#Katarzyna
17.
Febrero. 2013
En
cuanto Katarzyna entró en casa, sus padres fueron corriendo hacia la
puerta. Su padre fue el primero en alcanzarla para darle un gran
abrazo, estrujándola y asfixiándola como lo hacía siempre. Pero a
ella le encantaba, es más, adoraba cuando lo hacía... Se sentía
tan bien, tan protegida... Como si nada pudiese tocarla. Aunque la
realidad no era esa. Su madre, sin embargo, le besó en las dos
mejillas y en la frente innumerables veces.
-¿Dónde
demonios estabas? -Preguntó su padre, intentando no levantar la voz,
para que los vecinos no les escuchase.
Lo
primero que hizo Katarzyna fue contarles a sus padres todo lo que
había pasado el otro día en la tienda. Su madre parecía
atemorizada, como si quisiera coger a su hija del brazo, encerrarla
en la habitación hasta que su pelo creciese y pudiera trepar. Su
padre, parecía como se lo hubiese esperado. Él era más realista.
-Nadie
te va a obligar a que te vayas, Katarzyna Cecille -le respondió su
madre, testaruda. Katarzyna se dio cuenta de a quién había sacado
aquel rasgo tan odioso-. No te irás de aquí, no.
Katarzyna
rascó la parte trasera de su cabeza, y miró a su madre
entristecida.
-Mamá
-llamó su atención-. En realidad soy yo quien quiero irme. Soy una
semidiosa, ¿verdad? ¿Por qué no debo afrontarlo e intentar serlo
como todos los demás?
-¡Por
qué tú no podrías matar a nadie, Katarzyna! -Chilló su madre,
agarrada por el padre de Katarzyna-. ¡Por qué preferirías morirte
tú a matar a alguien! ¡No quiero que nadie te toque!
Katarzyna
sintió como sus lágrimas corrían por su mejilla, e intentó
quitárselas pero era demasiado tarde, habían llegado a un punto
donde rompían e iban a parar al suelo. Ella intentaba buscar las
palabras para explicarle a su madre que quería largarse.
-No
soy la única que se va, mamá -dijo.
Su
madre frenó en seco y la miró a los ojos, aunque los tuviese
bastante llorosos y miraran hacia el suelo.
-¿Quién
se va a ir, Katarzyna Cecille? -Preguntó su padre esta vez-. ¿A
quién pretenden llevarse también?
-A
Sibylla -les respondí, pero antes de que siguieran sollozando por
ella y Sibylla, prosiguió-: Ella quiere venir conmigo, no quiere
dejarme sola en otro mundo; y como sabéis, ella tiene algunos
problemas en su casa, y quiere ir a otro lado. En este preciso
momento está con su familia, inventando algo, me supongo... Es
decir, no temáis. Estaré bien.
Su
madre le puso la mano en la barbilla, haciendo que esta levantase la
mirada hacia ella.
-¿Y
quién será tu protector hasta que te formes? -Le preguntó ella.
-No
creo que le conozcas, mamá... -le contestó Katarzyna tragando
saliva.
Su
madre rió con fuerza, e ironía.
-Entonces
es algún hijo de Ares, ¿me equivoco? -Preguntó, retórica-.
Siempre los mandan a ellos. Saben que nadie podrá resistirse a su
inteligencia combatiendo, y al final podrían salir con la suya... ¡Y
mi hija! Por Dios... Ella debería de estar aquí, con nosotros,
Mark. No se la pueden llevar a ella... No es como los demás...
Katarzyna
se apoyó en la pared, y gruñó.
-Soy
tal y como son los demás semidioses -les contentó, agria-. Sé que
no tenéis mucha confianza en mí, pero al menos intentar hacérmelo
creer. Voy a ir, os guste o no. O sino veo que Egil se parará aquí,
y me llevará a rastras.
Mi
madre aguzó su vista.
-¿Egil?
-Preguntó ella, apretando la mandíbula-. ¿Te han mandado al hijo
de Ares, al que hace todo como a él le apetece? Claro... Como no.
Supongo que la idea sería de Evert, cómo no.
Katarzyna
estaba completamente perdida. Su madre conocía todos los nombres de
los que vivían en Halvor, pero ella no era una semidiosa, y la
confusión solo atormentaba su paso hacia la nueva ciudad.
-¿Cómo
lo sabes? -Preguntó Katarzyna-. ¿Quién es Evert?
Su
madre la miró, dispuesta a contarle todo.
-Cuando
una humana va a tener un hijo de un Dios, o una semidiosa lo tiene,
el médico debe ser uno especializado en eso -su madre se pasó la
mano por el pelo-. Es decir, alguien de la ciudad de Halvor, y me los
conozco a todos, porque he estado allí una vez. Sí, es precioso...
No te mentiré, pero aquello no es para ti. Bueno... Quien me atendió
me guardó el secreto de te había tenido a ti, una semidiosa, claro
está que con una alta paga... Y mientras tanto él me pasaba
bastantes noticias de allí, me llevó a Halvor en secreto para poder
coger las principales cosas para ti. No podía darte leche, en
realidad tenías que tomar un brebaje que ellos tenían para
vosotros. Y quizás eso fue lo más estúpido que hicimos, porque no
pudimos conseguirlo. El no darte el brebaje sólo hizo que tu sangre
de dios no te sirviese para nada, que se apagase como puede apagarse
una vela.
Katarzyna
tocó su frente.
-No
tengo tus ojos -le susurró.
Su
madre sonrió a duras penas, pero se acercó a ella para cogerle
ambas manos.
-Los
tienes de tu padre -le respondió, y antes de que Katarzyna le
hiciese la pregunta que tanto añoraba saber, su madre le leyó el
pensamiento-. No sé quien es tu padre, Katarzyna. Lo único que sé
es que mentía bastante bien, y era un ser hermoso. No era Apolo, de
eso estoy segura, pero no sé realmente quien era. Lo supe en cuanto
ese médico me rastreó.
Hizo
una leve pausa, pero siguió hablando:
-Al
principio no me lo creí. ¿Quién iba a creerse que iba a tener una
hija de un dios griego? Nadie podía hacerlo. Pero al cabo del tiempo
lo comprendí todo. Los síntomas, y las idas y venidas de aquel ser.
La ciudad invisible... Todo. Tu comportamiento... No lo sé, mi dulce
niña... Supongo que tu padre me engañó demasiado bien.
Katarzyna
negó con la cabeza y al igual que su madre, sonrió algo cansada.
-Mi
padre es Mark -respondió ésta, al mismo tiempo que él esbozaba una
gran sonrisa, claramente orgulloso de que ella se diese cuenta de que
la sangre no era necesaria para amar a alguien.
۩
Una
vez recogidas las cosas, Katarzyna salió de la casa con las maletas,
las cajas y miles de cosas más en la mano. Su madre estaba apoyada
sobre la pared, al lado de la puerta, atrapada por el cuerpo de su
padre. Una vez que Katarzyna levantó la vista hacia ellos, sus ojos
empezaron a empañarse, impidiéndole verlos en toda su estructura.
Sintió
unos pasos alejándose hasta ella, y una vez que cayó en que Egil
debería de estar aquí ayudando con la maleta, sin dar la mirada
hacia él, simplemente notando la colonia de él, lo sintió tras la
espalda de ésta.
-Puedo
saber que tú eres Egil -contestó Joanna, con voz quebrada-. He
visto tu cara durante semanas. También puedo averiguar que Evert fue
quien te mandó, ¿me equivoco en algo? ¿Por qué os la lleváis a
ella? Ella... No tiene ni idea de lucha, no la mandéis... No...
Mark
Svea le puso la mano sobre el hombro, y ella enterró la cara en el
pecho de él. Katarzyna sentía la boca seca e inmóvil, como si
alguien hubiese pasado un estropajo por ella.
-Sí,
soy yo -respondió, atrayendo la atención-. Y no sé porqué quieren
que la lleve. Simplemente estoy aquí porque Evert me lo pidió.
Joanna
giró hacia él, y se acercó a paso lento; haciendo a su marido
señales de que estaba bien.
-Ella
se ha criado como una niña normal, Egil -le dijo Joanna, mirando a
Egil cuan largo era-. Vosotros nacisteis tomando el brebaje, ella no.
Os llevan dando pequeñas charlas desde los tres años, hasta que los
doce empezáis a luchar... Ella no es como vosotros, ni siquiera
tiene vuestra fuerza física...
Su
boca se cerró de golpe, para ver que los labios le temblaban, y
Katarzyna fue la primera en darse cuenta. Ese rasgo era típico en
ella misma. No quiso decir nada, no pudo responder, no sabía que
decirle de todos modos.
-Si
piensas que ella luchará en los campos de batalla, está equivocada,
señora Svea -dijo éste, mirando aún a Joanna a los ojos, como si
realmente sintiese su pesar-. Me encargaré de que ella entrene por
su seguridad, pero que no será expuesta en el campo de batalla.
Joanna
levantó la vista tan rápido que Katarzyna apenas lo había podido
percibir, y sin más vacilación vio a su madre lanzarse a los brazos
de Egil. Él, sin embargo, no se lo esperaba y estaba en un estado
parecido al shock. El señor Svea se acercó también a él, y le
golpeó la espalda, como si estuviera haciendo una gran donación a
una ONG.
-Gracias
-dijo mi madre, al separarse de él-. Confío en usted.
Egil
levantó ambas cejas, y sonrió.
-Mientras
no me llame usted, todo está bien -le contestó, y asintió en la
dirección de Mark.
Tras
otra despedida de Katarzyna con sus padres, de nuevas lágrimas y de
nuevos abrazos interminables que se acortaban demasiado temprano,
ella se alejó y se metió en el coche, junto con Egil. Arrancó el
coche, y se metieron en la carretera, haciendo un viaje hacia el
hotel, y mañana consistiría en levantarse temprano para ir a
Halvor...
-¿Estás
bien? -Preguntó Egil, a la misma vez que ella volvía la cabeza
hacia él-. Es una pregunta estúpida, Katarzyna... No quiero ser el
culpable de esto, ¿lo sabías? Si quieres volver dímelo, que crearé
alguna mentira sobre ti. Diré que moriste, o que no eras una
semidiosa, no lo sé... Cualquier cosa, Katarzyna.
-No
quiero que hagas nada -le dijo ella, mostrándole una pequeña
sonrisa-. Es decir... Egil, me has estado jodiendo con esto bastante
tiempo, y ahora quiero seguir a la sangre de mi padre. No sé quien
es, no sé quien será... Egil, ¿es verdad lo que dijiste antes?
-¿El
qué?
-Que
no seré lanzada al campo de batalla -le dijo ella-. Le dijiste a mi
madre que seré entrenada por mi seguridad, pero que no seré una de
vosotros... Una guerrera, o lo que sea.
-Y
es totalmente cierto -le indicó él-: Una vez que nos hemos dado
cuenta de que no sabemos el paradero de tu padre, ya que no fuiste
formalmente criada como una semidiosa, no puedo lanzarte al campo de
batalla. No has recibido nunca instrucciones, y apenas tienes la
fuerza de nosotros, bueno, de los semidioses en general.
-¿Pero
eso no puede saberse? -Preguntó ella, colocándose para poder verle
mejor-. Ya sabes, saber quien es mi padre... Nunca tuve ninguna
intención de querer conocerle, porque siempre pensé que me había
abandonado... Y ahora que sé que es un dios...
Oyó
la risa de Egil.
-Eso
no cambia nada, Katarzyna -le respondió, con su habitual tono
grave-. Padre humano, tanto padre dios lo mismo da, son unos hijos de
puta. Sólo piénsalo, pelirroja. ¿Por qué tirarse a tantas humanas
a las que no quiere?
Katarzyna
se le quedó mirando, y en él vio una fracción de odio, de temor, o
quizás de tristeza.
-A
lo mejor son bastante enamoradizos... -comenzó Katarzyna-. Ya sabes,
tienen millones de años. Y aunque no sepa realmente quién está
casado cada uno, puede que...
Egil
sacudió la cabeza.
-Escúchame
-le interrumpió-. Ellos quieren un ejército. Si bien procrean a
diestro y siniestro es por eso exactamente. No tienen ni idea de que
hacer contra los demonios, o contra los hijos de Hades. Nosotros
tenemos la fuerza suficiente para derrotarles. Simplemente por ello
somos creados.
Katarzyna
alzó los ojos hacia él.
-Él
es hermano de Zeus y Poseidón -dijo ella, calculando con los dedos
de la mano-. ¿Por qué están todos contra él?
Egil
ladeó la cabeza hacia ella, y le sonrió. A Katarzyna debería de
producirle indiferencia, pero se sintió más segura, y no hacía
falta decir que se sonrojó al momento.
-Si
te hubieran dado el infierno a ti, ¿qué hubieras dicho? -Preguntó
él, con aire desenfadado-. ¿Te hubieras emocionado?
Katarzyna
frunció las cejas y negó varias veces en la cabeza.
-Si
me da miedo una cucaracha, imagínate un montón de monstruos en mi
reino -comenzó Katarzyna, con los ojos abiertos. Egil, sin embargo,
parecía estar divirtiéndose-. No podría con ello. Directamente me
moriría... ¡Aunque fuera inmortal, me da igual!
Él
se colocó en el asiento, y la miró por última vez.
-Bien,
pelirroja, agárrate al asiento -le ordenó-. Iremos directamente a
Halvor.
-¿No
íbamos a ir mañana?
Él
se encogió de hombros.
-Miento
a menudo.
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