Tantas
malditas horas de viaje sólo hacen que un inmenso dolor cubra tu
espalda. Eso sí, no había acabado nada de esto, porque ahora
tendríamos que hacer una caminata hasta el campamento. ¿Pero por
qué aquí hacía más frío que en la ciudad? Todos estábamos
abrigándonos con algo, y no sólo eso, sino que tendríamos que
andar unos kilómetros más.
Galia
era, con diferencia, la que más contenta estaba de pisar el
campamento, porque los demás nos dedicábamos a andar en silencio, y
esperar a llegar. Ella no, ella estaba saltando de un lado a otro,
con Jorge a su espalda para estabilizarla.
Samanta
estaba atada a mi brazo, y aunque estábamos totalmente calladas era
un silencio bastante cómodo, además. Iba escuchando música, al
igual que ella así que estábamos entretenidas mientras las
canciones resonaban contra nuestros tímpanos.
Hugo,
al ver que ella se quedaba a mi lado, que me ató a su brazo pues se
fue con Samuel y César unos pasos más hacia delante. Julio, bueno,
después de todo fue a mi casa y vio toda la actuación, eso sí, no
quería que me dirigiese la palabra. Seguía siendo un cabrón, y yo
no perdono a nadie. Mucho menos a personas como él.
Aunque
ese caso no se utilizase en el expediente de Samuel.
Pero
lo mismo daba.
-Se
os ve cansados, chicos -dijo nuestra profesora, riéndose.
Anda,
claro, como que ella iba en una bicicleta. ¿Se podía saber por qué
ella pudo traérsela y los demás no? Aunque en mi caso tampoco hacía
falta, porque no sabía montar, pero podrían haberme llevado en el
manillar.
-¿Podría
usted andar también? -Preguntó un chico, justo al lado de ella.
Mi
profesora le miró con los ojos expresivos y negó con la cabeza.
-Sois
vosotros los que vais a pasar aquí en fin de semana, yo solo vengo a
acompañaros -dijo ella asintiendo con la cabeza.
Samanta
dejó salir una exclamación.
-Pero
no tiene nada que ver -se quejó ella.- Hemos podido también coger
unas bicicletas.
Galia,
adelantada que estaba rió.
-Pero
darle una a Venus significaría la muerte de todos nosotros -dijo
ella poniéndose una mano sobre la frente para vernos a todos.- Así
que mejor andemos, que tampoco es para tanto.
Todos
le miramos mal, pero sobretodo yo que se había metido con mi forma
de conducir una bicicleta.
-¿Pero
se puede saber por qué estás tan contenta? -Preguntó Hugo
interesado.
Ella
sonrió ampliamente.
-Porque
estaremos en cabañas, de dos en dos -sonrió a Jorge.- Y me emociona
el campo.
La
profesora frunció las cejas y negó con la cabeza.
-Las
cabañas son de ocho, señorita -reprimió el profesor de al lado.
Galia
se quedó con la boca abierta, mientras esperábamos a que dijese
algo.
-Ya
se le ha quitado el entusiasmo -susurró Jorge riéndose.
Galia
levantó un dedo, a modo de amenazarnos a todos y comenzó a hablar:
-No
quiero estar rodeada de siete personas, ¿vale?
Jorge
le puso una mano en su espalda y luego la acercó hacia él, mientras
le susurraba cosas al oído y ella reía y se sonrojaba. Y yo era lo
suficientemente lista para saber que, lo que le estaba contando no
era muy inocente. Samanta también se dio cuenta porqué le entraron
ganas de reírse, y así lo hizo.
-¿Podemos
seguir andando? -Pregunté.- Las carantoñas para cuando lleguéis,
¿de acuerdo?
Galia
rodó los ojos.
-De
acuerdo -se rindió.
////////////////////
¿Adivináis
quiénes estamos en la habitación? Sí, exacto: Samanta, Hugo,
Galia, Jorge, Valeria (la chica del autobús), César, Samuel y yo.
Aunque tenía pinta de ser muy divertido, en realidad no lo era,
porque la profesora nos puso cuatro chicas con cuatro chicas, porque
había cuatro camas de matrimonio. Dos chicas (se suponía), más
otras dos chicas, dos chicos (se suponía) más otros dos chicos.
Pero lo que ella no sabía es que había un par de parejas, y que los
chicos no dormían juntos. ¿Sabéis por qué? Porque son unos
machotes ellos. Asqueroso.
-Pienso
dormir con Jorge -gritó Galia a Valeria, que le estaba diciendo que
no podía.
Estábamos
en la cabaña, y todos estábamos mirándolas. Desde la puerta,
apoyado, estaba Samuel completamente serio y aburrido. Hugo estaba a
mi lado, sentado, contra la pared. Jorge estaba riéndose con las
manos metidas en los bolsillos. Samanta que estaba de pie, totalmente
recta como siempre, y rodando los ojos cada dos por tres. César
estaba parpadeando al lado de ellas.
-Dile
algo -gritó Valeria a Jorge. Él se encogió de hombros, no iba a
meterse en una pelea de chicas.
En
realidad pensé que a Galia le caería bien Valeria, porque era
bastante amable pero al parecer quería estrangularla. En serio,
Galia a veces se volvía loca.
-No
podemos organizarnos si tú quieres estar en una cama con tu novio
-se volvió a quejar Valeria.
Galia
resopló.
-Si
podemos -dijo Galia sonriendo ampliamente.- Samanta se quedará con
Hugo.
Valeria
asintió levemente.
-¿Entonces
Venus y yo dormiríamos en una cama, y Hugo y César en otra?
-Preguntó Valeria aclarándose.
Las
carcajadas de Samuel y César nos despertaron de la charla que había
entre ellas dos.
-Ni
de broma -dijo César, moviendo la cabeza.
Galia
miró a Samuel, suplicándole. Pero todos sabíamos que él haría su
famoso alzamiento de cejas, y la miraría como si estuviera loca.
-No
-dijo contundente.
Galia
resopló, pero al momento se le volvió a ocurrir otra idea.
-¿Y
por qué no dormís los demás en parejas? -Preguntó como si nada.
-Porque
la última vez que dormí con un tío acabé acostando con él
-pensé. O eso pensé cuando al momento todas las miradas estaban
sobre mí.- Eso diría... si fuese una... Bueno... ¡Seguid!
Suspiré,
pero Hugo a mi lado se reía.
-No
creo que se lo hayan tragado -dijo un Hugo muy sincero.
-Gracias
Hugo. -Le regalé una sonrisa irónica.- Eres un sol.
Valeria
preguntó:
-¿Y
cómo lo hacemos?
Galia
se encogió de hombros.
-Pues
que Venus duerma con Samuel y tú con César -dijo tan tranquila.
¿Pero
que estupideces se le ocurría? A veces pienso que Galia dice las
cosas antes de que le lleguen siquiera al cerebro.
Valeria
se volvió loca.
-En
todo caso yo dormiría con Samuel -chilló como una perra en celo.
Menuda
hija de puta, ahora entendía bien a Galia. Ella captaba a las zorras
enseguida. Bien por ella.
Galia
abrió la boca, como si hubiese visto algún alien y luego miró a
Jorge, luego a Valeria y luego puso mi mirada en mí. Estaba
totalmente cabreada pero no sabía porqué lanzaba a mí ese
sentimiento.
-¿No
le piensas decir nada? -Preguntó, echando humo por las orejas.
Fruncí
las cejas mientras me levantaba del suelo.
-¿Y
qué quieres que diga? -Pregunté susurrando, temiendo su respuesta.
Galia
tragó saliva y dio una patada en el suelo, como una niña de siete
años.
-¡Por
lo que acaba de decir! -Gritó, y lanzó una mirada de odio a
Valeria.- ¡Tú estuviste con Samuel!
Yo
sólo oía la voz en grito de Galia, y veía las alzadas cejas de
Samanta al otro lado. Todos estaban en silencio, esperando a que yo
dijese algo, ¿pero el qué?
-Yo
nunca he estado con él... -dije, cuando sentí que Samuel venía
hacia nosotras. Estaba de espaldas a él.
Él
dejó escapar una maldición y miró a Galia.
-Deja
esto, Galia -le dijo, en tono de advertencia.
Galia
se cruzó de brazos y exclamó un resoplido, pero sin duda, Jorge
saltó:
-Basta
Samuel -le dijo.- Ella no tiene culpa de nada.
Samuel
le miró entrecerrando los ojos y apretó la mandíbula.
-No
he dicho que tenga la culpa de algo -advirtió Samuel a Jorge.
Jorge
se acercó a él, a la misma vez que Samuel lo hizo.
-Pues
deja de hablarle así -le dijo Jorge, mosqueado.
Estos
eran unos pedazos de idiotas, ¿pero por qué se enfadaban por algo
así? Me estaban enfadando de una manera extraordinaria.
-¿Qué
coño estáis haciendo? -Pregunté mientras me puse en medio.- ¿De
qué se trata realmente esto?
Galia
se mostró culpable y le lancé una mirada de advertencia.
-¿Qué
pasa aquí? -Pregunté, porque sabía que escondía algo.
Ella
se encogió de hombros.
-Haced
lo que queráis -solté, luego cogí mi móvil de la mesilla y me fui
de la habitación.
////////////////
Julia
dejaba que me quedase en su habitación mientras tanto, pero
desagradablemente le había tocado con Julio (que chiste) y con Lucas
(con quién no me llevaba totalmente bien). Allí me acomodé sobre
el suelo y comencé a hablar con ella, hasta que los demás
comenzaron a venir y vi que yo aquí molestaba, ya eran suficientes
como para soportar a una más. Al instante me despedí de Julia, como
de Tamara y de Óscar. Ya los vería esta misma noche en el
concierto.
Sí,
hay algunos de las demás clases que tocan, y quieren competir con
gente más profesional.
Adivinar
quiénes ganarán.
En
efecto el equipo de los profesionales, que para eso se les dice así.
Corrí
hasta mi cabaña, aunque al parecer estaba chispeando, es decir, que
a lo mejor no iríamos al concierto, mejor que mejor porque así mis
compañeros de habitación se dedicarían a irse por ahí, y podría
quedarme a solas. Eso era lo único que me apetecía. Ya de antemano
supe que nadie estaría en la cabaña.
Aunque
tal vez me equivoqué.
-Hola
-dije mientras miré las cuatro camas, y tiré mi móvil en una.
Me
miró interrogativo y luego ladeó la cabeza mirando mi conjunto.
-Es
mejor que te vayas a cambiar -dijo, moviendo la cabeza hacia mi
maleta.- No sería demasiado bueno ponerte enferma en plena
excursión.
Cogí
un cojín y se lo lancé a la cara. Le dio de lleno.
-Deja
de hablar -le sugerí.- No hagas como si no pasase nada, y no te
hagas el padre conmigo. Sabes que tengo uno, al que no le caigo
exactamente muy bien en estos momentos, pero lo tengo. Así que hazme
el favor y deja de hacerte el bueno conmigo, no te pega en absoluto,
Samuel.
Creo
que acabé chillando, pero estaba en espera de su respuesta. Aún
cogía el cojín con la mano izquierda y lo tiró a la cama contraría
a la de mi móvil.
-¿Por
qué estás tan enfadada, Venus? -Preguntó él, cabreado.- ¿Por qué
exactamente? ¿Por lo que pasó entre tú y yo, por tu hermano, por
tu padre, por los demás, por Valeria, por las habitaciones...? ¿Por
qué, joder? Contesta.
Fruncí
las cejas. Dijo un “tú y yo”, no un “nosotros”. Quizás eso
no debería de significar nada, pero lo hacía.
-Estoy
enfadada porqué fue yo quién cometió un error, y aún así no
necesitáis ni medio segundo para echármelo todo a la cara -le
dije.- Sí, estoy enfadada por todo eso.
-Eso
fue culpa tuya -me echó una mirada de reproche.
Apreté
los dientes.
-¡¿Por
qué es sólo culpa mía?! -Chillé.- ¿Por qué exactamente? Tú
también tienes la culpa.
Me
miró inexpresivo.
-Te
avisé justo antes, Venus -contestó.- Tú seguiste con el juego, y
yo me he llevado todos los puñetazos en la cara. No se te olvide.
Me
escandalicé, aunque él tenía toda la razón. Yo era la culpable, y
lo había metido en esto.
-Bien
-finalicé,- no te lo molestaré más, no tendrás más problemas por
mi parte.
Él
rió.
-Demasiado
tarde -contestó.- Nos ha tocado juntos en la misma cama.
Alcé
una ceja y emití una sonrisa irónica.
-Tampoco
pasa nada, ¿verdad? -Pregunté alzando los brazos.- Podría dormir
con César, y tú con Valeria. No creo que te moleste eso en
absoluto.
-No
vas a dormir con César -lo dio por zanjado.
Cogí
otro cojín y se lo lancé, pero esta vez lo atrapó con la mano.
-Te
dije que no me tratases como si tuviese tres años -le volví a
decir.- ¿Y ahora por qué no? Si lo único que quieres es que me
aleje, y aún eres tú quien me retiene.
Dejó
el cojín en la cama y se acercó a mí con pasos lentos, estaba
intentando parecer tranquilo pero conocía lo suficiente a Samuel
como para saber que no lo estaba.
En
cuanto estuvo justo delante de mí pasó una mano por detrás de mi
nuca y me atrajo hacia él, mientras yo estaba totalmente con los
ojos abiertos, pero no le miraba a él, sino el espejo que había
detrás suya.
Algo
no estaba bien con él, y no sabía que le pasaba. Él... Él era
difícil de entender, pero esto ya era distinto.
-Cierra
los ojos -susurró en mi oído.
Quizás
no debí de hacerle caso, pero lo hice.
Nada
me apetecía más que cerrar los ojos y esperar a que él me
abrazase, dejando que cayese completamente en sus brazos. Esperar a
que sus labios se juntaran con los míos, con lentitud. Mientras, yo
le pasaba las manos por su pelo y se lo revolvía aún más de lo que
ya lo tenía, y una y otra vez. Notar la calidez de su lengua y el
sabor metálico de la sangre de su labio aún partido. Sus manos en
mi cintura era justo lo que necesitaba para reconfortarme.
Y
el sueño era la realidad.
Estaba
sucediendo, pero cuando puse las manos en sus hombros él se separó.
-Vístete
-comenzó a ordenar, pero se arrepintió.- Si quieres ir al
concierto, digo.
¿Estaba
siendo amable? ¿Samuel amable? Algo andaba mal.
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