jueves, 18 de abril de 2013

Just a disaster - Episodio 20


    04. Marzo. 2013

Katarzyna llevaba un buen rato despierta sobre la cama de Egil, observando como éste dormía. Eran cerca de las tres de la tarde, y no se había levantado a pesar de lo tarde que era, y eso la inquietaba. No quería irse de aquella cama, no quería volver a salir de la casa, simplemente por si algo pasaba. Simplemente pensó en lo que le dijo Egil. En aquello de que se lo pensaría dos veces antes de pasarlo por alto. Y desde luego eso iba a hacer. Había perdido cinco días de su vida simplemente por algo que no llega a comprender.
Cerró los ojos mientras le daba la espalda a Egil, y suspiró.
<<¿Se suponía que debía de pasarme ésto? Y sí... ¿No puedo hablar con mi madre? Ella a lo mejor tenga las respuestas que nadie tiene, le conoció, y quizás sepa como es...>>
Siguió vagando sobre el tema de Hades, pero no cabía duda de que su supuesto padre era un cabrón. Aparte de esa conclusión no llegó a ninguna otra. Y hablando del tema de Egil... ¿Podía sentirse más... impotente? El estar con él solo la hacía más fuerte, pero a la misma vez su debilidad por él se notaba al instante. ¿Le estaba haciendo algún bien?
Notó una mano agarrándola mientras la empujaban fuera de la cama, pero estaba lejos de darse en la herida, y antes de siquiera rozar el suelo, la volvió a la posición en la que estaba.
Ella se dio la vuelta, y podía ver como Egil se reía. A pesar de tener un brazo alrededor de sus ojos.
-Me has pegado un susto de muerte -le reprimió ésta dándole un puñetazo en el brazo. Se lamentó el habérselo dado, porque le dolieron los nudillos, y él seguía tan campante.
-Estabas despierta -dio por sentado, quitando el brazo de su rostro-. Y dado que no dejas de mover las piernas, me he visto obligado a hacerlo.
Katarzyna abrió la boca, y volvió a pegarle, ésta vez un manotazo.
-Eres un cara dura... -le murmuró-. Que ocupes toda la maldita cama no es mi culpa, ¿lo sabías? -Le preguntó, pareciendo enfadada, pero en realidad él sabía que no lo estaba-. Eres un poco idiota.
Egil rió.
-Soy bastante idiota -corrigió, mientras abrazaba a Katarzyna, y la asfixiaba en ese abrazo. Ella no se quejó, más bien al revés, ella también le devolvió el abrazo. Él se sorprendió-. ¿No piensas pegarme?
Katarzyna negó con la cabeza, un simple gesto para que él se apartase.
-Hoy no salgas de aquí -le avisó-. Aún tienes que recuperarte. Ross viene en dos días, cuando tú ya puedas comunicarte con alguien sin saltar como una gata en celo.
Ella intentó volver a pegarle, pero él se levantó de la cama unos segundos antes.
-¿No vas a levantarte, pelirroja? -Le preguntó él, mientras pasaba una mano por su pelo. Haciendo que los rizos pelirrojos se extendiesen sobre la almohada-. Sabes que yo soy de desayunar en familia.
Katarzyna carcajeó, porque no se lo creía. Llevaba días con él, y sabía que no.
-No me mientas -le amenazó subiendo un dedo, a pesar de que aún estaba tumbada en la cama-. Ya te conozco, aunque tú no lo sepas. Y sé que de familiar tienes bien poco. Así que sí. Me voy a quedar aquí, viviendo en la oscuridad. ¡Baja las persianas!
Él se fue hacia la ventana, y bajó las persianas. Ella suspiró. Al mismo tiempo que lo hizo notó unos brazos que la cogían, y ella no se quejó. Envolvió los brazos alrededor del cuello de Egil, y se hundió en su cuello. Notó que su cuerpo temblaba, pero sabía que no podía hacerlo parar, y se maldijo por eso. Él lo sintió en sus piernas, y en los brazos que rodeaban su cuello. Pero no se quejó, más bien se sintió orgulloso de ello.
La dejó sobre el sillón, y ella volvió a acostarse.
-¿No eres capaz de sentarte? -Le preguntó Egil, preocupado, mientras se ponía de cuclillas frente a ella-. ¿Quieres que llame a Bones? Quizás él sepa...
Ella negó con la cabeza.
-Si puedo, pero por desgracia no me apetece -rió como una niña pequeña, y se tapó la cara con ambas manos-. Por cierto, no me has dicho donde está Ross.
Él entrecerró los ojos.
-Con Sashe -le indicó-. Quizás se esté volviendo loco, y que cuando lo tengamos de vuelta me mate. Me tumbará en su habitación, y con los Iron Man que tiene me haga un ritual satánico.
Ella rió acurrucándose hacia él. Él volvió a sorprenderse, pero ésta vez no se quitó. Pasó su mano por la espalda de ella, de algún modo, intentando consolarla aunque a ella no le pasara nada en ese momento.
-Los Iron Man no hacen rituales satánicos -le indicó Katarzyna, y antes de que él dijese nada siguió hablando-: ¿Te puedo hacer un favor? ¿Pequeñito? Aunque también depende de para quién...
-El que quieras.
-¿Puedes abrazarme? -Preguntó, y habló rápido-: Mi madre solía abrazarme veinte veces al día, y desde que no estoy con ella... Bueno, da igual, olvídalo. Me he puesto en plan ñoña.
Él le agarró una mano, y la puso de pie aunque cogió su cintura y la subió de nuevo al sillón. Así podía estar más a la altura de él, aunque seguía siendo claramente más baja. La abrazó, mientras ponía su barbilla sobre la cabeza de ésta. Ella pasó las brazos alrededor de él, y suspiró profundamente.
-Gra... Gracias -logró decir ella-. Te has quedado conmigo todos estos días y ahora me haces caso. Siempre he pesando que eras un pequeño idiota buenorro, pero al parecer eres algo más que eso.
Él rió, y se separó poco a poco de ella. Aún estando a una corta distancia, a unos pocos centímetros. Volvió a acercarse, pero ésta vez no hubo abrazo. Al menos no un abrazo amistoso. Le cogió la cara con ambas manos y juntó su nariz con la de ella. Sus alientos se mezclaban entre sí, hasta que ellos compaginaron juntos. Él fue hacia la oreja de ésta y le besó el lóbulo, la mejilla, hasta llegar a su boca. Rozó sus labios con los de ella, mientras ella jadeaba rápidamente, y su corazón daba un vuelco. El simple roce se convirtió en algo más que eso, se convirtió en un beso dulce, lento, hasta que Katarzyna entreabrió la boca, sin saber si estaba bien hacerlo. Ella no había besado nunca, y no sabía exactamente que hacer en estos casos. Él lo vio como una invitación y metió su húmeda lengua en la boca de ella, y ella le dio la bienvenida soltando un pequeño gemido satisfactorio. Le rodeó los hombros, a la misma vez que él se separaba de ella.
Se había separado y la miraba increíblemente confuso. Impresionado, podría decirse también.
-Tengo que seguir con... -comenzó a decir Egil, y Katarzyna se sintió como si el puñal de Hades hubiese vuelto a introducirse en ella. Parando su corazón en un terrible y ahogado sonido.
-Sí, claro -le dijo ella, enfadada; e intentó que no se notase demasiado.

۩


Hacía bastante rato que Egil se había ido por la puerta, y Katarzyna se recostaba sobre el sillón viendo la televisión. Al parecer rara vez Egil la usaba, y para su sorpresa, ella se lo imaginaba. Apenas pasaba tiempo en casa, porque entre que tenía que tirarse todo los días, a todas horas en el Departamento por ella, también tenía que hacer de instructor. Aunque ella, ahora mismo, pensaba algo referente a que se jodiera, que se lo había buscado por haber ido a por ella. Tal vez el ser rechazada le había hecho pensar así, ni siquiera lo sabía.
El timbre sonó, y ella enseguida se puso en pie. Quizás fuera Sibylla para pasar la tarde con ella. Dudaba que fuera Maybritt si ésta ayudaba a Ingel, o más bien, él le enseñaba a ella. O con Ossian, aunque ésta acabara de él hasta la coronilla. Es decir, de los dos.
Abrió la puerta, para encontrarse con la rubia, que días atrás había intentado atacarla, y traía al niño encantador con ella.
-No esperaba encontrarte aquí -admitió, mientras entraba en la casa como si fuera realmente suya, aunque su novio (al que acababa de besar Katarzyna) era el dueño de ésta, y podía hacerlo-: Pensé que todavía seguirías ocupada estando en coma.
Katarzyna torció el gesto ante sus palabras, y como se había referido a aquello. ¿Qué seguiría ocupada estando en coma? Sonaba como si se tratara de algún trabajo a tiempo completo.
-Ya ves que no -terminó ésta, cerrando la puerta de un manotazo; se giró en redondo-. Pensé que tú ya sabrías que Egil no está aquí. Así que, ¿qué quieres?
Ross, junto a ella se fue a abrazar a Katarzyna, mientras ésta le rodeaba su pequeña cintura con el brazo.
-Te he echado de menos -lloriqueó él-. Pensé que morirías... Estás viva, ¿verdad?
Sashe exclamó una carcajada.
-No. Este es su espíritu, que viene a vengarse de todos nosotros -contestó, con una sonrisa agria. Miró a Katarzyna, que la miraba con semblante cabreo-. Supongo que tus días aquí están contados.
Katarzyna se echó hacia atrás, como si hubiese recibido un manotazo. Miró a Sashe, confundida. Ésta, sin embargo, dejó la mochila de Ross sobre el sillón y fue hacia ella, aunque más allá. Junto a la puerta, agarró el pomo y la miró:
-Eres hija de Hades -le dijo-. Es el mal de todos los demás semidioses, sus hijos van con él. Y dado que él no te quiere en su pandilla de colegas sin neuronas, tendrán que darte a Zeus, y que él decida por ti.
Katarzyna siguió mirándola, pero no había movido ni un sólo músculo.
-Imagínate -le indicó ella, con falsa emoción-, conocerás a un dios. El más importante. ¿No deberías de sentirte encantada?
-No -fue directa-. Hace unas semanas ni siquiera había creído en dioses, ni en Drácula, ni en el Hombre Lobo. Así que, créeme, cuando te digo que lo último que quiero es conocer a Zeus, a Poseidón, o a quien quiera que se presente ante mí.
Sashe fue a contestar cuando una puerta abrió, y dio con ésta al hombro de Sashe. Soltó un pequeño grito, y al darse cuenta de quien era se puso más enfurecida aún, como si todo lo que había guardado contra Katarzyna, debería echarse sobre Egil.
Miró a ambas confuso, y dirigió la mirada hacia Sashe; que comenzaba a parlotear.
-¿Cómo demonios puedes meter en tu casa a una hija de Hades? -Le preguntó, enfurecida-. ¿Es que acaso no sabes como son las Leyes aquí? ¿Lo saben los demás? Si el Supremo se llega a enterar de ésto...
Katarzyna no sabía quien era el Supremo, pero me sonaba a algo referente con dibujos animados. Pero dado que aquello no era tal cosa, decidió seguir escuchando la conversación. Sabiendo que Sashe la quería fuera de allí, no le cabía duda de que algo andaba muy mal allí. Que quizás Egil no debió de haberla llevado allí de nuevo.
-Cállate -le soltó éste, tirando unas carpetas sobre la encimera de la cocina-. Ni siquiera sabes de qué coño estás hablando, Sashe. Sabes tan bien como yo que todo el mundo sabe que ella está aquí. Además, ¿qué haces aquí? ¿Y que hace Ross aquí?
Ross abrió la boca, herido.
-No es por ti, Ross -le indicó éste-. No es bueno que ahora volvamos más loca a Katarzyna.
<<Y ya empezamos con el estúpido nombre>>
-Bien, haz lo que quieras -le indicó ésta, volviendo a coger el pomo de la puerta-. Pero la próxima vez te darás cuenta de que estás haciendo, de que soy tu novia y tengo derecho a elegir éstas decisiones.
Egil la miró con una sonrisa amarga.
-Adiós, Sashe.
Ella, totalmente cabreada, hizo girar el pomo y salió agarrando la mano de Ross; dando un enorme portazo con ella.
-Cada vez que ella viene aquí me dan ganas de matarme yo -dijo Katarzyna, totalmente molesta-. Es como una de esas cucarachas que aparecen en el momento más inadecuado, e intentan matarte psicológicamente. Es tu casa, no la mía, pero podía visitarte cuando estés tú aquí, porque desde luego no quiero que me visite a mí.
-Relájate, pelirroja.
Ella resopló, sulfurada.
-¡No! ¡No voy a relajarme! -Gritó-. Quiero que la cuelguen, que la quemen en la hoguera... ¡Algo!
Egil la miró boquiabierto.
-¿Sabes las estupideces que estás diciendo?
-No -respondió, y enseguida su cara se puso roja como un tomate-. ¡Pero no me apetece verla! Es que es algo que no me produce realmente placer, sinceramente.
Egil sonrió de medio lado.
-Sin embargo a mí sí me hace sentir placer.
Katarzyna abrió los ojos como si acabara de ver algún fantasma prehistórico, y cogió el primer jarrón que tuvo más a mano. Era transparente, de cristal, y se lo tiró a Egil. Katarzyna pensó que no daría en el blanco (aunque realmente quería hacerle sufrir con algo), y no le faltaba razón, pero sin embargo no había ido del todo desviado. Le había abierto un corte en la mejilla a Egil.
Él se tocó la mejilla que emanaba sangre y ella, desde donde estaba, comenzó a maldecir.
-Lo siento -se disculpó en voz alta, mientras su voz se quebraba-. No... No lo pensé demasiado bien. Siento haberte dado.
Él la miró con furia en los ojos.
-Pero no te arrepientes de haberme cortado, admítelo -le dijo él, mientras se acercaba a ella, y ésta se ponía rígida.
Ella no solía tener miedo de Egil, porque sabía perfectamente que él no le haría nada. Pero era algo en su mirada que hacía que su corazón diese un vuelco, no era miedo lo que le transmitía, de eso estaba segura.
-Conocerás al Placer en breve -dijo éste, antes de lanzarse sobre la boca de la chica. Sus besos eran más bien furiosos, pero a la misma vez había ternura en ellos. Egil estaba entre la espada y la pared, quería besar a aquella chica, pero a la misma vez sabía que debía de apartarse de ella. Y cada vez que la besaba más y más, era más difícil separarse de ella. Sintió los brazos de ella envolverse alrededor de su cuello, y él, con las dos manos sobre sus muslos, la ayudó a subir a su cintura. Las piernas de ella se envolvieron en la cintura de él, pegándose contra él, en busca de algo más que simples besos ardientes. Él la apretó contra la pared, y quitó una mano de sus muslos para cogerle la nuca, y así poder besarla más intensamente. Se apartó con ella de la pared, ambos respiraban con dificultad, mientras sus narices se rozaban. Él cargó con ella hasta la habitación y la tumbó en la cama.
-¿Egil? -Preguntó ella, sin saber porqué lo hizo. Estaba más que dispuesta a dejar que él hiciese con ella lo que quisiera, pero el miedo seguía presente en ella. Aún así él se separó de ella, para poder verla mejor.
-¿Quieres que pare? -Preguntó él, de vuelta.
Ella negó con la cabeza, apenas perceptible. Él volvió hacia ella, mientras sus besos se volvían más agresivos. Katarzyna temblaba, su cuerpo vibraba de felicidad; sin embargo Egil parecía estar guiado por algo diferente a aquello. Ella se dejó envolver mientras le daba besos por todo el cuello, y seguía bajando hasta su escote. Volvió a besarla en los labios, mientras él le quitaba la camiseta y ella soltaba un gritito de sorpresa. Él parecía totalmente encantado con el pequeño gemido que acababa de soltar, y siguió desvistiéndola. Los pantalones de pijama de ella cayeron al suelo. Katarzyna pensó que era su turno de hacer algo, así que le quitó la camisa a Egil, con algo de dificultad, pero fue capaz. No sabía si ir más hacia abajo y quitarle los pantalones. Egil se dio cuenta de su duda y se los quitó él mismo.
-Date la vuelta -le susurró en el oído. Ella pareció algo contrariada, pero lo hizo. Ahora estaba de cara a la almohada.
Notó los labios de él en su mejilla izquierda, y bajó hasta la nuca de ella. Siguió bajando por la parte de su espalda, hasta llegar al broche de su sujetador y mordiendo a éste, se desabrochó. Pero su boca no paraba ahí, seguía bajando por la espalda de ella, hasta llegar a la altura de las caderas de ésta. Él metió las manos bajo ella, y poco a poco se fue deshaciendo de las bragas de ella. Y para terminar él se terminó de desvestir, a la misma vez que escuchaba a Katarzyna respirar con agresividad.
-Mírame, cachorra -le murmuró, mientras la giraba dulcemente y tiraba su sujetador al suelo.
Él contempló el cuerpo de ella al desnudo, mientras ella intentaba taparse como podía; algo que a Egil le quedó fascinado. Aquella pequeña chica que no llegaba al metro setenta estaba ante él, y era preciosa. No sabía porqué quería taparse. Ella, sin embargo, no pensaba lo mismo; aunque sí que le fascinaba el hermoso cuerpo de él, como si hubiera sido tallado por Miguel Ángel. Egil, en la respuesta a su mirada, cogió las manos de ella y las puso sobre el pecho desnudo de él. Se volvió a acercar a ella para trazarle cortos besos en la mandíbula, y luego trazó el cuello de ella con la lengua. Otro gemido más por parte de Katarzyna. Otra sonrisa socarrona por parte de Egil.
Ella ni siquiera estaba demasiado puesta en lo que pasaba, cuando, notó algo pasar en su vagina. No era el miembro de Egil, de eso estaba segura, eran sus dedos los que estaban allí. Un pequeño grito salió de su garganta, pero ella movía demasiado las caderas, intentando que él fuera más allá. Él le tomó la palabra y, con tan solo rozarla, ella cerró los ojos. Él agarró el cabecero de la cama, para ir lentamente mientras ella se acostumbraba a su cuerpo, aunque no tenía ni idea de porqué ella recibía tanto dolor. Katarzyna agarró las sábanas, luego a los hombros de él mientras le clavaba las uñas. Una embestida. Dos. Tres. Cuatro embestidas. El dolor iba desapareciendo pero Katarzyna sabía que algo andaba mal con él. Era dulce, pero algo extraño andaba mal en él; pero ella se aferró más a él. Él quitó las manos del cabecero para poner los brazos en ambos lados de la cabeza de la chica. Una marcha más rápida, Katarzyna se relaja. Se vuelve aún más rápida la marcha, Katarzyna estira los pies. Aún Egil es capaz de ser más rápido, más salvaje y más encantador; Katarzyna llega al clima. Y por último, la marcha se relaja, poco a poco, hasta parar.
Y con un silencio, en la oscuridad, todo vuelve a la normalidad.

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