miércoles, 24 de abril de 2013

Just a disaster - Episodio 21

    04. Marzo. 2013
Maybritt estaba tirando todo su armario, es decir, completamente toda la ropa que contenía en él al suelo. Vestidos de hacía años, y otro desde hacía algunos meses. Sostuvo uno entre sus manos y se acordó de quién se lo había regalado: Ingel. Se acordó de todas esas veces en que su gran relación de amistad, se transformó en una pequeña relación amorosa. En realidad ellos nunca habían dicho eso de: “Mantengamos ésto en secreto”, o “siento haberte besado”. Era algo como “luego nos vemos”, y más tarde hacían como si nada hubiera ocurrido. Como si nada hubiera sido real. Ella tiró en vestido a la papelera, mientras sacaba más y más ropa.
El timbre la sacudió. Fue hacia allí, intentando no pisar uno que otro vestido. Su casa parecía un completo desastre. Los vestidos, camisetas, pantalones, faldas, zapatos y miles de complementos más, se hallaban por todo el suelo. Ocupando su habitación, y el salón.
Abrió la puerta y se encontró al sueño que llevaba persiguiendo toda su vida.
-¿Se puede saber que ha pasado aquí? -Le preguntó él, mientras pasaba sin permiso a la casa-. ¿Eso no lo usabas cuando tenías quince años? ¿Aún te queda bien? Oh sí, cierto, no has crecido.
Ella rodó los ojos, y seguía en la puerta.
-¿Sabías que cuando la gente va a casas ajenas preguntan si pueden pasar? -Preguntó ella.
Él se volvió en redondo.
-¿Eso no son los vampiros? -Le preguntó él, entrecerrando los ojos, y yendo hacia el sofá para tumbarse en él. Ella, tras cerrar la puerta de un golpe, fue hacia él.
-¿Qué quieres, Ingel? -Le preguntó desde arriba.
Él volvió a levantarse del sofá y torció la sonrisa que hace unos segundos mantenía. Era algo asombroso que él estuviera preocupado. Era Ingel.
-Dado que Kashia es hija de Hades, primero harán un juicio con el Supremo -le indicó él, rascándose la parte posterior de la cabeza-. Luego si no llegan a ningún punto, tendrán que llevársela los Vulnis, para que así Zeus decida.
Maybritt abrió los ojos, y resopló.
-¿Tenemos que meter a un dios en todo esto? -Preguntó ella, mientras él rodeaba el sillón para estar frente a ella-. ¿No sería mejor dejar a todos ellos de lado? Son ellos los que han hecho que existamos, si hay algún problema con nosotros son su culpa.
Ingel la escuchaba mientras ella hablaba, pero meneó la cabeza para que ella captara que debería dejar de hablar.
-No vamos a seguir sus reglas, May -le murmuró-. Todos sabemos que harán lo que sea para que la ahorquen, y eso es lo que pasará si no hacemos algo. Iremos al Inframundo.
Maybritt abrió la boca hasta convertirla en una O redonda.
-Tú no vienes -dio por asentado. Ella, claramente, estaba en contra de que ella no fuera, simplemente porque era más pequeña y encima chica. Si había estado entrenando todos esos años para defenderse, ¿por qué no podía utilizarlo?
-¡No voy a hacer lo que vosotros me digáis! -Le gritó, impotente-. Estoy cansada de que me veáis como si fuera un cachorro abandonado, una chica que no puede defenderse. Así que sí que iré.
Ingel la miró como si estuviera loca.
-Lo que menos me apetece hacer es encargarme de ti -le espetó.
Maybritt apretó los puños, a la misma vez que cogía el látigo y lo aferraba a la palma de su mano.
-Escúchame, Maybritt -le dijo él, poniendo la palma hacia arriba, intentando que ella le devolviese el látigo. Pero eso no ocurría-. Muy bien. Haz lo que quieras, pero no cambiaré de idea.
Ella alzó la barbilla.
-Soy bastante mayorcita para ocuparme de mí misma.
Él estuvo de acuerdo con ello, pero no le había convencido en absoluto. Al revés. Sabía que ella se podía cuidar sola perfectamente, pero eso no quitaba que sus imprudencias sirvieran sólo para complicarlo todo. Ella seguía manteniendo la misma postura, es decir, con el látigo en la mano y las ganas inmensas de pelear.
-Bien -dijo Ingel, de pronto-. Vendrás, pero irás pegada a mí. ¿Me explico lo suficientemente bien?
Maybritt rodó los ojos pero tenía una enorme sonrisa en el rostro; eso mejoró el estado de ánimo de Ingel. Que se dio cuenta de un vestido que había en la enorme papelera, y con una mueca fue a cogerlo. Maybritt sabía que iba a decir.
-Éste vestido te lo regalé yo -rió, mientras sostenía a éste de un dedo-. Fue en tu quincena.
Ella asintió, soltando el látigo.
-Póntelo -ordenó mientras se lo tiraba. La miró fijamente.
-Hace dos años de ésto, Ingel -dijo ella, boquiabierta. Incapaz de creerse que el vestido cupiese en ella de nuevo-. Es imposible que me esté suficientemente bien, ¿sabías?
Él se recostó en el sofá mientras le sonreía, alzando las comisuras de los labios lo suficiente, como para saber que estaba jugando. Pero jugando realmente en serio.
-Entonces tendré que cambiar de opinión sobre que nos acompañes... -ella alzó una mano para pararle y volteó los ojos.
-Muy bien -enfadada se fue a su cuarto.
Cogió el vestido entre sus dedos, y examinándolo atentamente pudo fijarse que su naranja, que antes era llamativo, se tornaba pálido por el paso de los años. Se quitó toda la ropa para luego meter las piernas y subirse el vestido. Le costó lo suyo, ya que sus pechos habían crecido considerablemente desde entonces. Parecía una mujer adulta metida en un pequeño vestido, agarrándose a éste, no terminando de creerse que ha envejecido. Tenía un escote cuadrado, y el vestido (donde antes le llegaba hasta la rodilla) apenas rozaba el muslo. Parecía salida de algún antro de mala muerte.
Salió de la habitación, para encontrarse de nuevo con Ingel, que permanecía distraído con una camiseta de un grupo poco conocido, y además humanos. Ella carraspeó, y el giró la cabeza al instante para encontrársela increíblemente hermosa. Su cabello rubio, algo más claro en verano, lacio caía hasta media espalda. Su piel pálida quedaba en contraste con el vestido naranja, y dándole más color al verde de sus ojos. Ingel tardó un momento en darse cuenta de lo corto que le quedaba. Sonrió al ver sus piernas al desnudo. Ella bufó ante aquello.
-¿Te hago gracia? -Preguntó, mosqueada-. ¿Ya puedo irme? Si quisiera hacer la payasa me iría al circo. Cobraría por ello, al menos.
Egil levantó las manos, mientras recobraba toda su altura.
-En realidad pienso que estás hermosa -dijo, de momento queriendo haberse quedado callado. Maybritt, sin embargo, se ruborizó tanto que sus mejillas recobraron un color rojizo-. No sabría si te quedaría bien, aunque tampoco es que hayas crecido mucho...
-Tú lo que quieres es una torta...
-Acaso que hablemos de tus... -comenzó a decir Ingel, y terminando la frase con un gesto y mirando directo a sus-: pechos.
Maybritt levantó una ceja, incrédula y fue hacia él para darle un manotazo en el brazo, pero éste la esquivó. Maybritt dio un paso en falso, haciendo que tropezase con el pie de él. Y así caer al suelo sentada. Ingel, con una sonrisa en sus labios, intentó ayudarla pero ella no quería hacerlo.
-May, venga, no ha sido mi culpa -le contestó, ofreciéndole la mano derecha.
Ella siguió negando con la cabeza.
-Sigo esperando.
-No puedo levantarme -susurró entre dientes-. Tengo el vestido rajado, y todo por tu culpa.
Maybritt se esperaba que él le consolase, como siempre hacía, pero ésta vez comenzó a reírse. Su risa grave llenaba toda la estancia, y ella se levantó totalmente cabreada y se abalanzó hacia él. Él no lo vio venir y cayó al suelo, encima de toda la ropa y ella encima de él. Se quedaron unos segundos mirándose, ella con las mejillas encendidas y él aún con una leve sonrisa en sus labios.
-Se me ha roto... -murmuró ella, más para sí misma que para él.
Él la había oído perfectamente, pero no le faltó más de dos segundos para dar rienda suelta a lo que realmente quería hacer ahora. Colocó un dedo bajo la barbilla de ella, y la acercó a la cara de él. Ambos tenían los ojos cerrados, y las respiraciones agitadas. Ingel rozó los labios de ella, y comenzó a devorarla, como tantas veces había pensado que quería hacerlo. Ella, dejándose llevar, apretó los puños y los dejó sobre el pecho de él, aferrándose a su camisa, por miedo a que él huyese.
Él, sin embargo, no estaba pensando en otra cualquier cosa que no fuera ella. Puso sus manos en la espalda de ella, y tras pasarlas de arriba abajo, decidió ir más hacia abajo. Maybritt, sorprendida, exclamó; pero eso no quitó que Ingel estuviera tan desenvuelto en aquello. Él encontró el roto del vestido y comenzó a arrancarle el vestido, para deshacerse de él lo antes posible. Sus bocas se volvieron a encontrar, con más ganas de lo que querían admitir. Una vez que el vestido se hubo ido, Ingel pudo darse cuenta de que ella no contaba con ningún sujetador, y ella, totalmente vergonzosa intentó levantarse; a lo que Ingel le respondió con un tirón de brazo, hacia abajo, para ponerse encima de ella. Sus besos comenzaron en el mentón de ella, y comenzó a bajar hasta el contorno de sus pechos, donde se entretuvo un buen rato. Oyendo como ella exclamaba varias maldiciones.
Él sonreía, viendo como ella descubría tales cosas con él. Ella le arrancó la camisa de él, sin ni siquiera preguntarle si quería que lo hiciera. Lo hizo sin más. Él no puso ninguna resistencia cuando ella le desabrochó los vaqueros y el los mandó lejos; a la misma vez que arrancaba la ropa interior de ella. Ambos dándose cuenta de que toda la ropa estaba sumamente destrozada en el suelo. Él colocándose entre las piernas de ella, y ella tragando saliva mientras se aferraba a los brazos de él.
Sintió un dolor traspasar como un rayo por todo su cuerpo, haciendo que ésta juntara las caderas con las de él. Ingel se estuvo quieto, mientras volvía hacia ella, y pegado al oído de ella le murmuraba millones de cosas, haciendo que ella se relajase. Y antes de que ella se diera cuenta, él estaba descargándose con ella, agarrado a la cintura de ella. Los primeros síntomas del clima estaban llegando demasiado rápido, pensando por un momento en cuánto hacía que estaban así. En cuanto hacía que él la estaba haciendo sentirse tan bien, como si ella se hubiera desenvuelto de su caparazón, y ahora pudiera demostrarle como realmente era. Como ella le amaba tanto a él, y que tantas veces había querido expresar. No había, sin duda, algo mejor que ésto, se dijo Maybritt.
Y unos gritos ensordecedores llenaron la habitación.

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