Estaba
castigada hasta que cumpliese la mayoría de edad, o hasta que me
fuese de casa. ¿Cuál opción debería escoger? Había pasado dos
semanas y no sabía nada de Leo, de mi padre o de Samuel. Solía
esquivar a Leo por todo lo que había creado, mi padre solía
esquivarme a mí porque no era ni capaz de mirarme a la cara, y
Samuel no pisaba el instituto ni loco. Después de todo aquello me
enteré, muy tonto de mi parte, que él ni siquiera tenía que ir al
instituto; si estaba ahí era porque le contrató mi hermano.
Y
si todo había acabado...
¿Por
qué seguía llorando cada noche al dormir?
¿Por
qué mis dolores de cabeza aumentaban cuando pensaba en todo esto?
No
me hablaba con Leo, sí, pero seguía siendo mi hermano mayor y
seguía queriéndolo; a pesar de que sabía que tarde o temprano nos
hablaríamos.
Mi
padre no me hablaba, pero sabía que finalmente acabaría por venir
aquí a darme algunas charlas, y luego a abrazarme como siempre
hacía. Aunque esta vez fuese muy diferente.
El
problema era Samuel.
Si
estaba castigada hasta pasar unos meses... ¿Todo habría cambiado
entre nosotros? ¿Por qué lo llamo “un nosotros”? Yo no he
tenido nada con él, y ese era el mayor problema... Que era una
jodida estúpida, y siempre me daba igual los errores que cometiese,
a pesar de que algunos me costarían bastante caros. Estaba segura de
que quería a Samuel, bastante segura, diría yo... ¿Pero y él a
mí? Sí, me había salvado, pero todo encajaba... Él estaba
contratado por mi hermano, y después de todo, se había ido cuando
mi padre lo dijo...
¿Cuál
es el problema?
Que
no podía dejar de pensar en su sonrisa.
Samanta
se puso una gorra sobre su cabellera rubia y nos miró a Galia y a mí
como si estuviésemos locas, a pesar de todo lo mío, Galia tenía
problemas en su vida.
Cosas
como que no se había traído una gorra para taparse del sol.
-¿Seguro
que no tienes otra? -Preguntó por enésima vez. Samanta seguía
contestándole lo mismo:
-No,
y cállate -dijo señalando al autobús.
Nos
íbamos de excursión todo un fin de semana. ¿Perfecto? No lo creo,
porqué aquella misma mañana me había despertado con las pocas
peleas que habían tenido mis padres. Adivinar de quien es la culpa.
Mía.
Y
sólo mía, porque mi madre me apoyaba en cuanto a todo. Ella también
fue joven, y gracias a Dios se acordaba de ello, y no tardó más de
dos segundos en gritarle a mi padre de que él fue igual, y qué
cambió por ella y Samuel podría hacer lo mismo por mí. Aunque yo
estaba segura de que él no cambiaría por mí. Pero adoraba a mi
madre y a su confianza en nosotros. Mierda. Lo que sea que fuésemos.
Mi
cabeza podría explotar de un momento a otro, porque mi gorra tampoco
hacía mucho contra el sol.
Volví
a encender la música, haciendo que mis oídos se completasen con
“Disaster” de JoJo, y antes de que me diese cuenta ya estábamos
frente al autobús. Galia me pasó su mochila para atarse las
zapatillas, y luego la cogió haciendo que me balancease sobre mis
pies, pero Samanta me agarró a tiempo.
-Cuidado,
a ver si te la vas a pegar contra el suelo -rió. Podría oírla
porque un auricular funcionaba mal, pero tan sólo le sonreí, porque
tampoco es que me apeteciese hablar.
Nos
metimos en el autobús, algunos parecían estar peleándose por los
asientos, y eso sólo me causó enfado.
-¿Podéis
quitaros de aquí? -Gruñí a dos chicos. Ellos sólo me miraron
riéndose y nos dejaron pasar.
Se
habían reído de mí, pero tampoco me importaba mucho en este
momento.
-Ves
hacia el final, allí está Jorge y Hugo, y puede que César -dijo
Samanta, yendo la primera en la fila, yo la segunda y Galia la
tercera.
Samanta
se paró en seco y me miró, haciendo gestos con la cabeza.
Me
puse de puntillas, porque Samanta era más alta que yo y me prohibía
ver lo que estaba delante.
Y
eso que Samuel era bastante alto.
Aunque
ahora parecía estar bastante embelesado con una chica que había
delante de él. Y con embelesado me refiero a que no dejaba de hablar
y sonreír con ella. El asiento a su lado izquierdo estaba vacío,
uno junto la ventana del autobús, y en el otro estaba César, al
otro lado estaba Hugo y un asiento vacío y en el otro estaba Jorge y
otro asiento vacío.
¿Lo
habían preparado todo?
¿Alguien
sabía acerca de que estaba haciendo Samuel?
-Ponte
al lado de Hugo -dijo Samanta, interrumpiendo mis pensamientos.
Galia
puso una mano en mi hombro.
-O
al lado de Jorge -sonrió en mi dirección.
Negué
con la cabeza varias veces antes de darme cuenta de lo que estaba
haciendo.
Me
estaba dañando a mi misma.
Samanta
se puso al lado de Hugo, haciendo que él besase su mejilla. Galia,
se tiró encima de Jorge y lo abrazó como si fuese un oso de
peluche, y yo sin embargo fui hacia mi asiento, pasando de lado para
no dar ni a la muchacha con la que Samuel estaba hablando, ni a él
mismo.
Él
me miró como si fuese otra compañera más y siguió hablando con
ella.
Esto
estaba bastante entretenido... Este viaje había empezado de mala
manera.
Me
acurruqué junto a la ventanilla, y lejos de Samuel y noté como la
mirada de la chica estaba sobre mí, con los ojos entrecerrados y con
una ceja alzada.
-¿Estás
bien? -Me preguntó. Me quité un auricular y le miré.
También
le sonreí, aunque no me apeteciese demasiado.
-Sí
-mentí.
Samuel
parecía estar embelesado en el techo y en el suelo del autobús.
Bastante interesante el gris que tenía éste.
-Pensé
que estabas enferma -dijo la chica torciendo la sonrisa.
Negué
la cabeza.
-Simplemente
tengo sueño -dije. Eso era verdad, estaba siendo sincera en este
momento; pero lo que me preocupaba no era el sueño que tenía, sino
que Samuel hiciese como que era invisible.
Esta
no era la historia de mi madre y mi padre.
Esta
era mi pésima historia. Nada bueno que contar.
-Oh,
pues son cinco horas de viaje así que podrás dormir -dijo
sonriendo.- Espero que no ronques...
Reí,
un sonido grave.
-No...
-Negué, y luego moví la cabeza.- O eso creo.
-No
-soltó Samuel. La chica y yo le miramos extrañadas, y más yo que
pensé que no hablaría nunca, que haría como si fuese una simple
desconocida.
La
chica alzó una ceja.
-¿Qué?
-Preguntó.
Samuel
la miró y le sonrió. Jodido mierda.
-Estaba
contestándome a mí mismo -dijo riéndose. La chica rió con él.
-No
deberías de hablar solo, Samuel -le aconsejó ella con una sonrisa
preciosa.- Al final serás uno de esos viejos que se van a vivir a
una casa a las afueras, y luego secuestran niños y se los come.
Abrí
los ojos. La chica estaba loca. No era la única.
-Espero
que tú los cocines -rió Samuel.
Y
una punzada de celos. Una más, una nueva, y un pequeño paso más
para lograr que mis lágrimas saliesen a flote.
Busqué
a tientas en mi bolso de manos otros auriculares, unos que se
escuchasen por completo, que pudiese poner la música a tope y no
poder oír nada más; pero todos sabíamos que mi suerte no era muy
buena.
La
chica me tendió unos auriculares, y me sonrió.
-No
hace falta que... -comencé a decir, pero ella me interrumpió.
-Cógelos,
se escuchan bien -dijo dejándome los auriculares encima de mis
piernas desnudas.
Samanta
y Galia la noche anterior comentaros que se pondrían pantalones
cortos, y pensé que era porque hacía frio, luego me di cuenta de
porqué ellas hablaban sobre ello. Venían con pantalones cortos pero
con leotardos de colores (era día diecisiete, cuando vestíamos de
una manera distinta, rara), pero yo no me acordé, así que vestía
sólo unos pantalones cortos. Me moría de frío, pero no tenía ni
alma para tiritar.
-Puedo
quedarme con mis auriculares -le dije alzando las comisuras de mis
labios.
Ella
se encogió de hombros.
-Cógelos,
ya me lo devolverás -miró a Samuel sonriendo y luego a mí:- ¿Desde
cuándo os conocéis?
Me
quedé callada porque no pretendía contestar a la pregunta, prefería
que ella no supiese nada; pero Samuel no pensaba así. Se echó hacia
atrás y se animó a contestar.
-Hermana
de un amigo -dijo, regalándome una mirada.
La
chica asintió levemente.
-Oh
-dijo riéndose,- creo que he enloquecido un poco.
Fruncí
las cejas.
-¿Sobre
qué? -Pregunté, y me di cuenta de que mi tono de voz fue brusco.
Ella
me miró a modo de disculpa y enseguida me sentí mal por haberlo
hecho.
-En
realidad... -Rió de nuevo.- Pensé que eráis ex-novios o algo por
el estilo... Lo sé, lo sé, me he vuelto completamente loca...
No
sabía como reaccionar, si mal, reírme o hacer como si nada.
Opté
por la primera, porque yo siempre me tomaba todo a la tremenda.
-¿Quieres
decir que no pegamos en absoluto? -Pregunté frunciendo los labios.-
No, no somos ex-novios ni nada parecido, vale, ¿pero no podríamos
parecerlo? ¿Pretendes decirme eso?
Samuel
me miró, y sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero su
mirada de padre regañando a su hija tampoco me parecía correcto en
este momento.
La
chica pareció culpable, y apenada.
Y
yo estaba siendo una hija de perra.
-Lo
siento... -susurré, y le di los cascos.- De verdad que lo siento, es
sólo que... bueno, no creo que esté muy estabilizada en este
momento.
La
chica me miró aún con culpabilidad.
-No
quise decir que no podríais parecerlo -rectificó.- Si lo dije fue
por si os molestaba que dijese eso...
Asentí
con la cabeza, y ella me devolvió de nuevo los cascos.
-Quedatelos
-sonrió, luego miró mis piernas.- ¿No tienes frío?
Me
encogí de hombros.
-Tampoco
importa mucho ahora -le dije, poniéndome sus cascos.
Ella
cogió y cogió mi acción como una despedida y se echó hacia
delante, mientras le echaba una última mirada a Samuel, a modo de
despedida por ahora. Él se echó hacia atrás y comenzó a hablar
con César, que parecía entretenido con su iPad, completamente
contento de ello. César era como un niño pequeño cuando le
compraban algo, ya podía ser un peluche de Dora, que él se
emocionaría. Aunque realmente no me agradaría saber que veían. Son
chicos y ellos sólo ven fútbol, porno o quizás dónde venden los
condones buenos más baratos.
Puse
mis pies encima del asiento y me rodeé las piernas, poniéndome de
lado y mirando a la ventana. Apoyé la cabeza sobre el respaldo del
asiento y vi como coche tras coche pasaba, y como árbol tras árbol
desaparecía ante mis ojos.
Comenzó
a sonar 'Complicated' de Avril Lavigne y antes de que terminase la
canción me quedé dormida.
///////////
Abrí
los ojos lentamente y pude ver que casi todo el autobús se
encontraba vacío. Estaba Galia, que se encontraba apoyada al hombro
de Jorge, dormida, y él estaba embelesado mirándola. También
estaba César, que casualmente lo veía de otra perspectiva a la de
antes, creo que algo andaba mal. Me giré un poco más y pude ver en
dónde estaba puesta, y encima dormida
En
las piernas de Samuel. Tapada con una manta hasta el cuello.
¿Cómo
había llegado hasta aquí?
No
podía descifrar si estaba dormido, despierto, contento o mosqueado,
porque tenía la cabeza hacia atrás, justo encima del respaldo. Se
me había olvidado lo alto que era.
Me
levanté y miré a mis alrededores, sólo habían tres o cuatro más.
¿Adónde habían ido los demás? ¿Se habrían metido en algún
sitio? ¿Sería esto una parada? Los pinchazos en mi cabeza no me
dejaban pensar más allá, me había mareado al levantarme y ahora mi
cabeza iba a explotar.
Giré
la cabeza y encontré a Samuel mirándome.
-No
sé como he llegado hasta tus piernas -le dije, siendo sincera. Él
no me contestaba- Y si no me crees... pues no me creas. Además, no
es problema mío, me hubieses despertado. Me hubieses empujado.
Él
se puso recto en el asiento, y se pellizcó el caballete de la nariz.
-Si
te has despertado en mis piernas es, porque yo te he puesto -dijo él,
buscando algo entre los asientos.
Ahora
le veía el sentido a todo esto, ¿qué iba a hacer en las piernas de
Samuel si, para empezar, yo estaba mirando hacia la ventana y sin
ninguna manta?
-¿Qué
buscas? -Pregunté alzando una ceja.- Si es a la chica de antes, no
está.
Él
me miró con las cejas enarcadas. Si pretendía hacer un chiste, la
había cagado... No es que me saliesen muy bien al despertar...
-No
sé que has querido decir -dijo Samuel gruñendo,- pero no creo que
sea respecto a su altura, mide más que tú.
Bueno,
en realidad ahí le había dado porque yo no medía apenas nada. No
me medía desde hacía bastante tiempo, porque pensaba que menguaría
o algo por el estilo. Aunque tampoco era tan exagerado, pero por si
acaso.
-Gracias
por llamarme pequeña -le dije mientras intentaba salir del lío de
la manta. Estaba bastante enredada en ella.
Samuel
me miró y se rió, pero una risa de que le estés causando gracia,
no, una molesta.
-¿Pasa
algo? -Pregunté malhumorada.- ¿Acaso quieres bronca?
Él
me miró de inmediato y ahora sí que se estaba riendo bien, y de mí;
aunque paró enseguida.
-Dame
mi gorra -ordenó tendiendo una mano.
Le
miré la mano por más de cinco segundos y luego le observé. Con una
ceja alzada, y preguntándome si es que estaba haciendo el gilipollas
o si lo decía en serio.
-¿Y
yo como voy a saber donde está tu gorra? -Pregunté, estándome
quieta.
Movió
la cabeza en mi dirección.
-¿Qué
significa eso? -Pregunté, cuando volvió a mover la cabeza a mi
entrepierna.
Ahí
no había nada, pedazo de cerdo.
-Está
en tu trasero, la acabo de ver -dijo, aún con una sonrisa.
No
sé porque estaba feliz realmente, supongo que la chica de antes le
habría prometido tener mandanga en el campamento, porque yo no lo
comprendía en absoluto. Es decir, estaba de mala leche y puede que
ahora sintiera que mi mundo era una mierda, pero es que en realidad
tampoco era para tocar las palmas. Era sencillo antes, ahora era más
que complicado.
-Por
si no te has dado cuenta estoy envuelta en esta manta -dije,
mostrándole una sonrisa irónica.
Él
agarró una de mis piernas y tiró hacia él, pude quedar a la altura
de su cara, esperando a que hiciese algo más; pero lo que estaba en
mi mente no tenía nada que ver con la rallada de la manta. Y como
era lógico, se estaba dedicando a quitármela de encima.
-¿Cómo
demonios has enrollado tanto la manta? -Gruñó.
Levanté
las cejas.
-¿Qué
has dicho? -Pregunté atónica.- Eres tú quien me la ha puesto.
Me
miró riéndose y alzó los hombros. ¿Pero por qué se reía tanto?
¿Había alguna droga a bordo? Porque sino yo quería.
Siguió
intentando hacerlo lentamente, para no perderse en el lío de la
manta y se cansó enseguida, al parecer.
-Escúchame,
ponte contra la ventana -ordenó mientras apuntaba con el dedo.
Ahora
la que reía era yo.
-¿Es
un nuevo 'ponte contra la pared', te voy a dar lo tuyo y lo de tu
prima? -Pregunté alzando una ceja, mientras hacía lo que me
ordenaba.
Él
movió la cabeza. No le había hecho tanta gracia, porque eso fue lo
que nos metió en este apuro.
-Voy
a intentar sacártela por los pies -avisó, justo cuando se levantó
y me vio completamente tumbada.- No mides más de medio metro, así
que voy a intentar sacártela por arriba.
¿No
más de medio metro? Samuel no iba para matemático. Era pequeña
pero tampoco en exageración.
-¿No
iba a ser por los pies? -Pregunté a su vez.
Él
negó con la cabeza.
-No
tengo ni idea de como he podido enrollar así la manta -dijo rascando
la parte trasera de su cabeza.- Agarra mi cuello, intentaré
sacártela.
Bien,
pues entonces agarré su cuello y esperé a que hiciese algún
movimiento pero me miraba con una irritable mirada en sus ojos,
¿había algún problema?
-Que
envuelvas mi cuello, Venus, no que me asfixies -gruñó.
-Pues
especifica -le contesté, mientras envolvía mis brazos alrededor de
su cuello, entonces es cuando después de unos segundos pude notar
que la manta ya había caído sobre el asiento.- Gracias a Dios...
Él
desenvolvió mis brazos de su cuello y se sentó de nuevo, cogiendo
su gorra y poniéndosela sobre la cabeza (dónde iban todas las
gorras, a veces salía mi lado inteligente).
-¿Qué
hacía tu gorra en mi trasero? -Pregunté mientras me arropaba
lentamente con la manta, para no volver a liarme entre ella. No
parecía caerle muy bien.
-Pues
no lo sé, Venus, no lo sé -dijo dejando caer la cabeza hacia atrás.
Suspiré
finalmente.
-Podías
ser un poco menos desagradable -le consulté.- Tampoco creo que te
cueste tanto.
Él
tragó saliva y rodó los ojos.
-En
realidad no tienes ni puta idea de porqué estoy desagradable, como
dices tú -contraatacó.
Me
llevé una mano a la boca y ahogué un profundo gruñido.
-¿Y
eso que significa? -Casi podría decir que le estaba chillando.- ¿Qué
yo no tengo derecho a ser desagradable?
Él
rió, pero con un tono amargo que no me gustaba en absoluto.
-No
es lo mismo, Venus. No me calientes ahora -dijo entrecerrando los
ojos.
Apreté
los labios, haciendo que ellos se pusieran de un color blanco papel y
luego le lancé una mirada de mosqueo. Él lo había captado, pero
pasaba de mí como de la mierda.
-No
digas que no es lo mismo -le dije,- porqué es exactamente lo mismo.
Si es que te refieres a todo lo que ha pasado de aquí hacia atrás...
Él
rió, pero no contestó.
-Óyeme
Samuel -le amenacé,- casi me violan y te consentí que me dijeras
que era una zorra...
Él
levantó la cabeza de golpe, antes de que yo terminase y supe, de
primera mano, que no le había gustado en absoluto lo que le había
dicho.
-No
he dicho tal cosa -apretó los dientes.
-Lo
insinuaste -le respondí.
Movió
la cabeza irónicamente.
-Lo
que tú digas, Venus -expuso.- ¿Y gracias a quién?
Reí,
y ahora fuerte.
-¿A
Samanta y Galia? Fueron ellas quiénes entraron primero, ¿recuerdas?
No te lleves el mérito, que no te corresponde -le dije rodando los
ojos.
Asintió
débilmente con la cabeza.
-Verdad
-susurró,- no eres capaz de darme las gracias.
Abrí
los ojos.
-¿Las
gracias por qué? -Pregunté.- ¿De casi haber matado a Santos?
-Tampoco
es que le importase mucho su muerte a alguien... -miró hacia la
puerta del autobús, viendo como los alumnos comenzaban a agruparse
de nuevo en sus asientos.
-La
cosa es que... -comencé a decirle cuando me calló de golpe. La
chica de antes había vuelto, y espero que me haya callado porque no
quería que se enterase, y no porqué no le interesase saber lo que
iba a decir... O que no le interesase yo, en absoluto.
-Hablaremos
después de esto -me susurró al oído,- y cierra las piernas, que se
te ve el jardín desde aquí.
Me
reí, chillando y antes de que todos comenzasen a mirarme me tapé la
boca con las dos manos.
-No
tengo pelos -le consulté, aún riéndome.
Él
me miró con las cejas alzadas y sonriéndome.
-Lo
sé perfectamente.
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