04.
Marzo. 2013
Katarzyna
llevaba un buen rato despierta sobre la cama de Egil, observando como
éste dormía. Eran cerca de las tres de la tarde, y no se había
levantado a pesar de lo tarde que era, y eso la inquietaba. No quería
irse de aquella cama, no quería volver a salir de la casa,
simplemente por si algo pasaba. Simplemente pensó en lo que le dijo
Egil. En aquello de que se lo pensaría dos veces antes de pasarlo
por alto. Y desde luego eso iba a hacer. Había perdido cinco días
de su vida simplemente por algo que no llega a comprender.
Cerró
los ojos mientras le daba la espalda a Egil, y suspiró.
<<¿Se
suponía que debía de pasarme ésto? Y sí... ¿No puedo hablar con
mi madre? Ella a lo mejor tenga las respuestas que nadie tiene, le
conoció, y quizás sepa como es...>>
Siguió
vagando sobre el tema de Hades, pero no cabía duda de que su
supuesto padre era un cabrón. Aparte de esa conclusión no llegó a
ninguna otra. Y hablando del tema de Egil... ¿Podía sentirse más...
impotente? El estar con él solo la hacía más fuerte, pero a la
misma vez su debilidad por él se notaba al instante. ¿Le estaba
haciendo algún bien?
Notó
una mano agarrándola mientras la empujaban fuera de la cama, pero
estaba lejos de darse en la herida, y antes de siquiera rozar el
suelo, la volvió a la posición en la que estaba.
Ella
se dio la vuelta, y podía ver como Egil se reía. A pesar de tener
un brazo alrededor de sus ojos.
-Me
has pegado un susto de muerte -le reprimió ésta dándole un
puñetazo en el brazo. Se lamentó el habérselo dado, porque le
dolieron los nudillos, y él seguía tan campante.
-Estabas
despierta -dio por sentado, quitando el brazo de su rostro-. Y
dado que no dejas de mover las piernas, me he visto obligado a
hacerlo.
Katarzyna
abrió la boca, y volvió a pegarle, ésta vez un manotazo.
-Eres
un cara dura... -le murmuró-. Que ocupes toda la maldita cama
no es mi culpa, ¿lo sabías? -Le preguntó, pareciendo enfadada,
pero en realidad él sabía que no lo estaba-. Eres un poco
idiota.
Egil
rió.
-Soy
bastante idiota -corrigió, mientras abrazaba a Katarzyna, y la
asfixiaba en ese abrazo. Ella no se quejó, más bien al revés, ella
también le devolvió el abrazo. Él se sorprendió-. ¿No piensas
pegarme?
Katarzyna
negó con la cabeza, un simple gesto para que él se apartase.
-Hoy
no salgas de aquí -le avisó-. Aún tienes que recuperarte.
Ross viene en dos días, cuando tú ya puedas comunicarte con alguien
sin saltar como una gata en celo.
Ella
intentó volver a pegarle, pero él se levantó de la cama unos
segundos antes.
-¿No
vas a levantarte, pelirroja? -Le preguntó él, mientras pasaba
una mano por su pelo. Haciendo que los rizos pelirrojos se
extendiesen sobre la almohada-. Sabes que yo soy de desayunar en
familia.
Katarzyna
carcajeó, porque no se lo creía. Llevaba días con él, y sabía
que no.
-No
me mientas -le amenazó subiendo un dedo, a pesar de que aún
estaba tumbada en la cama-. Ya te conozco, aunque tú no lo sepas.
Y sé que de familiar tienes bien poco. Así que sí. Me voy a quedar
aquí, viviendo en la oscuridad. ¡Baja las persianas!
Él
se fue hacia la ventana, y bajó las persianas. Ella suspiró. Al
mismo tiempo que lo hizo notó unos brazos que la cogían, y ella no
se quejó. Envolvió los brazos alrededor del cuello de Egil, y se
hundió en su cuello. Notó que su cuerpo temblaba, pero sabía que
no podía hacerlo parar, y se maldijo por eso. Él lo sintió en sus
piernas, y en los brazos que rodeaban su cuello. Pero no se quejó,
más bien se sintió orgulloso de ello.
La
dejó sobre el sillón, y ella volvió a acostarse.
-¿No
eres capaz de sentarte? -Le preguntó Egil, preocupado, mientras
se ponía de cuclillas frente a ella-. ¿Quieres que llame a
Bones? Quizás él sepa...
Ella
negó con la cabeza.
-Si
puedo, pero por desgracia no me apetece -rió como una niña
pequeña, y se tapó la cara con ambas manos-. Por cierto, no me
has dicho donde está Ross.
Él
entrecerró los ojos.
-Con
Sashe -le indicó-. Quizás se esté volviendo loco, y que
cuando lo tengamos de vuelta me mate. Me tumbará en su habitación,
y con los Iron Man que tiene me haga un ritual satánico.
Ella
rió acurrucándose hacia él. Él volvió a sorprenderse, pero ésta
vez no se quitó. Pasó su mano por la espalda de ella, de algún
modo, intentando consolarla aunque a ella no le pasara nada en ese
momento.
-Los
Iron Man no hacen rituales satánicos -le indicó Katarzyna, y
antes de que él dijese nada siguió hablando-: ¿Te puedo hacer
un favor? ¿Pequeñito? Aunque también depende de para quién...
-El
que quieras.
-¿Puedes
abrazarme? -Preguntó, y habló rápido-: Mi madre solía
abrazarme veinte veces al día, y desde que no estoy con ella...
Bueno, da igual, olvídalo. Me he puesto en plan ñoña.
Él
le agarró una mano, y la puso de pie aunque cogió su cintura y la
subió de nuevo al sillón. Así podía estar más a la altura de él,
aunque seguía siendo claramente más baja. La abrazó, mientras
ponía su barbilla sobre la cabeza de ésta. Ella pasó las brazos
alrededor de él, y suspiró profundamente.
-Gra...
Gracias -logró decir ella-. Te has quedado conmigo todos
estos días y ahora me haces caso. Siempre he pesando que eras un
pequeño idiota buenorro, pero al parecer eres algo más que eso.
Él
rió, y se separó poco a poco de ella. Aún estando a una corta
distancia, a unos pocos centímetros. Volvió a acercarse, pero ésta
vez no hubo abrazo. Al menos no un abrazo amistoso. Le cogió la cara
con ambas manos y juntó su nariz con la de ella. Sus alientos se
mezclaban entre sí, hasta que ellos compaginaron juntos. Él fue
hacia la oreja de ésta y le besó el lóbulo, la mejilla, hasta
llegar a su boca. Rozó sus labios con los de ella, mientras ella
jadeaba rápidamente, y su corazón daba un vuelco. El simple roce se
convirtió en algo más que eso, se convirtió en un beso dulce,
lento, hasta que Katarzyna entreabrió la boca, sin saber si estaba
bien hacerlo. Ella no había besado nunca, y no sabía exactamente
que hacer en estos casos. Él lo vio como una invitación y metió su
húmeda lengua en la boca de ella, y ella le dio la bienvenida
soltando un pequeño gemido satisfactorio. Le rodeó los hombros, a
la misma vez que él se separaba de ella.
Se
había separado y la miraba increíblemente confuso. Impresionado,
podría decirse también.
-Tengo
que seguir con... -comenzó a decir Egil, y Katarzyna se sintió
como si el puñal de Hades hubiese vuelto a introducirse en ella.
Parando su corazón en un terrible y ahogado sonido.
-Sí,
claro -le dijo ella, enfadada; e intentó que no se notase
demasiado.
۩
Hacía
bastante rato que Egil se había ido por la puerta, y Katarzyna se
recostaba sobre el sillón viendo la televisión. Al parecer rara vez
Egil la usaba, y para su sorpresa, ella se lo imaginaba. Apenas
pasaba tiempo en casa, porque entre que tenía que tirarse todo los
días, a todas horas en el Departamento por ella, también tenía que
hacer de instructor. Aunque ella, ahora mismo, pensaba algo referente
a que se jodiera, que se lo había buscado por haber ido a por ella.
Tal vez el ser rechazada le había hecho pensar así, ni siquiera lo
sabía.
El
timbre sonó, y ella enseguida se puso en pie. Quizás fuera Sibylla
para pasar la tarde con ella. Dudaba que fuera Maybritt si ésta
ayudaba a Ingel, o más bien, él le enseñaba a ella. O con Ossian,
aunque ésta acabara de él hasta la coronilla. Es decir, de los dos.
Abrió
la puerta, para encontrarse con la rubia, que días atrás había
intentado atacarla, y traía al niño encantador con ella.
-No
esperaba encontrarte aquí -admitió, mientras entraba en la casa
como si fuera realmente suya, aunque su novio (al que acababa de
besar Katarzyna) era el dueño de ésta, y podía hacerlo-: Pensé
que todavía seguirías ocupada estando en coma.
Katarzyna
torció el gesto ante sus palabras, y como se había referido a
aquello. ¿Qué seguiría ocupada estando en coma? Sonaba como si se
tratara de algún trabajo a tiempo completo.
-Ya
ves que no -terminó ésta, cerrando la puerta de un manotazo; se
giró en redondo-. Pensé que tú ya sabrías que Egil no está
aquí. Así que, ¿qué quieres?
Ross,
junto a ella se fue a abrazar a Katarzyna, mientras ésta le rodeaba
su pequeña cintura con el brazo.
-Te
he echado de menos -lloriqueó él-. Pensé que morirías...
Estás viva, ¿verdad?
Sashe
exclamó una carcajada.
-No.
Este es su espíritu, que viene a vengarse de todos nosotros
-contestó, con una sonrisa agria. Miró a Katarzyna, que la miraba
con semblante cabreo-. Supongo que tus días aquí están
contados.
Katarzyna
se echó hacia atrás, como si hubiese recibido un manotazo. Miró a
Sashe, confundida. Ésta, sin embargo, dejó la mochila de Ross sobre
el sillón y fue hacia ella, aunque más allá. Junto a la puerta,
agarró el pomo y la miró:
-Eres
hija de Hades -le dijo-. Es el mal de todos los demás
semidioses, sus hijos van con él. Y dado que él no te quiere en su
pandilla de colegas sin neuronas, tendrán que darte a Zeus, y que él
decida por ti.
Katarzyna
siguió mirándola, pero no había movido ni un sólo músculo.
-Imagínate
-le indicó ella, con falsa emoción-, conocerás a un dios. El más
importante. ¿No deberías de sentirte encantada?
-No
-fue directa-. Hace unas semanas ni siquiera había creído en
dioses, ni en Drácula, ni en el Hombre Lobo. Así que, créeme,
cuando te digo que lo último que quiero es conocer a Zeus, a
Poseidón, o a quien quiera que se presente ante mí.
Sashe
fue a contestar cuando una puerta abrió, y dio con ésta al hombro
de Sashe. Soltó un pequeño grito, y al darse cuenta de quien era se
puso más enfurecida aún, como si todo lo que había guardado contra
Katarzyna, debería echarse sobre Egil.
Miró
a ambas confuso, y dirigió la mirada hacia Sashe; que comenzaba a
parlotear.
-¿Cómo
demonios puedes meter en tu casa a una hija de Hades? -Le
preguntó, enfurecida-. ¿Es que acaso no sabes como son las Leyes
aquí? ¿Lo saben los demás? Si el Supremo se llega a enterar de
ésto...
Katarzyna
no sabía quien era el Supremo, pero me sonaba a algo referente con
dibujos animados. Pero dado que aquello no era tal cosa, decidió
seguir escuchando la conversación. Sabiendo que Sashe la quería
fuera de allí, no le cabía duda de que algo andaba muy mal allí.
Que quizás Egil no debió de haberla llevado allí de nuevo.
-Cállate
-le soltó éste, tirando unas carpetas sobre la encimera de la
cocina-. Ni siquiera sabes de qué coño estás hablando, Sashe.
Sabes tan bien como yo que todo el mundo sabe que ella está aquí.
Además, ¿qué haces aquí? ¿Y que hace Ross aquí?
Ross
abrió la boca, herido.
-No
es por ti, Ross -le indicó éste-. No es bueno que ahora
volvamos más loca a Katarzyna.
<<Y
ya empezamos con el estúpido nombre>>
-Bien,
haz lo que quieras -le indicó ésta, volviendo a coger el pomo
de la puerta-. Pero la próxima vez te darás cuenta de que estás
haciendo, de que soy tu novia y tengo derecho a elegir éstas
decisiones.
Egil
la miró con una sonrisa amarga.
-Adiós,
Sashe.
Ella,
totalmente cabreada, hizo girar el pomo y salió agarrando la mano de
Ross; dando un enorme portazo con ella.
-Cada
vez que ella viene aquí me dan ganas de matarme yo -dijo
Katarzyna, totalmente molesta-. Es como una de esas cucarachas que
aparecen en el momento más inadecuado, e intentan matarte
psicológicamente. Es tu casa, no la mía, pero podía visitarte
cuando estés tú aquí, porque desde luego no quiero que me visite a
mí.
-Relájate,
pelirroja.
Ella
resopló, sulfurada.
-¡No!
¡No voy a relajarme! -Gritó-. Quiero que la cuelguen, que la
quemen en la hoguera... ¡Algo!
Egil
la miró boquiabierto.
-¿Sabes
las estupideces que estás diciendo?
-No
-respondió, y enseguida su cara se puso roja como un tomate-. ¡Pero
no me apetece verla! Es que es algo que no me produce realmente
placer, sinceramente.
Egil
sonrió de medio lado.
-Sin
embargo a mí sí me hace sentir placer.
Katarzyna
abrió los ojos como si acabara de ver algún fantasma prehistórico,
y cogió el primer jarrón que tuvo más a mano. Era transparente, de
cristal, y se lo tiró a Egil. Katarzyna pensó que no daría en el
blanco (aunque realmente quería hacerle sufrir con algo), y no le
faltaba razón, pero sin embargo no había ido del todo desviado. Le
había abierto un corte en la mejilla a Egil.
Él
se tocó la mejilla que emanaba sangre y ella, desde donde estaba,
comenzó a maldecir.
-Lo
siento -se disculpó en voz alta, mientras su voz se quebraba-.
No... No lo pensé demasiado bien. Siento haberte dado.
Él
la miró con furia en los ojos.
-Pero
no te arrepientes de haberme cortado, admítelo -le dijo él,
mientras se acercaba a ella, y ésta se ponía rígida.
Ella
no solía tener miedo de Egil, porque sabía perfectamente que él no
le haría nada. Pero era algo en su mirada que hacía que su corazón
diese un vuelco, no era miedo lo que le transmitía, de eso estaba
segura.
-Conocerás
al Placer en breve -dijo éste, antes de lanzarse sobre la boca
de la chica. Sus besos eran más bien furiosos, pero a la misma vez
había ternura en ellos. Egil estaba entre la espada y la pared,
quería besar a aquella chica, pero a la misma vez sabía que debía
de apartarse de ella. Y cada vez que la besaba más y más, era más
difícil separarse de ella. Sintió los brazos de ella envolverse
alrededor de su cuello, y él, con las dos manos sobre sus muslos, la
ayudó a subir a su cintura. Las piernas de ella se envolvieron en la
cintura de él, pegándose contra él, en busca de algo más que
simples besos ardientes. Él la apretó contra la pared, y quitó una
mano de sus muslos para cogerle la nuca, y así poder besarla más
intensamente. Se apartó con ella de la pared, ambos respiraban con
dificultad, mientras sus narices se rozaban. Él cargó con ella
hasta la habitación y la tumbó en la cama.
-¿Egil?
-Preguntó ella, sin saber porqué lo hizo. Estaba más que dispuesta
a dejar que él hiciese con ella lo que quisiera, pero el miedo
seguía presente en ella. Aún así él se separó de ella, para
poder verla mejor.
-¿Quieres
que pare? -Preguntó él, de vuelta.
Ella
negó con la cabeza, apenas perceptible. Él volvió hacia ella,
mientras sus besos se volvían más agresivos. Katarzyna temblaba, su
cuerpo vibraba de felicidad; sin embargo Egil parecía estar guiado
por algo diferente a aquello. Ella se dejó envolver mientras le daba
besos por todo el cuello, y seguía bajando hasta su escote. Volvió
a besarla en los labios, mientras él le quitaba la camiseta y ella
soltaba un gritito de sorpresa. Él parecía totalmente encantado con
el pequeño gemido que acababa de soltar, y siguió desvistiéndola.
Los pantalones de pijama de ella cayeron al suelo. Katarzyna pensó
que era su turno de hacer algo, así que le quitó la camisa a Egil,
con algo de dificultad, pero fue capaz. No sabía si ir más hacia
abajo y quitarle los pantalones. Egil se dio cuenta de su duda y se
los quitó él mismo.
-Date
la vuelta -le susurró en el oído. Ella pareció algo
contrariada, pero lo hizo. Ahora estaba de cara a la almohada.
Notó
los labios de él en su mejilla izquierda, y bajó hasta la nuca de
ella. Siguió bajando por la parte de su espalda, hasta llegar al
broche de su sujetador y mordiendo a éste, se desabrochó. Pero su
boca no paraba ahí, seguía bajando por la espalda de ella, hasta
llegar a la altura de las caderas de ésta. Él metió las manos bajo
ella, y poco a poco se fue deshaciendo de las bragas de ella. Y para
terminar él se terminó de desvestir, a la misma vez que escuchaba a
Katarzyna respirar con agresividad.
-Mírame,
cachorra -le murmuró, mientras la giraba dulcemente y tiraba su
sujetador al suelo.
Él
contempló el cuerpo de ella al desnudo, mientras ella intentaba
taparse como podía; algo que a Egil le quedó fascinado. Aquella
pequeña chica que no llegaba al metro setenta estaba ante él, y era
preciosa. No sabía porqué quería taparse. Ella, sin embargo, no
pensaba lo mismo; aunque sí que le fascinaba el hermoso cuerpo de
él, como si hubiera sido tallado por Miguel Ángel. Egil, en la
respuesta a su mirada, cogió las manos de ella y las puso sobre el
pecho desnudo de él. Se volvió a acercar a ella para trazarle
cortos besos en la mandíbula, y luego trazó el cuello de ella con
la lengua. Otro gemido más por parte de Katarzyna. Otra sonrisa
socarrona por parte de Egil.
Ella
ni siquiera estaba demasiado puesta en lo que pasaba, cuando, notó
algo pasar en su vagina. No era el miembro de Egil, de eso estaba
segura, eran sus dedos los que estaban allí. Un pequeño grito salió
de su garganta, pero ella movía demasiado las caderas, intentando
que él fuera más allá. Él le tomó la palabra y, con tan solo
rozarla, ella cerró los ojos. Él agarró el cabecero de la cama,
para ir lentamente mientras ella se acostumbraba a su cuerpo, aunque
no tenía ni idea de porqué ella recibía tanto dolor. Katarzyna
agarró las sábanas, luego a los hombros de él mientras le clavaba
las uñas. Una embestida. Dos. Tres. Cuatro embestidas. El dolor iba
desapareciendo pero Katarzyna sabía que algo andaba mal con él. Era
dulce, pero algo extraño andaba mal en él; pero ella se aferró más
a él. Él quitó las manos del cabecero para poner los brazos en
ambos lados de la cabeza de la chica. Una marcha más rápida,
Katarzyna se relaja. Se vuelve aún más rápida la marcha, Katarzyna
estira los pies. Aún Egil es capaz de ser más rápido, más salvaje
y más encantador; Katarzyna llega al clima. Y por último, la marcha
se relaja, poco a poco, hasta parar.
Y
con un silencio, en la oscuridad, todo vuelve a la normalidad.
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