18.
Febrero. 2013
Por
la manera en que Katarzyna se había despertado, pensó Egil, no se
dio cuenta de cómo había llegado a Halvor. Estaba totalmente
desorientada tirada sobre el frío suelo de piedra de las calles de
Halvor. Donde la gente pasaba y ni siquiera se fijaba en ella, no
reparaban en que ella era nueva allí, ni siquiera le habían hablado
a alguien de que traerían a una humana siquiera.
Katarzyna
al abrir los ojos, y encontrar a Egil parado frente a ella con las
cejas fruncidas, se separó de momento. Tosió varias veces, debido
al traslado en el carburador.
-¿Estás
bien? -Preguntó Egil, sujetándola por la espalda.
Katarzyna
seguía tosiendo como si se hubiese tragado una cucharada de Cola-cao
en polvo.
-¡Mi
boca! -Exclamó Katarzyna, agarrando la camiseta de Egil-. No paro de
toser... El cosquilleo en mi garganta...
Egil
la incorporó un poco más. Ella seguía tosiendo, y Egil se dio
cuenta de que la había traído demasiado desnuda en el carburador.
No literalmente, sino que ella necesitaba algún viaje un poco menos
ajetreado, con más máscaras y esperar a que se acostumbrase.
-Vamos
a por agua -dijo Egil, incorporando a Katarzyna, que parecía tener
peso pluma. O quizás era él, que estaba tan acostumbrado a ser hijo
de Ares, que ni siquiera se había dignado a coger a una humana.
-Me
siento... débil -dijo Katarzyna apoyándose en el brazo de Egil-.
¿En dónde me has traído? ¿Por qué me he dormido, o desmayado...?
En
cuanto Katarzyna pronunció esas palabras comenzó a mirar hacia
todos los lados. Se asombró de ver que parecía una ciudad tan
normal como lo podría ser Florida. Las calles estaban arrebatadas de
personas, y si no fuese por sus trajes de color negro metálico,
Katarzyna no se habría dado cuenta de que eran semidioses. La luna
aún seguía a lo alto, así que se imaginó que no había
transcurrido días, no horas, sino minutos. Puros minutos del tiempo
humano. Miró por encima del hombro de Egil, y vio como largos
rascacielos se anteponían, había seis de ellos, como si fueran
pisos... Pisos bastantes majestuosos como para ser de clase media.
Pero había casas, pequeñas y grandes casas esparcidas por todos
lados. De colores vivos, como el verde manzana, el amarillo limón,
el azul eléctrico...
-¿Puedes
andar? -Preguntó Egil, de repente. Katarzyna intentó poner todo el
peso sobre sus pies, pero le flaquearon las rodillas-. Supongo que
eso es un no.
Egil
cogió a Katarzyna en brazos, haciendo que a ella le entrara una
pequeña corriente eléctrica en el cuerpo. Cargó con ella hasta una
pequeña casa con las paredes exteriores pintadas de azul cielo, y
Katarzyna se acordó de Egil y de sus ojos. Cuando se detuvieron
frente a la puerta ella esperó que alguien abriese desde dentro,
pero más bien fue él quien abrió. No sabía como pudo conseguirlo,
pero lo hizo. La puerta dio un gran estruendo contra la pared, al
chocar con ésta.
Dejó
a Katarzyna sobre un sillón de cuero negro, y ésta alzó la cabeza
para poder ver el resto de la casa. No es que fuera muy grande, en
realidad, pero había muchas cosas y tres habitaciones. Las paredes
del salón eran de color verde pistacho, con algunos cuadros de
retratos familiares colgados en ellos, pintados con lápiz y carbón.
La sala estaba unida a la cocina, dónde empezaban a surgir unos
azulejos de colores verde claro y blanco. Katarzyna pensó que la
casa era sencilla, y perfecta.
-¿Dónde
estoy? -Preguntó ella, mirando como Egil iba a una de las
habitaciones.
Egil
movió un hombro como si éste le doliese.
-En
mi casa -y se metió en la habitación.
Katarzyna
se levantó del sillón tambaleándose, y frente a ella vio una
enorme televisión bastante nueva, ya que aún tenía algunas
pegatinas pegadas en ella. En las estanterías había libros y
libros, aunque no tantos como ella imaginaba. Una mesa baja y larga
se hallaba bajo a ella, con un par de mandos y un cenicero repleto de
cigarrillos apagados. Sillas rodeaban la pequeña habitación. Avanzó
agarrándose a la pared e intentando mantener el equilibro deseado.
Fue directa a una de las habitaciones, era el baño, con los azulejos
amarillos chillón.
<<¿Y
ésto es lo que veía cada mañana? Menudo dolor de cabeza>>
En
cuanto vio lo que tenía, es decir, lo típico que solía tener un
cuarto de baño: váter, una bañera, un lavabo con un espejo
enfrente y un mueble; se fue. Se metió en la habitación contigua en
la que Egil se había metido y se sorprendió a ver aquello: Un
montón de estanterías con libros por todos lados, en grandes
estanterías. Un escritorio donde yacía un ordenador portátil
(¿usaban portátiles?) y unos cuantos cajones abiertos, contando con
una gran pila de papeles tirados por todos lados. Una cama de
matrimonio deshecha, con las sábanas negras tiradas sobre el suelo,
aún sin ser totalmente liberadas de la cama. Katarzyna no se había
dado cuenta de que había un armario empotrado, y que este estaba
abierto y se podía ver la ropa. Casi toda las prendas oscuras. La
habitación era enorme.
-¿Te
gusta el desorden? -Katarzyna dio un brinco al oír su voz-. Porqué
aquí te vas a hartar. ¿Ya has dado un pequeño paseo?
Katarzyna
seguía mirando la pared grisácea de aquella habitación, y sonrió
sin mirarle.
-Quiero
ver la habitación en que te metiste -dijo volviéndose hacia él-.
Si puedo, claro... ¿Puedo?
Egil
se apartó de ella, y movió una mano; indicándole que avanzase
hacia la habitación de al lado. Katarzyna se tambaleó hacia la
habitación, con una mano de Egil atada a su cintura y abrió la
puerta.
Ella
se tapó la boca de la sorpresa. Había una cama individual, con unos
graciosos osos como edredón. Un montón de muñecos y coches de
juguetes habitaban en ella. Una trona, y un cambiador. Había ropa de
infante tirada por la cama, sobretodo petos.
-¿Tienes
un...? -Katarzyna seguía asombrada-. ¿Un niño? ¿Eres padre?
¿Cuántos años tienes...? Oh, Dios...
Egil
se rió.
-No,
no soy padre -dijo éste, a sus espaldas-. Ares ha vuelto a tener un
hijo, y al parecer, soy yo quien debe hacerse cargo de él.
Katarzyna
se dio la vuelta como una sonrisa en el rostro.
-Oh,
¿cuántos hermanos tienes? -Preguntó ella, ladeando la cabeza.
-Miles
-aseguró-. Millones, quizás. Algunos muertos, otros con unos
ochenta años, jubilados, casados, con pequeños hijos, o simples
adolescente. Oh, o como Ross, infantes.
Katarzyna
tenía los ojos abiertos como platos, y su boca no conseguía
cerrarse. A veces necesitaba a Sibylla para que ésta pudiera ponerle
la mano en la barbilla y hacérsela cerrar.
-¿Y
cómo...?
-Oh,
venga Katarzyna -dijo éste saliendo de la habitación al salón, y
ella tras él-. Los dioses griegos son inmortales, y llevan millones
de años viviendo... ¿Crees que soy hijo único? ¿Qué a Ares le
llamó la atención mi madre? Claro que no. Así es como han podido
mantener la lucha sin ser desatada en todos los casos.
Katarzyna
se recompuso.
-¿Entonces
yo también tengo hermanos? -Preguntó, ladeando la cabeza-. ¿O
medio hermanos?
Egil
asintió con la cabeza.
-Ni
siquiera sabes de quién soy hija... -le contestó ella.
-En
efecto -afirmó-. Pero todos los dioses tienen un montón de hijos, y
obviamente no eres su única hija.
Katarzyna
se sentó en el sillón, haciendo crujir el cuero del sofá. Ella
nunca se había sentado en uno de esos y se sentía bastante
incómoda, porque no le gustaban demasiado aquellos sillones.
-¿Dónde
tendré que dormir? -Preguntó Katarzyna-. ¿Hay algún tipo de
residencia para chicas internas? Bueno, o chicos en general.
Egil
se sentó al lado de ella, y tras descalzarse puso los pies encima de
la mesa.
-Primero
debes de ir al Departamento. Allí tendrán que hacerte pruebas sobre
tus habilidades. Tendrás que esperar, como mucho, unas tres o cuatro
horas y finalmente te dirán en que ala internarte.
-¿Pruebas?
¿Horas? ¿Internarme?
Egil
carraspeó.
-El
Departamento es donde entrenamos, y donde estudiamos hasta que
cumples los dieciocho y te dedicas a esto por completo. Entrarías en
la Residencia, y allí internarte en el Ala del dios que te
corresponda.
Katarzyna
negó la cabeza varias veces. Repetidamente.
-¡Ni
hablar! -Chilló. Egil la miró como si estuviera loca y ella se
dispuso a hablar-. Dijiste que no me llevarías a luchar... ¡Y no
voy a irme con gente a la que no conozco! Soy nueva en esto... ¡No!
-Escúchame
Katarzyna -dijo éste, suspirando-. No te va a pasar nada, y no, no
vas a luchar. Dije que no te llevaríamos al campo de batalla, pero
sí que tendrías que luchar por tu seguridad.
-¿Mi
seguridad? -Le preguntó atónica.
-Sí
-le afirmó, sin hacerse temblar-. No estarás sola, ¿de acuerdo?
Allí estará Evert, que fue quién me mandó a buscarte, y él te
explicará todo lo que tengas que saber.
-¡No!
-Volvió a gritar-. ¿Y tú? ¿No puedes acompañarme? ¡Acompáñame!
Egil
alzó las cejas, sorprendido.
-No
puedo acompañarte yo... -dijo, dudando-. Soy el menos indicado para
ello. Puedo mandarte a Ingel, o a Ossian si así te sientes más
segura... Te mandaría a Maybritt pero no acabarías muy bien debido
a sus impulsos.
Katarzyna
cruzó las piernas en el sofá y bufó.
-No
voy a ir -se negó, cruzándose también de brazos-. No quiero que me
acompañe Ingel u Ossian, apenas les conozco... Maybritt sería una
opción excelente pero tú no quieres mandarla conmigo.
-No
es la mejor opción, Katarzyna -comenzó a cabrearse.
-Me
da igual -bufó de nuevo.
Se
puso de pie, y la agarró del brazo izquierdo para que se levantase y
poder verla en toda su altura, aunque fuese más bien escasa.
-Tienes
que ir -rugió-. Vas a hacerlo, e irás acompañada de Evert. No
quiero escucharte más.
-¿Y
ahora qué? -Preguntó ella, retándole-. ¿Me vas a mandar a mi
habitación? ¡No tengo! ¡Pensé que tú me acompañarías a todas
partes! ¿No es eso lo que le dijiste a mi madre?
-Dije
que yo me haría cargo de ti hasta que te formases -dijo Egil, entre
dientes-. No soy tu niñera, Katarzyna, acostúmbrate.
Katarzyna
se alejó de él, hasta el otro lado de la mesa. Aún aguantando su
mirada, se enfurruñó.
-¡No!
Y me da igual lo que me digas, no iré. No si no vas conmigo.
Egil
apretó la mandíbula, como si en su cansancio comenzase a aparecer
el enfado.
-¿Por
qué? -gruñó.
-¡Por
qué eres el único que conozco bien, y en el que confío! -Gritó
Katarzyna-. ¡Dame este privilegio! ¡He venido solamente aquí para
poder saber de quién era hija, a pesar de que no me importa! ¡Sólo
para que tú no tuvieras problemas!
Egil
relajó los músculos de la mandíbula, y la miró extrañado.
-¿Confías
en mí? -Dijo éste, carcajeando-. Debes estar muy loca para hacer
eso.
-Sí.
Lo estoy -saltó Katarzyna-. Lo bastante como para seguir fiándome
de ti, a pesar de que no debería. Porqué ya me has mentido.
Egil
apretó los puños, pensando en si debería de irse antes de
destrozar la casa, o quizás relajarse y contestarle bien. O,
simplemente, hacerle caso. Que era el mejor de los puntos obtenidos.
-Te
acompañaré -le confió-. Sólo si te callas durante el viaje hacia
el Departamento.
Katarzyna
cambió de cara y sonrió.
-Gracias
-dijo ésta dando pequeños saltos desde donde estaba. Ladeó la
cabeza aún sonriendo a Egil, y éste la miraba como si se hubiera
vuelto completamente loca.
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