martes, 26 de marzo de 2013

Just a disaster - Episodio 10


18. Febrero. 2013

Por la manera en que Katarzyna se había despertado, pensó Egil, no se dio cuenta de cómo había llegado a Halvor. Estaba totalmente desorientada tirada sobre el frío suelo de piedra de las calles de Halvor. Donde la gente pasaba y ni siquiera se fijaba en ella, no reparaban en que ella era nueva allí, ni siquiera le habían hablado a alguien de que traerían a una humana siquiera.
Katarzyna al abrir los ojos, y encontrar a Egil parado frente a ella con las cejas fruncidas, se separó de momento. Tosió varias veces, debido al traslado en el carburador.
-¿Estás bien? -Preguntó Egil, sujetándola por la espalda.
Katarzyna seguía tosiendo como si se hubiese tragado una cucharada de Cola-cao en polvo.
-¡Mi boca! -Exclamó Katarzyna, agarrando la camiseta de Egil-. No paro de toser... El cosquilleo en mi garganta...
Egil la incorporó un poco más. Ella seguía tosiendo, y Egil se dio cuenta de que la había traído demasiado desnuda en el carburador. No literalmente, sino que ella necesitaba algún viaje un poco menos ajetreado, con más máscaras y esperar a que se acostumbrase.
-Vamos a por agua -dijo Egil, incorporando a Katarzyna, que parecía tener peso pluma. O quizás era él, que estaba tan acostumbrado a ser hijo de Ares, que ni siquiera se había dignado a coger a una humana.
-Me siento... débil -dijo Katarzyna apoyándose en el brazo de Egil-. ¿En dónde me has traído? ¿Por qué me he dormido, o desmayado...?
En cuanto Katarzyna pronunció esas palabras comenzó a mirar hacia todos los lados. Se asombró de ver que parecía una ciudad tan normal como lo podría ser Florida. Las calles estaban arrebatadas de personas, y si no fuese por sus trajes de color negro metálico, Katarzyna no se habría dado cuenta de que eran semidioses. La luna aún seguía a lo alto, así que se imaginó que no había transcurrido días, no horas, sino minutos. Puros minutos del tiempo humano. Miró por encima del hombro de Egil, y vio como largos rascacielos se anteponían, había seis de ellos, como si fueran pisos... Pisos bastantes majestuosos como para ser de clase media. Pero había casas, pequeñas y grandes casas esparcidas por todos lados. De colores vivos, como el verde manzana, el amarillo limón, el azul eléctrico...
-¿Puedes andar? -Preguntó Egil, de repente. Katarzyna intentó poner todo el peso sobre sus pies, pero le flaquearon las rodillas-. Supongo que eso es un no.
Egil cogió a Katarzyna en brazos, haciendo que a ella le entrara una pequeña corriente eléctrica en el cuerpo. Cargó con ella hasta una pequeña casa con las paredes exteriores pintadas de azul cielo, y Katarzyna se acordó de Egil y de sus ojos. Cuando se detuvieron frente a la puerta ella esperó que alguien abriese desde dentro, pero más bien fue él quien abrió. No sabía como pudo conseguirlo, pero lo hizo. La puerta dio un gran estruendo contra la pared, al chocar con ésta.
Dejó a Katarzyna sobre un sillón de cuero negro, y ésta alzó la cabeza para poder ver el resto de la casa. No es que fuera muy grande, en realidad, pero había muchas cosas y tres habitaciones. Las paredes del salón eran de color verde pistacho, con algunos cuadros de retratos familiares colgados en ellos, pintados con lápiz y carbón. La sala estaba unida a la cocina, dónde empezaban a surgir unos azulejos de colores verde claro y blanco. Katarzyna pensó que la casa era sencilla, y perfecta.
-¿Dónde estoy? -Preguntó ella, mirando como Egil iba a una de las habitaciones.
Egil movió un hombro como si éste le doliese.
-En mi casa -y se metió en la habitación.
Katarzyna se levantó del sillón tambaleándose, y frente a ella vio una enorme televisión bastante nueva, ya que aún tenía algunas pegatinas pegadas en ella. En las estanterías había libros y libros, aunque no tantos como ella imaginaba. Una mesa baja y larga se hallaba bajo a ella, con un par de mandos y un cenicero repleto de cigarrillos apagados. Sillas rodeaban la pequeña habitación. Avanzó agarrándose a la pared e intentando mantener el equilibro deseado. Fue directa a una de las habitaciones, era el baño, con los azulejos amarillos chillón.
<<¿Y ésto es lo que veía cada mañana? Menudo dolor de cabeza>>
En cuanto vio lo que tenía, es decir, lo típico que solía tener un cuarto de baño: váter, una bañera, un lavabo con un espejo enfrente y un mueble; se fue. Se metió en la habitación contigua en la que Egil se había metido y se sorprendió a ver aquello: Un montón de estanterías con libros por todos lados, en grandes estanterías. Un escritorio donde yacía un ordenador portátil (¿usaban portátiles?) y unos cuantos cajones abiertos, contando con una gran pila de papeles tirados por todos lados. Una cama de matrimonio deshecha, con las sábanas negras tiradas sobre el suelo, aún sin ser totalmente liberadas de la cama. Katarzyna no se había dado cuenta de que había un armario empotrado, y que este estaba abierto y se podía ver la ropa. Casi toda las prendas oscuras. La habitación era enorme.
-¿Te gusta el desorden? -Katarzyna dio un brinco al oír su voz-. Porqué aquí te vas a hartar. ¿Ya has dado un pequeño paseo?
Katarzyna seguía mirando la pared grisácea de aquella habitación, y sonrió sin mirarle.
-Quiero ver la habitación en que te metiste -dijo volviéndose hacia él-. Si puedo, claro... ¿Puedo?
Egil se apartó de ella, y movió una mano; indicándole que avanzase hacia la habitación de al lado. Katarzyna se tambaleó hacia la habitación, con una mano de Egil atada a su cintura y abrió la puerta.
Ella se tapó la boca de la sorpresa. Había una cama individual, con unos graciosos osos como edredón. Un montón de muñecos y coches de juguetes habitaban en ella. Una trona, y un cambiador. Había ropa de infante tirada por la cama, sobretodo petos.
-¿Tienes un...? -Katarzyna seguía asombrada-. ¿Un niño? ¿Eres padre? ¿Cuántos años tienes...? Oh, Dios...
Egil se rió.
-No, no soy padre -dijo éste, a sus espaldas-. Ares ha vuelto a tener un hijo, y al parecer, soy yo quien debe hacerse cargo de él.
Katarzyna se dio la vuelta como una sonrisa en el rostro.
-Oh, ¿cuántos hermanos tienes? -Preguntó ella, ladeando la cabeza.
-Miles -aseguró-. Millones, quizás. Algunos muertos, otros con unos ochenta años, jubilados, casados, con pequeños hijos, o simples adolescente. Oh, o como Ross, infantes.
Katarzyna tenía los ojos abiertos como platos, y su boca no conseguía cerrarse. A veces necesitaba a Sibylla para que ésta pudiera ponerle la mano en la barbilla y hacérsela cerrar.
-¿Y cómo...?
-Oh, venga Katarzyna -dijo éste saliendo de la habitación al salón, y ella tras él-. Los dioses griegos son inmortales, y llevan millones de años viviendo... ¿Crees que soy hijo único? ¿Qué a Ares le llamó la atención mi madre? Claro que no. Así es como han podido mantener la lucha sin ser desatada en todos los casos.
Katarzyna se recompuso.
-¿Entonces yo también tengo hermanos? -Preguntó, ladeando la cabeza-. ¿O medio hermanos?
Egil asintió con la cabeza.
-Ni siquiera sabes de quién soy hija... -le contestó ella.
-En efecto -afirmó-. Pero todos los dioses tienen un montón de hijos, y obviamente no eres su única hija.
Katarzyna se sentó en el sillón, haciendo crujir el cuero del sofá. Ella nunca se había sentado en uno de esos y se sentía bastante incómoda, porque no le gustaban demasiado aquellos sillones.
-¿Dónde tendré que dormir? -Preguntó Katarzyna-. ¿Hay algún tipo de residencia para chicas internas? Bueno, o chicos en general.
Egil se sentó al lado de ella, y tras descalzarse puso los pies encima de la mesa.
-Primero debes de ir al Departamento. Allí tendrán que hacerte pruebas sobre tus habilidades. Tendrás que esperar, como mucho, unas tres o cuatro horas y finalmente te dirán en que ala internarte.
-¿Pruebas? ¿Horas? ¿Internarme?
Egil carraspeó.
-El Departamento es donde entrenamos, y donde estudiamos hasta que cumples los dieciocho y te dedicas a esto por completo. Entrarías en la Residencia, y allí internarte en el Ala del dios que te corresponda.
Katarzyna negó la cabeza varias veces. Repetidamente.
-¡Ni hablar! -Chilló. Egil la miró como si estuviera loca y ella se dispuso a hablar-. Dijiste que no me llevarías a luchar... ¡Y no voy a irme con gente a la que no conozco! Soy nueva en esto... ¡No!
-Escúchame Katarzyna -dijo éste, suspirando-. No te va a pasar nada, y no, no vas a luchar. Dije que no te llevaríamos al campo de batalla, pero sí que tendrías que luchar por tu seguridad.
-¿Mi seguridad? -Le preguntó atónica.
-Sí -le afirmó, sin hacerse temblar-. No estarás sola, ¿de acuerdo? Allí estará Evert, que fue quién me mandó a buscarte, y él te explicará todo lo que tengas que saber.
-¡No! -Volvió a gritar-. ¿Y tú? ¿No puedes acompañarme? ¡Acompáñame!
Egil alzó las cejas, sorprendido.
-No puedo acompañarte yo... -dijo, dudando-. Soy el menos indicado para ello. Puedo mandarte a Ingel, o a Ossian si así te sientes más segura... Te mandaría a Maybritt pero no acabarías muy bien debido a sus impulsos.
Katarzyna cruzó las piernas en el sofá y bufó.
-No voy a ir -se negó, cruzándose también de brazos-. No quiero que me acompañe Ingel u Ossian, apenas les conozco... Maybritt sería una opción excelente pero tú no quieres mandarla conmigo.
-No es la mejor opción, Katarzyna -comenzó a cabrearse.
-Me da igual -bufó de nuevo.
Se puso de pie, y la agarró del brazo izquierdo para que se levantase y poder verla en toda su altura, aunque fuese más bien escasa.
-Tienes que ir -rugió-. Vas a hacerlo, e irás acompañada de Evert. No quiero escucharte más.
-¿Y ahora qué? -Preguntó ella, retándole-. ¿Me vas a mandar a mi habitación? ¡No tengo! ¡Pensé que tú me acompañarías a todas partes! ¿No es eso lo que le dijiste a mi madre?
-Dije que yo me haría cargo de ti hasta que te formases -dijo Egil, entre dientes-. No soy tu niñera, Katarzyna, acostúmbrate.
Katarzyna se alejó de él, hasta el otro lado de la mesa. Aún aguantando su mirada, se enfurruñó.
-¡No! Y me da igual lo que me digas, no iré. No si no vas conmigo.
Egil apretó la mandíbula, como si en su cansancio comenzase a aparecer el enfado.
-¿Por qué? -gruñó.
-¡Por qué eres el único que conozco bien, y en el que confío! -Gritó Katarzyna-. ¡Dame este privilegio! ¡He venido solamente aquí para poder saber de quién era hija, a pesar de que no me importa! ¡Sólo para que tú no tuvieras problemas!
Egil relajó los músculos de la mandíbula, y la miró extrañado.
-¿Confías en mí? -Dijo éste, carcajeando-. Debes estar muy loca para hacer eso.
-Sí. Lo estoy -saltó Katarzyna-. Lo bastante como para seguir fiándome de ti, a pesar de que no debería. Porqué ya me has mentido.
Egil apretó los puños, pensando en si debería de irse antes de destrozar la casa, o quizás relajarse y contestarle bien. O, simplemente, hacerle caso. Que era el mejor de los puntos obtenidos.
-Te acompañaré -le confió-. Sólo si te callas durante el viaje hacia el Departamento.
Katarzyna cambió de cara y sonrió.
-Gracias -dijo ésta dando pequeños saltos desde donde estaba. Ladeó la cabeza aún sonriendo a Egil, y éste la miraba como si se hubiera vuelto completamente loca. 

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