-Deja
de ponerte mala, Venus -dijo Galia haciendo un puchero, y sentándose
sobre mi cama.
Me
reí cuando vi que Samanta hacía un gesto y se sentaba en el lado
contrario de Galia.
-Odio
estar mala -les dije, alzando un dedo.- ¿Pensáis que el estar mala
es divertido? Llevo todo el día vomitando, pero lo curioso es que no
tengo fiebre.
Samanta
me tocó la frente.
-¿Y
el médico? -Preguntó Samanta.
Me
encogí de hombros.
-Mi
madre lo llamó hace rato, debería de llegar ya -les contesté, y me
recosté en la cama.
Galia
profirió un resoplido.
-¿Sabes
algo de Samuel? -Preguntó Galia, mirándome con sus ojos impregnados
de curiosidad.- ¿Y de tu padre?
Enlacé
mis dedos con los de Galia y Samanta y respondí:
-He
estado llamando continuamente -les expliqué.- Mi padre dice que está
perfectamente, que ya se ha arrancado la aguja del brazo y sin
consentimiento alguno.
Galia
rodó los ojos.
-Cómo
no, es Samuel -dio como obvio.
-Y
se ha enterado de que lo sabía y de que lo quería ver. Se ha
enfadado muchísimo, pero mi padre ha dicho que está totalmente
relajado. Sabe que estoy enferma y sabe que no podré ir.
-Eso
es cierto. No puedes ir -dijo Samanta riéndose.
-En
cuanto venga el médico y diga que es un estúpido resfriado iré
hacia el hospital.
Galia
alzó las cejas.
-¿En
serio?
Asentí
dos veces más.
-Quiero
verle... -un portazo en la puerta me sobresaltó, y al segundo estaba
mi madre con un señor de unos cuarenta años con un maletín en la
mano. Y su inconfundible bata blanca, dejaba claro que era el médico.
Entraron
los dos y cerraron la puerta a sus espaldas.
El
médico ni siquiera me dirigió un saludo, y las tres mujeres
restantes que consistían en Samanta, Galia y mi madre, tampoco se
movieron ni dijeron una sola palabra. El médico se dedicaba a
hacerme “pruebas” como él susurraba entre dientes, y tocarme por
todos lados. Abriendo mis ojos, abriéndome la boca... Me sentía
incómoda allí, y él no parecía totalmente complacido tampoco.
Frunció las cejas mediante lo hacía y me miró finalmente.
-Ya
sé que puede ocurrirte -dijo él, a modo de saludo, suponía.
Asentí.
-¿Y
qué es?
///////////
En
cuanto entré en la habitación del hospital, en la número 238, pude
ver a Samuel recostado sobre la cama con el mando en la mano. Tampoco
mejoraba como iba vestido, con el típico camisón del hospital,
reiría sino fuese por todo lo que estaba sucediendo. Me hice notar
dando unas portazos en la puerta.
Él
miró hacia mí y de la impresión casi cayó de la cama.
Reí
a carcajadas mientras veía como se volvía a subir, tapándose con
el camisón.
-No
deberías de estar aquí -dijo, subiendo una ceja.
Me
encogí de hombros y me senté al lado de él.
-Te
extrañé, ¿lo sabías? -le toqué la mejilla, rasposa, debido a la
barba de tres días.- Pensé que volverías, Samuel. Dijiste que
antes de despertarme estarías ahí. No sé que hiciste, y no sé si
quiero saberlo, pero pudiste llamarme. ¿Por qué te negaste a
hacerlo? ¿Qué pretendías hacerlo?
Él
se sentó a mi lado, al fin y al cabo, y me rodeó la cintura con su
brazo derecho.
-No
quería que te preocuparas... -dijo él, y luego sonrió.- Y gracias
a eso, a que lo sabes, me acabas de ver en camisón. ¿No es lo
bastante humillante?
Le
devolví la sonrisa y toqué sus labios para luego besarle.
-Tengo
que decirte algo, Samuel -le dije.- Algo que acabo de descubrir ahora
mismo.
Me
levanté, y vi que una mirada de preocupación invadía su rostro.
-No,
no es nada malo -reí nerviosa-, me contaron que te arrancaste la
aguja del brazo. ¿Demasiado doloroso?
El
movió la cabeza.
-Demasiado
agobiante.- echó una mirada hacia la cama.- Cuéntame, Venus...
Me
acerqué a él y le puse las manos sobre sus hombros.
-Te
quiero -le susurré, mientras mis lágrimas surcaban el rostro.
Algo
en su garganta palpitó. Una vena.
-¿Qué
coño ocurre, Venus? Dilo.
-Felicidades.
Vas a ser padre.
Intenté
que la voz sonase chistosa, pero su mirada iba más allá de mí. No
actuaba, y pensé que no iba a volver a hacerlo. ¿Y si le había
creado algún tipo de trauma?
-Samuel,
contesta, por favor -rogué mientras le agarraba de los hombros y lo
zarandeaba.
Él,
al fin, se despertó. Me apartó y anduvo hacia dónde yo, momentos
antes, estaba.
-¿Estás
segura? -Su voz quebró.
Tragué
saliva.
-El
médico lo dijo.
Él
seguía atado a sus pensamientos.
-¿Vas
a tenerlo?
-Supongo.
Él
se dio la vuelta, y me miró intensamente.
-¿Supones?
Dí sí o no, Venus.
Asentí.
-Sí.
Él
no esperó a preguntarme nada más, a que dijese nada más, cogió
las cosas del armario y se dispuso a vestirse rápidamente. Pasó el
camisón por la cabeza, y pude darme cuenta de que estaba desnudo.
-Samuel...
-susurré para hacerlo parar.
Él
me hizo caso omiso y seguía vistiéndose.
-Debes
recuperarte -le indiqué.
Él
se dio la vuelta en redondo y me clavó una mirada.
-Me
da igual mi estúpido estado -indicó.- Me importa el tuyo.
Me
cogió del brazo y tiró de mí suavemente para sacarme de la
habitación.
Llevábamos
como media hora conduciendo, bueno, él conducía. Es como si al
recibir la noticia su modo de hablar, su modo de actuar y similares,
se hubiesen disipado. No hablaba, actuaba raro. Simplemente se
dedicaba a mandar mensajes, y no creía que fuese sobre la
paternidad. Al fin lo dejó cuando me miró de soslayo.
-¿Desde
cuándo lo sabes?
Oh,
sí que habló. Gracias a Dios.
-Unos
minutos antes de haberte visto -le dije.
Él
tenía las manos en el volante, pero su cara estaba inspeccionando la
mía.
-¿Me
estás contando la verdad? Mira, Venus...
Alcé
una mano.
-Lo
estoy -dije.
Dejó
escapar un leve suspiro.
-He
avisado a tus padres de que te trasladen las cosas -dijo contemplando
la carretera.
Mis
facciones se arrugaron.
-¿Eso
que quiere decir?
-Que
te vendrás a vivir conmigo -dijo Samuel llevando una mano a la
guantera, justo delante de mí.
Seguí
mirándole igual.
-¿Con
toda tu familia ahí? -Pregunté.- ¿Es que te has vuelto loco?
Él
rió, alzando su mirada hacia mí.
-Después
de todo lo que ha pasado contigo, no quería que a mi familia le
pasase lo mismo -dijo, mirando a la carretera mientras intentaba
sacar lo que fuese de la guantera.
-¿Y
qué?
-Que
vivo en otro lado -contó.- Mi hermano los vigilará.
Quité
su brazo encadenado a la guantera y le aparté, mientras resoplaba
profundamente.
-¿Qué
buscas? Yo te lo encontraré.
-Unas
llaves.
Asentí
mientras las encontraba y se las daba. Ahora se suponía que me
mudaba, y así sin más. Sin afirmarlo, siquiera. Sé que mi padre lo
consentiría, porque aunque tuviese diecisiete años, (casi
dieciocho), me haría saber lo que era estar viviendo con otra
persona, (que no sea de tu sangre), y que mis errores debía
comérmelos yo. Mi madre, sin embargo, no creía que le entusiasmase
la idea, odiaba verme dos días seguidos en casa de Galia o
Samanta... Ahora, toda una eternidad en casa de Samuel... O eso
esperaba al menos.
-¿Sabías
que no tengo dinero para pagar nada? -Le pregunté llevando una mano
a la ventana.
Él
dejó una mano libre para ponerla en mi nuca. Una leve caricia.
-No
te he pedido dinero en ningún momento.
Le
miré extrañada.
-Samuel,
yo también voy a vivir... Debería pagar algo.
Él
rió en voz alta.
-No
hace ninguna falta -aclaró.
Quité
su mano de mi nuca y se la aparté de una manera brusca.
-¿Qué...?
-Le interrumpí.
-¿Piensas
seguir en todo esto de las peleas? -Le pregunté mientras seguía
mirando por la ventana.- Yo no quiero estar contigo si vas a meterte
en eso de nuevo...
Volví
a sentir su mano en mi nuca. Algo se removió por todo mi cuerpo.
-Y
no lo haré -confesó.- Seguiré en la universidad, y a la vez
trabajaré.
Alcé
las cejas, y le miré contundente.
-¿Y
como vas a sacar tiempo...?
Se
encogió de hombros, y sonrió ampliamente.
-Escúchame
-dijo.- Yo siempre sacaré tiempo para ti, Venus. Para ti, y para
quien sea -dijo ésto último señalando a mi barriga.
Fingí
que me sorprendía.
-Has
sonado muy... -comencé a decir.- duro.
Él,
sencillamente, me miró una vez más y contestó:
-Lo
soy.
Un
suspiro.
-Pero
le amaré tanto como lo hago contigo.
Y
una sonrisa iluminó mi rostro mientras nos adentrábamos en una fila
de adosados.
Siempre supe lo que realmente quería. Todo lo que sueñan las niñas de ocho, nueve años. Príncipes azules, paseando en su caballo con su larga capa ondeando al viento. Ahora que estaba realmente aquí, supe todo lo que significaba aquello.
Superación. Nunca me había sentido más superada en mi vida. Había llevado a cabo todo lo que quería, y ahora estaba con una sonrisa en mis labios. Ahora más que nunca sabía lo que realmente iba a suceder.
Momentos buenos, momentos malos... Lo mismo daba.
Iba a compartirlo con el hombre de mi vida.
Y con otra persona, a la que querría igual, o incluso más.
Sentía como todo se abría paso ante mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario