martes, 12 de marzo de 2013

Just a disaster - Reseñas.


Egil.

25. Septiembre. 2012
     El jodido dolor amenazaba con hacerme trizas la cabeza. Todo seguía igual. Podría caminar unos metros, y luego sentir como mi cuerpo me advertía que caería al vacío. Un extraño pulso en mi sien decía que nada iría bien o, desde luego, que no sobrevivía a aquello. El suelo se iba tambaleando a medida que andaba, y perdía en equilibrio hasta lograr agarrarme a un árbol denso, agrietado y oscuro. O quizás era mi vista la que se desenfocaba después de todo. Intentaba por todos los medios ponerme derecho, e ignorar el balazo en mis costillas. ¿Moriría allí? ¿O seguiría sufriendo, como la mierda de criminal que era?
      El hueso dislocado en mi hombro, junto el hueso de mi antebrazo me negaban a que avanzase un paso más, a que dejase de apoyarme en sitios. A que me dejase caer y no volver a mantener el equilibrio. Sólo sentía mis músculos tensarse, una vez más. Pensaban que estaba totalmente muerto, pero no tardarían en descubrir que estaba vivo. Sosténme una vez más, Dios. Inténtalo. Sólo necesitaba salvarlos. Simplemente no quería que esto se desmoronase. No después de haberlo empezado todo.
      Me senté sobre la fría hierba, pegado junto al árbol y miré mis costillas. Una gran mancha de sangre emanaba toda la camiseta. Hice de ésta jirones, para luego tirarlos al suelo. Si sobrevivía aquello no quería tener una infección, bastante tenía con la gran llamarada que me provocaba al erguirme. Aunque si no moría aquí y ahora, ya se encargarían los demás de matarme en cuanto me vieran. Había desobedecido a las normas, y eso no estaba del todo bien.
       Lo sabía, pero hay algo que aprendí hace bastante tiempo: Nada se consigue por las buenas. 


Katarzyna.

27. Septiembre. 2012
       Seguía mirando a mi alrededor, seguía impetrando mi mirada en las esquinas, en las paredes, e incluso debajo de los sofás de la tienda de música de mi madre. En cuanto volví a mirar a recepción, donde Elise, la nueva recepcionista de mi madre trabajaba, me di cuenta de que el pequeño lagarto con una cola extremadamente larga, al que veía desde los cinco años, se apoyaba sobre la caja registradora. Me gustaría no ver cosas que los demás no ven, pero llevaba tanto tiempo viéndolos que estaba demasiado acostumbrada. Elise me dedicó una mirada mientras sonreía, y siguió presionando los botones de la caja registradora. Mientras que ella se entretenía, divisé que había más de ellos, por todas partes, intentando hablarme en su idioma. Sin yo comprenderlo fui hacia el almacén e hice exactamente lo que mi madre me dijo, que era sacar todas las partituras.
       Todo estaba amontonado en grandes cajas de cartón, unas encima de otras. Pude visualizar por el rabillo del ojo a Huley, la rana parlante. Y decía esto porque no dejaba de hablar, y curiosamente, era el único que lograba hablar mi idioma. Era como si un un loco científico hubiese estado experimentando con ellos, y como efecto secundario les hubiese salido algo amorfos. Huley era una rana, porque solía sonar un “croac” de su boca, pero en realidad tenía unas patas demasiado grandes y unos ojos parecidos a los de un buitre. Su color era de un naranja oscuro, rozando a marrón.
         Se agarró a mi pantalón, y antes de que me diera cuenta le di una pequeña patada, empujándolo hacia el fondo del almacén.
         Torcí el gesto, pero seguí hacia delante, como si nada hubiese sucedido. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario