02. Marzo. 2013
Estaba
sumida en la luz, pero aparte de eso sentía como si no pudiera
moverse de aquél sitio. Estaba en un largo laberinto con las paredes
blancas, translúcidas y pensó que quizás podía atravesarlas, pero eran más duras que el propio hierro. Se preguntó
si saldría de allí con vida antes de comenzar a tener hambre, o
sueño. Estaba muerta de frío, y tan solo tenía el vestido con el
que asistió a la fiesta. El azul claro contrastaba con el blanco del lugar, y
sólo hacía que le escociesen los ojos. Sólo tenía que pensar con
claridad, cuál camino escoger. Ella siempre había tenido un pésimo
sentido de la orientación, y en ese momento se culpó de ello.
Avanzó
hacia delante, aún con las piernas rígidas como tubos de metal. Se
abrazó a sí misma, y respiró con dificultad, como si el aire
comenzase a disiparse, y la niebla ocupase todo a su alrededor. La
silueta de una persona apareció delante de ella, a unos dos metros,
y confirmaba que era un hombre. Por su larga estatura y lo ancho que
parecía ser.
-No
vengas -le susurró, o eso le pareció a Katarzyna hasta que el
eco hizo resonar en las paredes.
-¿Por
qué? -Le preguntó de vuelta, tiritando aún más, pensando que
quizás éste era su final-. ¿Por qué te ocultas?
Ella
pareció ver como el hombre sonreía de medio lado.
-Debes
marcharte -ignoró sus preguntas-. Estás yendo por el camino
equivocado, así sólo conseguirás tu muerte. Date la vuelta y vete
por dónde has venido.
Katarzyna
pestañeó sin enterarse apenas de nada, y ladeó la cabeza como un
cachorro abandonado.
-¿Quieres
decir que...? -No llegó a formular la pregunta, porqué él ya
estaba acercándose hacia ella, y levantando la palma de la mano
derecha en alto.
-Estás
en coma -le dijo éste, dejando ver su rostro. Tenía el pelo
negro ébano, con unos ojos azules casi grises y su dentadura era una
perfecta armada de plata-. Sólo tú decides si vivir o morir.
Tragó
saliva, y giró en redondo. El camino por el que había venido había
desaparecido.
-No...
No puedo -tembló-. No hay camino, no... No hay otra salida
más que ésta.
Él
negó con la cabeza varias veces antes de hacer un gesto con las
manos.
-La
niebla te está matando, si entras más acabarás muriéndote
-dijo él-. Puedes morir si eso es lo que prefieres, pero dudo que
quieras eso, y yo tampoco lo deseo.
Katarzyna
pestañeó de nuevo, y le miró directamente a los ojos y algo le
llamó la atención, llamándole la atención.
-Eres
un dios... -susurró ella, más para sí misma que para él.
Su
dentadura perfectamente blanca la cegó.
-Dios
de la guerra -hizo una reverencia ante ella-. Ares.
Ella
seguía sin poder creer que había un dios ante ella, a pesar de que
horas antes había visto a su dios-padre matándola, o mejor dicho,
apuñalando el estómago de ella hasta quedar en coma. Pero nunca
pensó que vendría el padre de... ¡Egil!
-No
entiendo porqué usted desearía salvarme -se sinceró ella, de
nuevo, tragando saliva-. Es el dios de la guerra, sin duda no creo
que usted disponga de mucho corazón.
Él
hizo crujir sus nudillos, poniéndole la piel de gallina a Katarzyna.
-Soy
el dios de la guerra porqué así lo quiso Zeus -susurró, aunque
las paredes seguían vibrando-. Y debería de informarle que sólo
creo guerra, para aquellos que creen que la necesitan para conseguir
algo. Aveces necesitan algo en lo que apoyarse para no darse por
vencido. Y yo sólo soy una excusa. Mi don es sólo es una excusa.
Katarzyna
comprendió las palabras de él, pero sacudió la cabeza para borrar
cualquier cosa que ahora no fuera con aquel momento.
-¿Y
por qué ha venido usted? -Le preguntó ella, dudando-. Sé
que mi padre me intentó matar y el no vendría acaso que fuera para
matarme directamente, pero no sé porqué está usted aquí.
Él
movió la mano izquierda.
-Deja
de llamarme usted -le indicó-. Y para empezar, nadie sabe
nada de esto, y prefiero que así se quede. ¡Necesitas despertarte
ya Katarzyna! Cada diálogo es una hora perdida de tu vida.
Katarzyna
tuvo una sensación irremediable de correr hacia la niebla y perderse
en ella, pero sabía que quería volver a ver a Sibylla con sus
largas charlas, a Maybritt con sus ropas, a Ingel, a Ossian... y a
Egil.
-Pero
no sé porqué me necesitas a mí -exclamó Katarzyna, sin querer
levantar la voz, pero sabiendo que en aquel sitio el eco se hacía
infinitamente más alto-. Me gustaría...
Él
miró hacia arriba y soltó una maldición.
-Escúchame,
pequeña pelirroja -le dijo inclinándose hacia ella-. Necesito
que vayas hacia atrás, que confíes en mí. Tú eres sólo una clave
para resolver una ecuación; y mi hijo también lo es. Sólo necesito
que te salves.
Ella
quiso volver a preguntar pero él ya había desaparecido. Se dio
media vuelta, enfrentándose al vacío que se hallaba frente a ella y
comenzó a nadar, preguntándose cuanto tardaría en llegar a la
puerta. O lo que quería que fuera para alzarse al lado de los
muertos, o de los vivos. Ya le daba igual, aunque seguía
repitiéndose lo mismo. Una, y otra, y otra vez.
<<Tú
eres sólo una clave para resolver una ecuación>>
Lloró.
<<Y
mi hijo también lo es>>
Sólo
necesitaba salvarse.
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