miércoles, 13 de marzo de 2013

Just a disaster - Episodio 2


#Egil.
      14. Febrero. 2013

Egil había dejado el ala de las armas, para irse al ala de batalla para encontrarse con Maybritt, su prima, Ingel y Ossian, los amigos de éstos dos. Egil llevaba las manos metidas en los bolsillos, y avanzando lentamente se entretuvo en el ala por la que se arrastraba ahora. El ala de batalla consistía en grandes habitaciones, donde instructores, te preparaban para lanzarte a Halvor y finalmente combatir con los hijos de Hades, o quizás con las furias de éste, entre otros. Toda preparación comenzaba a los doce años, en clase de esgrima; y todo iba empeorando. Nadie lo sabía tan bien como Egil. Éste, siendo hijo de Ares, sabía perfectamente lo que era combatir, y ser castigado por ser tan efusivo con ello. A los hijos de Ares no se les permitía mandarlos a luchas menores, eran demasiado competitivos.
Egil había pasado por todas las habitaciones donde distintos niños, adolescentes, y más adultos combatían en ellas. También habían tres enfermerías en esta planta, al igual que en la de armas. Al final encontró a Maybritt en el jardín, con -lo que le pareció a Egil- un león.
-¡Domadora de leones! -Gritó Egil, sabiendo que Maybritt estaba a unos cuantos metros de él.
Ella se volteó hacia atrás y agitó la mano contenta de verle.
-¡No es un león! Es un jaguar -dijo ella sonriendo ampliamente, y luego con la mano le indicó a Egil que se acercase. Éste lo hizo con paso decidido y llegó junto a ella-. Es todo un salvaje, ¿lo sabías?
Egil le miró divertido.
-Es un jaguar, ¿qué querías, May? -Preguntó éste, revolviendo el rubio pelo de ésta.
Maybritt resopló. Egil se dio cuenta de que ella, realmente, estaba cansada. Le caía sudor por la frente, y aún así se las arreglaba para mantener el pelo impecable. Era una chica bastante perfeccionista.
-¿Y cómo puedo domarle? -Preguntó ésta, cogiendo su látigo son ambas manos. Egil recordó la primera vez que ella había cogido un látigo, y como desde entonces ella no lo dejaba. Fuese para lo que fuese.
-Tú eres la hija de Artemisa, no yo -le dijo Egil, para luego acariciar el jaguar y que éste le bufase-. Es verdad... No parece demasiado contento. ¿Y si dejas de usar el látigo?
Maybritt resopló con fuerza y se hizo notar.
-Me obligan, y lo sabes Egil -dijo, totalmente confusa-. ¿Y qué pasa con tu... trabajo?
Egil rió, y notó que Maybritt realmente quería saber acerca de eso, aunque lo supiera todo -menos que ella tendría que acompañarle también-, y se dispuso a hacerlo.
-Mañana salimos a Tierra.
Maybritt abrió la boca, y se la tapó con la mano derecha. Sus ojos verdes parecían arder de furia.
-¿Vas a llevarte a Ossian y a Ingel? -Le preguntó atónica-. ¿Y yo? Soy tu prima, soy hija de Artemisa y quieras o no quieras, debería acompañarte en todo... Sí, sí, me llevas cinco años de más, pero yo quiero acompañarte. ¡Y tú deberías de querer también, si realmente eres buen primo...!
Egil volvió a revolverle el cabello, y le miró fascinado. Sus ojos brillaban por el orgullo, y el amor que le tenía a ella.
-Claro que tenía pensado llevarte, Mymy -le dijo éste, pronunciando el mote que solía tener en la infancia-. Además, Evert dijo que te llevase a ti, y a ellos dos. Dale las gracias.
Maybritt entrecerró los ojos y, antes de que pudiese decir nada más, alguien les llamó.
Ingel estaba justamente donde Egil había estado antes, con los brazos cruzados sobre su pecho. -Perfecto-, pensó Maybritt rodando los ojos. Ella era amiga de Ingel desde siempre, justamente porque tenía la misma edad que su primo, veintidós. Con eso no debería de haber ningún problema, en realidad le gustaba... Le gustaba demasiado, ése sí era el problema. Ella llevaba enamorada de él desde hacía bastante, y aunque Maybritt no lo supiera, Ingel también estaba enamorado de ella. Sólo que si Egil se enteraba que ellos dos estaban enamorados, posiblemente, podría desatarse la guerra. Y era un modo de expresarlo demasiado bien.
Ingel se acercó hacia ellos, y cuando vio el jaguar le acarició el lomo. Éste, enseguida, también le dedicó una mirada de odio. Él, al instante, rodó los ojos.
-¿Le cae mal los hijos de Hefesto? -Preguntó, con diversión en sus ojos-. Pude haber sido hijo de Afrodita, sí, pero...
Maybritt soltó un grito que hizo mover a los cambiantes que andaban por allí -eran niños de doce años, que cogían forma de reptil-. Maybritt saltó de alegría, mientras Egil y Ingel les miraba como si se hubiese vuelto loca.
-¡Ya lo tengo! -Volvió a chillar-. ¡Afrodita! ¡Ella podrá ayudarme a domarlo!
Egil comprendió todo, incluso a penas de Ingel. Éste se llevaba una mano a su castaña cabellera, y miró a Egil pidiéndole explicación alguna.
-Ella no era capaz de domar al jaguar -comenzó Egil, metiendo las manos en los bolsillos-. Le has dado la idea que ella necesitaba.
Ingel sonrió ampliamente hacia Maybritt, y ésta sintió como su pecho se encogía y, de repente, necesitaba aire.
-Deberías darme las gracias, ¿no?
Maybritt, enojada, cogió el látigo con una sola mano y con éste dio directamente en la rodilla de Ingel, que hacía unos cuantos días se la había partido. Ingel abrió los ojos.
Egil resoplaba mientras le quitaba a Maybritt el látigo.
-Déjate de juegos, May -le aconsejó-. Ves al ala de las armas, he visto algunas hijas de Afrodita allí.
Ingel parecía cabreado.
-Y si ves a alguna para mí, tráemela -dijo éste fingiendo una sonrisa irónica. Ingel tenía el mismo color de ojos que Maybritt, pero ésta los tenía más oscuros que él. Los suyos era de un verde esmeralda hermoso.
Maybritt cerró el puño con fuerza, y se dio cuenta de que Egil aún tenía su látigo. Llevaba años y años sin dejar su látigo en alguna parte, y para un momento en que necesitaba usarlo contra algo -en este caso, alguien-, no lo tenía.
Ingel sonrió de pura diversión, y ella, frustrada, se fue dando largos pasos hacia el ala de las armas.
-Mañana nos iremos a las diez hacia Tierra -comenzó a decir Egil-, así que necesito que todos vosotros llevéis armas de todo tipo. Ocho, quizás. Diez, para ser más prevenidos.
Ingel parecía dudar.
-¿Diez? -Preguntó alzando una castaña ceja-. ¿Tantas? Simplemente vamos a arrastrar a una chica hacia aquí.
Egil pareció consternado.
-¿Y crees que no tendremos a demonios rondando por allí? -Preguntó Egil, pasándose una mano por la cabellera negra-. Espero que cuando lleguemos, no sea demasiado tarde... Tenemos que traerla y...
-¿Domesticarla? -Preguntó Ingel.
Egil rodó los ojos.
-No es un animal, Ingel -dijo éste riéndose-. Una semidiosa... Aunque no sabemos de quién es exactamente.
Después de unos segundos, Ingel asintió con la cabeza, porque estaba de acuerdo con él y puso sus manos detrás de la cabeza.
-Le diré a Ossian que se encargue de las armas, en cuanto venga... -propuso Ingel-. ¿También tendrá que coger látigos para Maybritt? Aunque, sinceramente, no me gusta demasiado.
Egil metió sus manos en los bolsillos y miró a éste.
-Coged tantos látigos como podáis. No quiero tener a Maybritt enfurruñada todo el camino, toda la estancia allí, y tras tres meses de estar aquí...
Ingel sonrió.


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