martes, 12 de marzo de 2013

Genetics - Capítulo 22


 Me desperté a las tres de la tarde, y no había rastro de Samuel. Aunque pensé que tampoco sabía a que hora me despertaría, así que lo tomé como algo normal. Más tarde vendría. Lo primero que hice fue vestirme, ponerme un pequeño vestido color azul marino, con unas sandalias y salir a la luz del sol. A la playa, donde Samanta, Galia y demás me estarían esperando.
En cuanto crucé media playa, pude ver a Samanta echándole crema a Galia en la espalda. Estaban sobre unas tumbonas, mirando como el resto de nuestra clase se salpicaban unos a otros. Mis profesores estaban bajo una sombrilla “vigilando”.
Me acerqué a ellas sigilosamente.
-¡Bu! -Exclamé para asustarlas, pero con la mirada que me echó Samanta supe que no había funcionado.
-¡Hola, Venny! -Gritó Galia, como si estuviera a tres metros de distancia.- ¿Dónde te habías metido?
Obviamente que no le iba a contar eso, pero le contesté:
-En el cuarto, ¿y vosotras? ¿Y los demás? -Les pregunté.
Samanta me miró enarcando una ceja, y Galia levantó la cabeza para mirarme.
-¿No lo sabes? -Preguntó Galia en susurros.
Negué con la cabeza.
-¿Qué tengo que saber? -Le pregunté.
Samanta se alzó erguida en toda su altura, como siempre y se sentó en la que era su tumbona.
-Se han ido a hacer un trabajo -dijo Samanta, mientras yo me reía.
Ellas no me seguían el juego, es más, me miraban como si estuviera loca.
-¿Estamos en mitad de la playa, y ellos van a preocuparse por hacer un jodido trabajo para clase? -Pregunté, intentando que no fuese la única que pensaba que aquello era una locura.
-No es un trabajo para clase -susurró Samanta.- Es un trabajo de trabajo, Venus. Por Dios, no seas estúpida, un trabajo de esos dónde las patadas y los puños vuelan.
Alcé una ceja.
-¿Y se han ido sin Samuel? Eso es raro.
Samanta y Galia volvieron a mirarme como si estuviera loca.
-Mejor te diremos todo, porque al parecer no te lo ha dicho -dijo Galia mientras se sentaba en la tumbona, y daba golpecitos en ella, para que me sentase a su lado.
-¿Qué pasa? -Les pregunté con una ceja alzada, mientras me sentaba.
-Se han ido todos -dijo Galia moviendo el dedo índice.- Es decir, todos. Tanto Jorge, como Hugo, Julio, Lucas y, obviamente, Samuel.
Fruncí las cejas, confundida.
-Él dijo que tenía que hacer algo, pero no pensé que... -mi voz desvaneció.- En realidad él me dijo que regresaría antes de que despertase.
Samanta hizo un leve gesto con la mano derecha.
-Ellos siempre dicen eso -dijo Galia, contestando por ella.- Suelen decirlo muy a menudo, ¿verdad?
Resoplé.
-¿Y estáis tan tranquilas? -Les pregunté mirándolas.- Es decir... ¿Tenéis sus teléfonos? ¿Les habéis llamado? ¿Os ha contestado? ¿Están bien? ¿Hay algún...?
Galia puso una mano sobre mi hombro.
-Relájate, Venus -dijo.- No, ellos no contestan; pero antes de que te vuelvas loca, debo decir que es lógico. Estarán ocupados en lo suyo, sea lo que sea.
Samanta absorbió por la nariz.
-Hugo, gracias a Samuel y a todos los demás está metido en esto, y... -se calló de repente.
Galia le fulminó con la mirada.
-¿Qué quieres decir? ¿Qué todo tiene que ser culpa de los demás? -Le preguntó Galia enfadada.- ¿Es que Hugo no es lo suficiente mayorcito? ¿Le sueles cantar nanas por la noche?
Puse una mano entre ellas dos.
-Callaros -ordené.- Estáis preocupadas y lo pagáis una con la otra.
Galia suspiró.
-No estoy preocupada.
Fingí una risa.
-Vamos, Galia. Han sido bastantes años contigo a mi lado, ¿lo sabías? Odias sentir tristeza, preocupación, enojo... Pero hay aveces en los que no te puedes aguantar... Y te sale esa pequeña vena en el cuello, y tus ojos se vuelven brillantes.
Galia tragó saliva.
-¡Sí! ¡Estoy preocupada, pero eso no hace que solucione nada!
-Lo siento -se disculpó Samanta.- Por meter a vuestros novios en esto...
¿Novios?
-¿Y qué pretenden hacer? -Preguntó Galia.
Negué con la cabeza.
-Ni idea... -me tumbé sobre la tumbona de Galia y el sol se puso totalmente sobre mi piel.
Íbamos a irnos de vuelta a la ciudad, y por la sorpresa de todos, los chicos no habían vuelto en todo el día. ¿Qué se suponía que hacían? ¿Por qué no llamaban? Una simple llamada. Es eso todo lo que queríamos. Me preocupaba hasta Julio, y no me caía nada bien; pero pude ver a César yendo hacia el autobús y pude saber que él no se había marchado con ellos. Aunque no sabía muy bien porqué. Galia se dedicaba a echar miradas hacia la carretera, por si algún otro vehículo aparcaba y salía Jorge a abrazarla. Samanta no dejaba de mirar su teléfono móvil, pero sólo obtenía un vacío. En seguida que todos se montaron en el autobús, nosotras fuimos detrás de todos ellos.
-Así que no vienen más... -dijo Galia.- ¿Habéis recogido las cosas de ellos?
Samanta luchaba por no llorar.
-Sí... ¿Y vosotras?
Me hice una coleta en lo alto, y contesté:
-También, pero si aparece... Si aparece, juro que le mato.
Galia bizqueó.
-¿Cómo que si aparece? -Preguntó Galia temblando.
Le miré entre las pestañas.
-Aparecerá, sé que lo hará. Él siempre lo hace -le dije, intentando creérmelo.- Samuel es... Es Samuel, simplemente.
Galia puso las manos sobre el regazo, mientras Samanta se recostaba sobre el sillón.
-Aparecerán -les susurré.

En cuanto entré en casa lo primero que hice fue subir las maletas a mi habitación, sin que nadie me viese. Llevaba la de Samuel, y aunque no pueda ni creerlo, pesaba más que la mía. Cuando logré subirlas, escondí la de él debajo de mi cama. Luego salí al pasillo e intenté ver si alguien estaba en casa.
Obviamente estaban mi madre, mi padre, y mis hermanos en el salón; aunque Rosa no pudo darse cuenta. Era muy pequeña.
Ellos dirigieron su mirada hacia mí, y parecían anonadados.
-Hola -les saludé, fingiendo una sonrisa, y fui a sentarme al lado de Leo.
Mi padre me miró por más de cinco segundos, y luego dirigió su mirada a mi madre.
-¿Qué tal te lo has pasado, cielo? -Me preguntó mi madre sentándose sobre la mesa, justo enfrente de mí.
La miré extrañada.
-Bien... Ha sido divertido -comenté mientras seguía mirándola.- ¿Pasa algo? ¿He hecho algo malo?
Unas cuantas cosas, pero ellos no podrían saberlo. ¿No?
-No, no has hecho nada malo -dijo mi padre tocándome el cabello.
Le miré a los ojos, y me di cuenta de que algo no andaba bien.
-Hablad -les ordené.- ¿Qué pasa?
Mi padre miró a mi madre como si se estuviese pensando el decírmelo, pero mi madre asintió con la cabeza lentamente. No sé que había pasado pero estaba muerta de los nervios. ¿Alguno de mis tíos? ¿Abuelos? ¿Qué demonios pasaba?
-Nos han llamado del hospital -dijo mi padre, reposando su mano sobre mi brazo izquierdo.
Les miré tragando saliva.
-¿Es el abuelo? -Les pregunté, con temor.
Mi madre negó con la cabeza.
-Samuel -susurró mi madre con desdén.
Abrí los ojos como platos. Sentía como los latidos de mi corazón se hacían fuertes en mi oído. Mis piernas se sentían flaqueadas, pero estaba sobre un sofá y mi cuerpo iba hacia delante.
Mi padre agarró mi hombro.
-Está, simplemente, inconsciente -explicó mi padre.- Él recibió dos navajazos en los costados, su cabeza chocó contra el suelo, y...
Alcé una mano.
-No quiero saber más -sollocé, mientras me levantaba.- Quiero verlo.
Mi padre se levantó rápidamente y me agarró del brazo.
-No irás.
Me quedé atónica.
-¿Por qué? -Chillé mientras sentía las lágrimas recorriendo mis mejillas.
-Porqué él quiso llamarme a mí -dijo mi padre.- Él no quería que tú te enterases, y si te lo he contado, Venus, es para que supieras que está bien.
Arrugué la frente.
-Dijiste que estaba inconsciente.
-Y lo estaba -mi padre pasó una mano por su pelo.- Ahora está despierto, aunque tiene que estar unos días en el hospital, y tendré que acompañarlo yo. Sé lo bastante sobre él para saber que se escapará de allí. Es un jodido bicho, continuamente en movimiento.
Aún no era capaz de dejar de llorar.
-Escúchame, princesa -me susurró mi padre.- Juro que está bien. Confía en mí.
Un gruñido salió de mi garganta.
-¿Y por qué te llamó a ti? -Le pregunté antes de que mi padre se dirigiese hacia la puerta.
-Porque soy en el único en que confía, después de todo.



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