Me
desperté a las tres de la tarde, y no había rastro de Samuel.
Aunque pensé que tampoco sabía a que hora me despertaría, así que
lo tomé como algo normal. Más tarde vendría. Lo primero que hice
fue vestirme, ponerme un pequeño vestido color azul marino, con unas
sandalias y salir a la luz del sol. A la playa, donde Samanta, Galia
y demás me estarían esperando.
En
cuanto crucé media playa, pude ver a Samanta echándole crema a
Galia en la espalda. Estaban sobre unas tumbonas, mirando como el
resto de nuestra clase se salpicaban unos a otros. Mis profesores
estaban bajo una sombrilla “vigilando”.
Me
acerqué a ellas sigilosamente.
-¡Bu!
-Exclamé para asustarlas, pero con la mirada que me echó Samanta
supe que no había funcionado.
-¡Hola,
Venny! -Gritó Galia, como si estuviera a tres metros de distancia.-
¿Dónde te habías metido?
Obviamente
que no le iba a contar eso, pero le contesté:
-En
el cuarto, ¿y vosotras? ¿Y los demás? -Les pregunté.
Samanta
me miró enarcando una ceja, y Galia levantó la cabeza para mirarme.
-¿No
lo sabes? -Preguntó Galia en susurros.
Negué
con la cabeza.
-¿Qué
tengo que saber? -Le pregunté.
Samanta
se alzó erguida en toda su altura, como siempre y se sentó en la
que era su tumbona.
-Se
han ido a hacer un trabajo -dijo Samanta, mientras yo me reía.
Ellas
no me seguían el juego, es más, me miraban como si estuviera loca.
-¿Estamos
en mitad de la playa, y ellos van a preocuparse por hacer un jodido
trabajo para clase? -Pregunté, intentando que no fuese la única que
pensaba que aquello era una locura.
-No
es un trabajo para clase -susurró Samanta.- Es un trabajo de
trabajo, Venus. Por Dios, no seas estúpida, un trabajo de esos dónde
las patadas y los puños vuelan.
Alcé
una ceja.
-¿Y
se han ido sin Samuel? Eso es raro.
Samanta
y Galia volvieron a mirarme como si estuviera loca.
-Mejor
te diremos todo, porque al parecer no te lo ha dicho -dijo Galia
mientras se sentaba en la tumbona, y daba golpecitos en ella, para
que me sentase a su lado.
-¿Qué
pasa? -Les pregunté con una ceja alzada, mientras me sentaba.
-Se
han ido todos -dijo Galia moviendo el dedo índice.- Es decir, todos.
Tanto Jorge, como Hugo, Julio, Lucas y, obviamente, Samuel.
Fruncí
las cejas, confundida.
-Él
dijo que tenía que hacer algo, pero no pensé que... -mi voz
desvaneció.- En realidad él me dijo que regresaría antes de que
despertase.
Samanta
hizo un leve gesto con la mano derecha.
-Ellos
siempre dicen eso -dijo Galia, contestando por ella.- Suelen decirlo
muy a menudo, ¿verdad?
Resoplé.
-¿Y
estáis tan tranquilas? -Les pregunté mirándolas.- Es decir...
¿Tenéis sus teléfonos? ¿Les habéis llamado? ¿Os ha contestado?
¿Están bien? ¿Hay algún...?
Galia
puso una mano sobre mi hombro.
-Relájate,
Venus -dijo.- No, ellos no contestan; pero antes de que te vuelvas
loca, debo decir que es lógico. Estarán ocupados en lo suyo, sea lo
que sea.
Samanta
absorbió por la nariz.
-Hugo,
gracias a Samuel y a todos los demás está metido en esto, y... -se
calló de repente.
Galia
le fulminó con la mirada.
-¿Qué
quieres decir? ¿Qué todo tiene que ser culpa de los demás? -Le
preguntó Galia enfadada.- ¿Es que Hugo no es lo suficiente
mayorcito? ¿Le sueles cantar nanas por la noche?
Puse
una mano entre ellas dos.
-Callaros
-ordené.- Estáis preocupadas y lo pagáis una con la otra.
Galia
suspiró.
-No
estoy preocupada.
Fingí
una risa.
-Vamos,
Galia. Han sido bastantes años contigo a mi lado, ¿lo sabías?
Odias sentir tristeza, preocupación, enojo... Pero hay aveces en los
que no te puedes aguantar... Y te sale esa pequeña vena en el
cuello, y tus ojos se vuelven brillantes.
Galia
tragó saliva.
-¡Sí!
¡Estoy preocupada, pero eso no hace que solucione nada!
-Lo
siento -se disculpó Samanta.- Por meter a vuestros novios en esto...
¿Novios?
-¿Y
qué pretenden hacer? -Preguntó Galia.
Negué
con la cabeza.
-Ni
idea... -me tumbé sobre la tumbona de Galia y el sol se puso
totalmente sobre mi piel.
Íbamos
a irnos de vuelta a la ciudad, y por la sorpresa de todos, los chicos
no habían vuelto en todo el día. ¿Qué se suponía que hacían?
¿Por qué no llamaban? Una simple llamada. Es eso todo lo que
queríamos. Me preocupaba hasta Julio, y no me caía nada bien; pero
pude ver a César yendo hacia el autobús y pude saber que él no se
había marchado con ellos. Aunque no sabía muy bien porqué. Galia
se dedicaba a echar miradas hacia la carretera, por si algún otro
vehículo aparcaba y salía Jorge a abrazarla. Samanta no dejaba de
mirar su teléfono móvil, pero sólo obtenía un vacío. En seguida
que todos se montaron en el autobús, nosotras fuimos detrás de
todos ellos.
-Así
que no vienen más... -dijo Galia.- ¿Habéis recogido las cosas de
ellos?
Samanta
luchaba por no llorar.
-Sí...
¿Y vosotras?
Me
hice una coleta en lo alto, y contesté:
-También,
pero si aparece... Si aparece, juro que le mato.
Galia
bizqueó.
-¿Cómo
que si aparece? -Preguntó Galia temblando.
Le
miré entre las pestañas.
-Aparecerá,
sé que lo hará. Él siempre lo hace -le dije, intentando
creérmelo.- Samuel es... Es Samuel, simplemente.
Galia
puso las manos sobre el regazo, mientras Samanta se recostaba sobre
el sillón.
-Aparecerán
-les susurré.
En
cuanto entré en casa lo primero que hice fue subir las maletas a mi
habitación, sin que nadie me viese. Llevaba la de Samuel, y aunque
no pueda ni creerlo, pesaba más que la mía. Cuando logré subirlas,
escondí la de él debajo de mi cama. Luego salí al pasillo e
intenté ver si alguien estaba en casa.
Obviamente
estaban mi madre, mi padre, y mis hermanos en el salón; aunque Rosa
no pudo darse cuenta. Era muy pequeña.
Ellos
dirigieron su mirada hacia mí, y parecían anonadados.
-Hola
-les saludé, fingiendo una sonrisa, y fui a sentarme al lado de Leo.
Mi
padre me miró por más de cinco segundos, y luego dirigió su mirada
a mi madre.
-¿Qué
tal te lo has pasado, cielo? -Me preguntó mi madre sentándose sobre
la mesa, justo enfrente de mí.
La
miré extrañada.
-Bien...
Ha sido divertido -comenté mientras seguía mirándola.- ¿Pasa
algo? ¿He hecho algo malo?
Unas
cuantas cosas, pero ellos no podrían saberlo. ¿No?
-No,
no has hecho nada malo -dijo mi padre tocándome el cabello.
Le
miré a los ojos, y me di cuenta de que algo no andaba bien.
-Hablad
-les ordené.- ¿Qué pasa?
Mi
padre miró a mi madre como si se estuviese pensando el decírmelo,
pero mi madre asintió con la cabeza lentamente. No sé que había
pasado pero estaba muerta de los nervios. ¿Alguno de mis tíos?
¿Abuelos? ¿Qué demonios pasaba?
-Nos
han llamado del hospital -dijo mi padre, reposando su mano sobre mi
brazo izquierdo.
Les
miré tragando saliva.
-¿Es
el abuelo? -Les pregunté, con temor.
Mi
madre negó con la cabeza.
-Samuel
-susurró mi madre con desdén.
Abrí
los ojos como platos. Sentía como los latidos de mi corazón se
hacían fuertes en mi oído. Mis piernas se sentían flaqueadas, pero
estaba sobre un sofá y mi cuerpo iba hacia delante.
Mi
padre agarró mi hombro.
-Está,
simplemente, inconsciente -explicó mi padre.- Él recibió dos
navajazos en los costados, su cabeza chocó contra el suelo, y...
Alcé
una mano.
-No
quiero saber más -sollocé, mientras me levantaba.- Quiero verlo.
Mi
padre se levantó rápidamente y me agarró del brazo.
-No
irás.
Me
quedé atónica.
-¿Por
qué? -Chillé mientras sentía las lágrimas recorriendo mis
mejillas.
-Porqué
él quiso llamarme a mí -dijo mi padre.- Él no quería que tú te
enterases, y si te lo he contado, Venus, es para que supieras que
está bien.
Arrugué
la frente.
-Dijiste
que estaba inconsciente.
-Y
lo estaba -mi padre pasó una mano por su pelo.- Ahora está
despierto, aunque tiene que estar unos días en el hospital, y tendré
que acompañarlo yo. Sé lo bastante sobre él para saber que se
escapará de allí. Es un jodido bicho, continuamente en movimiento.
Aún
no era capaz de dejar de llorar.
-Escúchame,
princesa -me susurró mi padre.- Juro que está bien. Confía en mí.
Un
gruñido salió de mi garganta.
-¿Y
por qué te llamó a ti? -Le pregunté antes de que mi padre se
dirigiese hacia la puerta.
-Porque
soy en el único en que confía, después de todo.
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