#Egil.
12.
Febrero. 2013
La
quinta vez que detenían a Egil. La quinta vez que él veía la
estúpida sala blanca, llena de luces que sólo le provocaba dolor de
cabeza. La quinta vez que le disparaban. Y la quinta vez que salía
vivo de ésta.
<<¿Cuándo
lograrían matarme? ¿Cuándo lograrían meterme un balazo en la
sien, o directamente en el corazón?>>
Sin
embargo, aunque mantuviera los ojos cerrados, quieto y totalmente
apaciguado, ellos seguirían sin dar en el blanco. Seguiría siendo
un problema para ellos.
Evert
abrió la puerta de madera pintada de blanca, y anduvo unos pasos
hasta detenerse justo delante de Egil. Su pelo lleno de canas estaba
levemente echado hacia atrás, y algo despeinado, como si se hubiese
pasado las manos varias veces por el pelo, pero Egil no dudó en que
realmente quería echarle a patadas de Halvor. Pero si cosa no sabía
más, era que Evert no podría hacerlo.
-Así
que le has cogido gusto a esta sala, ¿verdad? -Evert puso ambas
manos sobre la fría mesa de metal.
Egil
frunció el ceño, y le observó. Tenía unas leves arrugas marcadas
bajo los ojos, y su boca se tensaba hasta convertirse en una leve
línea. Aunque Evert era grande y grueso, supuso Egil, se veía
vulnerable; hasta llegó a pensar que estaba preocupado por él.
Tachó
inmediatamente ese pensamiento, y entornó los ojos.
-En
realidad estas luces sólo hacen que me levante dolor de cabeza -Egil
tosió-. ¿Pero se puede saber por qué he vuelto aquí?
Evert
empezó a caminar de un lado a otro, mientras movía las manos
rápidamente, como si estuviese pensando algo. Luego de un largo rato
se paró justo enfrente de la puerta de salida, y apoyó la grande
espalda sobre ésta. Egil pensó que estaba cansado, y lo notaba por
sus facciones, pero sabía que a la vez estaba en alerta. Evert
siempre lo estaba. Por eso se encargaba de él.
-¿Puedo
pedirte un favor? -Preguntó Evert, yendo de nuevo hacia Evert,
mientras éste le miraba de una forma extraña.
-¿Un
favor? -Preguntó él sin creerlo.- ¿Por qué?
Evert
le miró una vez más, una simple mirada y cuando Egil pensó que iba
a retractarse cogió de una mesa más pequeña, al fondo de la sala,
una carpeta. Éste la cogió con ambas manos y con sus dedos
tamborileaba la carpeta. Egil miraba a Evert, y luego a la carpeta...
Le sudaba la frente, a causa del calor de los focos. Evert se acercó
a él y le clavó la mirada:
-Necesito
que esto sea confidencial, Egil -dijo, con un tono de ruego en su
voz.
Evert
dejó caer la carpeta encima de la mesa, y se sentó enfrente de él,
al otro lado de la mesa. Éste abrió la carpeta y comenzó a ojear
los papeles, como si estuviera eligiendo exactamente que darle.
Eligió uno en concreto y se lo pasó arrastrando el papel por la
mesa. Egil lo cogió en cuanto Evert le asintió en su dirección,
dándole permiso de verlo. Egil, con las dos muñecas encadenadas,
cogió el papel como pudo. Era de un papel rosa claro, pero no siguió
leyendo, quería saber porqué se lo daba, qué quería realmente.
-¿Qué
es ésto? -Preguntó Egil, mirando a Evert a los ojos. Sabía cuando
éste mentía, y si lo hacía, éste se arrepentiría
Evert
se pasó las manos por el pelo, y tardó unos segundos en responder.
-No
puedo darte demasiados detalles... -Evert quería seguir hablando,
pero Egil le interrumpió carraspeando.
-Comandante,
si no puedes explicármelo todo, no pretendas que acepte ésto -dijo
Egil, moviendo la hoja en el aire-. No sé de que se trata, pero no
pretendo tampoco leerlo. Si no me lo va a explicar, no haré lo que
me pide.
Evert
tosió, y luego, con sus grandes ojos color café, miró a Egil,
contrariado al ver que sus ojos azules se veían como algo pacífico,
como el viento irrumpiendo sobre el mar. Pero Evert sabía que Egil
no era pacífico, era todo lo contrario.
-Necesito
que ésto quede entre nosotros dos -comenzó a decir Evert-, entre tu
prima, y los otros dos a los que tenéis como amigos. No quiero que
nadie más sepa esto, ¿de acuerdo?
Egil
alzó la ceja con desdén, y cuando iba a replicar Evert volvió a
hablar.
-Sólo
necesitas ver el documento que acabo de pasarte, y en cuanto lo veas
podrás hacerme todas las preguntas que desees -dijo Evert con
impaciencia.
Egil
bajó la mirada hacia el documento. Era un expediente sobre alguien,
alguien a quién no conocía. Leyó su nombre: “Katarzyna Cecille
Svea. Chica nacida el dieciséis de julio de mil novecientos noventa
y seis, es decir, dieciséis años. Nacida en Suecia, pero creció en
Florida, y allí vive actualmente”. Egil bajó más la mirada y vio
una pequeña descripción: “El reloj del adivino Beriel detectó
que en Florida yacía una chica que no era del todo humana. Más
tarde hicieron avances sobre ésta aclaración, y se averiguó quién
era esa chica, Katarzyna, que vivía en una casa de clase media,
junto a una tienda de música (donde trabaja) y, en el que su madre
es dueña”. Miró más hacia abajo, hacia las observaciones, pero
en ellas no había nada de nada. Era el expediente más vacío que
Egil había visto.
-¿Así
que os fiáis de Beriel? -Rió Egil.
Evert
pasó, de nuevo, las manos por su cabello y miró a Egil con una
mirada de advertencia.
-Sí
-afirmó éste-. Porque he ido. Lo he averiguado. Ella ve las
criaturas que sólo vemos nosotros.
Egil
le dedicó una mirada fría.
-Así
que esperáis a que una muchacha, de clase media, sea una... -Evert
le interrumpió dando un golpe en la mesa.
Parecía
demasiado cansado para discutir, pero sabía que debía de hacerlo si
quería que Egil ayudase en lo que quiera que planease. Éste, a
continuación, le pasó una foto. Egil miró la foto sin volver a
mirar a Evert, y vio a una chica con el cabello castaño rojizo, y
unos ojos negros, mientras ella sonreía a la cámara. Egil sintió
como la chica emanaba felicidad, y no creía que meterla en este
asunto sería lo más adecuado para una chica como aquella.
-Entonces
ésta es... -intentó seguir Egil, pero no se acordaba del nombre.
-Katarzyna
-repuso Evert.
Egil
se encogió de hombros.
-Pues
eso -dijo, totalmente seco-. ¿Así que pretendes meter a una chica,
que no tiene ni puñetera idea de quién es en realidad, en este
juego? ¡Vamos, Evert! Ni tú harías tal cosa.
Evert
le lanzó una mirada de enojo, y luego resopló.
-Necesitamos
todos los semidioses aquí, Egil -dijo Evert-, o perderemos la jodida
guerra.
Egil
echó hacia atrás la cabeza y lanzó una carcajada bastante ruidosa. Volvió a mirar a Evert, y le negó con la cabeza, pero antes de que
éste le replicase, Egil entrecerró los ojos:
-Espera
-dijo, pausadamente-, ¿por qué me has contado esto?
Evert
emitió una sonrisa ampliada.
-Te
conozco, Egil Gissel Lundberg...
-Odio
cuando me llamas por mi nombre completo -dijo Egil recostándose
sobre la silla-. Dispara.
-Te
has interesado por esto, a pesar de que no tenía muchas esperanzas
de que lo hicieras -Evert paró en seco-. Al fin que lo has
preguntado... Te necesito para que intentes traérmela.
Egil
alzó las cejas negras y le miró boquiabierto.
-Estás
totalmente como una puta cabra -dijo, sin pensarlo siquiera-. ¿Y qué
quieres que haga? ¿Qué la rapte? Es decir, sé que no tendrá ni
idea de como defenderse, pero esto de atacar a niñas...
-No
os lleváis tantos años... -dijo Evert, torciendo el gesto-. Además,
tú tienes veintidós, no creo que os llevéis demasiados.
Egil
intentó levantar una mano, pero al estar esposado levantó las dos,
aunque sólo mostró la palma derecha.
-¿Y
qué quieres decir con eso, Evert? -Preguntó sin entender. Era la
primera vez que no entendía absolutamente nada.
-Intento
decirte que la conquistes -dijo Evert, pero siguió hablando
rápidamente-. Eso no es difícil para ti, ¿verdad que no?
La
tez bronceada de Egil cogió un color pálido, pero rió de todos
modos.
-¿Me
estás diciendo que de guerrero paso a ser un prostituto? He bajado
demasiados escalones, ¿no crees?
Evert
emitió un sonido ronco, y Egil pensó que se estaba ahogando o
asfixiando pero se dio cuenta de que estaba riéndose. Era la primera
vez que le veía reír, y eso a él le causaba satisfacción, aunque
no era un buen momento tampoco.
-¿Y
cómo pretendes que la ponga cachonda, sin tener que ponerla a cuatro
patas? -Preguntó Egil, algo frustrado.
Evert
se llevó la mano izquierda a la boca y emitió un sonido sordo.
-¡Egil!
-Protestó-. Sólo tienes que poner esos ojitos que nos pones a todos
para que te perdonemos.
Egil
sonrió ampliamente, y se echó hacia delante, mirando a Evert
fijamente.
-¿Así
que funciona mi método?
Evert
movió la cabeza, intentando no parecer demasiado amable, pero para
él, a veces, era imposible. No con Egil, por lo menos.
-Sí
-afirmó con la cabeza-. ¿Entonces lo harás?
Egil
se encogió de hombros mientras sonreía hacia él.
-Por
supuesto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario