martes, 12 de marzo de 2013

Just a disaster - Prólogo


#Egil.

12. Febrero. 2013
       La quinta vez que detenían a Egil. La quinta vez que él veía la estúpida sala blanca, llena de luces que sólo le provocaba dolor de cabeza. La quinta vez que le disparaban. Y la quinta vez que salía vivo de ésta.
       <<¿Cuándo lograrían matarme? ¿Cuándo lograrían meterme un balazo en la sien, o directamente en el corazón?>>
Sin embargo, aunque mantuviera los ojos cerrados, quieto y totalmente apaciguado, ellos seguirían sin dar en el blanco. Seguiría siendo un problema para ellos.
      Evert abrió la puerta de madera pintada de blanca, y anduvo unos pasos hasta detenerse justo delante de Egil. Su pelo lleno de canas estaba levemente echado hacia atrás, y algo despeinado, como si se hubiese pasado las manos varias veces por el pelo, pero Egil no dudó en que realmente quería echarle a patadas de Halvor. Pero si cosa no sabía más, era que Evert no podría hacerlo.
       -Así que le has cogido gusto a esta sala, ¿verdad? -Evert puso ambas manos sobre la fría mesa de metal.
Egil frunció el ceño, y le observó. Tenía unas leves arrugas marcadas bajo los ojos, y su boca se tensaba hasta convertirse en una leve línea. Aunque Evert era grande y grueso, supuso Egil, se veía vulnerable; hasta llegó a pensar que estaba preocupado por él.
 Tachó inmediatamente ese pensamiento, y entornó los ojos.
      -En realidad estas luces sólo hacen que me levante dolor de cabeza -Egil tosió-. ¿Pero se puede saber por qué he vuelto aquí?
     Evert empezó a caminar de un lado a otro, mientras movía las manos rápidamente, como si estuviese pensando algo. Luego de un largo rato se paró justo enfrente de la puerta de salida, y apoyó la grande espalda sobre ésta. Egil pensó que estaba cansado, y lo notaba por sus facciones, pero sabía que a la vez estaba en alerta. Evert siempre lo estaba. Por eso se encargaba de él.
      -¿Puedo pedirte un favor? -Preguntó Evert, yendo de nuevo hacia Evert, mientras éste le miraba de una forma extraña.
          -¿Un favor? -Preguntó él sin creerlo.- ¿Por qué?
         Evert le miró una vez más, una simple mirada y cuando Egil pensó que iba a retractarse cogió de una mesa más pequeña, al fondo de la sala, una carpeta. Éste la cogió con ambas manos y con sus dedos tamborileaba la carpeta. Egil miraba a Evert, y luego a la carpeta... Le sudaba la frente, a causa del calor de los focos. Evert se acercó a él y le clavó la mirada:
        -Necesito que esto sea confidencial, Egil -dijo, con un tono de ruego en su voz.
         Evert dejó caer la carpeta encima de la mesa, y se sentó enfrente de él, al otro lado de la mesa. Éste abrió la carpeta y comenzó a ojear los papeles, como si estuviera eligiendo exactamente que darle. Eligió uno en concreto y se lo pasó arrastrando el papel por la mesa. Egil lo cogió en cuanto Evert le asintió en su dirección, dándole permiso de verlo. Egil, con las dos muñecas encadenadas, cogió el papel como pudo. Era de un papel rosa claro, pero no siguió leyendo, quería saber porqué se lo daba, qué quería realmente.
        -¿Qué es ésto? -Preguntó Egil, mirando a Evert a los ojos. Sabía cuando éste mentía, y si lo hacía, éste se arrepentiría
Evert se pasó las manos por el pelo, y tardó unos segundos en responder.
         -No puedo darte demasiados detalles... -Evert quería seguir hablando, pero Egil le interrumpió carraspeando.
        -Comandante, si no puedes explicármelo todo, no pretendas que acepte ésto -dijo Egil, moviendo la hoja en el aire-. No sé de que se trata, pero no pretendo tampoco leerlo. Si no me lo va a explicar, no haré lo que me pide.
        Evert tosió, y luego, con sus grandes ojos color café, miró a Egil, contrariado al ver que sus ojos azules se veían como algo pacífico, como el viento irrumpiendo sobre el mar. Pero Evert sabía que Egil no era pacífico, era todo lo contrario.
         -Necesito que ésto quede entre nosotros dos -comenzó a decir Evert-, entre tu prima, y los otros dos a los que tenéis como amigos. No quiero que nadie más sepa esto, ¿de acuerdo?
          Egil alzó la ceja con desdén, y cuando iba a replicar Evert volvió a hablar.
         -Sólo necesitas ver el documento que acabo de pasarte, y en cuanto lo veas podrás hacerme todas las preguntas que desees -dijo Evert con impaciencia.
       Egil bajó la mirada hacia el documento. Era un expediente sobre alguien, alguien a quién no conocía. Leyó su nombre: “Katarzyna Cecille Svea. Chica nacida el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y seis, es decir, dieciséis años. Nacida en Suecia, pero creció en Florida, y allí vive actualmente”. Egil bajó más la mirada y vio una pequeña descripción: “El reloj del adivino Beriel detectó que en Florida yacía una chica que no era del todo humana. Más tarde hicieron avances sobre ésta aclaración, y se averiguó quién era esa chica, Katarzyna, que vivía en una casa de clase media, junto a una tienda de música (donde trabaja) y, en el que su madre es dueña”. Miró más hacia abajo, hacia las observaciones, pero en ellas no había nada de nada. Era el expediente más vacío que Egil había visto.
          -¿Así que os fiáis de Beriel? -Rió Egil.
Evert pasó, de nuevo, las manos por su cabello y miró a Egil con una mirada de advertencia.
          -Sí -afirmó éste-. Porque he ido. Lo he averiguado. Ella ve las criaturas que sólo vemos nosotros.
           Egil le dedicó una mirada fría.
          -Así que esperáis a que una muchacha, de clase media, sea una... -Evert le interrumpió dando un golpe en la mesa.
          Parecía demasiado cansado para discutir, pero sabía que debía de hacerlo si quería que Egil ayudase en lo que quiera que planease. Éste, a continuación, le pasó una foto. Egil miró la foto sin volver a mirar a Evert, y vio a una chica con el cabello castaño rojizo, y unos ojos negros, mientras ella sonreía a la cámara. Egil sintió como la chica emanaba felicidad, y no creía que meterla en este asunto sería lo más adecuado para una chica como aquella.
             -Entonces ésta es... -intentó seguir Egil, pero no se acordaba del nombre.
             -Katarzyna -repuso Evert.
             Egil se encogió de hombros.
           -Pues eso -dijo, totalmente seco-. ¿Así que pretendes meter a una chica, que no tiene ni puñetera idea de quién es en realidad, en este juego? ¡Vamos, Evert! Ni tú harías tal cosa.
              Evert le lanzó una mirada de enojo, y luego resopló.
             -Necesitamos todos los semidioses aquí, Egil -dijo Evert-, o perderemos la jodida guerra.
            Egil echó hacia atrás la cabeza y lanzó una carcajada bastante ruidosa. Volvió a mirar a Evert, y le negó con la cabeza, pero antes de que éste le replicase, Egil entrecerró los ojos:
              -Espera -dijo, pausadamente-, ¿por qué me has contado esto?
              Evert emitió una sonrisa ampliada.
              -Te conozco, Egil Gissel Lundberg...
            -Odio cuando me llamas por mi nombre completo -dijo Egil recostándose sobre la silla-. Dispara.
             -Te has interesado por esto, a pesar de que no tenía muchas esperanzas de que lo hicieras -Evert paró en seco-. Al fin que lo has preguntado... Te necesito para que intentes traérmela.
              Egil alzó las cejas negras y le miró boquiabierto.
            -Estás totalmente como una puta cabra -dijo, sin pensarlo siquiera-. ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué la rapte? Es decir, sé que no tendrá ni idea de como defenderse, pero esto de atacar a niñas...
            -No os lleváis tantos años... -dijo Evert, torciendo el gesto-. Además, tú tienes veintidós, no creo que os llevéis demasiados.
             Egil intentó levantar una mano, pero al estar esposado levantó las dos, aunque sólo mostró la palma derecha.
          -¿Y qué quieres decir con eso, Evert? -Preguntó sin entender. Era la primera vez que no entendía absolutamente nada.
        -Intento decirte que la conquistes -dijo Evert, pero siguió hablando rápidamente-. Eso no es difícil para ti, ¿verdad que no?
               La tez bronceada de Egil cogió un color pálido, pero rió de todos modos.
              -¿Me estás diciendo que de guerrero paso a ser un prostituto? He bajado demasiados escalones, ¿no crees?
           Evert emitió un sonido ronco, y Egil pensó que se estaba ahogando o asfixiando pero se dio cuenta de que estaba riéndose. Era la primera vez que le veía reír, y eso a él le causaba satisfacción, aunque no era un buen momento tampoco.
           -¿Y cómo pretendes que la ponga cachonda, sin tener que ponerla a cuatro patas? -Preguntó Egil, algo frustrado.
                 Evert se llevó la mano izquierda a la boca y emitió un sonido sordo.
             -¡Egil! -Protestó-. Sólo tienes que poner esos ojitos que nos pones a todos para que te perdonemos.
          Egil sonrió ampliamente, y se echó hacia delante, mirando a Evert fijamente.
                  -¿Así que funciona mi método?
                 Evert movió la cabeza, intentando no parecer demasiado amable, pero para él, a veces, era imposible. No con Egil, por lo menos.
                  -Sí -afirmó con la cabeza-. ¿Entonces lo harás?
                  Egil se encogió de hombros mientras sonreía hacia él.
                  -Por supuesto. 

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