domingo, 10 de marzo de 2013

Genetics - Capítulo 21

Había algo aquí que había cambiado, podría ser el color de mis paredes, mi estantería situada en otro sitio, o simplemente es que estaba en otra habitación, que era lo más lógico. Pude desperezarme mientras que el cuadro, de una mujer con un vestido bastante antiguo para ser de otra época, me miraba. O eso parecía.
Justamente estaba absorta en el cuadro, cuando noté que alguien también habitaba la cama.
Samuel estaba dormido boca-abajo, con la cara ligeramente torcida hacia la derecha. Su brazo derecho caía de la cama, y a pesar mío, me embriagó totalmente. Pensé que al ser chico dormiría con la boca abierta, roncaría o, yo que sé, babearía. Pero también hay que admitir que no tenía muchos tratos con ellos, quitando a mi padre, a mi hermano y a Hugo... Ahora, de repente, Samuel estaba también en mi vida. Y simplemente él la completaba.
Su respiración era fuerte, tal y como la escuché el día que dormí en su habitación.
Lo primero que hice fue recorrer sus facciones: tenía los ojos cerrados, así que no pude ver sus bonitos ojos brillando a tal intensidad, que hacía que sus ojos verdes fuesen aún más llamativos. Su nariz recta... Me recordaba a la misma que mi hermano poseía, por parte de mi padre. Sus labios gruesos, formaban una línea, como si estuviese tenso, enfadado. Oh, espera... Estamos hablando de Samuel, él nunca se relajaba. Estaba todos los días al acecho.
Miré las otras camas, y la única pareja que seguía durmiendo en ella era Galia con Jorge. Sería más bien tarde, porque nosotros cuatro fuimos los que tardaron tanto en llegar, mientras que los demás llegaron más bien temprano.
Jorge tampoco dormía como un baboso, ni roncaba, pero también tenía una mejor postura que Samuel. Estaba delicadamente mirando la espalda de Galia, y abrazando a ésta por la cintura.
Algo se removió, y me di cuenta de que era Samuel.
Abrió los ojos lentamente, y puso su mirada sobre mí.
-¿Qué hora es? -Preguntó, pestañeando por la luz.- Dios mío, cierra la maldita cortina.
Estaba recién levantada, y lo que menos me solía apetecer era reírme, pero lo hice.
Y no sabía porqué.
Me levanté de la cama, para cerrar la la cortina amarilla y me di cuenta de que hacía un calor terrible.
-¿Por qué hace tanto calor ahora? -Pregunté volviéndome hacia Samuel, y me fijé que estaba en boxer.
Mis mejillas comenzaron a tornarse rojas, como si fuese un tomate, un pimiento... Sé que a estas alturas no debería de estar así, si le había visto desnudo, le había sentido... Pero aún así no me acostumbraba, y... Él era tan perfecto.
Samuel rascó la parte de atrás de su cabeza, moviendo ligeramente mientras daba vueltas sobre sí mismo.
-Porque por la mañana hace calor, por la noche hace frío -dijo, mientras seguía dando vueltas.
Aparté un mechón de pelo de mi cara, y le miré.
-¿Qué buscas? -Le pregunté.- Me estás poniendo nerviosa.
Él paró en seco, y reparó en mí como si no hubiera estado allí antes, como si no supiera quién soy. Y odiaba eso de él. Sobretodo porque me hacía daño.
-¿Qué haces así? -Preguntó alzando una ceja mientras movía la barbilla en mi dirección.
Miré mi aspecto, y al fijarme noté que sólo llevaba mi sudadera del día anterior, que se extendía solo hasta la cadera.
Corrí hasta la cama y me tapé con la sábana.
-¿Me puedes pasar unos pantalones...? -Iba a preguntar, cuando él me interrumpió.
-Cógelos tú, Venus -dijo mientras cogía el móvil del bolsillo de los pantalones que estaba esparramados por el suelo, y suspiró de alivio.
-Muchas gracias -ironizó Venus, mientras miraba hacia Galia y Jorge, que seguían dormidos.
Samuel siguió mi mirada hacia los otros dos presentes, mientras andaba hacia el cuarto de baño, que estaba justo al lado de nuestra cama. Se entró cerrando la puerta tras él, y oí como el agua caía sobre la plataforma de la ducha. Ni siquiera me había movido cuando Jorge y Galia comenzaron a susurrar, y a mirar a todos lados. Se encontraron con mi mirada y sonrieron, como si yo fuese alguien apenas conocido al que habían visto por la calle, yo simplemente asentí con la cabeza.
Jorge se levantó y se puso unos pantalones, porque al parecer él también se había dormido en boxer.
O eso, o es que se acostaron sin darme cuenta. Sencillamente me di cuenta de eso cuando vi a Galia salir de la cama. Llevaba su sujetador rosa a rayas y su bragas a juego. Cómo no.
Me sentía totalmente incómoda, pero mucho más cuando el agua dejó de sonar y Samuel salió del cuarto de baño.
Tenía una toalla atada a la cintura y miraba a Galia y a Jorge como si estuviesen locos, cuando el en realidad era otro más. Porque Galia no le daba vergüenza que los demás la viesen en ropa interior, como a mí; y mucho menos como a Samanta, que si enseñaba algo se ponía a chillar como una loca. Y tampoco hace falta decir que Jorge no tenía mucha capacidad para sentir vergüenza.
-¡Eh! -Saludó Jorge sonriendo, mientras cogía a Galia de la mano.- Pensé que te habías ido, sólo vi a Venus.
Lo dijo como si yo ya hubiese desaparecido, como si me hubiese marchado, cuando en realidad seguía allí amarrada a unas sábanas. Seguramente mi cara no tenía precio.
-Supongo que no somos iguales que vosotros -comentó Samuel haciendo una mueca.- No vamos juntos al baño, lo que, por supuesto, vosotros vais a hacer.
¿Qué quería decir aquello?
-¿Por qué no pasarlo con la persona a la que quieres? -Preguntó Jorge.
Mi boca se formó en un círculo redondo, perfectamente trazado. Nunca había escuchado a Jorge hablar así, es decir, hablar de romance y esas cosas... Más bien le veía como el típico chico que siempre dice chistes, está con una cerveza en la mano, y trata a todas las chicas como si fuesen suyas.
El rostro de Samuel emanaba perplejidad; estaba tan asombrado como yo.
La cara de Galia era un cuadro.
-¿Jorge? -Preguntó ella, mientras le miraba totalmente enamorada.
Oh, bien, esto me lo esperaba. Sólo sabía que no quería estar ahí para escucharlo. Así que me levanté y cogí mi pantalón que yacía en el suelo. Me lo puse rápidamente, antes que sus miradas se posasen en mí.
-¿Venus? -Preguntó Galia con una sonrisa.- Buenos días.
-Es agradable ver tus pelos por la mañana -Jorge ya había sacado su lado gracioso.
Le mostré una sonrisa irónica, cogí mi bolsa y anduve hasta el baño.
-Íbamos a cogerlo -dijo Galia.
Miré por encima de mi hombro.
-¿Y dónde pretendes que vaya yo? -Pregunté.
-Afuera hay uno -propuso Samuel.
Me incliné sobre mis talones y le lancé una mirada de odio. Asentí con la cabeza, mosqueada porque todos fuesen unos estúpidos, y fui al baño apestado de gente.
El cuarto de baño era exactamente igual al del instituto, es decir, un montón de duchas separadas únicamente por una especie de mampara. Odiaba este tipo de duchas, porque no me gustaba ver como las chicas se miraban unas a otras el cuerpo. No digo que fuesen homosexuales, a mí me daba exactamente igual que fuesen, sino que se dedicaban a echarse un vistazo; para ver si tenían un lindo cuerpo, o no. Sabía que mi cuerpo era de lo más corriente, pero no quería que viesen mis partes íntimas, Dios, claro que no. Eso no tendría que verlo nadie, únicamente yo. No miles de chicas que no podían siquiera disimular.
En cuanto el baño estuvo al descubierto me duché lo más rápido posible, antes de que alguien pudiese venir y echarme un vistazo. Gracias a Dios traje todas las cosas que necesitaba, el champú, el gel y todo aquello. Lancé un grito cuando noté algo arrancándome la piel y al girarme hacia atrás vi que era una cuchilla; la había dejado justo en un hueco y, gracias a ello, mi brazo estaba en llamas. No hice ningún caso al dolor que emitía mi brazo, y me dejé llevar por la ducha. Notaba la agradable temperatura cayendo sobre mí. En nada recordé que debería de salir ya. En cuanto cerré el grifo escuché unos pasos y me envolví en la toalla lo más rápidamente que pude.
Salí del baño y me encontré con Valeria.
Esta me miró de arriba-abajo, cómo no, y me sonrió.
-No sabía que estabas aquí -saludó.
Me encogí de hombros.
-He venido a ducharme, acabo de despertar.
Ella hizo un desdén con la mano.
-Sí, sí. No necesito saber nada -dijo bruscamente cuando se metió en otra ducha, un poco más alejada de la mía.
Y antes de salir del baño pude oír su voz a través del eco que el agua creaba:
-No creo que Samuel sea para ti -el agua sonaba más potente ahora.- Él es demasiado complicado, y tú eres bastante simple.
Cerré la puerta del baño corriendo, con la toalla y mi bolsa en la mano. Notaba como mis nudillos se volvían más blancos a cada pisada que daba en la arena y como el aire caliente golpeaba mis ojos.
Abrí la puerta lo más rápido que pude, antes de que alguien me viese desnuda, envuelta en una toalla. Aunque no mejoraba la cosa cuando vi a Samuel sentado sobre la cama, y mirando hacia mí.
-Hola -me saludó con una sonrisa en su rostro.
Se estaba riendo de mí.
-Idiota -le solté mientras avanzaba hacia él y le empujaba por los hombros.
Levantó una ceja.
-¿Qué...?
-Lo has hecho adrede, ¿verdad? -Le pregunté, notando como mis mejillas ardían.- Lo has hecho.
Volví a empujarlo por los hombros, y le cogí desprevenido; su cuerpo cayó sobre la cama y me miraba anonadado.
-Me has hecho salir afuera para que viniese Valeria a amenazarme -dije mientras le amenazaba con un dedo. Estaba justamente de pie, entre sus piernas. Intentó quitar mi dedo, pero al intentar impedirlo caí encima de él.
Aún me miraba como si no supiese de que estaba hablando.
-Has hecho todo esto para que me quite de encima tuya -dije, y al momento reí irónica.- Que bien ha sonado.
Mi pelo chorreaba agua y caía sobre su mejilla, gota a gota.
-¿De qué...? -Iba a preguntarme, pero ya estaba adelantándome.
-No te hagas el estúpido -le solté.- Sabes a lo que me refiero. Me refiero a que siempre tienes que hacer las cosas por las malas, no puedes, simplemente, venir a mí y decirlo. Tienes que humillarme, porque es lo que mejor se te da.
La mirada de Samuel no indicaba que me estuviese siguiendo.
-Has llevado a Valeria al baño, para que me dijese que yo no soy para ti -dije, haciendo que mis palabras sonasen agrías.- De que eres demasiado complicado, y yo muy simple. ¿Es que no podías decírmelo sólo a mí?
Samuel seguía pestañeando a medida que hablaba.
-¿Me estás escuchando? -Pregunté cabreada, y comencé a pegarle puños en el pecho. Sabía que a él no le dolería, pero sabía que le sacaría de sus casillas.
Él captó mis muñecas, y mediante ascendía mi mirada hacia él me di cuenta de algo: No estaba furioso, es más, parecía demasiado tranquilo.
-No tengo ni la menor idea de que me estás hablando -dijo, y antes de contestarle, él siguió hablando.- No me creas, Venus, pero deberías saber que yo no trabajo así.
Me mordí el labio inferior y le miré contrariada.
-¿Eso soy? -Pregunté con la voz totalmente aguda.- ¿Un trabajo?
Él respiró fuerte, y cerró los ojos unos segundos antes de clavarme la mirada.
-No he llamado a Valeria para que te dijese nada, es más, no la veo desde ayer -dijo Samuel.- No sé porque me piensas que todo tiene que ser culpa mía.
Abrí la boca y la cerré de nuevo.
-Sabes que tengo razón -sonrió Samuel.- A pesar de que yo soy “complicado” eres tú quien no va a pedirme perdón por ello. ¿Verdad que sí?
Le fulminé con la mirada.
-Valeria te dijo que eras simple, y no creo que se refiriese a tu carácter exactamente -dijo Samuel sonriendo.
Mi puño se clavó en su pecho, y vi como una mirada de sorpresa pasaba ante Samuel.
-Me acabas de decir que soy físicamente simple, ¿cierto? -Le pregunté entre dientes.- Ahora no me digas que no tenía derecho a dártela, porque Samuel... Porque te juro que lo único que me apetece hacer ahora es asfixiarte.
-Valeria piensa que eres simple -dijo Samuel con una ceja fruncida.- No he dicho en ningún momento que yo lo piense.
Asentí con la cabeza varias veces, y cuando iba a hacerlo de nuevo, a pegarle de nuevo, él me agarró de las muñecas. Otra vez.
-Deja de pegarme, sabes que no sirve de mucho -dijo Samuel.- Escúchame.
No le miré, estaba demasiado entumecida para hacerlo, estaba cansada de pelear con él. Lo nuestro vivía simplemente de las peleas, constantemente, ni siquiera sabía como se sentiría estando con él, charlar, ir al cine, a cenar... No sé, lo que hacían los típicos novios. Pero claro... Nosotros no lo éramos.
-Venus, joder, mírame ahora -dijo, mientras me agarraba la barbilla y me obligaba a mirarle.- ¿Piensas que soy tan rastrero?
-Pienso que eres un mujeriego.
-No te mentiré en eso, Venus -dijo él clavándome la mirada.- Pero no te dije en ningún momento que tú eras simple.
Tragué saliva.
-¿Entonces por qué lo dijiste? Como si estuvieras tan seguro de ello...
-Lo dije porque conozco a Valeria -dijo él.- No le caíste nada bien, aunque aparentaba lo contrario.
Entrecerré los ojos.
-No soy el alma de la fiesta, desde luego, pero...
-No, tengo lo por seguro -rió Samuel. Le ignoré.
-Pero no pensé que me odiase -dije.- Es decir, no tiene nada que yo no tenga. Es más, ella es mucho mejor. Es más bella, tiene mejor cuerpo, su pelo es precioso, tiene un montón de gente que le sigue... No sé, no veo que quiere.
-A mí.
La respuesta de Samuel me sacó de mi embelesamiento, y le miré extrañada.
-¿A ti? -Pregunté con una sonrisa irónica.- Yo tampoco te tengo.
Samuel se encogió de hombros.
-Realmente no te das cuenta de nada. No sé como lo haces, Venus, pero tu inocencia me asombra a tales extremos, que no sé si es que actúas o lo dices en serio -dijo Samuel, taladrando mi mirada.
Mi boca estaba reseca.
-No te tengo... -logré susurrar.
-No. No me tienes oficialmente.
Arrugué la frente.
-¿Eso que significa? -Le pregunté.
-Que no estamos juntos, Venus, pero que estoy tan pegado a ti que es como si lo fuese. Pero claro, tú no puedes ver eso, porque sólo puedes ver mi lado malo -dijo Samuel alzando una mano por la frente.- Estás tan centrada en que soy un idiota, que tampoco puedes darte cuenta de lo que pasa. De lo que me ocurre a mí, contigo.
Sentía que mi cuerpo se entumecía aún más, y le miré totalmente seria.
-Voy a hacer unas preguntas, y tú contestarás -le dije.
Él movió la cabeza, y lo tomé como un sí.
-¿Con cuántas tías te has acostado?
-¿A qué viene eso? -Preguntó.- ¿Qué tiene que ver con esto?
-Contesta -dije en tono queda.
-No lo sé con exactitud... No lo sé... ¿En serio tengo que contestarte a esto?
-Sí. Y si no lo sabes, redondea, Samuel.
-Dieciocho... Veintidós... Veintiocho... Treinta, no lo sé Venus.
Le miré perpleja y me senté sobre su estómago, estabilizándome.
-¿Con cuántos años perdiste la virginidad?
-Trece -contestó, tardó unos segundos, pero lo hizo.
-¿Desde cuando conoces a Valeria?
-Desde los quince años.
-¿Te has acostado con ella?
-Sí.
-¿Por qué? -Pregunté, desafiándolo con la mirada.
-Porque me gustaba experimentar -dijo él, clavando su mirada en la mía.
-¿Y por qué te acostaste conmigo? -Pregunté, sin apartar la mirada de él.
-Porque quería hacerlo.
-¿Querías a Valeria?
-No -dijo rotundamente.
-¿Me quieres a mí?
Él pareció confuso, pero sabía que respondería rápido y decidido.
-Sí.
Asentí con la cabeza mientras hundía mi cabeza en su cuello, le tomé por sorpresa pero enseguida me rodeó mi cintura con sus manos, apretándolas a ambos lados. Sabía que le estaba mojando a él, y toda la cama, pero me dio igual. A él también parecía darle. Levanté mi rostro y enseguida uní mis labios con los suyos, y gemí suavemente al notar su lengua sobre la mía. Quité las manos de su pecho y las llevé a su pelo, jugueteando con él mientras mi cuerpo recobraba vida. Estaba enamorada, (lo sabía), pero también estaba exhausta, y lo primero que hice fue enredarme con la camisa de Samuel. Él estaba cansado de esperar a que lograse quitársela, así que se la quitó el mismo. Mientras jugueteé a la vez con el botón de su pantalón, lo que logró ser más fácil, y a la vez él los empujaba hacia fuera, para que cayesen sobre el suelo. Él cogió mi cintura y puso mi cabeza sobre al almohada, quedando encima mía. Él estaba ya en boxer, y no tardaría en desaparecer, pero antes él quería desenvolverme la toalla. Cuando quedé totalmente expuesta ante él, supo que quitarse los boxer sería lo siguiente, y así lo hizo.
Volvió a besarme, y mientras lo hacía pegué su cuerpo contra el mío. Simplemente necesitaba sentirlo junto a mí, eso es todo. Sus besos, sus caricias, él mismo. Con eso bastaba para que yo fuese feliz. Los gemidos comenzaron a medida que las embestidas iban siendo más rápidas, más repetidas... No había dolor ahora, simplemente todo, cada parte de mi cuerpo, estaba inmenso en placer. El único placer que solo Samuel podía darme. Borré mi mente, alejé todos mis malos pensamientos mientras disfrutaba aquel momento, mientras visualizaba lo que haría a continuación. Había llegado al éxtasis, pero aún quería más. Él, con una sonrisa pícara en sus labios, asintió. Volvió a hacerlo, volví a sentir la misma sensación, volví a escuchar a Samuel gemir. Era el sonido más perfecto que pude escuchar, como una canción lenta, como una nana.
En cuanto mi segunda llegada al éxtasis terminó, pensé que él se quedaría a mi lado, pero no fue así.
Se levantó y arropó mi cuerpo desnudo. Apenas tenía fuerzas para preguntarle, pero lo hice:
-¿Adónde vas? -Le pregunté, adormilada.
Una sonrisa cruzó su rostro.
-Debo hacer una cosa -dijo.- Volveré en cuanto te despiertes.
-¿Lo prometes?
-Lo prometo.

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