué
saliva.
Él
se recostó en su silla y suspiró varias veces. Estaba incómodo, y
yo también. Movía las piernas, movía su cuerpo, los brazos los
flexionaba y luego los dejaba caer.
Se
hartó.
-¿Qué
haces aquí? -Susurró cabreado.
Volví
a tragar saliva.
-Vengo
a esta clase, ¿recuerdas?
Él
me miró sorprendido, y luego sus ojos cobraron un brillo para nada
bueno, al revés, creo que estaba pensando en como matarme. ¿Me
tiraba de la silla y me daba unos cuantos golpes contra la pared? ¿O
cómo?
-¿Te...
-se atragantó,- te ha tocado?
Sorprendida
con su pregunta, le contesté:
-Me
ha... desnudado -sollocé.- Claro que me tocó.
El
gimió y apretó los puños.
-No
me refería a eso, Venus -dijo serio.- ¿Ha llegado a...?
Fue
como si un jarrón de agua fría cayera sobre mí.
-No
-dije mirándome las uñas. Mientras más me distrajese mejor
estaría.
Él
no iba a decir nada más, y lo sabía por la expresión de pérdida
que había en sus ojos.
-Lo
siento... -Me disculpé.- No pretendo que me perdones, ni mucho
menos... Pero al menos quiero que...
Me
cortó.
-Escúchame
-dijo.- No sé porque me estás pidiendo perdón, y tampoco me
apetece saberlo, pero no has tenido la culpa de nada. Y pensarás de
otra manera cuando sepas que se lo he contado a tu hermano.
Exclamé
una maldición.
-¡No!
-Chillé. Todos me miraron, y tuve que sonreír para que apartasen la
mirada de mi cara.
Volví
a mirar a Samuel que parecía embelesado en otra cosa, pero le
removí.
-Qué
-se quejó.- Antes de que me hagas alguna pregunta, dime como coño
acabó encima de ti.
Entrecerré
los ojos, e intenté adivinar que era lo que le pasaba por la mente.
¿Me estaba llamando puta? ¿Acaso se creía que quería tontear con
un hombre de cuarenta y picos, o cincuenta? ¿Es que estaba pensando
con claridad? Suponía que no, porque acababan de darle una paliza,
pero eso no era tampoco para acusarme.
Me
enfadé, me enojé con él.
-¿Qué
pretendes decir? -Pregunté asqueada.- ¿Qué acaso me desnudé yo
para que me violase? ¡Samuel!
Él
me miró sonriendo ampliamente, pero de una manera más agresiva. No
estaba sonriendo de verdad, más bien una sonrisa de pega.
-No
es la primera vez que lo harías -susurró, echándose hacia atrás.
Abrí
la boca, iba a soltar una de las tantas palabrotas y tonterías que
se me ocurrían, pero me levanté.
-Salgamos
-ordené, por una vez en mi vida.
Él
miró hacia mí, y entrecerró los ojos en los míos.
-Sal
y me lo vuelves a decir -susurré de nuevo a su vez. Él río.
-Venus,
nada de esto te pega.
Le
cogí de la sudadera y tiré de ella, intenté que se levantase y
comencé a resoplar. Él pesaba como el triple que yo, en realidad no
sabía cuando pesaba pero, seguro que sus músculos ocupaban la mayor
parte.
Al
final se levantó y tiró de mí hacia delante. Si estaba enfadado
ahora imagínate después.
Salimos
de clase y fuimos a la fuente que había por una de las salas.
Él
se sentó en el pollete de la fuente, esperando a que dijese algo.
-Me
has comparado lo que hice contigo, a lo que hice con él... -susurré
nerviosa.
Me
miró inexpresivo.
-¿Y
qué hiciste con él? -Preguntó torciendo el gesto.
Mis
lágrimas volvían a su cauce. Él no me creía, él pensaba que
había hecho algo malo, que intenté que Santos me violase. ¿Por qué
debía de ser tan estúpida? ¿Qué conseguiría con eso?
-No
hice nada -sollocé.- Es un profesor, y si acaso quería que me
violasen hubiese cogido a un profesor mejor.
Samuel
se echó hacia delante, reposando los codos sobre sus piernas.
-¿Por
qué no me crees? -Pregunté. Y caí en una cosa.- Así que piensas
que no soy lo suficiente atractiva para llamar su atención... ¿Es
eso lo que piensas en realidad, Samuel? Porque te digo una cosa...
Él
me interrumpió.
-Cállate
-gruñó. Él tenía los ojos cerrados, como si quisiera alejar algo
que rondaba por su mente.
Odiaba
que me ordenasen, como si tuviera cuatro años, pero dejé que lo
hiciese porque me preocupaba. ¿Le dolía algo? ¿Le estaría
afectando alguna herida? Él no decía nada, yo era demasiado
impaciente. Algo no estaba bien aquí.
Me
senté a su lado, no exactamente juntos. Abrió los ojos poco a poco,
y es cuando me di cuenta de que sus ojos estaban algo aguados. Él...
¿Quería llorar? Maldita masculinidad que hacía que no lo hiciese.
Comencé
a llorar, y me tiré en su brazos. Me alcanzó al vuelo, me estrechó
entre sus brazos mientras se levantaba conmigo, a su vez. Acariciaba
mi pelo con total tranquilidad, respirando fuertemente. Hundí la
cabeza en su pecho, y agarré fuerte su sudadera, para que no pudiese
alejarse de mí. Él me tenía rodeada, también.
-Sé
que no hiciste nada para que te... tocase -susurró Samuel.- Pero sé
que lo ha intentado más veces, no me mientas Venus. Como lo hagas te
juro que...
Me
estremecí a la vez que le interrumpí.
-Dos
-conté.- Sólo dos.
Oí
como quitaba mis brazos de encima suya.
-¿Solo
dos? -Preguntó mirando mi cara, comenzó a gritar.- ¿Acaso se te ha
pasado por la mente quitarte el maquillaje, y ver las heridas que
tienes?
Tragué
saliva.
-Samuel...
-Le miré fijamente, cogiendo de nuevo su sudadera, pero
permaneciendo separada de él.- Yo no pensé que lo volvería a
intentar, después del golpe que le asesté.
Uno...
dos... tres... cuatro... cinco segundos.
-¿Se
lo contaste a Galia o a Samanta? -Preguntó.
Negué
con la cabeza cabizbaja.
Suspiró,
y metió un dedo por el comienzo de mi falda y tiró de mí hacia él,
abrazándome de nuevo.
-Larguémonos
-sonrió hacia mí.- Creo que hemos armado suficientes peleas por
hoy.
Le
sonreí con la mejor de mis sonrisas.
Le
quería.
///////
Las
cenas familiares eran lo peor del mundo, porque venían las mejores
amigas de mi madre, acompañadas de los maridos que, casualmente,
eran los mejores amigos de mi padre. ¿A quién se le ocurrió tal
semejante idea? Y no solo eso, sino que también venían mis tíos...
Eran demasiados, y con tanto niño suelto... Acabaría por arrancarme
los pelos de la cabeza.
En
cuanto regresé a casa del instituto, lo primero que hice fue
ducharme, cogí la esponja y me di dos, tres, veinte veces sobre las
partes que me había besado Santos, incluido mis labios. Me cepillé
los dientes tantas veces como lo había sentido, y me vestí con el
vestido blanco que mi tía Zoira me había regalado, decía que era
de verano, pero adoraba ponérmelo por casa.
Me
pinté, pero no en abundancia, porque era una cena familiar y nadie
iba a aparecer de gala.
Bajé
las escaleras descalza y me encontré a mis padres poniendo la mesa.
-¿Y
Leo? -Pregunté. Él se había puesto como un loco en cuanto llegué
a casa, pero no le dijo nada a mi padre. Y le doy gracias a Dios por
eso.- Le estoy buscando.
Mi
padre me sonrió y me dio un leve beso sobre mi frente.
-Creo
que ha ido a por los demás -me dijo.
¿Leo
buscando a mis tíos? Eso era nuevo. Además de que odiaba tener que
hacerse cargo de Rosa, porque entonces tenía que vernos a todos
bailar en el salón. Adoraba estar con mis tías, porque poníamos
vídeos musicales y luego dábamos vueltas, e imitábamos al
cantante, o grupo. Leo se reía de la tía Rosa (le pusimos su nombre
a mi hermana) que no sabía bailar, a pesar de ser la más pija de
todos nosotros, y haber pertenecido a las animadoras. Mi tía Danna
estaba entusiasmada porque solía hacer ballet de pequeña, y me
enseñó aunque estaba segura de que yo no era tan buena como ella.
Enrique, uno de los mejores amigos de mi padre y marido de Cintia,
solía moverse algo raro y podría provocar miradas asustadizas. Dan,
el otro mejor amigo de mi padre y marido de Alessia, solía moverse
frenéticamente y al igual que Enrique, recibía miradas bastante
asustadizas. Dan miedo, no sabéis cuanto. Oh, Alessia y Cintia son
mis tías (de pega) porque son las mejores amigas de mi madre.
Víctor, mi tío más mayor, siempre había venido a las reuniones,
pero les llamaron del cuartel y hace tres meses que no venía. Hoy si
iba a venir, y estaba contenta por ello, además de que venía con
Estefanía. Billy mi tío más pequeño, estaba organizando la boda y
hoy venía con Laura (su prometida) para enseñarme el vestido de
dama de honor. Guay, ¿eh? Zoira, mi tía por parte de padre, también
vendría. ¿Qué sería sin sus sarcasmos y su marido, Valentín?
Creo que somos todos, ¿no? Es gracioso porque solemos ser como una
familia, aunque algunos de ellos no nos sean nada.
Tocó
el timbre, y me precipité a recibir a mis tíos carnales, políticos
y de pega.
Supongo
que no fue eso lo que me encontré.
Tragué
saliva.
-¡Enana!
-Gritó mi hermano, Leo, con una botella en la mano.
En
realidad tampoco le hice mucho caso, mi mirada fue directamente a
Samuel que vestía una sudadera azul con unos vaqueros, llevaba una
gorra negra... ¿Y qué demonios hacía aquí? Aunque eso también
iba para Nando, Jorge, Hugo, Julio y César.
Oh
Dios mío, ¿cómo se le ocurrió traer a sus amigos aquí?
-Ho...
Hola -logré saludar, y luego me miré. Venga, había visitas y
llevaba un vestido de playa. Indecente, porque parecía que iba a
casarme junto a la orilla de Huntington Beach.
Hugo
me permitió que el momento incómodo fuese más llevadero así que
me sonrió y me pasó la mano por el pelo. Como si fuese un perro,
aunque mi hermano me lo hacía a menudo.
-¿Nos
dejas pasar, Venus? -Preguntó al mismo tiempo.
Sonreí
nerviosa y respondí:
-Claro...
-dije, justo cuando cogí a mi hermano del brazo y le pregunté:-
¿Por qué les has traído? ¿Y nuestros tíos?
Mi
hermano me puso una mano en cada hombro, agachándose hasta estar a
mi altura (que era un gran esfuerzo, por cierto) y alzó las cejas.
-Llama
a tus amigas, y diles que vengan -dijo sonriendo ampliamente.-
Vendrán enseguida, cada uno en su coche.
Asentí
varias veces y me acordé de que vendrían también mis primos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario