Egil.
25.
Septiembre. 2012
El
jodido dolor amenazaba con hacerme trizas la cabeza. Todo seguía
igual. Podría caminar unos metros, y luego sentir como mi cuerpo me
advertía que caería al vacío. Un extraño pulso en mi sien decía
que nada iría bien o, desde luego, que no sobrevivía a aquello. El
suelo se iba tambaleando a medida que andaba, y perdía en equilibrio
hasta lograr agarrarme a un árbol denso, agrietado y oscuro. O
quizás era mi vista la que se desenfocaba después de todo.
Intentaba por todos los medios ponerme derecho, e ignorar el balazo
en mis costillas. ¿Moriría allí? ¿O seguiría sufriendo, como la
mierda de criminal que era?
El
hueso dislocado en mi hombro, junto el hueso de mi antebrazo me
negaban a que avanzase un paso más, a que dejase de apoyarme en
sitios. A que me dejase caer y no volver a mantener el equilibrio.
Sólo sentía mis músculos tensarse, una vez más. Pensaban que
estaba totalmente muerto, pero no tardarían en descubrir que estaba
vivo. Sosténme una vez más, Dios. Inténtalo. Sólo necesitaba
salvarlos. Simplemente no quería que esto se desmoronase. No después
de haberlo empezado todo.
Me
senté sobre la fría hierba, pegado junto al árbol y miré mis
costillas. Una gran mancha de sangre emanaba toda la camiseta. Hice
de ésta jirones, para luego tirarlos al suelo. Si sobrevivía
aquello no quería tener una infección, bastante tenía con la gran
llamarada que me provocaba al erguirme. Aunque si no moría aquí y
ahora, ya se encargarían los demás de matarme en cuanto me vieran.
Había desobedecido a las normas, y eso no estaba del todo bien.
Lo
sabía, pero hay algo que aprendí hace bastante tiempo: Nada se
consigue por las buenas.
Katarzyna.
27.
Septiembre. 2012
Seguía
mirando a mi alrededor, seguía impetrando mi mirada en las esquinas,
en las paredes, e incluso debajo de los sofás de la tienda de música
de mi madre. En cuanto volví a mirar a recepción, donde Elise, la
nueva recepcionista de mi madre trabajaba, me di cuenta de que el
pequeño lagarto con una cola extremadamente larga, al que veía
desde los cinco años, se apoyaba sobre la caja registradora. Me
gustaría no ver cosas que los demás no ven, pero llevaba tanto
tiempo viéndolos que estaba demasiado acostumbrada. Elise me dedicó
una mirada mientras sonreía, y siguió presionando los botones de la
caja registradora. Mientras que ella se entretenía, divisé que
había más de ellos, por todas partes, intentando hablarme en su
idioma. Sin yo comprenderlo fui hacia el almacén e hice exactamente
lo que mi madre me dijo, que era sacar todas las partituras.
Todo
estaba amontonado en grandes cajas de cartón, unas encima de otras.
Pude visualizar por el rabillo del ojo a Huley, la rana parlante. Y
decía esto porque no dejaba de hablar, y curiosamente, era el único
que lograba hablar mi idioma. Era como si un un loco científico
hubiese estado experimentando con ellos, y como efecto secundario les
hubiese salido algo amorfos. Huley era una rana, porque solía sonar
un “croac” de su boca, pero en realidad tenía unas patas
demasiado grandes y unos ojos parecidos a los de un buitre. Su color
era de un naranja oscuro, rozando a marrón.
Se
agarró a mi pantalón, y antes de que me diera cuenta le di una
pequeña patada, empujándolo hacia el fondo del almacén.
Torcí
el gesto, pero seguí hacia delante, como si nada hubiese sucedido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario