24.
Febrero. 2012
Katarzyna
pensó que Maybritt se había vuelto loca, que sería la última vez
que le haría caso alguno. Le había hecho vestirse con un corto
vestido azul claro, del color de los ojos de Egil, y el escote
resaltaba demasiado. Y para finalizar le había puesto sus pechos tan
arriba, que sentía que se asfixiaría con ellos. Desde luego que
Maybritt valía para la moda, pero eso no hacía que le hubiese
puesto el vestido tan pegado a la piel de su cuerpo. Sibylla, sin
embargo, estaba tan entusiasmada con su vestido plateado que ya había
sonreído a bastantes chicos, para ver si el vestido surgía efecto.
Y tanto si lo hacía, que ahora mismo tenía tres tíos a su
alrededor, interesado en ella. Katarzyna se preguntó cuando tiempo
faltaba para que Ossian viniera, y echase a los tres estúpidos fuera
de allí. Al parecer eran hijos de Hermes.
-Hace
mucho frío esta noche -susurró Maybritt a su lado, sonriendo
ampliamente-. Parece ser que Sibylla está en su momento de
gloria, ¿eh?
-Dios
mío, no me lo recuerdes, me está entrando dolor de cabeza de solo
oír a los tres gilipollas éstos intentando seducirla -dijo
Katarzyna volteando los ojos-. Son hijos de Hermes, ¿ellos que
suelen hacer?
Maybritt
se encogió de hombros.
-Pues
luchar es lo que la mayoría hacemos -sonrió-. Aunque en el
frente de batalla están los hijos de Ares, luego nosotros somos como
los segundones. Normalmente los hijos de Hera no van, no pueden. O
los hijos de Hestia... No lo recuerdo muy bien.
Katarzyna
rió ante la expresión que había puesto Maybritt al pasar por un
grupo de hijas de Apolo.
-Si
quieres referirte a que hacen con su habilidad he de decirte que no
tengo ni la más mínima idea -Maybritt susurró, y de pronto se
puso blanca-. ¡Allí vienen! Dios mío, Kashia, ¿qué vamos a
hacer?
Katarzyna
se había puesto igual de nerviosa que ella, porque se habían
vestido tal cual para ser emparejadas con ellos; y ni siquiera sabían
que hacer. Tal vez Maybritt podía pasar de desapercibida, porque
ella tenía los ojos verdes y aunque los suyos fuesen más oscuros no
pasaría absolutamente nada. Katarzyna, sin embargo, tenía un enorme
problema. Sus ojos eran negros, el vestido era azul claro... Había
demasiada diferencia para pasar desapercibida.
-Se
lo está pasando profundamente bien -rió Ingel, mirando como
Sibylla y uno de los hijos de Hermes conversaban-. Si llego yo a
saberlo me traigo la cámara.
Katarzyna
divisó que los otros dos no habían aparecido aún, y se quedó
claramente decepcionada. Miró a Ingel a los ojos y vio ese destello
que contenía sus ojos verdes esmeralda. Estaba increíblemente guapo
aquella noche. Tenía puesto un esmoquin con una corbata de color
verde, pero era algo más oscura que sus ojos, como los de... Oh,
Maybritt.
-Ella
está esperando a Ossian... -contestó Katarzyna, viendo que
Maybritt miraba a todos lados menos a él-. Oh, Ingel, ¿me puedes
hacer un pequeño favor?
Ingel
miró los negros ojos de Katarzyna y elevó una ceja.
-No
voy a darte mis zapatos, si es eso en lo que estás pensando... -dijo
Ingel, entrecerrando los ojos mientras sonreía.
Katarzyna
giró los ojos.
-No,
puedo cargar con los tacones aún -se negó, aún preguntándose
si Maybritt seguía a su derecha o, si por algún motivo se había
largado sin darse cuenta-. ¿Podrías llevarte a May de aquí?
Necesito hacer una cosa sin ella...
Sintió
como el trasero de Katarzyna ardía de dolor, y se dio cuenta de que
fue Maybritt quien lo había hecho. Le había pellizcado. Al instante
se sintió poderosa, y sonrió para sus adentros. Sin embargo Ingel
parecía algo perdido, así que alzó el codo derecho.
-¿Me
acompañas? -Preguntó éste moviendo las cejas, mientras
Maybritt lanzaba una mirada fulminante a Katarzyna y se iba con él.
Katarzyna
miró a su izquierda, esperando ver a Sibylla entre los tres chicos
de antes, pero había desaparecido. Ahora mismo estaba completamente
sola, en mitad de una plaza llena de gente. Según los vestidos, las
formas con las que se comportaban Katarzyna podría saber de quienes
se trataban. Los hijos de Apolo y los hijos de Afrodita se juntaban,
formando una piña. Los hijos de Artemisa estaban con unas lanzas y
hablando sobre ellas, preguntándose cuando serían las próximas
cacerías. No veía a los hijos de Ares, y eso que antes había visto
a Egil pasar por allí. Los hijos de Hefesto estaban haciendo de la
suya, soplando la fogata y volviéndola a encender, como si fueran
niños de cuatro años. Se preguntó con quien estaba Ross, y donde
se encontraba. Y entre el corro de las hijas de Hestia vio a Sashe.
¿Ella era hija de Hestia? ¿En serio? Eso debería de ser una broma
para Katarzyna...
-¿Debería
tomarme tu vestido como una invitación? -Oyó a sus espaldas, y
antes de darse la vuelta sabía quien era. Sólo había una voz que
pudiese hacer que ella se sintiese así de vulnerable.
-Egil
-susurró para sus adentros-. Eh... En realidad... Mi vestido
era por... Negros... No podía...
Él
levantó la mano mientras su sonrisa relajaba sus ángulos de la
cara, y Katarzyna se fijó en su traje. Llevaba otro esmoquin, como
todos los de allí, pero una corbata negra ocupaba su lugar. ¿Debería
de sentirse feliz por ello? ¿Realmente estaba pensando estar con
ella en aquel día? Katarzyna comenzó a sonreír, cuando se dio
cuenta de que en Tierra todo el mundo usaba corbatas negras, a todas
horas. Y se sintió estúpida al no darse cuenta de que tenía una
espada tras él.
-Supongo
que no habrás visto a Ossian.
Katarzyna
negó con la cabeza varias veces, como una total y completa estúpida,
dándose cuenta de que detrás de Egil comenzaban a aparecer más
hijos de Ares, montones de ellos. De distintas edades. Katarzyna se
tragó el miedo.
-No
sé donde está... -dijo sinceramente-. Pero estará con
Sibylla, estoy segura de ello... Oye, Egil, ¿qué podría salir de
un semidiós y una humana?
Egil
la miró extrañado y sonrió con la típica sonrisa suya
deslumbrante, algo que a Katarzyna le molestaba terriblemente. Si él
sonreía de aquella manera, ella se perdía por completo.
-Un
bebé.
Katarzyna
fingió una sonrisa estúpida.
-Y
yo pensando que saldría algún perro -dijo Katarzyna,
acariciándose los brazos por el frío.
Egil
la miró unos segundos en silencio, haciendo que Katarzyna se
sintiese incómoda y tras eso comenzó a quitarse la chaqueta,
primero apartando la espada y luego poniendo ésta entre sus dientes.
Algo que asustó terriblemente a Katarzyna, ya que pensó que podría
cortarse, pero él había vivido toda la vida entre armas, así que
estaría acostumbrado. Sintió como la chaqueta de Egil ocupaba sus
hombros, y ésta pasó las manos por las mangas.
-No
me apetece hacer de niñera mientras tú estás enferma -dijo
Egil poniendo su espada en el sitio de antes.
Katarzyna
se hizo la ofendida.
-Es
decir, que si tuvieras otra canguro mejor que yo, aunque no existe
tal caso, me dejarías tirada por ahí -dijo ella alzando las
cejas. Él se encogió de hombros e hizo un paso de baile, sacando
una carcajada por parte de Katarzyna.
-¿Tan
mal bailo? -Preguntó él, haciendo una mueca graciosa mientras
ella asentía riendo-. Pues ya no te contaré lo preciosa que
estás con ese vestido.
Katarzyna
se mordió el labio inferior y Egil lo captó al instante.
-No,
no me mires así, no voy a decírtelo ahora -dijo él
alborotándose el cabello-. Aunque es verdad que ese color te
favorece mucho, pero quizás sea porqué son los de mis ojos.
-¿Cómo
sabías que me había vestido así por ti? -Preguntó Katarzyna,
queriendo borrar de inmediato la pregunta-. Es decir, ¿de que
este color era exactamente al de tus ojos...?
Egil
se inclinó hacia ella, aunque esta vez menos porque se había puesto
tacones de diez centímetros, como él dijo.
-Es
un secreto pero... -él iba a continuar hablando si no fuera
porque el gentío comenzaba a gritar.
Katarzyna
dio la vuelta sobre sí misma y divisó a un montón de personas
corriendo hacia el Departamento, hasta que cayó que esas personas
eran hijas de Hera. ¿Por qué todas se iban al Departamento? Egil, a
su espalda, comenzaba a tensarse y a mirar por encima de todas las
cabezas. Era increíble lo alto que era, se dijo Katarzyna. Los
semidioses se pusieron en posición de combate, esperando a cualquier
cosa que se le ocurriera ir hacia ellos. Un montón de espaldas,
cuchillos, arcos y pistolas comenzaban a aparecer ante sus ojos.
Asustada se echó hacia atrás, revotando contra el pecho de Egil y
éste le hizo un gesto con la cabeza.
-Ponte
detrás de mí -ordenó tenso-. Y no te muevas, Kashia. No te
muevas ni un centímetro.
Ella
hizo lo que le decía y se puso tras él. Alguien del otro lado de la
fogata comenzó a alardear.
-¡Están
aquí!
Otro
gritó.
-¿Dónde
está Sundell? -¿Quién era él? ¿Por qué Katarzyna sabía tan
poco sobre las personas que habitaban Halvor? ¿Por qué ella, desde
las pruebas de Evert, no había vuelto a pelear? ¿Y su seguridad,
como dijo Egil? Aunque eso le preocupaba más bien poco, tenía un
montón de hijos de Ares a su alrededor.
-¡Menudos
cabrones! -Gritó una voz bastante grave, ronca-. Manteneros
alerta, cualquier hijo de Hera que se largue ahora.
Otro
chico, más distanciado que los demás también gritó:
-¿Y
la humana? -Preguntó, dándose cuenta de que Sibylla estaba por
ahí rondando en plena ejecución. Katarzyna comenzó a volverse loca
y a mirar hacia todos los lados, preguntándose si finalmente se
había encontrado con Ossian. Ella, viendo que Egil estaba tan
distraído con las voces haciendo eco en Halvor, se escabulló de los
tantos hijos de Ares que ahora llenaban toda la plaza y se metió por
un callejón, para dar luego con la misma plaza que antes, pero esta
vez veía a Egil enfrente. Lejos. Pero enfrente. Dio miles de vueltas
en sí misma, buscando a Sibylla y pensó que a lo mejor ya se la
habrían llevado. Debería de ser así. ¿Verdad?
Un
coro de voces volvieron a llenar el horrible silencio. Aunque
Katarzyna pensó que no sabía que era peor. Miro hacia arriba y vio
miles de siluetas suspendidas en el aire, y ahogó un pequeño grito.
De la enorme fogata que se hallaba justo en el centro de la plaza,
comenzaron a salir hombres vestidos de negro, con capuchas incluidas.
Esto no pintaba bien desde los ojos de Katarzyna. El último que
salió sostenía un enorme palo con una gran esfera encima de ésta.
Se quitó la capucha y se entrevió ver que tenía una enorme y
espesa barba; como si no se hubiera afeitado en días.
Un
montón de bichos rodeaban el lugar, bichos enormes y que no había
visto en su vida...
-Veo
que has venido -dijo un hombre abriéndose paso entre Egil y otro
chico al que no había visto antes.
Éste
de la barba hizo una mueca y sonrió. Una hilera de dientes blancos
pero que no encajaban con el físico de él...
-Como
verás, mi querido Sundell, llevo bastante tiempo sin pisar ésto
-dijo mirando hacia arriba, hacia sus criaturas-. Nunca cambia,
¿verdad? Me alegro de volver a verte.
El
tal Sundell apretó la mandíbula, creando corriente eléctrica en
Katarzyna. Una corriente mala. Horrible.
-¿Qué
quieres, Hades? -Preguntó Sundell, como si nada.
<<¿Hades?
¿Éste era el dios del Inframundo? ¿Éste es el hombre que sale en
mi libro de historia? No se parece en absoluto...>>
-He
oído acerca de nuevos acontecimientos, y tengo la certeza de que
habéis reclutado a unos semidioses más; ¿me equivoco? -Dio un
paso hacia Sundell enseñando una mano, mientras que con la otra
cogía el palo, bastón. Lo que fuera.
-No
sé que tiene que ver eso contigo -ésta vez una voz conocida
habló. Egil se había abierto camino hacia Hades, pero permaneciendo
al lado de Sundell.
Hades
le echó una mirada furtiva, haciendo que Egil estuviera más
cabreado que de costumbre. Era algo típico en él, y parecía que
nunca cambiaría. Hades le dio la cosa que sostenía en la mano
derecha a uno de sus hijos, se dijo Katarzyna, y unió las manos.
-Dios
permite que sus padres puedan estar con sus hijos -dijo éste
esbozando una sonrisa-. ¿No es eso cierto?
Sundell
resopló, mientras Egil miraba más allá de él, hacia a mí y abrió
los ojos de momento. Él no sabía que ella se había movido, pero no
sabía que estaría tan escandalizado.
-Sería
mejor que te fueras -gruñó este, volviendo a mirar al dios que
tenía delante.
Hades
movió el dedo índice, negando.
-Halvor
está solo para encargarse de todos los semidioses menos de los míos,
¿me equivoco? -Sonrió-. Entonces hacerlo tal cual, y
entregármelo.
Sundell
parecía estar alucinado.
-No
tenemos ningún hijo del Inframundo.
Egil
negó con la cabeza varias veces, y se aclaró la garganta.
-Sí.
Si que lo tenemos.
Todas
las miradas estaban clavadas en él, incluida la de Katarzyna que le
era incapaz de imaginarse que había estado rodeada de un hijo de
Hades, y se volvió nerviosa hacia Egil. Unos y otros comenzaron a
mirarse, casi todos se conocían entre ellos. Era típico en Halvor,
pero el silencio fue interrumpido por un grito de una de las hijas de
Atenea.
-¡Katarzyna!
-Gritó.
<<¿Qué
yo qué? ¿Qué hice? ¿A qué demonios venía gritarme, gritar mi
nombre?>>
Todos
se volvieron a mirar a Katarzyna, mientras ésta estaba totalmente
absorta en sus pensamientos, y fascinada por aquél cambio de
conversación. Sus pensamientos se abrieron a ella como una luz
cegadora, y de pronto, ya sabía que pasaba allí:
<<¿Piensan
que soy hija de Hades? ¡No! ¡No puedo serlo!>> Ella
era incapaz de llegar tarde a casa, ya fuese tres minutos, por si su
madre le pillaba y le daba una bronca. Ella se sentía mal cuando
hacía algo, aunque fuera sin querer... Ella no podría tener la
sangre desgarradora de Hades. No podía.
-Veo
que ésta vez mi sangre ha fabricado una niña -dijo acercándose
a ella, con paso lento pero decidido-. ¿Así que tú eres la que
no tiene parte divina? ¿Cómo ha podido tu madre permitir eso?
Katarzyna
tragó cuando vio que éste estaba a unos pasos de ella. Él sabía
que ella temblaba por como se movía ligeramente, creía que era por
frío pero se dio cuenta de que su presencia lo hacía.
-No
puedo permitir que uno de mis hijos no tenga mis características
-añadió Hades.
-Tampoco
voy a permitir que ella los tuviera -dijo Egil, que mágicamente
había aparecido a su lado y divisaba una sonrisa burlona-. Es
mejor que te vayas.
Hades
se volvió en redondo y cuatro de sus hijos, rodearon a Egil. Éste
sacó la espada y comenzó a retroceder a medida que intentaba que
Katarzyna se escabullese tras él. Ella intentó hacerlo, pero Hades
estaba frente a ella, prohibiéndole el paso. Egil apretó la
mandíbula y los demás, simplemente, se quedaban mirando aquella
escena.
<<¿Esto
es así? ¿Van a actuar como unos alumnos viendo unas peleas de dos
matones?>>
Egil
comenzó a blandir su espada con las de los demás. La rapidez con la
que se movía, los enormes pasos que daba hacia atrás para luego
lanzarse sobre ellos. Katarzyna sabía que la esgrima era lo primero
que daban allí, pero no se imaginó que llegarían a tal punto que
era realmente difícil seguirle con los ojos. Egil, ante los ojos de
Katarzyna, estaba totalmente difuminado.
Hades
se acercó a ella, y alzó un cuchillo (o eso parecía) de empuñadura
negra, tal y como el filo que éste poseía. En su cara no había
ninguna sonrisa, y sus ojos se habían vuelto negros, y Katarzyna
supo al instante de dónde provenían sus ojos. Hades, sabiendo que
Egil era el único que luchaba por ella (y estaba ocupado en este
momento), alzó el cuchillo y lo penetró en el estómago de
Katarzyna.
Y
soltando un grito ahogado cayó sobre el suelo, oyendo la voz rota de
Egil tras ella.
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