miércoles, 20 de febrero de 2013

Genetics - Capítulo 18


Estaba castigada hasta que cumpliese la mayoría de edad, o hasta que me fuese de casa. ¿Cuál opción debería escoger? Había pasado dos semanas y no sabía nada de Leo, de mi padre o de Samuel. Solía esquivar a Leo por todo lo que había creado, mi padre solía esquivarme a mí porque no era ni capaz de mirarme a la cara, y Samuel no pisaba el instituto ni loco. Después de todo aquello me enteré, muy tonto de mi parte, que él ni siquiera tenía que ir al instituto; si estaba ahí era porque le contrató mi hermano.
Y si todo había acabado...
¿Por qué seguía llorando cada noche al dormir?
¿Por qué mis dolores de cabeza aumentaban cuando pensaba en todo esto?
No me hablaba con Leo, sí, pero seguía siendo mi hermano mayor y seguía queriéndolo; a pesar de que sabía que tarde o temprano nos hablaríamos.
Mi padre no me hablaba, pero sabía que finalmente acabaría por venir aquí a darme algunas charlas, y luego a abrazarme como siempre hacía. Aunque esta vez fuese muy diferente.
El problema era Samuel.
Si estaba castigada hasta pasar unos meses... ¿Todo habría cambiado entre nosotros? ¿Por qué lo llamo “un nosotros”? Yo no he tenido nada con él, y ese era el mayor problema... Que era una jodida estúpida, y siempre me daba igual los errores que cometiese, a pesar de que algunos me costarían bastante caros. Estaba segura de que quería a Samuel, bastante segura, diría yo... ¿Pero y él a mí? Sí, me había salvado, pero todo encajaba... Él estaba contratado por mi hermano, y después de todo, se había ido cuando mi padre lo dijo...
¿Cuál es el problema?
Que no podía dejar de pensar en su sonrisa.

Samanta se puso una gorra sobre su cabellera rubia y nos miró a Galia y a mí como si estuviésemos locas, a pesar de todo lo mío, Galia tenía problemas en su vida.
Cosas como que no se había traído una gorra para taparse del sol.
-¿Seguro que no tienes otra? -Preguntó por enésima vez. Samanta seguía contestándole lo mismo:
-No, y cállate -dijo señalando al autobús.
Nos íbamos de excursión todo un fin de semana. ¿Perfecto? No lo creo, porqué aquella misma mañana me había despertado con las pocas peleas que habían tenido mis padres. Adivinar de quien es la culpa.
Mía.
Y sólo mía, porque mi madre me apoyaba en cuanto a todo. Ella también fue joven, y gracias a Dios se acordaba de ello, y no tardó más de dos segundos en gritarle a mi padre de que él fue igual, y qué cambió por ella y Samuel podría hacer lo mismo por mí. Aunque yo estaba segura de que él no cambiaría por mí. Pero adoraba a mi madre y a su confianza en nosotros. Mierda. Lo que sea que fuésemos.
Mi cabeza podría explotar de un momento a otro, porque mi gorra tampoco hacía mucho contra el sol.
Volví a encender la música, haciendo que mis oídos se completasen con “Disaster” de JoJo, y antes de que me diese cuenta ya estábamos frente al autobús. Galia me pasó su mochila para atarse las zapatillas, y luego la cogió haciendo que me balancease sobre mis pies, pero Samanta me agarró a tiempo.
-Cuidado, a ver si te la vas a pegar contra el suelo -rió. Podría oírla porque un auricular funcionaba mal, pero tan sólo le sonreí, porque tampoco es que me apeteciese hablar.
Nos metimos en el autobús, algunos parecían estar peleándose por los asientos, y eso sólo me causó enfado.
-¿Podéis quitaros de aquí? -Gruñí a dos chicos. Ellos sólo me miraron riéndose y nos dejaron pasar.
Se habían reído de mí, pero tampoco me importaba mucho en este momento.
-Ves hacia el final, allí está Jorge y Hugo, y puede que César -dijo Samanta, yendo la primera en la fila, yo la segunda y Galia la tercera.
Samanta se paró en seco y me miró, haciendo gestos con la cabeza.
Me puse de puntillas, porque Samanta era más alta que yo y me prohibía ver lo que estaba delante.
Y eso que Samuel era bastante alto.
Aunque ahora parecía estar bastante embelesado con una chica que había delante de él. Y con embelesado me refiero a que no dejaba de hablar y sonreír con ella. El asiento a su lado izquierdo estaba vacío, uno junto la ventana del autobús, y en el otro estaba César, al otro lado estaba Hugo y un asiento vacío y en el otro estaba Jorge y otro asiento vacío.
¿Lo habían preparado todo?
¿Alguien sabía acerca de que estaba haciendo Samuel?
-Ponte al lado de Hugo -dijo Samanta, interrumpiendo mis pensamientos.
Galia puso una mano en mi hombro.
-O al lado de Jorge -sonrió en mi dirección.
Negué con la cabeza varias veces antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Me estaba dañando a mi misma.
Samanta se puso al lado de Hugo, haciendo que él besase su mejilla. Galia, se tiró encima de Jorge y lo abrazó como si fuese un oso de peluche, y yo sin embargo fui hacia mi asiento, pasando de lado para no dar ni a la muchacha con la que Samuel estaba hablando, ni a él mismo.
Él me miró como si fuese otra compañera más y siguió hablando con ella.
Esto estaba bastante entretenido... Este viaje había empezado de mala manera.
Me acurruqué junto a la ventanilla, y lejos de Samuel y noté como la mirada de la chica estaba sobre mí, con los ojos entrecerrados y con una ceja alzada.
-¿Estás bien? -Me preguntó. Me quité un auricular y le miré.
También le sonreí, aunque no me apeteciese demasiado.
-Sí -mentí.
Samuel parecía estar embelesado en el techo y en el suelo del autobús. Bastante interesante el gris que tenía éste.
-Pensé que estabas enferma -dijo la chica torciendo la sonrisa.
Negué la cabeza.
-Simplemente tengo sueño -dije. Eso era verdad, estaba siendo sincera en este momento; pero lo que me preocupaba no era el sueño que tenía, sino que Samuel hiciese como que era invisible.
Esta no era la historia de mi madre y mi padre.
Esta era mi pésima historia. Nada bueno que contar.
-Oh, pues son cinco horas de viaje así que podrás dormir -dijo sonriendo.- Espero que no ronques...
Reí, un sonido grave.
-No... -Negué, y luego moví la cabeza.- O eso creo.
-No -soltó Samuel. La chica y yo le miramos extrañadas, y más yo que pensé que no hablaría nunca, que haría como si fuese una simple desconocida.
La chica alzó una ceja.
-¿Qué? -Preguntó.
Samuel la miró y le sonrió. Jodido mierda.
-Estaba contestándome a mí mismo -dijo riéndose. La chica rió con él.
-No deberías de hablar solo, Samuel -le aconsejó ella con una sonrisa preciosa.- Al final serás uno de esos viejos que se van a vivir a una casa a las afueras, y luego secuestran niños y se los come.
Abrí los ojos. La chica estaba loca. No era la única.
-Espero que tú los cocines -rió Samuel.
Y una punzada de celos. Una más, una nueva, y un pequeño paso más para lograr que mis lágrimas saliesen a flote.
Busqué a tientas en mi bolso de manos otros auriculares, unos que se escuchasen por completo, que pudiese poner la música a tope y no poder oír nada más; pero todos sabíamos que mi suerte no era muy buena.
La chica me tendió unos auriculares, y me sonrió.
-No hace falta que... -comencé a decir, pero ella me interrumpió.
-Cógelos, se escuchan bien -dijo dejándome los auriculares encima de mis piernas desnudas.
Samanta y Galia la noche anterior comentaros que se pondrían pantalones cortos, y pensé que era porque hacía frio, luego me di cuenta de porqué ellas hablaban sobre ello. Venían con pantalones cortos pero con leotardos de colores (era día diecisiete, cuando vestíamos de una manera distinta, rara), pero yo no me acordé, así que vestía sólo unos pantalones cortos. Me moría de frío, pero no tenía ni alma para tiritar.
-Puedo quedarme con mis auriculares -le dije alzando las comisuras de mis labios.
Ella se encogió de hombros.
-Cógelos, ya me lo devolverás -miró a Samuel sonriendo y luego a mí:- ¿Desde cuándo os conocéis?
Me quedé callada porque no pretendía contestar a la pregunta, prefería que ella no supiese nada; pero Samuel no pensaba así. Se echó hacia atrás y se animó a contestar.
-Hermana de un amigo -dijo, regalándome una mirada.
La chica asintió levemente.
-Oh -dijo riéndose,- creo que he enloquecido un poco.
Fruncí las cejas.
-¿Sobre qué? -Pregunté, y me di cuenta de que mi tono de voz fue brusco.
Ella me miró a modo de disculpa y enseguida me sentí mal por haberlo hecho.
-En realidad... -Rió de nuevo.- Pensé que eráis ex-novios o algo por el estilo... Lo sé, lo sé, me he vuelto completamente loca...
No sabía como reaccionar, si mal, reírme o hacer como si nada.
Opté por la primera, porque yo siempre me tomaba todo a la tremenda.
-¿Quieres decir que no pegamos en absoluto? -Pregunté frunciendo los labios.- No, no somos ex-novios ni nada parecido, vale, ¿pero no podríamos parecerlo? ¿Pretendes decirme eso?
Samuel me miró, y sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero su mirada de padre regañando a su hija tampoco me parecía correcto en este momento.
La chica pareció culpable, y apenada.
Y yo estaba siendo una hija de perra.
-Lo siento... -susurré, y le di los cascos.- De verdad que lo siento, es sólo que... bueno, no creo que esté muy estabilizada en este momento.
La chica me miró aún con culpabilidad.
-No quise decir que no podríais parecerlo -rectificó.- Si lo dije fue por si os molestaba que dijese eso...
Asentí con la cabeza, y ella me devolvió de nuevo los cascos.
-Quedatelos -sonrió, luego miró mis piernas.- ¿No tienes frío?
Me encogí de hombros.
-Tampoco importa mucho ahora -le dije, poniéndome sus cascos.
Ella cogió y cogió mi acción como una despedida y se echó hacia delante, mientras le echaba una última mirada a Samuel, a modo de despedida por ahora. Él se echó hacia atrás y comenzó a hablar con César, que parecía entretenido con su iPad, completamente contento de ello. César era como un niño pequeño cuando le compraban algo, ya podía ser un peluche de Dora, que él se emocionaría. Aunque realmente no me agradaría saber que veían. Son chicos y ellos sólo ven fútbol, porno o quizás dónde venden los condones buenos más baratos.
Puse mis pies encima del asiento y me rodeé las piernas, poniéndome de lado y mirando a la ventana. Apoyé la cabeza sobre el respaldo del asiento y vi como coche tras coche pasaba, y como árbol tras árbol desaparecía ante mis ojos.
Comenzó a sonar 'Complicated' de Avril Lavigne y antes de que terminase la canción me quedé dormida.

///////////

Abrí los ojos lentamente y pude ver que casi todo el autobús se encontraba vacío. Estaba Galia, que se encontraba apoyada al hombro de Jorge, dormida, y él estaba embelesado mirándola. También estaba César, que casualmente lo veía de otra perspectiva a la de antes, creo que algo andaba mal. Me giré un poco más y pude ver en dónde estaba puesta, y encima dormida
En las piernas de Samuel. Tapada con una manta hasta el cuello.
¿Cómo había llegado hasta aquí?
No podía descifrar si estaba dormido, despierto, contento o mosqueado, porque tenía la cabeza hacia atrás, justo encima del respaldo. Se me había olvidado lo alto que era.
Me levanté y miré a mis alrededores, sólo habían tres o cuatro más. ¿Adónde habían ido los demás? ¿Se habrían metido en algún sitio? ¿Sería esto una parada? Los pinchazos en mi cabeza no me dejaban pensar más allá, me había mareado al levantarme y ahora mi cabeza iba a explotar.
Giré la cabeza y encontré a Samuel mirándome.
-No sé como he llegado hasta tus piernas -le dije, siendo sincera. Él no me contestaba- Y si no me crees... pues no me creas. Además, no es problema mío, me hubieses despertado. Me hubieses empujado.
Él se puso recto en el asiento, y se pellizcó el caballete de la nariz.
-Si te has despertado en mis piernas es, porque yo te he puesto -dijo él, buscando algo entre los asientos.
Ahora le veía el sentido a todo esto, ¿qué iba a hacer en las piernas de Samuel si, para empezar, yo estaba mirando hacia la ventana y sin ninguna manta?
-¿Qué buscas? -Pregunté alzando una ceja.- Si es a la chica de antes, no está.
Él me miró con las cejas enarcadas. Si pretendía hacer un chiste, la había cagado... No es que me saliesen muy bien al despertar...
-No sé que has querido decir -dijo Samuel gruñendo,- pero no creo que sea respecto a su altura, mide más que tú.
Bueno, en realidad ahí le había dado porque yo no medía apenas nada. No me medía desde hacía bastante tiempo, porque pensaba que menguaría o algo por el estilo. Aunque tampoco era tan exagerado, pero por si acaso.
-Gracias por llamarme pequeña -le dije mientras intentaba salir del lío de la manta. Estaba bastante enredada en ella.
Samuel me miró y se rió, pero una risa de que le estés causando gracia, no, una molesta.
-¿Pasa algo? -Pregunté malhumorada.- ¿Acaso quieres bronca?
Él me miró de inmediato y ahora sí que se estaba riendo bien, y de mí; aunque paró enseguida.
-Dame mi gorra -ordenó tendiendo una mano.
Le miré la mano por más de cinco segundos y luego le observé. Con una ceja alzada, y preguntándome si es que estaba haciendo el gilipollas o si lo decía en serio.
-¿Y yo como voy a saber donde está tu gorra? -Pregunté, estándome quieta.
Movió la cabeza en mi dirección.
-¿Qué significa eso? -Pregunté, cuando volvió a mover la cabeza a mi entrepierna.
Ahí no había nada, pedazo de cerdo.
-Está en tu trasero, la acabo de ver -dijo, aún con una sonrisa.
No sé porque estaba feliz realmente, supongo que la chica de antes le habría prometido tener mandanga en el campamento, porque yo no lo comprendía en absoluto. Es decir, estaba de mala leche y puede que ahora sintiera que mi mundo era una mierda, pero es que en realidad tampoco era para tocar las palmas. Era sencillo antes, ahora era más que complicado.
-Por si no te has dado cuenta estoy envuelta en esta manta -dije, mostrándole una sonrisa irónica.
Él agarró una de mis piernas y tiró hacia él, pude quedar a la altura de su cara, esperando a que hiciese algo más; pero lo que estaba en mi mente no tenía nada que ver con la rallada de la manta. Y como era lógico, se estaba dedicando a quitármela de encima.
-¿Cómo demonios has enrollado tanto la manta? -Gruñó.
Levanté las cejas.
-¿Qué has dicho? -Pregunté atónica.- Eres tú quien me la ha puesto.
Me miró riéndose y alzó los hombros. ¿Pero por qué se reía tanto? ¿Había alguna droga a bordo? Porque sino yo quería.
Siguió intentando hacerlo lentamente, para no perderse en el lío de la manta y se cansó enseguida, al parecer.
-Escúchame, ponte contra la ventana -ordenó mientras apuntaba con el dedo.
Ahora la que reía era yo.
-¿Es un nuevo 'ponte contra la pared', te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima? -Pregunté alzando una ceja, mientras hacía lo que me ordenaba.
Él movió la cabeza. No le había hecho tanta gracia, porque eso fue lo que nos metió en este apuro.
-Voy a intentar sacártela por los pies -avisó, justo cuando se levantó y me vio completamente tumbada.- No mides más de medio metro, así que voy a intentar sacártela por arriba.
¿No más de medio metro? Samuel no iba para matemático. Era pequeña pero tampoco en exageración.
-¿No iba a ser por los pies? -Pregunté a su vez.
Él negó con la cabeza.
-No tengo ni idea de como he podido enrollar así la manta -dijo rascando la parte trasera de su cabeza.- Agarra mi cuello, intentaré sacártela.
Bien, pues entonces agarré su cuello y esperé a que hiciese algún movimiento pero me miraba con una irritable mirada en sus ojos, ¿había algún problema?
-Que envuelvas mi cuello, Venus, no que me asfixies -gruñó.
-Pues especifica -le contesté, mientras envolvía mis brazos alrededor de su cuello, entonces es cuando después de unos segundos pude notar que la manta ya había caído sobre el asiento.- Gracias a Dios...
Él desenvolvió mis brazos de su cuello y se sentó de nuevo, cogiendo su gorra y poniéndosela sobre la cabeza (dónde iban todas las gorras, a veces salía mi lado inteligente).
-¿Qué hacía tu gorra en mi trasero? -Pregunté mientras me arropaba lentamente con la manta, para no volver a liarme entre ella. No parecía caerle muy bien.
-Pues no lo sé, Venus, no lo sé -dijo dejando caer la cabeza hacia atrás.
Suspiré finalmente.
-Podías ser un poco menos desagradable -le consulté.- Tampoco creo que te cueste tanto.
Él tragó saliva y rodó los ojos.
-En realidad no tienes ni puta idea de porqué estoy desagradable, como dices tú -contraatacó.
Me llevé una mano a la boca y ahogué un profundo gruñido.
-¿Y eso que significa? -Casi podría decir que le estaba chillando.- ¿Qué yo no tengo derecho a ser desagradable?
Él rió, pero con un tono amargo que no me gustaba en absoluto.
-No es lo mismo, Venus. No me calientes ahora -dijo entrecerrando los ojos.
Apreté los labios, haciendo que ellos se pusieran de un color blanco papel y luego le lancé una mirada de mosqueo. Él lo había captado, pero pasaba de mí como de la mierda.
-No digas que no es lo mismo -le dije,- porqué es exactamente lo mismo. Si es que te refieres a todo lo que ha pasado de aquí hacia atrás...
Él rió, pero no contestó.
-Óyeme Samuel -le amenacé,- casi me violan y te consentí que me dijeras que era una zorra...
Él levantó la cabeza de golpe, antes de que yo terminase y supe, de primera mano, que no le había gustado en absoluto lo que le había dicho.
-No he dicho tal cosa -apretó los dientes.
-Lo insinuaste -le respondí.
Movió la cabeza irónicamente.
-Lo que tú digas, Venus -expuso.- ¿Y gracias a quién?
Reí, y ahora fuerte.
-¿A Samanta y Galia? Fueron ellas quiénes entraron primero, ¿recuerdas? No te lleves el mérito, que no te corresponde -le dije rodando los ojos.
Asintió débilmente con la cabeza.
-Verdad -susurró,- no eres capaz de darme las gracias.
Abrí los ojos.
-¿Las gracias por qué? -Pregunté.- ¿De casi haber matado a Santos?
-Tampoco es que le importase mucho su muerte a alguien... -miró hacia la puerta del autobús, viendo como los alumnos comenzaban a agruparse de nuevo en sus asientos.
-La cosa es que... -comencé a decirle cuando me calló de golpe. La chica de antes había vuelto, y espero que me haya callado porque no quería que se enterase, y no porqué no le interesase saber lo que iba a decir... O que no le interesase yo, en absoluto.
-Hablaremos después de esto -me susurró al oído,- y cierra las piernas, que se te ve el jardín desde aquí.
Me reí, chillando y antes de que todos comenzasen a mirarme me tapé la boca con las dos manos.
-No tengo pelos -le consulté, aún riéndome.
Él me miró con las cejas alzadas y sonriéndome.
-Lo sé perfectamente.

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