02.
Marzo. 2013
Tocó
la enorme bola blanca que yacía en ella y de pronto se sumió en una
oscuridad absoluta. Había llegado su fin, se dijo.
Se
dobló sobre su propio cuerpo, tomando una gran bocanada de aire,
como si de repente se hubiese quedado sin él y comenzó a parpadear.
La oscuridad no requería que estaba muerta, en realidad estaba viva.
Estaba
viva. Ares le había dicho la verdad.
Sintió
todos los huesos quejarse ante tal brusquedad, y de su boca emanó un
pequeño grito ahogado. Y sus ojos comenzaron a llover, sabiendo que
hacía tiempo que éstos no se abrían. Katarzyna se preguntó cuanto
hacía que llevaba en la cama. Si habían pasado días, semanas,
meses o quizás años. Pero le pareció demasiado que hubiesen pasado
años.
Sus
labios estaban agrietados y carecía de saliva. Miró hacia todos los
lados y se dio cuenta de que la oscuridad solo podía cegarla aún
más que la luz, aunque sabía que ella siempre había preferido lo
primero. La oscuridad era seguridad para ella, pero en aquel momento
estaba muerta de miedo. No sabía si podía hablar, pero en vez de
hacerlo, gritó.
A
unos metros un ruido cortó su largo grito, y brincó. Una sombra
larga y oscura comenzó a oscilar ante ella.
La
luz de luna brilló sobre su rostro.
Egil.
Parecía asustado, o tremendamente sorprendido. Katarzyna no sabía
cual de las dos probabilidades escoger, él, simplemente se quedó
parado ante ella, y cuando ella pensó que no se movería en toda la
noche se lanzó sobre ella. Agarró su rostro entre sus dos enormes
manos, y la estrujó contra su pecho duro. Ella soltó una
exclamación de sorpresa, y le pasó los brazos por la cintura de él.
-¿Estás
viva? -Preguntó él, tontamente-. Por todos los dioses,
realmente estás viva. ¿Cómo...? Dios mío, Katarzyna.
Cogió
un vaso que yacía sobre la encimera y se lo dio a ella. Lo tomó con
mucho gusto y comenzó a beber de él pero enseguida se lo acabó,
sintiendo como su cuerpo estaba desnutrido. Él pasó de llenarle
otro vaso y le pasó la botella. Ella lo tomó con mucho gusto y
bebió por la boquilla hasta que sintió que no estaba sedienta.
Egil
dejó la botella en el suelo, y se sentó en la cama al lado de ella,
que estaba sentada pero con las sábanas cubriéndole.
-Os
oía -susurró Katarzyna, y se sorprendió de poder hablar tan
rápido. Él se giró hacia ella y entrecerró los ojos, confundido-.
Sé cuando estabais aquí. Sé que teníais un horario de visita.
No he dormido, es más bien... Estar aquí pero al mismo tiempo no
estar. Oí a Maybritt contándome anécdotas de su trabajo, aunque se
pasaba la mayor parte llorando, al igual que Sibylla que solía
leerme cuentos, historias...
Egil
la miraba con atención, y ella se sintió terriblemente honorada por
ello.
-Sé
que Ingel me contaba cosas sobre la historia de los dioses, cosas que
nadie de mi mundo sabe. También Ossian me ayudaba a aprender
latín... -Katarzyna bajó la mirada hacia sus manos-. Y sé
que tú venías y no decías absolutamente nada. Se sentabas, o
andabas de un lado para otro, podía oír tus pasos, pero no decías
nada. No querías... No querías decirme nada.
Él
apretó la mandíbula y miró a través de la ventana cerrada, pero
con las cortinas echadas hacia un lado. Parecía totalmente exhausto,
cansado (con grandes bolsas bajo los ojos), y arrepentido.
-Sí
que quería hacerlo -admitió, para la sorpresa de Katarzyna-. No
tengo ni puñetera idea de como puedo abrirme, aunque realmente
pensaba que no nos oías. No sé que coño me pasa, Kashia, pero lo
primero que pensé cuando vi que... era que mi vida acababa ahí.
Parezco un estúpido niñato de la escuela secundaria, pero en verdad
no sé como tomarme ésto. Hicimos el horario porqué...
-Te
querías pasar todo el día conmigo, y los demás sabían que no era
bueno -respondió Kashia, con una terrible emoción.
-Estoy
sintiendo como si todo el aire que había contenido en mi pecho se
estuviera reduciendo -dijo, torciendo el gesto-. Pero aún
sigo pensando en como te pasaste mi orden por donde quisiste. La
próxima vez que lo hagas, Kashia, te juro que te lo volverás a
pensar dos veces antes de pasarme por alto.
Katarzyna
negó con la cabeza, y esbozó una pequeña sonrisa de lado. Cogió
la mano de él y sintió sus largos dedos entre los suyos, y una
oleada de calor llegó hasta ella, a pesar de que el ambiente allí
era frío.
-¿Cuántos
días llevo aquí? -Preguntó ella, sabiendo que no había pasado
aún un año, ni mucho menos.
-Unos
cinco días, creo -dudó él, sonriendo-. Eres muy fuerte,
Kashia, y quiero que nadie te diga lo contrario. Normalmente la gente
que está en coma lleva años así, pero tú has tardado cinco
días... Eres realmente... -Se calló al instante, porqué iba a
decirle algo inadecuado. Kashia no se dio cuenta y lo miró fijamente
apretándole la mano con más fuerza, aunque en ese momento no
tuviera apenas.
-Vi
a... un dios -le susurró. Él le apartó un mechón de su
flequillo de la frente, y le sonrió. Ella no quiso que él dijera
nada, así que siguió hablando-. Me ayudó a escapar de allí.
Del... abismo.
Él
se quedó mirándola, tragando saliva.
-¿Cómo
es el abismo?
-Es
un laberinto enorme y de color blanco... Pensé que solo había un
camino, pero si iba hacia él solo estaba llevándome hacia mi propia
muerte. Pero apareció... Un dios ante mí... -Ella le miró,
pero él aún seguía mirándola asombrado-. Ares.
Él
rostro de él se contrajo, cambiando por completo todas sus
facciones, volviéndose duras como el acero. Su corazón estaba de
nuevo cubierto por un fino filo de hierro.
-Él
me dijo que diera la vuelta, que estaba yendo por el camino
equivocado -dijo ella-. Al principio dudaba, pero lo hice
porqué sentía que me decía la verdad. Lo hice y estoy aquí. Estoy
aquí contigo y viva.
Él
miró de nuevo hacia la ventana, como si estuviera totalmente
melancólico.
-¿Él
te ha salvado la vida? -Preguntó-. ¿Por qué?
Ella
volvió a recordar las palabras que le dijo Ares, y antes de que se
diese cuenta ya se lo estaba contando todo a Egil, todo lo que él le
había contado, y lo que había hablado con él. Le dijo como era su
aspecto, y se dio cuenta de porqué le llamó la atención. Egil y
Ares compartían el mismo cuerpo ancho, el mismo color de pelo,
negro, y sus ojos eran azules. Aunque los de Egil eran azul claro,
mientras que los de Ares rozaban el grisáceo. Pero ambos colores le
proporcionó a Katarzyna una sensación de asombro por tales colores.
En sí los dos quedaban perfectamente en conjunto. Eran de una
belleza extraordinaria aunque no fuesen el mismísimo Apolo.
-¿Sabes
de qué se puede tratar? -Preguntó Katarzyna.
Él
negó con la cabeza, y le besó la frente.
-Duérmete
-le murmuró-. Mañana hablaremos sobre todo esto, ¿vale?
Katarzyna
estuvo apunto de decirle que le quería, que no quería que se fuera
de allí (aún sabiendo que él no se separaría en ningún momento),
pero quiso decirlo en voz alta, para saber que opinaría él ante tal
afirmación.
No
lo hizo, se durmió en pocos segundos a pesar de saber que había
estado días inconsciente.
۩
03.
Marzo. 2013
Katarzyna
estaba rodeada de todos ellos, y oyendo las conversaciones
entremezcladas, porque no la dejaban tranquila. Ellos se habían
enterado horas antes de que se había despertado, y todo el mundo
parecía aliviado. Sibylla le contaba un montón de cosas sobre no sé
qué de los Departamentos, Ingel le contradecía; Ossian se reía,
Maybritt sólo ponía los ojos en blancos y esperaba a que alguien la
dejara hablar, aunque en ese momento no fuera muy posible. Egil, sin
embargo, yacía en la silla y de vez en cuando se salía porqué,
estaba muy ocupado con esto de hacer de instructor.
Ella
sonrió e intentó salir de la cama.
-¿Adónde
vas? -Preguntó Ingel, tocando la frente de ella-. Será mejor
que te tumbes, has llevado varios días en coma, y eso pasa factura.
Además, no me apetece ver a Egil maldiciendo.
Katarzyna
volvió a recostarse, y levantó las manos a la misma vez. Es como si
creyeran que era una niña de cinco años que acababa de perder su
juguete, y eso la ponía furiosa. Aunque no dijo nada, no quería
hacer cabrear a Ingel. Que parecía estar dispuesto a ir tras ella
para no atener, a las miradas de reproche de Egil.
Una
larga y escuálida figura apareció delante de ellos, haciéndose
notar.
Los
demás callaron y esperaron a que hablase. Ella se imaginó que era
el doctor, aunque éste poseyera unos pantalones naranjas, y un
jersey del mismo color. Era rubio oscuro, y en sus ojos resplandecían
unas motas naranjas, acompañadas del color miel. Katarzyna se
sorprendió ante tales colores, pero no dijo nada.
-Buenos
días -saludó con una sonrisa agradable-. Soy el Dr. Bones.
Debo de dar por sentado que usted es la señorita... -ojeó el
pequeño fajo de papeles, que tenía en la mano, y volvió a levantar
la mirada-. Katarzyna Cecille Svea, si no me equivoco. Hija de
Hades.
Ella
se sorprendió ante tal acusación, aunque fuera cierta, y se sintió
con ganas de patearle el trasero.
-Me
intentó matar -saltó ella, viendo como Egil se unía a la
conversación-. Creo que de padre tiene bien poco, ¿no lo cree
usted?
El
doctor Bones miró directamente a Egil, buscando apoyo pero él
parecía ver más allá, y lo dejó correr. Volvió a mirarla con sus
enormes ojos naranjas.
-Lo
siento -se disculpó él-. Ninguno de los dioses presta
atención a sus hijos, y si sucede tal cosa es para matarlos.
Katarzyna
estuvo apunto de decir que ella había conocido a Ares, y que a pesar
de ser el dios de la guerra, no quiso maltratarla o matarla como su
padre. Pero se calló. Egil le había dicho horas antes que nada de
decirle a nadie nada.
-Usted
saldrá de aquí en unas dos horas -le dijo-. Al parecer no
necesita recuperarse de mucho, dado que sólo se ha pasado unos días
así. Aún así tiene su herida aún sanando, así que no intente
hacer movimientos demasiado bruscos. ¿Podré confiar en eso?
Ella
sonrió de inmediato, y asintió mientras apretaba la mano de Sibylla
y Maybritt.
۩
-Te
parecerá una tontería, pero echaba de menos ésto -dijo ella,
señalando a su alrededor.
La
casa de Egil comenzaba a ser una gran locura, con todo tirado y
demasiado polvo comenzando a pasar factura.
-Aún
así, ¿qué pasa aquí? -Preguntó Katarzyna a su vez, y
suspiró-: ¿Ha arrasado con tu casa algún tornado?
Egil
estaba tras ella con una pequeña bolsa dorada, y ella supo que era
la bolsa de viaje que ella usaba desde que era pequeña. Para los
viajes, y los viajes en excursión (aunque en éstos mayormente usaba
la mochila). Egil dejó la bolsa sobre el sofá y se volvió hacia
ella.
-Me
he pasado todos los días fuera de casa -le explicó el de los
ojos azules-. Ni siquiera he visto a Ross, ni a nadie que no fuera
Maybritt yéndose de la habitación cuando yo llegaba, o a mis
alumnos.
Él
apoyó un brazo en la pared y crujió el cuello. A Katarzyna le
entraron escalofríos, y se preguntó desde cuando llevaba sin
dormir. Posiblemente desde que ella entró en el hospital. Katarzyna
se sentía estúpida, aunque no hubiera sido culpa suya el haber
quedado como quedó. Pero ahora ya estaba ahí, y todo volvía a la
normalidad.
-Alégrate,
que hoy duermes en tu querida cama -le tentó Katarzyna, moviendo
las manos-. Puedes ir durmiendo, ¿sabías? Sólo quedan dos horas
para las doce.
Egil
echó la cabeza hacia atrás, mirando el techo.
-Yo
iré poniendo sábanas nuevas, y tú vas preparando algo de cenar -le
indicó él, bajando su cabeza.
-Pero...
Él
subió una mano en alto.
-Sé
que estás deseando que me lance a dormir, pero antes prefiero cenar
algo -le dijo él, moviendo la cabeza hacia la cocina-. Y
supongo que tú también, ¿verdad?
Ella
sonrió.
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