Justamente
estaba absorta en el cuadro, cuando noté que alguien también
habitaba la cama.
Samuel
estaba dormido boca-abajo, con la cara ligeramente torcida hacia la
derecha. Su brazo derecho caía de la cama, y a pesar mío, me
embriagó totalmente. Pensé que al ser chico dormiría con la boca
abierta, roncaría o, yo que sé, babearía. Pero también hay que
admitir que no tenía muchos tratos con ellos, quitando a mi padre, a
mi hermano y a Hugo... Ahora, de repente, Samuel estaba también en
mi vida. Y simplemente él la completaba.
Su
respiración era fuerte, tal y como la escuché el día que dormí en
su habitación.
Lo
primero que hice fue recorrer sus facciones: tenía los ojos
cerrados, así que no pude ver sus bonitos ojos brillando a tal
intensidad, que hacía que sus ojos verdes fuesen aún más
llamativos. Su nariz recta... Me recordaba a la misma que mi hermano
poseía, por parte de mi padre. Sus labios gruesos, formaban una
línea, como si estuviese tenso, enfadado. Oh, espera... Estamos
hablando de Samuel, él nunca se relajaba. Estaba todos los días al
acecho.
Miré
las otras camas, y la única pareja que seguía durmiendo en ella era
Galia con Jorge. Sería más bien tarde, porque nosotros cuatro
fuimos los que tardaron tanto en llegar, mientras que los demás
llegaron más bien temprano.
Jorge
tampoco dormía como un baboso, ni roncaba, pero también tenía una
mejor postura que Samuel. Estaba delicadamente mirando la espalda de
Galia, y abrazando a ésta por la cintura.
Algo
se removió, y me di cuenta de que era Samuel.
Abrió
los ojos lentamente, y puso su mirada sobre mí.
-¿Qué
hora es? -Preguntó, pestañeando por la luz.- Dios mío, cierra la
maldita cortina.
Estaba
recién levantada, y lo que menos me solía apetecer era reírme,
pero lo hice.
Y
no sabía porqué.
Me
levanté de la cama, para cerrar la la cortina amarilla y me di
cuenta de que hacía un calor terrible.
-¿Por
qué hace tanto calor ahora? -Pregunté volviéndome hacia Samuel, y
me fijé que estaba en boxer.
Mis
mejillas comenzaron a tornarse rojas, como si fuese un tomate, un
pimiento... Sé que a estas alturas no debería de estar así, si le
había visto desnudo, le había sentido... Pero aún así no me
acostumbraba, y... Él era tan perfecto.
Samuel
rascó la parte de atrás de su cabeza, moviendo ligeramente mientras
daba vueltas sobre sí mismo.
-Porque
por la mañana hace calor, por la noche hace frío -dijo, mientras
seguía dando vueltas.
Aparté
un mechón de pelo de mi cara, y le miré.
-¿Qué
buscas? -Le pregunté.- Me estás poniendo nerviosa.
Él
paró en seco, y reparó en mí como si no hubiera estado allí
antes, como si no supiera quién soy. Y odiaba eso de él. Sobretodo
porque me hacía daño.
-¿Qué
haces así? -Preguntó alzando una ceja mientras movía la barbilla
en mi dirección.
Miré
mi aspecto, y al fijarme noté que sólo llevaba mi sudadera del día
anterior, que se extendía solo hasta la cadera.
Corrí
hasta la cama y me tapé con la sábana.
-¿Me
puedes pasar unos pantalones...? -Iba a preguntar, cuando él me
interrumpió.
-Cógelos
tú, Venus -dijo mientras cogía el móvil del bolsillo de los
pantalones que estaba esparramados por el suelo, y suspiró de
alivio.
-Muchas
gracias -ironizó Venus, mientras miraba hacia Galia y Jorge, que
seguían dormidos.
Samuel
siguió mi mirada hacia los otros dos presentes, mientras andaba
hacia el cuarto de baño, que estaba justo al lado de nuestra cama.
Se entró cerrando la puerta tras él, y oí como el agua caía sobre
la plataforma de la ducha. Ni siquiera me había movido cuando Jorge
y Galia comenzaron a susurrar, y a mirar a todos lados. Se
encontraron con mi mirada y sonrieron, como si yo fuese alguien
apenas conocido al que habían visto por la calle, yo simplemente
asentí con la cabeza.
Jorge
se levantó y se puso unos pantalones, porque al parecer él también
se había dormido en boxer.
O
eso, o es que se acostaron sin darme cuenta. Sencillamente me di
cuenta de eso cuando vi a Galia salir de la cama. Llevaba su
sujetador rosa a rayas y su bragas a juego. Cómo no.
Me
sentía totalmente incómoda, pero mucho más cuando el agua dejó de
sonar y Samuel salió del cuarto de baño.
Tenía
una toalla atada a la cintura y miraba a Galia y a Jorge como si
estuviesen locos, cuando el en realidad era otro más. Porque Galia
no le daba vergüenza que los demás la viesen en ropa interior, como
a mí; y mucho menos como a Samanta, que si enseñaba algo se ponía
a chillar como una loca. Y tampoco hace falta decir que Jorge no
tenía mucha capacidad para sentir vergüenza.
-¡Eh!
-Saludó Jorge sonriendo, mientras cogía a Galia de la mano.- Pensé
que te habías ido, sólo vi a Venus.
Lo
dijo como si yo ya hubiese desaparecido, como si me hubiese marchado,
cuando en realidad seguía allí amarrada a unas sábanas.
Seguramente mi cara no tenía precio.
-Supongo
que no somos iguales que vosotros -comentó Samuel haciendo una
mueca.- No vamos juntos al baño, lo que, por supuesto, vosotros vais
a hacer.
¿Qué
quería decir aquello?
-¿Por
qué no pasarlo con la persona a la que quieres? -Preguntó Jorge.
Mi
boca se formó en un círculo redondo, perfectamente trazado. Nunca
había escuchado a Jorge hablar así, es decir, hablar de romance y
esas cosas... Más bien le veía como el típico chico que siempre
dice chistes, está con una cerveza en la mano, y trata a todas las
chicas como si fuesen suyas.
El
rostro de Samuel emanaba perplejidad; estaba tan asombrado como yo.
La
cara de Galia era un cuadro.
-¿Jorge?
-Preguntó ella, mientras le miraba totalmente enamorada.
Oh,
bien, esto me lo esperaba. Sólo sabía que no quería estar ahí
para escucharlo. Así que me levanté y cogí mi pantalón que yacía
en el suelo. Me lo puse rápidamente, antes que sus miradas se
posasen en mí.
-¿Venus?
-Preguntó Galia con una sonrisa.- Buenos días.
-Es
agradable ver tus pelos por la mañana -Jorge ya había sacado su
lado gracioso.
Le
mostré una sonrisa irónica, cogí mi bolsa y anduve hasta el baño.
-Íbamos
a cogerlo -dijo Galia.
Miré
por encima de mi hombro.
-¿Y
dónde pretendes que vaya yo? -Pregunté.
-Afuera
hay uno -propuso Samuel.
Me
incliné sobre mis talones y le lancé una mirada de odio. Asentí
con la cabeza, mosqueada porque todos fuesen unos estúpidos, y fui
al baño apestado de gente.
El
cuarto de baño era exactamente igual al del instituto, es decir, un
montón de duchas separadas únicamente por una especie de mampara.
Odiaba este tipo de duchas, porque no me gustaba ver como las chicas
se miraban unas a otras el cuerpo. No digo que fuesen homosexuales, a
mí me daba exactamente igual que fuesen, sino que se dedicaban a
echarse un vistazo; para ver si tenían un lindo cuerpo, o no. Sabía
que mi cuerpo era de lo más corriente, pero no quería que viesen
mis partes íntimas, Dios, claro que no. Eso no tendría que verlo
nadie, únicamente yo. No miles de chicas que no podían siquiera
disimular.
En
cuanto el baño estuvo al descubierto me duché lo más rápido
posible, antes de que alguien pudiese venir y echarme un vistazo.
Gracias a Dios traje todas las cosas que necesitaba, el champú, el
gel y todo aquello. Lancé un grito cuando noté algo arrancándome
la piel y al girarme hacia atrás vi que era una cuchilla; la había
dejado justo en un hueco y, gracias a ello, mi brazo estaba en
llamas. No hice ningún caso al dolor que emitía mi brazo, y me dejé
llevar por la ducha. Notaba la agradable temperatura cayendo sobre
mí. En nada recordé que debería de salir ya. En cuanto cerré el
grifo escuché unos pasos y me envolví en la toalla lo más
rápidamente que pude.
Salí
del baño y me encontré con Valeria.
Esta
me miró de arriba-abajo, cómo no, y me sonrió.
-No
sabía que estabas aquí -saludó.
Me
encogí de hombros.
-He
venido a ducharme, acabo de despertar.
Ella
hizo un desdén con la mano.
-Sí,
sí. No necesito saber nada -dijo bruscamente cuando se metió en
otra ducha, un poco más alejada de la mía.
Y
antes de salir del baño pude oír su voz a través del eco que el
agua creaba:
-No
creo que Samuel sea para ti -el agua sonaba más potente ahora.- Él
es demasiado complicado, y tú eres bastante simple.
Cerré
la puerta del baño corriendo, con la toalla y mi bolsa en la mano.
Notaba como mis nudillos se volvían más blancos a cada pisada que
daba en la arena y como el aire caliente golpeaba mis ojos.
Abrí
la puerta lo más rápido que pude, antes de que alguien me viese
desnuda, envuelta en una toalla. Aunque no mejoraba la cosa cuando vi
a Samuel sentado sobre la cama, y mirando hacia mí.
-Hola
-me saludó con una sonrisa en su rostro.
Se
estaba riendo de mí.
-Idiota
-le solté mientras avanzaba hacia él y le empujaba por los hombros.
Levantó
una ceja.
-¿Qué...?
-Lo
has hecho adrede, ¿verdad? -Le pregunté, notando como mis mejillas
ardían.- Lo has hecho.
Volví
a empujarlo por los hombros, y le cogí desprevenido; su cuerpo cayó
sobre la cama y me miraba anonadado.
-Me
has hecho salir afuera para que viniese Valeria a amenazarme -dije
mientras le amenazaba con un dedo. Estaba justamente de pie, entre
sus piernas. Intentó quitar mi dedo, pero al intentar impedirlo caí
encima de él.
Aún
me miraba como si no supiese de que estaba hablando.
-Has
hecho todo esto para que me quite de encima tuya -dije, y al momento
reí irónica.- Que bien ha sonado.
Mi
pelo chorreaba agua y caía sobre su mejilla, gota a gota.
-¿De
qué...? -Iba a preguntarme, pero ya estaba adelantándome.
-No
te hagas el estúpido -le solté.- Sabes a lo que me refiero. Me
refiero a que siempre tienes que hacer las cosas por las malas, no
puedes, simplemente, venir a mí y decirlo. Tienes que humillarme,
porque es lo que mejor se te da.
La
mirada de Samuel no indicaba que me estuviese siguiendo.
-Has
llevado a Valeria al baño, para que me dijese que yo no soy para ti
-dije, haciendo que mis palabras sonasen agrías.- De que eres
demasiado complicado, y yo muy simple. ¿Es que no podías decírmelo
sólo a mí?
Samuel
seguía pestañeando a medida que hablaba.
-¿Me
estás escuchando? -Pregunté cabreada, y comencé a pegarle puños
en el pecho. Sabía que a él no le dolería, pero sabía que le
sacaría de sus casillas.
Él
captó mis muñecas, y mediante ascendía mi mirada hacia él me di
cuenta de algo: No estaba furioso, es más, parecía demasiado
tranquilo.
-No
tengo ni la menor idea de que me estás hablando -dijo, y antes de
contestarle, él siguió hablando.- No me creas, Venus, pero deberías
saber que yo no trabajo así.
Me
mordí el labio inferior y le miré contrariada.
-¿Eso
soy? -Pregunté con la voz totalmente aguda.- ¿Un trabajo?
Él
respiró fuerte, y cerró los ojos unos segundos antes de clavarme la
mirada.
-No
he llamado a Valeria para que te dijese nada, es más, no la veo
desde ayer -dijo Samuel.- No sé porque me piensas que todo tiene que
ser culpa mía.
Abrí
la boca y la cerré de nuevo.
-Sabes
que tengo razón -sonrió Samuel.- A pesar de que yo soy “complicado”
eres tú quien no va a pedirme perdón por ello. ¿Verdad que sí?
Le
fulminé con la mirada.
-Valeria
te dijo que eras simple, y no creo que se refiriese a tu carácter
exactamente -dijo Samuel sonriendo.
Mi
puño se clavó en su pecho, y vi como una mirada de sorpresa pasaba
ante Samuel.
-Me
acabas de decir que soy físicamente simple, ¿cierto? -Le pregunté
entre dientes.- Ahora no me digas que no tenía derecho a dártela,
porque Samuel... Porque te juro que lo único que me apetece hacer
ahora es asfixiarte.
-Valeria
piensa que eres simple -dijo Samuel con una ceja fruncida.- No he
dicho en ningún momento que yo lo piense.
Asentí
con la cabeza varias veces, y cuando iba a hacerlo de nuevo, a
pegarle de nuevo, él me agarró de las muñecas. Otra vez.
-Deja
de pegarme, sabes que no sirve de mucho -dijo Samuel.- Escúchame.
No
le miré, estaba demasiado entumecida para hacerlo, estaba cansada de
pelear con él. Lo nuestro vivía simplemente de las peleas,
constantemente, ni siquiera sabía como se sentiría estando con él,
charlar, ir al cine, a cenar... No sé, lo que hacían los típicos
novios. Pero claro... Nosotros no lo éramos.
-Venus,
joder, mírame ahora -dijo, mientras me agarraba la barbilla y me
obligaba a mirarle.- ¿Piensas que soy tan rastrero?
-Pienso
que eres un mujeriego.
-No
te mentiré en eso, Venus -dijo él clavándome la mirada.- Pero no
te dije en ningún momento que tú eras simple.
Tragué
saliva.
-¿Entonces
por qué lo dijiste? Como si estuvieras tan seguro de ello...
-Lo
dije porque conozco a Valeria -dijo él.- No le caíste nada bien,
aunque aparentaba lo contrario.
Entrecerré
los ojos.
-No
soy el alma de la fiesta, desde luego, pero...
-No,
tengo lo por seguro -rió Samuel. Le ignoré.
-Pero
no pensé que me odiase -dije.- Es decir, no tiene nada que yo no
tenga. Es más, ella es mucho mejor. Es más bella, tiene mejor
cuerpo, su pelo es precioso, tiene un montón de gente que le
sigue... No sé, no veo que quiere.
-A
mí.
La
respuesta de Samuel me sacó de mi embelesamiento, y le miré
extrañada.
-¿A
ti? -Pregunté con una sonrisa irónica.- Yo tampoco te tengo.
Samuel
se encogió de hombros.
-Realmente
no te das cuenta de nada. No sé como lo haces, Venus, pero tu
inocencia me asombra a tales extremos, que no sé si es que actúas o
lo dices en serio -dijo Samuel, taladrando mi mirada.
Mi
boca estaba reseca.
-No
te tengo... -logré susurrar.
-No.
No me tienes oficialmente.
Arrugué
la frente.
-¿Eso
que significa? -Le pregunté.
-Que
no estamos juntos, Venus, pero que estoy tan pegado a ti que es como
si lo fuese. Pero claro, tú no puedes ver eso, porque sólo puedes
ver mi lado malo -dijo Samuel alzando una mano por la frente.- Estás
tan centrada en que soy un idiota, que tampoco puedes darte cuenta de
lo que pasa. De lo que me ocurre a mí, contigo.
Sentía
que mi cuerpo se entumecía aún más, y le miré totalmente seria.
-Voy
a hacer unas preguntas, y tú contestarás -le dije.
Él
movió la cabeza, y lo tomé como un sí.
-¿Con
cuántas tías te has acostado?
-¿A
qué viene eso? -Preguntó.- ¿Qué tiene que ver con esto?
-Contesta
-dije en tono queda.
-No
lo sé con exactitud... No lo sé... ¿En serio tengo que contestarte
a esto?
-Sí.
Y si no lo sabes, redondea, Samuel.
-Dieciocho...
Veintidós... Veintiocho... Treinta, no lo sé Venus.
Le
miré perpleja y me senté sobre su estómago, estabilizándome.
-¿Con
cuántos años perdiste la virginidad?
-Trece
-contestó, tardó unos segundos, pero lo hizo.
-¿Desde
cuando conoces a Valeria?
-Desde
los quince años.
-¿Te
has acostado con ella?
-Sí.
-¿Por
qué? -Pregunté, desafiándolo con la mirada.
-Porque
me gustaba experimentar -dijo él, clavando su mirada en la mía.
-¿Y
por qué te acostaste conmigo? -Pregunté, sin apartar la mirada de
él.
-Porque
quería hacerlo.
-¿Querías
a Valeria?
-No
-dijo rotundamente.
-¿Me
quieres a mí?
Él
pareció confuso, pero sabía que respondería rápido y decidido.
-Sí.
Asentí
con la cabeza mientras hundía mi cabeza en su cuello, le tomé por
sorpresa pero enseguida me rodeó mi cintura con sus manos,
apretándolas a ambos lados. Sabía que le estaba mojando a él, y
toda la cama, pero me dio igual. A él también parecía darle.
Levanté mi rostro y enseguida uní mis labios con los suyos, y gemí
suavemente al notar su lengua sobre la mía. Quité las manos de su
pecho y las llevé a su pelo, jugueteando con él mientras mi cuerpo
recobraba vida. Estaba enamorada, (lo sabía), pero también estaba
exhausta, y lo primero que hice fue enredarme con la camisa de
Samuel. Él estaba cansado de esperar a que lograse quitársela, así
que se la quitó el mismo. Mientras jugueteé a la vez con el botón
de su pantalón, lo que logró ser más fácil, y a la vez él los
empujaba hacia fuera, para que cayesen sobre el suelo. Él cogió mi
cintura y puso mi cabeza sobre al almohada, quedando encima mía. Él
estaba ya en boxer, y no tardaría en desaparecer, pero antes él
quería desenvolverme la toalla. Cuando quedé totalmente expuesta
ante él, supo que quitarse los boxer sería lo siguiente, y así lo
hizo.
Volvió
a besarme, y mientras lo hacía pegué su cuerpo contra el mío.
Simplemente necesitaba sentirlo junto a mí, eso es todo. Sus besos,
sus caricias, él mismo. Con eso bastaba para que yo fuese feliz. Los
gemidos comenzaron a medida que las embestidas iban siendo más
rápidas, más repetidas... No había dolor ahora, simplemente todo,
cada parte de mi cuerpo, estaba inmenso en placer. El único placer
que solo Samuel podía darme. Borré mi mente, alejé todos mis malos
pensamientos mientras disfrutaba aquel momento, mientras visualizaba
lo que haría a continuación. Había llegado al éxtasis, pero aún
quería más. Él, con una sonrisa pícara en sus labios, asintió.
Volvió a hacerlo, volví a sentir la misma sensación, volví a
escuchar a Samuel gemir. Era el sonido más perfecto que pude
escuchar, como una canción lenta, como una nana.
En
cuanto mi segunda llegada al éxtasis terminó, pensé que él se
quedaría a mi lado, pero no fue así.
Se
levantó y arropó mi cuerpo desnudo. Apenas tenía fuerzas para
preguntarle, pero lo hice:
-¿Adónde
vas? -Le pregunté, adormilada.
Una
sonrisa cruzó su rostro.
-Debo
hacer una cosa -dijo.- Volveré en cuanto te despiertes.
-¿Lo
prometes?
-Lo
prometo.
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