miércoles, 20 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 17


Que nadie diga que mi casa es pequeña. Éramos un montón de personas, sentadas en el sofá, otras de pie y otras de un lado a otro hablando. Cada uno en una punta de la jodida habitación.
-Cuanta gente, ¿no? -Dijo Galia mirando a todos lados, le sonrió incómodamente a César cuando éste chocó contra ella, borracho total.
-Esto es una mierda -susurró Samanta.- ¿Cómo puede haber tanta gente, a ver?
No les contesté, porque era más que evitable, y no sólo por las personas a las que mencioné, sino que encima habían venido más. Amigas de mi hermano, que no estoy segura de que a Rebecca le gustara mucho. Por su cara, más que nada.
-¿Qué hace Samuel? -Preguntó Galia mirando al otro lado de la habitación.
Él se había tirado la media hora antes bebiendo alcohol sin parar, supongo que estaría seco. Aún así, le va a dar una tajada del quince. Ahora estaba igual pero a la vez rodeado de tías, y eso mi padre lo veía con una sonrisa en su cara, como si Samuel fuese ahora un rey, sin embargo yo lo veía como cruel, estúpido, un golfo de arriba abajo y un hijo de puta. Así por encima. Pero más zorra era yo por haberme acostado con él, ¿verdad?
-Aprovechar la noche -solté, haciendo rechinar mis dientes.
Me miraron las dos.
-Pareces la típica novia celosa, a la que le ponen los cuernos -añadió Samanta.
Gracias mejor amiga por animarme en este momento. Eres más que obvia.
-Tampoco voy a ser tan estúpida como mi cuñada -susurré mirando a Rebecca. Dejé el vaso de Coca-Cola y me encaminé hacia ella que yacía en el sofá pequeño, mirando a los demás bailar y a mi hermano rodeado de Jorge, Hugo y el reciente Samuel, y cuatro chicas. Sabía que Galia y Samanta irían también hacia ellos.
-Hola -saludé con una mano, más una sonrisa.
Ella me miró, y supe que se había alegrado de que alguien se le hubiese acercado.
-Hola, Venus -susurró, aunque no conseguía sonreír con los ojos.- Siéntate... Si quieres.
Asentí con la cabeza, sin dejar de sonreírle y me senté a su lado.
-¿Qué bebes? -Pregunté, mirando el vaso que sostenía entre las manos.
-Lo que me ha dado tu padre. Pensé que como era mayor de edad, me daría algo de alcohol pero él me conoce bien -dijo sin apartar la vista de mi hermano.
Estornudé. El vestido me estaba pasando factura.
-¿Te ha recogido mi hermano? -Pregunté, dudando.
Ella me miró incrédula.
-No. Él ni siquiera se ha fijado que estoy aquí -dijo, mientras dejaba una lágrima caer.- Supongo que después de esto querrá cortar conmigo, ¿no crees?
Él era un jodido capullo, y lo sabía a ciencia cierta. Yo era su hermana, y por eso estaba pendiente de mí, pero ella era su novia y debería de cuidarla, ¿verdad?
-Rebecca... -logré decir cuando ella me cortó.
-Lo he estado pensando -dijo cabizbaja mientras dejaba a sus lágrimas caer.- Pensando en que quería dejarme, y no sabe como. Necesito decirle que prefiero que sea sincero conmigo, que corte si eso es lo que quiere.
Le di la vuelta.
-¿Quieres tú? -Le pregunté temblorosa.
Ella torció una sonrisa.
-Quiero a tu hermano tanto como hace tres años atrás -susurró mirando con añoranza a mi hermano.
Me levanté, incapaz de seguir adelante con esto. Ella no se merecía todo aquello, joder, era mi cuñada y no había estado con ella demasiado, conociéndola y todo eso, pero tenía sentimientos y mi hermano se los estaba quitando. Él era injusto con todo. Él sólo pensaba en sí mismo, como lo hacía el otro noventa por ciento de chicos.
-Voy a por algo de beber -conseguí sonar bien, o eso creo.
Ella me miró rogándome que no me fuese.
-Bien... -suspiró intentando sonreírme.
Le di un abrazo, y fue correspondido.
-Vendré, tranquila -susurré. Luego me quité y me encaminé hacia la cocina mientras ella veía a mi tía Rosa bailar, y pudo despejarse un rato.
Mi hermano estaba echándose alcohol y pude agarrarlo de la camiseta a tiempo de que mi puño contrastase con su cara. Estaba rabiosa, como un jodido perro salvaje. Él me miró asombrado, mirándome perplejo. Jorge rió en cuanto lo hice, Hugo se quedó asombrado mirándonos a ambos, y Samuel, sin embargo, nos miraba con una ceja alzada.
-¿Por qué demonios has hecho eso? -Preguntó mi hermano, cogiéndome de las muñecas y apretándomelas contra el pecho.
-Estás aplastando a mis pechos -gruñí, cuando él relajó la fuerza con la que me estaba sosteniendo.
-Contéstame. Ahora -gritó.
Le miré con lágrimas en los ojos y luego miré hacia Rebecca, que seguía en el mismo sofá que antes, sosteniendo el vaso aún lleno. Dejé escapar a mis lágrimas y luego miré hacia él, de nuevo.
-¿Qué hace Rebecca aquí? -Preguntó, al momento que me quitó las manos de encima.
Él no se había dado cuenta. ¿Es que no pretendió llamarla para decirle que viniese? ¿Es que siempre tiene que estar tan absorto en su mundo? ¿A qué venía ser un imbécil ahora? ¿Alguna moda que no conocía? Podía alguien contestarme, porque no lo entendía en absoluto.
Empujé a mi hermano varias veces, antes de que unos brazos me sostuvieran.
Y sabía de antemano que era Samuel, y también me apeteció gritarle pero caí en que este lugar era el menos apropiado.
-¿Qué te pasa, Venus? -Preguntó mi hermano extrañado.
Mis lágrimas seguían su cauce, estaba llorando.
-¿No te importa? -Susurré intentando mantener la cabeza alta.
Me miró de hito en hito.
-¿Rebecca? -Preguntó, asentí porque no podía hacer nada más, Samuel me sostenía por los hombros.- Ella siempre me ha importado, Venus. Aún me importa, y la quiero; pero tampoco puedo estar las veinticuatro horas del día a su lado.
Fruncí las cejas.
-¿Por qué? -Pregunté temblorosa.- La quieres. ¿Qué problema hay?
Apretó los dientes.
-Porque sé que ella dejaría de quererme -dijo, poniendo el vaso sobre la mesa y agarrando su cabeza.- Así que no tiene sentido agobiarla.
Me recompuse y le sonreí ampliamente.
-¿Por qué sonríes? -Preguntó mi hermano preocupado.- Deberían llevarte al médico.
-Ella quiere que le agobies -susurré, justo cuando me di cuenta de que había venido alguien y era Rebecca mirándonos a todos.
Parecía sorprendida de vernos todos así, pero antes de que dijese nada, mi hermano fue hasta ella, le agarró la mano y se la llevó fuera de la casa, dejándonos a todos sorprendidos.
-Que final feliz -rió Jorge mirándome a mí.- Eres la reina del drama, pequeña Ameda.
Ya no sentía las manos de Samuel en mis hombros, pero sabía que aún estaba tras de mí. Las chicas de antes aún seguían allí, mirándonos con una expresión lo bastante fea para ser envidiosa.
-Me gusta meterme en la vida de los demás -reí.
Una de las chicas, la de pelo castaño alta me miró.
-¿Y por qué no te metes en tu vida? -Preguntó ésta irritada.
-Porque la mía está lo suficiente acabada como para preocuparme por ella, ¿no crees? -Pregunté mirando a Samuel, éste se puso tenso mientras Hugo fruncía las cejas hacia nosotros.
Me daba igual ya lo que pensasen.
-Me imaginaba que tu vida amorosa estaría acabada -dijo la de al lado, la morena de pelo corto. Me recordaba a Galia, pero Galia solía tener modales en las casas ajenas.
Apreté los puños, dispuesta a no hacer más drama.
-Te doy totalmente la razón -susurré.
Oí unos pasos detrás de nosotros, y resulta que era mi padre sonriéndonos a todos nosotros.
-Dice tu tía que vayas, que es hora de bailar -soltó.
¡Mierda! Yo ya ni siquiera me acordaba de aquello. ¿Cómo iba a bailar delante de toda esta gente, a la que no conocía de nada? Obviamente mi tía se había vuelto loca.
-No creo... -susurré.
Mi padre me cogió en brazos.
-Papá, suéltame ahora mismo -reí mientras miraba al resto.
Mi padre miró a todos los presentes, y me sonrió.
-¿Quién estará aquí el ocho de marzo? -Preguntó. Ese día era mi cumpleaños.- Será el cumpleaños de mi pequeña.
Oh Dios, le encantaba dejarme en vergüenza, y eso me ponía de los nervios porque a pesar de que le quería, aveces me gustaría asesinarle.
-Yo acamparé fuera desde las ocho de la mañana -dijo Hugo sonriéndome. Le devolví la sonrisa, al tiempo de que mi padre me dejaba en el suelo.
-Me encanta las fiestas -añadió Jorge, haciéndome una reverencia. Yo se la devolví con mucho gusto.
Samuel fue el único en no decir nada. Él no quería venir, pero no me importaba... ¿A quién pretendía mentir? ¿A mí misma? Eso era estúpido. Me molestaba, me importaba que no me quisiera, me importaba... Yo... Yo estaba enamorada de él, y él... bueno, pues él no lo estaba de mí. Ni de nadie, espero.
-Vendré -susurró éste. Le miré sorprendida y vi su sonrisa acunar mis ojos.

/////////////////////
Bailar con Rosa era como bailar con un mono recién nacido, era imposible. Ella parecía darle espasmos y yo parecía que estaba escapando de ella, sobretodo cuando el hijo de Alessia pudo venir al final y intentaba quitarme para que no me diese de hostias con Rosa. Hacía cosas realmente raras con las manos.
Carlos tenía la manía de reírse muy alto, y ahora apenas podía respirar porque yo tampoco podía resistirme a reírme, también solía reírme bastante alto y fuerte.
-Esto es la puta leche -soltó mientras me abrazaba.
Le sonreí. Él era como mi primo, pero nuestra familia esperaba que algún día nos enamorásemos y nos casásemos, pero no sabían que él tenía una novia secreta, y que yo estaba enamorada de Samuel, al que le di mi virginidad.
Era muy chistoso todo, ¿verdad?
-¿Qué haces aquí? -Pregunté sonriéndole ampliamente.
Él se encogió de hombros y miró a todo el mundo bailando, tal y como sabían hacerlo... A mi madre le encantaba el baile y no se le daba nada mal, pero sin embargo a mi padre... Él si que era pésimo en esto, pero el pobre lo intentaba.
-Sara dejó de meterme mano, y dejó que viniese aquí -sonrió ampliamente.
Hice pucheros.
-Dile que yo soy tu novia de pega, eh -le dije apuntándole con un dedo. Él lo quitó de su alcance y volvió a abrazarme.
-Te echaba de menos, enana -dijo revolviéndome el pelo.
Asentí con la cabeza, y le dije que también le echaba de menos a él, que había pasado un montón de cosas, aunque él lo sabía todo porque solía contárselo por teléfono. Era como una pequeña maruja, a pesar de ser un chico atleta.
Cuando Carlos se fue a dar una vuelta por la fiesta, buscando bebida y algo con lo que entretenerse, que no fuese el baile, me dirigí hacia el sofá y vi que Samuel estaba sentado en el sofá, apoyando los codos en las piernas.
-Hola -le saludé.
Me senté a su lado y vi la fiesta desde su perspectiva.
-Hey -saludó mirando a todos los presentes.- Parece que te lo estás pasando bien.
Le miré sorprendida. Obvio que me lo estaba pasando bien, pero su tono no me gustaba en absoluto. ¿Qué quería decir aquello?
-Sí. Bastante bien -le contesté con el mismo tono de voz.- ¿Y tú?
Frunció las cejas.
-No tanto como tú -susurró mirando sus manos.
Me acerqué más a él y al notar la proximidad me miró directamente a los ojos.
-Quizás sea porque te estás ahogando en alcohol, ¿no?
Él me miró con las cejas alzadas y rió, sabía que estaba lo suficientemente borracho.
-Suenas como una novia muy protectora -dijo Samuel recostándose en el sillón.- He hecho algo muy estúpido... Bueno, varias cosas muy estúpidas.
Entrecerré los ojos.
-Eres bastante estúpido de sí -dije de mala forma.- ¿A qué te refieres?
Me cogió del brazo haciendo que yo también me recostase, al lado de él.
-Estuvo muy mal lo de la otra noche... Muy, pero que muy mal -susurró Samuel, notando como su voz se quebraba por el alcohol. Ahora debía de aguantarlo.- También estuvo mal lo de intentar matar a Santos... Quizás también el que haya venido aquí... Oh, y también puede que...
Le corté el rollo, dándole un golpe en el pecho.
-Cállate, Samuel -gruñí.- Sabía que te arrepentirías de todo, pero cállate.
Él me miró con los ojos abiertos y sonrió. A pesar de que está increíblemente borracho, aún su sonrisa hacía que fuese lo más bonito de mi mundo.
-Se lo he contado a tu hermano -susurró poniéndose serio en un instante.
Rodé los ojos.
-Lo sé, Samuel -suspiré.- Dime algo que no sepa.
Él entrecerró los ojos y sonrió.
-¿No te ha preguntado por qué te acostaste conmigo? -Preguntó asombrado.
Abrí la boca, a la vez de mis ojos. Le miré, de hito en hito, esperando a que soltase alguna broma o algo que confesase que se había vuelto loco, que solo era el alcohol lo que le estaba afectando al cerebro. Oh Dios mío, que sea una locura de él, por favor.
-¿Qué has hecho, Samuel? -Pregunté, mientras él se recomponía en el asiento, dejando salir un suspiro.
-Le he contado que me acosté contigo -dijo exclamando una risa.
¿De qué se reía?
-¿Qué te ha dicho? -Pregunté más calmada.
Se encogió de hombros.
-Cuando escuche el mensaje, ya lo verás -dijo tapándose la cara.
Busqué a mi hermano con los ojos, cada esquina cada espacio de la habitación, esperando que estuviese con Rebecca, y ésta le estuviese entreteniendo. Entonces mis ojos captaron a Rebecca sentada en una silla, al lado de César.
Me levanté y miré a Samuel.
-Vete -le grité, pero haciendo que sólo él se enterase.
Él siguió mis pasos, se levantó y luego alzó una ceja, entonces supe que ya se le había pasado lo suficiente la borrachera para que pudiese hablar y pensar con claridad.
-¿De qué serviría?
-¿Por qué has sido tan cobarde para decírselo por teléfono?
No le gustó demasiado la pregunta pero la contestó.
-Porque estaba borracho, porque no le encontraba y porque tampoco quería montar una pelea en mitad de tu casa -dijo mientras veía a su alrededor, en busca de mi hermano y de repente lo vimos aparecer por la puerta.
Tenía el teléfono en su oído, y nos miraba como una sonrisa divertida y miró a Samuel, luego le señaló que era él quien le había dejado el mensaje y esperamos a que escuchase todo el mensaje completo.
Y al parecer tampoco tardó tanto, porque iba dando grandes zancadas hacia nosotros, exactamente hacia Samuel.
Y no pasó mucho tiempo antes de que el puño de mi hermano volase a la mejilla de Samuel, y viceversa. En realidad no sé que me importaba más, si mi hermano se hubiese enterado de aquello o que mi familia viese la pelea. Podría decir que me importaba lo que les pasaría, los puñetazos que se daban, pero estaba tan acostumbrada a esto... Yo... por una vez en mi vida me preocupaba de mí misma, y me daba igual lo que les pasara. Me daba igual si se rompían la cara, porque estaba harta de que se pensaran que era una marioneta a la cual debían de manejar. Casi tenía dieciocho años y mi hermano me trataba como si tuviera cinco, y Samuel, con el chico que me acosté, se creía que no me valía por mí misma.
¿Tan complicadas eran las cosas en mi mundo?
Ellos no paraban de darse puñetazos, de asestar patadas a diestro y siniestro, y nadie parecía intentar separarlos. ¿Por qué? ¿Ellos pensaban lo mismo que yo: que era una tontería hacerlo?
-¿Qué cojones hacéis? -Gritó mi padre detrás de mí.- ¡Parad, par de gilipollas!
Ellos dirigieron sus ojos hacia mi padre, él parecía alucinar con ellos dos. No había música de fondo, sólo algunos susurros por parte de mi familia.
-¿Por qué no se lo dices tú, pedazo de cabrón? -Preguntó Leo intentando volar otro puñetazo a la cara de Samuel, pero este lo esquivó e iba a hablar cuando mi padre lo interrumpió.
-Leonardo, pretendo que tú me lo digas -dijo mi padre amenazándole con el dedo índice.
No sabía donde meterme, ¿debajo de la cama, quizás? No sé que me daba más miedo, si las películas de terror, o esto... No quería estar aquí cuando mi padre se enterase.
No sé exactamente a quien mataría, si a Samuel por habérselo dicho a Leo, o a Leo porque iba a contárselo a mi padre.
-Qué te lo diga Venus -dijo mi hermano desafiándome.
O quizás se lo contaría yo, y tampoco hacía mucho para que comenzase a cantar, y más si mi padre me miraba con cara inquisitiva.
-¡Que alguien me lo cuente ya! -Dijo mi padre, alzando la voz. Luego me miró a mí.- Venus.
Comencé a darme la vuelta para enfrentarme a su mirada. Ahora es cuando me recordaba a cuando tenía cuatro años, como si hubiese hecho algo malo, aunque en verdad no estaba bien... Por favor, que no se cabree. Por favor...
-Leo... -tragué saliva,- se ha enterado de que... Oh...
Mi padre refunfuñaba e hizo movimientos de cabeza para que me diese prisa.
-Dormí con Samuel -dije mientras tragaba saliva de nuevo.
Mi padre levantó una ceja.
-Bueno, tampoco es para tanto... -dijo mi padre riéndose.- Es lógico, te quedaste en su casa.
Mi hermano exclamó una risa grave e irónica.
-Con dormir, se refiere a follar con él -aclaró.
Gracias a mi hermano, mi padre parecía palidecer, ¿y si le daba un jamacuco aquí? Mi padre pareció quedarse mirando a la nada, y mi madre estaba más bien embelesada, mirando a mi padre fijamente. Ella sabía que cuando saliese del shock iba a hacer algo, de lo cual no sería bueno.
Mis piernas, mis pies no se movían, es como si estuvieran encadenados al suelo.
Al segundo siguiente mi padre comenzó a rechinar los dientes, ya estaba despertando del shock, y ahora iba a abalanzarse sobre Samuel, pero éste, a pesar de los moratones (los mismos de mi hermano, por cierto) logró esquivarlo, y al siguiente segundo tenía a Enrique, a Dan y a mi tío Víctor sosteniéndole.
Todo fue muy rápido, yo sólo veía como mi padre lanzó varios puños a la cara de Samuel, ya morada anteriormente por los guardias de mi instituto. Y toda la culpa la tenía yo. Y él también la tenía, por haberlo contado. ¿Tan difícil era callarse las cosas?
Corrí hasta meterme en medio, porque ya estaba cansada de todo lo que representaba a esta ciudad, a mi familia, a Samuel, a mis amigas... No era sólo yo, eran ellos.
-Será mejor que os tranquilicéis -amenacé. Creo que a mi padre no le hizo mucha gracia, y menos cuando me miró de arriba abajo, como si ya no fuese su niña.
Él paró en seco, y los otros tres ya no le agarraban.
Silencio.
-¿Pretendías callártelo? -Escupió mi padre, bastante enfadado.- Y lo que es peor aún... ¿Cómo puedes... acostarte con personas como él?
¿Con personas como él?
-Claro que iba a callármelo, ¿para qué contártelo si sabía como te pondrías? -Escupí a su vez, y luego suspiré.- Papá, ¿crees que soy una zorra? ¿Con cuántos crees que he dormido? Y la persona que es él ahora, es igual a tu antiguo yo.
Él me miró de hito en hito, luego miró a Samuel.
-Largo de mi casa -gritó. Éste comenzó a andar hacia la salida cuando escuchó volver a hablar a mi padre.- No te vuelvas a acercar a mi hija. Jamás.
Y lo siguiente que oí fue un portazo.
Se acabó.

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