martes, 12 de marzo de 2013

Genetics - Epílogo


-Deja de ponerte mala, Venus -dijo Galia haciendo un puchero, y sentándose sobre mi cama.
Me reí cuando vi que Samanta hacía un gesto y se sentaba en el lado contrario de Galia.
-Odio estar mala -les dije, alzando un dedo.- ¿Pensáis que el estar mala es divertido? Llevo todo el día vomitando, pero lo curioso es que no tengo fiebre.
Samanta me tocó la frente.
-¿Y el médico? -Preguntó Samanta.
Me encogí de hombros.
-Mi madre lo llamó hace rato, debería de llegar ya -les contesté, y me recosté en la cama.
Galia profirió un resoplido.
-¿Sabes algo de Samuel? -Preguntó Galia, mirándome con sus ojos impregnados de curiosidad.- ¿Y de tu padre?
Enlacé mis dedos con los de Galia y Samanta y respondí:
-He estado llamando continuamente -les expliqué.- Mi padre dice que está perfectamente, que ya se ha arrancado la aguja del brazo y sin consentimiento alguno.
Galia rodó los ojos.
-Cómo no, es Samuel -dio como obvio.
-Y se ha enterado de que lo sabía y de que lo quería ver. Se ha enfadado muchísimo, pero mi padre ha dicho que está totalmente relajado. Sabe que estoy enferma y sabe que no podré ir.
-Eso es cierto. No puedes ir -dijo Samanta riéndose.
-En cuanto venga el médico y diga que es un estúpido resfriado iré hacia el hospital.
Galia alzó las cejas.
-¿En serio?
Asentí dos veces más.
-Quiero verle... -un portazo en la puerta me sobresaltó, y al segundo estaba mi madre con un señor de unos cuarenta años con un maletín en la mano. Y su inconfundible bata blanca, dejaba claro que era el médico.
Entraron los dos y cerraron la puerta a sus espaldas.
El médico ni siquiera me dirigió un saludo, y las tres mujeres restantes que consistían en Samanta, Galia y mi madre, tampoco se movieron ni dijeron una sola palabra. El médico se dedicaba a hacerme “pruebas” como él susurraba entre dientes, y tocarme por todos lados. Abriendo mis ojos, abriéndome la boca... Me sentía incómoda allí, y él no parecía totalmente complacido tampoco. Frunció las cejas mediante lo hacía y me miró finalmente.
-Ya sé que puede ocurrirte -dijo él, a modo de saludo, suponía.
Asentí.
-¿Y qué es?

///////////

En cuanto entré en la habitación del hospital, en la número 238, pude ver a Samuel recostado sobre la cama con el mando en la mano. Tampoco mejoraba como iba vestido, con el típico camisón del hospital, reiría sino fuese por todo lo que estaba sucediendo. Me hice notar dando unas portazos en la puerta.
Él miró hacia mí y de la impresión casi cayó de la cama.
Reí a carcajadas mientras veía como se volvía a subir, tapándose con el camisón.
-No deberías de estar aquí -dijo, subiendo una ceja.
Me encogí de hombros y me senté al lado de él.
-Te extrañé, ¿lo sabías? -le toqué la mejilla, rasposa, debido a la barba de tres días.- Pensé que volverías, Samuel. Dijiste que antes de despertarme estarías ahí. No sé que hiciste, y no sé si quiero saberlo, pero pudiste llamarme. ¿Por qué te negaste a hacerlo? ¿Qué pretendías hacerlo?
Él se sentó a mi lado, al fin y al cabo, y me rodeó la cintura con su brazo derecho.
-No quería que te preocuparas... -dijo él, y luego sonrió.- Y gracias a eso, a que lo sabes, me acabas de ver en camisón. ¿No es lo bastante humillante?
Le devolví la sonrisa y toqué sus labios para luego besarle.
-Tengo que decirte algo, Samuel -le dije.- Algo que acabo de descubrir ahora mismo.
Me levanté, y vi que una mirada de preocupación invadía su rostro.
-No, no es nada malo -reí nerviosa-, me contaron que te arrancaste la aguja del brazo. ¿Demasiado doloroso?
El movió la cabeza.
-Demasiado agobiante.- echó una mirada hacia la cama.- Cuéntame, Venus...
Me acerqué a él y le puse las manos sobre sus hombros.
-Te quiero -le susurré, mientras mis lágrimas surcaban el rostro.
Algo en su garganta palpitó. Una vena.
-¿Qué coño ocurre, Venus? Dilo.
-Felicidades. Vas a ser padre.
Intenté que la voz sonase chistosa, pero su mirada iba más allá de mí. No actuaba, y pensé que no iba a volver a hacerlo. ¿Y si le había creado algún tipo de trauma?
-Samuel, contesta, por favor -rogué mientras le agarraba de los hombros y lo zarandeaba.
Él, al fin, se despertó. Me apartó y anduvo hacia dónde yo, momentos antes, estaba.
-¿Estás segura? -Su voz quebró.
Tragué saliva.
-El médico lo dijo.
Él seguía atado a sus pensamientos.
-¿Vas a tenerlo?
-Supongo.
Él se dio la vuelta, y me miró intensamente.
-¿Supones? Dí sí o no, Venus.
Asentí.
-Sí.
Él no esperó a preguntarme nada más, a que dijese nada más, cogió las cosas del armario y se dispuso a vestirse rápidamente. Pasó el camisón por la cabeza, y pude darme cuenta de que estaba desnudo.
-Samuel... -susurré para hacerlo parar.
Él me hizo caso omiso y seguía vistiéndose.
-Debes recuperarte -le indiqué.
Él se dio la vuelta en redondo y me clavó una mirada.
-Me da igual mi estúpido estado -indicó.- Me importa el tuyo.
Me cogió del brazo y tiró de mí suavemente para sacarme de la habitación.
Llevábamos como media hora conduciendo, bueno, él conducía. Es como si al recibir la noticia su modo de hablar, su modo de actuar y similares, se hubiesen disipado. No hablaba, actuaba raro. Simplemente se dedicaba a mandar mensajes, y no creía que fuese sobre la paternidad. Al fin lo dejó cuando me miró de soslayo.
-¿Desde cuándo lo sabes?
Oh, sí que habló. Gracias a Dios.
-Unos minutos antes de haberte visto -le dije.
Él tenía las manos en el volante, pero su cara estaba inspeccionando la mía.
-¿Me estás contando la verdad? Mira, Venus...
Alcé una mano.
-Lo estoy -dije.
Dejó escapar un leve suspiro.
-He avisado a tus padres de que te trasladen las cosas -dijo contemplando la carretera.
Mis facciones se arrugaron.
-¿Eso que quiere decir?
-Que te vendrás a vivir conmigo -dijo Samuel llevando una mano a la guantera, justo delante de mí.
Seguí mirándole igual.
-¿Con toda tu familia ahí? -Pregunté.- ¿Es que te has vuelto loco?
Él rió, alzando su mirada hacia mí.
-Después de todo lo que ha pasado contigo, no quería que a mi familia le pasase lo mismo -dijo, mirando a la carretera mientras intentaba sacar lo que fuese de la guantera.
-¿Y qué?
-Que vivo en otro lado -contó.- Mi hermano los vigilará.
Quité su brazo encadenado a la guantera y le aparté, mientras resoplaba profundamente.
-¿Qué buscas? Yo te lo encontraré.
-Unas llaves.
Asentí mientras las encontraba y se las daba. Ahora se suponía que me mudaba, y así sin más. Sin afirmarlo, siquiera. Sé que mi padre lo consentiría, porque aunque tuviese diecisiete años, (casi dieciocho), me haría saber lo que era estar viviendo con otra persona, (que no sea de tu sangre), y que mis errores debía comérmelos yo. Mi madre, sin embargo, no creía que le entusiasmase la idea, odiaba verme dos días seguidos en casa de Galia o Samanta... Ahora, toda una eternidad en casa de Samuel... O eso esperaba al menos.
-¿Sabías que no tengo dinero para pagar nada? -Le pregunté llevando una mano a la ventana.
Él dejó una mano libre para ponerla en mi nuca. Una leve caricia.
-No te he pedido dinero en ningún momento.
Le miré extrañada.
-Samuel, yo también voy a vivir... Debería pagar algo.
Él rió en voz alta.
-No hace ninguna falta -aclaró.
Quité su mano de mi nuca y se la aparté de una manera brusca.
-¿Qué...? -Le interrumpí.
-¿Piensas seguir en todo esto de las peleas? -Le pregunté mientras seguía mirando por la ventana.- Yo no quiero estar contigo si vas a meterte en eso de nuevo...
Volví a sentir su mano en mi nuca. Algo se removió por todo mi cuerpo.
-Y no lo haré -confesó.- Seguiré en la universidad, y a la vez trabajaré.
Alcé las cejas, y le miré contundente.
-¿Y como vas a sacar tiempo...?
Se encogió de hombros, y sonrió ampliamente.
-Escúchame -dijo.- Yo siempre sacaré tiempo para ti, Venus. Para ti, y para quien sea -dijo ésto último señalando a mi barriga.
Fingí que me sorprendía.
-Has sonado muy... -comencé a decir.- duro.
Él, sencillamente, me miró una vez más y contestó:
-Lo soy.
Un suspiro.
-Pero le amaré tanto como lo hago contigo.
Y una sonrisa iluminó mi rostro mientras nos adentrábamos en una fila de adosados.
Siempre supe lo que realmente quería. Todo lo que sueñan las niñas de ocho, nueve años. Príncipes azules, paseando en su caballo con su larga capa ondeando al viento. Ahora que estaba realmente aquí, supe todo lo que significaba aquello. 
Superación. Nunca me había sentido más superada en mi vida. Había llevado a cabo todo lo que quería, y ahora estaba con una sonrisa en mis labios. Ahora más que nunca sabía lo que realmente iba a suceder. 
Momentos buenos, momentos malos... Lo mismo daba.
Iba a compartirlo con el hombre de mi vida. 
Y con otra persona, a la que querría igual, o incluso más.
Sentía como todo se abría paso ante mí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario