Que
nadie diga que mi casa es pequeña. Éramos un montón de personas,
sentadas en el sofá, otras de pie y otras de un lado a otro
hablando. Cada uno en una punta de la jodida habitación.
-Cuanta
gente, ¿no? -Dijo Galia mirando a todos lados, le sonrió
incómodamente a César cuando éste chocó contra ella, borracho
total.
-Esto
es una mierda -susurró Samanta.- ¿Cómo puede haber tanta gente, a
ver?
No
les contesté, porque era más que evitable, y no sólo por las
personas a las que mencioné, sino que encima habían venido más.
Amigas de mi hermano, que no estoy segura de que a Rebecca le gustara
mucho. Por su cara, más que nada.
-¿Qué
hace Samuel? -Preguntó Galia mirando al otro lado de la habitación.
Él
se había tirado la media hora antes bebiendo alcohol sin parar,
supongo que estaría seco. Aún así, le va a dar una tajada del
quince. Ahora estaba igual pero a la vez rodeado de tías, y eso mi
padre lo veía con una sonrisa en su cara, como si Samuel fuese ahora
un rey, sin embargo yo lo veía como cruel, estúpido, un golfo de
arriba abajo y un hijo de puta. Así por encima. Pero más zorra era
yo por haberme acostado con él, ¿verdad?
-Aprovechar
la noche -solté, haciendo rechinar mis dientes.
Me
miraron las dos.
-Pareces
la típica novia celosa, a la que le ponen los cuernos -añadió
Samanta.
Gracias
mejor amiga por animarme en este momento. Eres más que obvia.
-Tampoco
voy a ser tan estúpida como mi cuñada -susurré mirando a Rebecca.
Dejé el vaso de Coca-Cola y me encaminé hacia ella que yacía en el
sofá pequeño, mirando a los demás bailar y a mi hermano rodeado de
Jorge, Hugo y el reciente Samuel, y cuatro chicas. Sabía que Galia y
Samanta irían también hacia ellos.
-Hola
-saludé con una mano, más una sonrisa.
Ella
me miró, y supe que se había alegrado de que alguien se le hubiese
acercado.
-Hola,
Venus -susurró, aunque no conseguía sonreír con los ojos.-
Siéntate... Si quieres.
Asentí
con la cabeza, sin dejar de sonreírle y me senté a su lado.
-¿Qué
bebes? -Pregunté, mirando el vaso que sostenía entre las manos.
-Lo
que me ha dado tu padre. Pensé que como era mayor de edad, me daría
algo de alcohol pero él me conoce bien -dijo sin apartar la vista de
mi hermano.
Estornudé.
El vestido me estaba pasando factura.
-¿Te
ha recogido mi hermano? -Pregunté, dudando.
Ella
me miró incrédula.
-No.
Él ni siquiera se ha fijado que estoy aquí -dijo, mientras dejaba
una lágrima caer.- Supongo que después de esto querrá cortar
conmigo, ¿no crees?
Él
era un jodido capullo, y lo sabía a ciencia cierta. Yo era su
hermana, y por eso estaba pendiente de mí, pero ella era su novia y
debería de cuidarla, ¿verdad?
-Rebecca...
-logré decir cuando ella me cortó.
-Lo
he estado pensando -dijo cabizbaja mientras dejaba a sus lágrimas
caer.- Pensando en que quería dejarme, y no sabe como. Necesito
decirle que prefiero que sea sincero conmigo, que corte si eso es lo
que quiere.
Le
di la vuelta.
-¿Quieres
tú? -Le pregunté temblorosa.
Ella
torció una sonrisa.
-Quiero
a tu hermano tanto como hace tres años atrás -susurró mirando con
añoranza a mi hermano.
Me
levanté, incapaz de seguir adelante con esto. Ella no se merecía
todo aquello, joder, era mi cuñada y no había estado con ella
demasiado, conociéndola y todo eso, pero tenía sentimientos y mi
hermano se los estaba quitando. Él era injusto con todo. Él sólo
pensaba en sí mismo, como lo hacía el otro noventa por ciento de
chicos.
-Voy
a por algo de beber -conseguí sonar bien, o eso creo.
Ella
me miró rogándome que no me fuese.
-Bien...
-suspiró intentando sonreírme.
Le
di un abrazo, y fue correspondido.
-Vendré,
tranquila -susurré. Luego me quité y me encaminé hacia la cocina
mientras ella veía a mi tía Rosa bailar, y pudo despejarse un rato.
Mi
hermano estaba echándose alcohol y pude agarrarlo de la camiseta a
tiempo de que mi puño contrastase con su cara. Estaba rabiosa, como
un jodido perro salvaje. Él me miró asombrado, mirándome perplejo.
Jorge rió en cuanto lo hice, Hugo se quedó asombrado mirándonos a
ambos, y Samuel, sin embargo, nos miraba con una ceja alzada.
-¿Por
qué demonios has hecho eso? -Preguntó mi hermano, cogiéndome de
las muñecas y apretándomelas contra el pecho.
-Estás
aplastando a mis pechos -gruñí, cuando él relajó la fuerza con la
que me estaba sosteniendo.
-Contéstame.
Ahora -gritó.
Le
miré con lágrimas en los ojos y luego miré hacia Rebecca, que
seguía en el mismo sofá que antes, sosteniendo el vaso aún lleno.
Dejé escapar a mis lágrimas y luego miré hacia él, de nuevo.
-¿Qué
hace Rebecca aquí? -Preguntó, al momento que me quitó las manos de
encima.
Él
no se había dado cuenta. ¿Es que no pretendió llamarla para
decirle que viniese? ¿Es que siempre tiene que estar tan absorto en
su mundo? ¿A qué venía ser un imbécil ahora? ¿Alguna moda que no
conocía? Podía alguien contestarme, porque no lo entendía en
absoluto.
Empujé
a mi hermano varias veces, antes de que unos brazos me sostuvieran.
Y
sabía de antemano que era Samuel, y también me apeteció gritarle
pero caí en que este lugar era el menos apropiado.
-¿Qué
te pasa, Venus? -Preguntó mi hermano extrañado.
Mis
lágrimas seguían su cauce, estaba llorando.
-¿No
te importa? -Susurré intentando mantener la cabeza alta.
Me
miró de hito en hito.
-¿Rebecca?
-Preguntó, asentí porque no podía hacer nada más, Samuel me
sostenía por los hombros.- Ella siempre me ha importado, Venus. Aún
me importa, y la quiero; pero tampoco puedo estar las veinticuatro
horas del día a su lado.
Fruncí
las cejas.
-¿Por
qué? -Pregunté temblorosa.- La quieres. ¿Qué problema hay?
Apretó
los dientes.
-Porque
sé que ella dejaría de quererme -dijo, poniendo el vaso sobre la
mesa y agarrando su cabeza.- Así que no tiene sentido agobiarla.
Me
recompuse y le sonreí ampliamente.
-¿Por
qué sonríes? -Preguntó mi hermano preocupado.- Deberían llevarte
al médico.
-Ella
quiere que le agobies -susurré, justo cuando me di cuenta de que
había venido alguien y era Rebecca mirándonos a todos.
Parecía
sorprendida de vernos todos así, pero antes de que dijese nada, mi
hermano fue hasta ella, le agarró la mano y se la llevó fuera de la
casa, dejándonos a todos sorprendidos.
-Que
final feliz -rió Jorge mirándome a mí.- Eres la reina del drama,
pequeña Ameda.
Ya
no sentía las manos de Samuel en mis hombros, pero sabía que aún
estaba tras de mí. Las chicas de antes aún seguían allí,
mirándonos con una expresión lo bastante fea para ser envidiosa.
-Me
gusta meterme en la vida de los demás -reí.
Una
de las chicas, la de pelo castaño alta me miró.
-¿Y
por qué no te metes en tu vida? -Preguntó ésta irritada.
-Porque
la mía está lo suficiente acabada como para preocuparme por ella,
¿no crees? -Pregunté mirando a Samuel, éste se puso tenso mientras
Hugo fruncía las cejas hacia nosotros.
Me
daba igual ya lo que pensasen.
-Me
imaginaba que tu vida amorosa estaría acabada -dijo la de al lado,
la morena de pelo corto. Me recordaba a Galia, pero Galia solía
tener modales en las casas ajenas.
Apreté
los puños, dispuesta a no hacer más drama.
-Te
doy totalmente la razón -susurré.
Oí
unos pasos detrás de nosotros, y resulta que era mi padre
sonriéndonos a todos nosotros.
-Dice
tu tía que vayas, que es hora de bailar -soltó.
¡Mierda!
Yo ya ni siquiera me acordaba de aquello. ¿Cómo iba a bailar
delante de toda esta gente, a la que no conocía de nada? Obviamente
mi tía se había vuelto loca.
-No
creo... -susurré.
Mi
padre me cogió en brazos.
-Papá,
suéltame ahora mismo -reí mientras miraba al resto.
Mi
padre miró a todos los presentes, y me sonrió.
-¿Quién
estará aquí el ocho de marzo? -Preguntó. Ese día era mi
cumpleaños.- Será el cumpleaños de mi pequeña.
Oh
Dios, le encantaba dejarme en vergüenza, y eso me ponía de los
nervios porque a pesar de que le quería, aveces me gustaría
asesinarle.
-Yo
acamparé fuera desde las ocho de la mañana -dijo Hugo sonriéndome.
Le devolví la sonrisa, al tiempo de que mi padre me dejaba en el
suelo.
-Me
encanta las fiestas -añadió Jorge, haciéndome una reverencia. Yo
se la devolví con mucho gusto.
Samuel
fue el único en no decir nada. Él no quería venir, pero no me
importaba... ¿A quién pretendía mentir? ¿A mí misma? Eso era
estúpido. Me molestaba, me importaba que no me quisiera, me
importaba... Yo... Yo estaba enamorada de él, y él... bueno, pues
él no lo estaba de mí. Ni de nadie, espero.
-Vendré
-susurró éste. Le miré sorprendida y vi su sonrisa acunar mis
ojos.
/////////////////////
Bailar
con Rosa era como bailar con un mono recién nacido, era imposible.
Ella parecía darle espasmos y yo parecía que estaba escapando de
ella, sobretodo cuando el hijo de Alessia pudo venir al final y
intentaba quitarme para que no me diese de hostias con Rosa. Hacía
cosas realmente raras con las manos.
Carlos
tenía la manía de reírse muy alto, y ahora apenas podía respirar
porque yo tampoco podía resistirme a reírme, también solía reírme
bastante alto y fuerte.
-Esto
es la puta leche -soltó mientras me abrazaba.
Le
sonreí. Él era como mi primo, pero nuestra familia esperaba que
algún día nos enamorásemos y nos casásemos, pero no sabían que
él tenía una novia secreta, y que yo estaba enamorada de Samuel, al
que le di mi virginidad.
Era
muy chistoso todo, ¿verdad?
-¿Qué
haces aquí? -Pregunté sonriéndole ampliamente.
Él
se encogió de hombros y miró a todo el mundo bailando, tal y como
sabían hacerlo... A mi madre le encantaba el baile y no se le daba
nada mal, pero sin embargo a mi padre... Él si que era pésimo en
esto, pero el pobre lo intentaba.
-Sara
dejó de meterme mano, y dejó que viniese aquí -sonrió
ampliamente.
Hice
pucheros.
-Dile
que yo soy tu novia de pega, eh -le dije apuntándole con un dedo. Él
lo quitó de su alcance y volvió a abrazarme.
-Te
echaba de menos, enana -dijo revolviéndome el pelo.
Asentí
con la cabeza, y le dije que también le echaba de menos a él, que
había pasado un montón de cosas, aunque él lo sabía todo porque
solía contárselo por teléfono. Era como una pequeña maruja, a
pesar de ser un chico atleta.
Cuando
Carlos se fue a dar una vuelta por la fiesta, buscando bebida y algo
con lo que entretenerse, que no fuese el baile, me dirigí hacia el
sofá y vi que Samuel estaba sentado en el sofá, apoyando los codos
en las piernas.
-Hola
-le saludé.
Me
senté a su lado y vi la fiesta desde su perspectiva.
-Hey
-saludó mirando a todos los presentes.- Parece que te lo estás
pasando bien.
Le
miré sorprendida. Obvio que me lo estaba pasando bien, pero su tono
no me gustaba en absoluto. ¿Qué quería decir aquello?
-Sí.
Bastante bien -le contesté con el mismo tono de voz.- ¿Y tú?
Frunció
las cejas.
-No
tanto como tú -susurró mirando sus manos.
Me
acerqué más a él y al notar la proximidad me miró directamente a
los ojos.
-Quizás
sea porque te estás ahogando en alcohol, ¿no?
Él
me miró con las cejas alzadas y rió, sabía que estaba lo
suficientemente borracho.
-Suenas
como una novia muy protectora -dijo Samuel recostándose en el
sillón.- He hecho algo muy estúpido... Bueno, varias cosas muy
estúpidas.
Entrecerré
los ojos.
-Eres
bastante estúpido de sí -dije de mala forma.- ¿A qué te refieres?
Me
cogió del brazo haciendo que yo también me recostase, al lado de
él.
-Estuvo
muy mal lo de la otra noche... Muy, pero que muy mal -susurró
Samuel, notando como su voz se quebraba por el alcohol. Ahora debía
de aguantarlo.- También estuvo mal lo de intentar matar a Santos...
Quizás también el que haya venido aquí... Oh, y también puede
que...
Le
corté el rollo, dándole un golpe en el pecho.
-Cállate,
Samuel -gruñí.- Sabía que te arrepentirías de todo, pero cállate.
Él
me miró con los ojos abiertos y sonrió. A pesar de que está
increíblemente borracho, aún su sonrisa hacía que fuese lo más
bonito de mi mundo.
-Se
lo he contado a tu hermano -susurró poniéndose serio en un
instante.
Rodé
los ojos.
-Lo
sé, Samuel -suspiré.- Dime algo que no sepa.
Él
entrecerró los ojos y sonrió.
-¿No
te ha preguntado por qué te acostaste conmigo? -Preguntó asombrado.
Abrí
la boca, a la vez de mis ojos. Le miré, de hito en hito, esperando a
que soltase alguna broma o algo que confesase que se había vuelto
loco, que solo era el alcohol lo que le estaba afectando al cerebro.
Oh Dios mío, que sea una locura de él, por favor.
-¿Qué
has hecho, Samuel? -Pregunté, mientras él se recomponía en el
asiento, dejando salir un suspiro.
-Le
he contado que me acosté contigo -dijo exclamando una risa.
¿De
qué se reía?
-¿Qué
te ha dicho? -Pregunté más calmada.
Se
encogió de hombros.
-Cuando
escuche el mensaje, ya lo verás -dijo tapándose la cara.
Busqué
a mi hermano con los ojos, cada esquina cada espacio de la
habitación, esperando que estuviese con Rebecca, y ésta le
estuviese entreteniendo. Entonces mis ojos captaron a Rebecca sentada
en una silla, al lado de César.
Me
levanté y miré a Samuel.
-Vete
-le grité, pero haciendo que sólo él se enterase.
Él
siguió mis pasos, se levantó y luego alzó una ceja, entonces supe
que ya se le había pasado lo suficiente la borrachera para que
pudiese hablar y pensar con claridad.
-¿De
qué serviría?
-¿Por
qué has sido tan cobarde para decírselo por teléfono?
No
le gustó demasiado la pregunta pero la contestó.
-Porque
estaba borracho, porque no le encontraba y porque tampoco quería
montar una pelea en mitad de tu casa -dijo mientras veía a su
alrededor, en busca de mi hermano y de repente lo vimos aparecer por
la puerta.
Tenía
el teléfono en su oído, y nos miraba como una sonrisa divertida y
miró a Samuel, luego le señaló que era él quien le había dejado
el mensaje y esperamos a que escuchase todo el mensaje completo.
Y
al parecer tampoco tardó tanto, porque iba dando grandes zancadas
hacia nosotros, exactamente hacia Samuel.
Y
no pasó mucho tiempo antes de que el puño de mi hermano volase a la
mejilla de Samuel, y viceversa. En realidad no sé que me importaba
más, si mi hermano se hubiese enterado de aquello o que mi familia
viese la pelea. Podría decir que me importaba lo que les pasaría,
los puñetazos que se daban, pero estaba tan acostumbrada a esto...
Yo... por una vez en mi vida me preocupaba de mí misma, y me daba
igual lo que les pasara. Me daba igual si se rompían la cara, porque
estaba harta de que se pensaran que era una marioneta a la cual
debían de manejar. Casi tenía dieciocho años y mi hermano me
trataba como si tuviera cinco, y Samuel, con el chico que me acosté,
se creía que no me valía por mí misma.
¿Tan
complicadas eran las cosas en mi mundo?
Ellos
no paraban de darse puñetazos, de asestar patadas a diestro y
siniestro, y nadie parecía intentar separarlos. ¿Por qué? ¿Ellos
pensaban lo mismo que yo: que era una tontería hacerlo?
-¿Qué
cojones hacéis? -Gritó mi padre detrás de mí.- ¡Parad, par de
gilipollas!
Ellos
dirigieron sus ojos hacia mi padre, él parecía alucinar con ellos
dos. No había música de fondo, sólo algunos susurros por parte de
mi familia.
-¿Por
qué no se lo dices tú, pedazo de cabrón? -Preguntó Leo intentando
volar otro puñetazo a la cara de Samuel, pero este lo esquivó e iba
a hablar cuando mi padre lo interrumpió.
-Leonardo,
pretendo que tú me lo digas -dijo mi padre amenazándole con el dedo
índice.
No
sabía donde meterme, ¿debajo de la cama, quizás? No sé que me
daba más miedo, si las películas de terror, o esto... No quería
estar aquí cuando mi padre se enterase.
No
sé exactamente a quien mataría, si a Samuel por habérselo dicho a
Leo, o a Leo porque iba a contárselo a mi padre.
-Qué
te lo diga Venus -dijo mi hermano desafiándome.
O
quizás se lo contaría yo, y tampoco hacía mucho para que comenzase
a cantar, y más si mi padre me miraba con cara inquisitiva.
-¡Que
alguien me lo cuente ya! -Dijo mi padre, alzando la voz. Luego me
miró a mí.- Venus.
Comencé
a darme la vuelta para enfrentarme a su mirada. Ahora es cuando me
recordaba a cuando tenía cuatro años, como si hubiese hecho algo
malo, aunque en verdad no estaba bien... Por favor, que no se cabree.
Por favor...
-Leo...
-tragué saliva,- se ha enterado de que... Oh...
Mi
padre refunfuñaba e hizo movimientos de cabeza para que me diese
prisa.
-Dormí
con Samuel -dije mientras tragaba saliva de nuevo.
Mi
padre levantó una ceja.
-Bueno,
tampoco es para tanto... -dijo mi padre riéndose.- Es lógico, te
quedaste en su casa.
Mi
hermano exclamó una risa grave e irónica.
-Con
dormir, se refiere a follar con él -aclaró.
Gracias
a mi hermano, mi padre parecía palidecer, ¿y si le daba un jamacuco
aquí? Mi padre pareció quedarse mirando a la nada, y mi madre
estaba más bien embelesada, mirando a mi padre fijamente. Ella sabía
que cuando saliese del shock iba a hacer algo, de lo cual no sería
bueno.
Mis
piernas, mis pies no se movían, es como si estuvieran encadenados al
suelo.
Al
segundo siguiente mi padre comenzó a rechinar los dientes, ya estaba
despertando del shock, y ahora iba a abalanzarse sobre Samuel, pero
éste, a pesar de los moratones (los mismos de mi hermano, por
cierto) logró esquivarlo, y al siguiente segundo tenía a Enrique, a
Dan y a mi tío Víctor sosteniéndole.
Todo
fue muy rápido, yo sólo veía como mi padre lanzó varios puños a
la cara de Samuel, ya morada anteriormente por los guardias de mi
instituto. Y toda la culpa la tenía yo. Y él también la tenía,
por haberlo contado. ¿Tan difícil era callarse las cosas?
Corrí
hasta meterme en medio, porque ya estaba cansada de todo lo que
representaba a esta ciudad, a mi familia, a Samuel, a mis amigas...
No era sólo yo, eran ellos.
-Será
mejor que os tranquilicéis -amenacé. Creo que a mi padre no le hizo
mucha gracia, y menos cuando me miró de arriba abajo, como si ya no
fuese su niña.
Él
paró en seco, y los otros tres ya no le agarraban.
Silencio.
-¿Pretendías
callártelo? -Escupió mi padre, bastante enfadado.- Y lo que es peor
aún... ¿Cómo puedes... acostarte con personas como él?
¿Con
personas como él?
-Claro
que iba a callármelo, ¿para qué contártelo si sabía como te
pondrías? -Escupí a su vez, y luego suspiré.- Papá, ¿crees que
soy una zorra? ¿Con cuántos crees que he dormido? Y la persona que
es él ahora, es igual a tu antiguo yo.
Él
me miró de hito en hito, luego miró a Samuel.
-Largo
de mi casa -gritó. Éste comenzó a andar hacia la salida cuando
escuchó volver a hablar a mi padre.- No te vuelvas a acercar a mi
hija. Jamás.
Y
lo siguiente que oí fue un portazo.
Se
acabó.
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