#Katarzyna.
13.
Febrero. 2013.
Katarzyna
llevaba media hora mirando el reloj, esperando a que alguien entrase
en la vieja tienda de su madre, aunque sólo fuese para comprar un
mísero chicle de sandía. Ella se quedó mirando hacia las
estanterías, donde en ellas se reposaban todas las guitarras
acumulando polvo, o hacia los pianos en el lado oeste de la sala.
Estaba tan absorta en sus pensamientos, que de un momento u otro
Huley llegó a su lado, posando sus verdes ojos en los negros de
ella.
-No
pensé que hoy vendrías -le dijo ella mientras apoyaba los codos
sobre el vidrio, y la barbilla en las palmas de las manos.
Huley
emitió un sonido parecido al de las moscas, sería una risa, suponía
Katarzyna. Pero ella cada vez dudaba más que fuese una rana
cualquiera, es más, aveces también pensaba que era una mosca por su
forma de reír, o un perro por su forma de llorar. A veces pensaba si
ella realmente estaba loca, y a veces quería contarle todo a su
madre. Ella tendría que encerrarle en un psiquiátrico, desde luego.
-Esperaba
hablar contigo a solas -dijo Huley con su voz cantarina. Cada vez que
acababa una frase solía croar-. Antes de que tu querida amiga pase
por aquí.
Katarzyna
miró hacia Huley enojada, y queriendo darle una patada por ser tan
enfermizo, pero no podría. En realidad si podía hacerlo, pero él
se levantaba con la misma rapidez y con la misma fuerza de siempre;
es como si a él no le doliese nada.
-¿Y
de qué querías hablar? -Le preguntó ella, mientras Huley trepaba
por su brazo hasta el hombro. Lo solía hacer a menudo, y aunque ella
le quisiese, a veces pensaba que él no debería hacerlo, por si
alguien entraba y pensaban que estaba hablando sola.
-De
qué tendrías que dejarme la sala de los ficheros para poder dormir
allí -dijo él, croando.
Katarzyna
le miró entrecerrando los ojos, y pensando que se había vuelto
totalmente loca.
-¿Quieres
hacer tus necesidades encima de los contratos de los clientes? -Le
preguntó ella, alzando las cejas-. Te dije que el único sitio donde
deberías estar es en el almacén.
Huley
rió, y como siempre, parecía el sonido de las moscas al volar.
Luego bajó por el brazo hasta llegar a la caja registradora, lo que
parecía ser su sitio preferido en el mundo.
-La
última vez tu madre echó un mata-bichos de esos, y tengo miedo a
morir mientras duermo la siesta -comentó Huley, haciendo que
Katarzyna comenzase a reír.
Sonó
el pitido de la puerta al abrirse, y Katarzyna vio a Sibylla vestida
con unos pantalones vaqueros ajustados a sus piernas, una camisa a
cuadros roja y marrón larga, y unas botas negras. Ésta sonrió
ampliamente a Katarzyna, cogiendo una silla y poniéndola frente al
mostrador para sentase frente a ella.
-Hola
-saludó con una sonrisa en sus labios-. Menos mal que fui yo quién
entró, Katarzyna, porque sino la gente habría visto como hablabas
con... Huley.
Sintió
como Huley miraba hacia Sibylla como si fuese una desconocida, como
si no la hubiese visto nunca antes. En realidad a Huley no le gustaba
demasiado ella, porque decía que sólo hablaba de chicos con
Katarzyna, de películas románticas y de libros fantásticos; pero
lo que no sabía él, es que, era exactamente lo que le gustaba a
Katarzyna.
-Nadie
lo habría visto -le dijo Katarzyna a Sibylla-. A él solo le veo yo,
¿recuerdas?
Sibylla
sonrió enseñando todos sus dientes, blancos y perfectos y reparó
en que el local estaba bastante vacío, y que nadie afuera se movía,
como si nadie hubiese salido hoy a la calle.
-¿Y
tu madre? -Preguntó Sibylla, arrugando la frente-. ¿Ha muerto la
mayoría de las personas de Florida, y no me di cuenta?
Katarzyna
rebuscó en los cajones del mostrador algo que tendría que
enseñarle a Sibylla, y cuando lo encontró ésta se lo tendió justo
enfrente de su rostro. Sibylla miró a Katarzyna y luego al papel que
ésta le tendía.
Ojeó
el papel y torció el gesto.
-Así
que hay otra tienda de música por aquí... -entendió Sibylla-. ¿Tu
madre lo sabe?
Katarzyna
asintió levemente con la cabeza, y sintió como Huley giraba los
ojos y penetraba con éstos a Sibylla, a pesar de que ella no podría
verle, ni siquiera sentirle, y mucho menos saber si existía o no en
realidad.
-¿Es
qué no puede cambiar esas estúpidas pulseras que lleva? -Preguntó
Huley junto a la mano derecha de Katarzyna-. Las lleva desde que la
conocí por primera vez.
Katarzyna
rodó los ojos, y sonrió mirando a Sibylla.
-Por
eso mismo las lleva -respondió-. Ella adora recordar su infancia,
¿verdad que sí?
Sibylla
retrocedió unos pasos atrás, con cara de disgusto y miró a todos
lados. Ella tendió los brazos y se inspeccionó la cazadora que
llevaba puesta.
-No
lo tendré cerca, ¿verdad? -Preguntó, dando un escalofrío.
Katarzyna
se preguntó porqué ella seguía diciendo cosas como aquellas. Lo
viese o no, ella no le sentiría... Y después de tanto tiempo, desde
los seis años que ella sabía que Katarzyna veía cosas que nadie
podía, debería de estar acostumbrada a saber que Huley estaba
siempre presente cuando ellas se encontraban. Iba hasta al cine con
ellas y, por supuesto, como nadie le veía pasaba gratis. Odiaba ir a
las películas románticas, porque creía que eso era solo para
niñas. Katarzyna seriamente se preguntaba sí él era chico, o
simplemente un bicho extraño...
Justo
cuando Katarzyna iba a responder, el sonido de una puerta abrirse les
cogió desprevenida, y Katarzyna sentía el corazón latiendo fuerte
en el pecho.
Alix
Smith estaba entrando a la tienda, vestido con unos pantalones
vaqueros caídos, una sudadera verde y su pelo rubio estaba algo
revuelto... Sus ojos eran de un azul apacible. <<Es hermoso>>,
pensó Katarzyna. Posiblemente ella llevaba cinco años enamorada de
él, era quién se sentaba al lado de ella en Matemáticas, pero él
nunca se dio cuenta de su existencia; además, mantenía una relación
sería con la del comité de Bienvenida, Amanda Steel. Una pequeña
víbora que estaba con todo lo que se movía. Eso pensaba Katarzyna,
desde luego.
Sibylla,
al ver que Katarzyna no iba a responder, se adelantó:
-¡Hey!
-Saludó con la mano-. ¿Querías algo?
Alix
miró hacia Sibylla y frunció las cejas rubias en su dirección, y
miró el resto de la tienda. Y totalmente vacía como estaba, pues no
daba la impresión de ser una gran tienda de instrumentos.
-Estaba
buscando una tienda de música... -comenzó Alix, y mirando
directamente hacia Sibylla y luego a Katarzyna.
Sibylla
levantó los brazos a modo de victoria y sonrió ampliamente.
-Estás
en el sitio correcto, campeón -dijo Sibylla-. ¡Esto es una tienda
de música!
Alix
volvió la mirada hacia Katarzyna, que había permanecido callada, y
le interrogó con los ojos. Katarzyna asintió la cabeza hacia él,
medio anonadada, él se metió las manos en los bolsillos, cuando la
puerta volvió a sonar. Las cosas empeoraban si Amanda estaba en la
misma habitación que Katarzyna, y con Sibylla, realmente, mantenían
una relación de odio puro.
-Oh
-exclamó sonriendo maliciosamente-. ¿Así que trabajáis aquí?
Amanda
miró la tienda a su alrededor y, en sus facciones notaron que
realmente le daba asco el sitio. Tampoco es que fuese realmente
bonito -pensó Katarzyna-, pero no era para tanto. Había partes de
la tienda que a ella les encantaba. Cuando era pequeña solía
sentarse sobre el piano, y solía tocar. Notas aleatorias, hasta que
su madre le enseñó por completo.
-Amanda,
vamos -dijo Alix, cogiéndola de la mano, antes de que ella pudiese
decir nada.
-Sí,
mejor... -replicó Sibylla con una mirada de odio-. No vaya a ser que
le confundan con una flauta.
Miraron
Sibylla entrecerrando los ojos, sin entender nada.
-Ya
sabes, cielo, todo el mundo te toca -dijo Sibylla sonriendo
ampliamente-. ¡Vuelvan pronto!
Sin
quererlo, Alix tiró de Amanda fuera de la tienda, antes de que esta
cayese sobre Sibylla para agarrarla de los pelos, como había pasado
una gran cantidad de veces. Katarzyna negó con la cabeza en
dirección a Sibylla, y ésta se encogió de hombros.
-Aunque
haya algunas veces que le critique -comenzó a decir Huley-, amo su
genio. Es fuerte.
Realmente
era eso lo que tanto envidiaba de ella. Su genio, su fuerza.
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