miércoles, 20 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 16


En cuanto Samanta y Galia me dieron lo que necesitaba, que eran un par de pastillas para el dolor de cabeza, maquillaje para mi moratón del pómulo, un uniforme nuevo y un cepillo de dientes, después de haber vomitado... Regresamos a clase, al final no pudimos llegar a tiempo a la penúltima clase, pero esperábamos llegar a la última.
Ellas me preguntaron del tema, y se los conté todo. Comenzaron a gruñirme como perros porque, no dejaron de decirme que si no confiaba en ellas, pero estaban muy equivocadas, les contesté que por el único motivo por el cuál no lo hice, fue para no preocuparlas.
Había tocado las dos campanas. Una para salir, y otra para poder entrar en la siguiente clase.
Ahora parecía igual de intacta que antes, y eso solo me daba más fuerzas para afrontarlo.
En cuanto pisamos la clase sólo vimos seis personas, Andrea (que era una del grupo de Samuel), Clara, Blanca, Hugo, Jorge y... Samuel. Estaban todos repartidos en sitios, y me debí suponer que estaban castigados, poniéndose unos lejos de otros.
Hugo tenía un gran moratón en el ojo derecho, y me sentí instantáneamente culpable; Hugo nunca se había metido en peleas y, gracias a mí, había recibido un puñetazo en el ojo. Jorge tenía un corte en el labio, no sé con qué se lo habían hecho, pero también me sentí culpable. Samuel... Bueno, Samuel es el que peor tenía la cara, un moratón el ojo izquierdo, otro en el pómulo derecho y un corte en el labio.
-Vamos a sentarnos en primera fila... -Susurró Galia al verlos.
La paré en secó.
-Id con ellos... -Susurré a su vez.
Samanta negó con la cabeza varias veces, antes de añadir:
-No vamos... -le interrumpí con un gruñido.
Le sonreí a su vez.
-Iros con ellos -comencé-, iré con Samuel...
Ahora si que Galia y Samanta me agarraron de los brazos.
-¿Estás loca? -Preguntó Galia.- Está totalmente ido, Venus. No creo que esté en disposición de hablar con alguien..
Rodé los ojos.
-Ir -ordené.- Y dejarme tomar mis propias decisiones, no me pasará nada.
Ellas tragaron saliva y al segundo se pusieron con sus parejas.
Samuel levantó la mirada y me descubrió ir hacia él, se removió en su asiento y carraspeó. Sabía que quería decirme que no tenía ganas de entablar una conversación conmigo, y mucho menos verme. Pero yo no iba a hacerle caso, necesitaba saber como estaba.
Me senté, y los recuerdos volvieron a mi mente.
<<Él me había visto semi-desnuda, con un Santos sin pantalones>>
Tragué saliva.
Él se recostó en su silla y suspiró varias veces. Estaba incómodo, y yo también. Movía las piernas, movía su cuerpo, los brazos los flexionaba y luego los dejaba caer.
Se hartó.
-¿Qué haces aquí? -Susurró cabreado.
Volví a tragar saliva.
-Vengo a esta clase, ¿recuerdas?
Él me miró sorprendido, y luego sus ojos cobraron un brillo para nada bueno, al revés, creo que estaba pensando en como matarme. ¿Me tiraba de la silla y me daba unos cuantos golpes contra la pared? ¿O cómo?
-¿Te... -se atragantó,- te ha tocado?
Sorprendida con su pregunta, le contesté:
-Me ha... desnudado -sollocé.- Claro que me tocó.
El gimió y apretó los puños.
-No me refería a eso, Venus -dijo serio.- ¿Ha llegado a...?
Fue como si un jarrón de agua fría cayera sobre mí.
-No -dije mirándome las uñas. Mientras más me distrajese mejor estaría.
Él no iba a decir nada más, y lo sabía por la expresión de pérdida que había en sus ojos.
-Lo siento... -Me disculpé.- No pretendo que me perdones, ni mucho menos... Pero al menos quiero que...
Me cortó.
-Escúchame -dijo.- No sé porque me estás pidiendo perdón, y tampoco me apetece saberlo, pero no has tenido la culpa de nada. Y pensarás de otra manera cuando sepas que se lo he contado a tu hermano.
Exclamé una maldición.
-¡No! -Chillé. Todos me miraron, y tuve que sonreír para que apartasen la mirada de mi cara.
Volví a mirar a Samuel que parecía embelesado en otra cosa, pero le removí.
-Qué -se quejó.- Antes de que me hagas alguna pregunta, dime como coño acabó encima de ti.
Entrecerré los ojos, e intenté adivinar que era lo que le pasaba por la mente. ¿Me estaba llamando puta? ¿Acaso se creía que quería tontear con un hombre de cuarenta y picos, o cincuenta? ¿Es que estaba pensando con claridad? Suponía que no, porque acababan de darle una paliza, pero eso no era tampoco para acusarme.
Me enfadé, me enojé con él.
-¿Qué pretendes decir? -Pregunté asqueada.- ¿Qué acaso me desnudé yo para que me violase? ¡Samuel!
Él me miró sonriendo ampliamente, pero de una manera más agresiva. No estaba sonriendo de verdad, más bien una sonrisa de pega.
-No es la primera vez que lo harías -susurró, echándose hacia atrás.
Abrí la boca, iba a soltar una de las tantas palabrotas y tonterías que se me ocurrían, pero me levanté.
-Salgamos -ordené, por una vez en mi vida.
Él miró hacia mí, y entrecerró los ojos en los míos.
-Sal y me lo vuelves a decir -susurré de nuevo a su vez. Él río.
-Venus, nada de esto te pega.
Le cogí de la sudadera y tiré de ella, intenté que se levantase y comencé a resoplar. Él pesaba como el triple que yo, en realidad no sabía cuando pesaba pero, seguro que sus músculos ocupaban la mayor parte.
Al final se levantó y tiró de mí hacia delante. Si estaba enfadado ahora imagínate después.
Salimos de clase y fuimos a la fuente que había por una de las salas.
Él se sentó en el pollete de la fuente, esperando a que dijese algo.
-Me has comparado lo que hice contigo, a lo que hice con él... -susurré nerviosa.
Me miró inexpresivo.
-¿Y qué hiciste con él? -Preguntó torciendo el gesto.
Mis lágrimas volvían a su cauce. Él no me creía, él pensaba que había hecho algo malo, que intenté que Santos me violase. ¿Por qué debía de ser tan estúpida? ¿Qué conseguiría con eso?
-No hice nada -sollocé.- Es un profesor, y si acaso quería que me violasen hubiese cogido a un profesor mejor.
Samuel se echó hacia delante, reposando los codos sobre sus piernas.
-¿Por qué no me crees? -Pregunté. Y caí en una cosa.- Así que piensas que no soy lo suficiente atractiva para llamar su atención... ¿Es eso lo que piensas en realidad, Samuel? Porque te digo una cosa...
Él me interrumpió.
-Cállate -gruñó. Él tenía los ojos cerrados, como si quisiera alejar algo que rondaba por su mente.
Odiaba que me ordenasen, como si tuviera cuatro años, pero dejé que lo hiciese porque me preocupaba. ¿Le dolía algo? ¿Le estaría afectando alguna herida? Él no decía nada, yo era demasiado impaciente. Algo no estaba bien aquí.
Me senté a su lado, no exactamente juntos. Abrió los ojos poco a poco, y es cuando me di cuenta de que sus ojos estaban algo aguados. Él... ¿Quería llorar? Maldita masculinidad que hacía que no lo hiciese.
Comencé a llorar, y me tiré en su brazos. Me alcanzó al vuelo, me estrechó entre sus brazos mientras se levantaba conmigo, a su vez. Acariciaba mi pelo con total tranquilidad, respirando fuertemente. Hundí la cabeza en su pecho, y agarré fuerte su sudadera, para que no pudiese alejarse de mí. Él me tenía rodeada, también.
-Sé que no hiciste nada para que te... tocase -susurró Samuel.- Pero sé que lo ha intentado más veces, no me mientas Venus. Como lo hagas te juro que...
Me estremecí a la vez que le interrumpí.
-Dos -conté.- Sólo dos.
Oí como quitaba mis brazos de encima suya.
-¿Solo dos? -Preguntó mirando mi cara, comenzó a gritar.- ¿Acaso se te ha pasado por la mente quitarte el maquillaje, y ver las heridas que tienes?
Tragué saliva.
-Samuel... -Le miré fijamente, cogiendo de nuevo su sudadera, pero permaneciendo separada de él.- Yo no pensé que lo volvería a intentar, después del golpe que le asesté.
Uno... dos... tres... cuatro... cinco segundos.
-¿Se lo contaste a Galia o a Samanta? -Preguntó.
Negué con la cabeza cabizbaja.
Suspiró, y metió un dedo por el comienzo de mi falda y tiró de mí hacia él, abrazándome de nuevo.
-Larguémonos -sonrió hacia mí.- Creo que hemos armado suficientes peleas por hoy.
Le sonreí con la mejor de mis sonrisas.
Le quería.
///////
Las cenas familiares eran lo peor del mundo, porque venían las mejores amigas de mi madre, acompañadas de los maridos que, casualmente, eran los mejores amigos de mi padre. ¿A quién se le ocurrió tal semejante idea? Y no solo eso, sino que también venían mis tíos... Eran demasiados, y con tanto niño suelto... Acabaría por arrancarme los pelos de la cabeza.
En cuanto regresé a casa del instituto, lo primero que hice fue ducharme, cogí la esponja y me di dos, tres, veinte veces sobre las partes que me había besado Santos, incluido mis labios. Me cepillé los dientes tantas veces como lo había sentido, y me vestí con el vestido blanco que mi tía Zoira me había regalado, decía que era de verano, pero adoraba ponérmelo por casa.
Me pinté, pero no en abundancia, porque era una cena familiar y nadie iba a aparecer de gala.
Bajé las escaleras descalza y me encontré a mis padres poniendo la mesa.
-¿Y Leo? -Pregunté. Él se había puesto como un loco en cuanto llegué a casa, pero no le dijo nada a mi padre. Y le doy gracias a Dios por eso.- Le estoy buscando.
Mi padre me sonrió y me dio un leve beso sobre mi frente.
-Creo que ha ido a por los demás -me dijo.
¿Leo buscando a mis tíos? Eso era nuevo. Además de que odiaba tener que hacerse cargo de Rosa, porque entonces tenía que vernos a todos bailar en el salón. Adoraba estar con mis tías, porque poníamos vídeos musicales y luego dábamos vueltas, e imitábamos al cantante, o grupo. Leo se reía de la tía Rosa (le pusimos su nombre a mi hermana) que no sabía bailar, a pesar de ser la más pija de todos nosotros, y haber pertenecido a las animadoras. Mi tía Danna estaba entusiasmada porque solía hacer ballet de pequeña, y me enseñó aunque estaba segura de que yo no era tan buena como ella. Enrique, uno de los mejores amigos de mi padre y marido de Cintia, solía moverse algo raro y podría provocar miradas asustadizas. Dan, el otro mejor amigo de mi padre y marido de Alessia, solía moverse frenéticamente y al igual que Enrique, recibía miradas bastante asustadizas. Dan miedo, no sabéis cuanto. Oh, Alessia y Cintia son mis tías (de pega) porque son las mejores amigas de mi madre. Víctor, mi tío más mayor, siempre había venido a las reuniones, pero les llamaron del cuartel y hace tres meses que no venía. Hoy si iba a venir, y estaba contenta por ello, además de que venía con Estefanía. Billy mi tío más pequeño, estaba organizando la boda y hoy venía con Laura (su prometida) para enseñarme el vestido de dama de honor. Guay, ¿eh? Zoira, mi tía por parte de padre, también vendría. ¿Qué sería sin sus sarcasmos y su marido, Valentín? Creo que somos todos, ¿no? Es gracioso porque solemos ser como una familia, aunque algunos de ellos no nos sean nada.
Tocó el timbre, y me precipité a recibir a mis tíos carnales, políticos y de pega.
Supongo que no fue eso lo que me encontré.
Tragué saliva.
-¡Enana! -Gritó mi hermano, Leo, con una botella en la mano.
En realidad tampoco le hice mucho caso, mi mirada fue directamente a Samuel que vestía una sudadera azul con unos vaqueros, llevaba una gorra negra... ¿Y qué demonios hacía aquí? Aunque eso también iba para Nando, Jorge, Hugo, Julio y César.
Oh Dios mío, ¿cómo se le ocurrió traer a sus amigos aquí?
-Ho... Hola -logré saludar, y luego me miré. Venga, había visitas y llevaba un vestido de playa. Indecente, porque parecía que iba a casarme junto a la orilla de Huntington Beach.
Hugo me permitió que el momento incómodo fuese más llevadero así que me sonrió y me pasó la mano por el pelo. Como si fuese un perro, aunque mi hermano me lo hacía a menudo.
-¿Nos dejas pasar, Venus? -Preguntó al mismo tiempo.
Sonreí nerviosa y respondí:
-Claro... -dije, justo cuando cogí a mi hermano del brazo y le pregunté:- ¿Por qué les has traído? ¿Y nuestros tíos?
Mi hermano me puso una mano en cada hombro, agachándose hasta estar a mi altura (que era un gran esfuerzo, por cierto) y alzó las cejas.
-Llama a tus amigas, y diles que vengan -dijo sonriendo ampliamente.- Vendrán enseguida, cada uno en su coche.
Asentí varias veces y me acordé de que vendrían también mis primos.

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