04.
Marzo. 2013
Maybritt
estaba tirando todo su armario, es decir, completamente toda la ropa
que contenía en él al suelo. Vestidos de hacía años, y otro desde
hacía algunos meses. Sostuvo uno entre sus manos y se acordó de
quién se lo había regalado: Ingel. Se acordó de todas esas veces
en que su gran relación de amistad, se transformó en una pequeña
relación amorosa. En realidad ellos nunca habían dicho eso de:
“Mantengamos ésto en secreto”, o “siento haberte besado”.
Era algo como “luego nos vemos”, y más tarde hacían como si
nada hubiera ocurrido. Como si nada hubiera sido real. Ella tiró en
vestido a la papelera, mientras sacaba más y más ropa.
El
timbre la sacudió. Fue hacia allí, intentando no pisar uno que otro
vestido. Su casa parecía un completo desastre. Los vestidos,
camisetas, pantalones, faldas, zapatos y miles de complementos más,
se hallaban por todo el suelo. Ocupando su habitación, y el salón.
Abrió
la puerta y se encontró al sueño que llevaba persiguiendo toda su
vida.
-¿Se
puede saber que ha pasado aquí? -Le preguntó él, mientras
pasaba sin permiso a la casa-. ¿Eso no lo usabas cuando tenías
quince años? ¿Aún te queda bien? Oh sí, cierto, no has crecido.
Ella
rodó los ojos, y seguía en la puerta.
-¿Sabías
que cuando la gente va a casas ajenas preguntan si pueden pasar?
-Preguntó ella.
Él
se volvió en redondo.
-¿Eso
no son los vampiros? -Le preguntó él, entrecerrando los ojos, y
yendo hacia el sofá para tumbarse en él. Ella, tras cerrar la
puerta de un golpe, fue hacia él.
-¿Qué
quieres, Ingel? -Le preguntó desde arriba.
Él
volvió a levantarse del sofá y torció la sonrisa que hace unos
segundos mantenía. Era algo asombroso que él estuviera preocupado.
Era Ingel.
-Dado
que Kashia es hija de Hades, primero harán un juicio con el Supremo
-le indicó él, rascándose la parte posterior de la cabeza-.
Luego si no llegan a ningún punto, tendrán que llevársela los
Vulnis, para que así Zeus decida.
Maybritt
abrió los ojos, y resopló.
-¿Tenemos
que meter a un dios en todo esto? -Preguntó ella, mientras él
rodeaba el sillón para estar frente a ella-. ¿No sería mejor
dejar a todos ellos de lado? Son ellos los que han hecho que
existamos, si hay algún problema con nosotros son su culpa.
Ingel
la escuchaba mientras ella hablaba, pero meneó la cabeza para que
ella captara que debería dejar de hablar.
-No
vamos a seguir sus reglas, May -le murmuró-. Todos sabemos
que harán lo que sea para que la ahorquen, y eso es lo que pasará
si no hacemos algo. Iremos al Inframundo.
Maybritt
abrió la boca hasta convertirla en una O redonda.
-Tú
no vienes -dio por asentado. Ella, claramente, estaba en contra
de que ella no fuera, simplemente porque era más pequeña y encima
chica. Si había estado entrenando todos esos años para defenderse,
¿por qué no podía utilizarlo?
-¡No
voy a hacer lo que vosotros me digáis! -Le gritó, impotente-.
Estoy cansada de que me veáis como si fuera un cachorro
abandonado, una chica que no puede defenderse. Así que sí que iré.
Ingel
la miró como si estuviera loca.
-Lo
que menos me apetece hacer es encargarme de ti -le espetó.
Maybritt
apretó los puños, a la misma vez que cogía el látigo y lo
aferraba a la palma de su mano.
-Escúchame,
Maybritt -le dijo él, poniendo la palma hacia arriba, intentando
que ella le devolviese el látigo. Pero eso no ocurría-. Muy
bien. Haz lo que quieras, pero no cambiaré de idea.
Ella
alzó la barbilla.
-Soy
bastante mayorcita para ocuparme de mí misma.
Él
estuvo de acuerdo con ello, pero no le había convencido en absoluto.
Al revés. Sabía que ella se podía cuidar sola perfectamente, pero
eso no quitaba que sus imprudencias sirvieran sólo para complicarlo
todo. Ella seguía manteniendo la misma postura, es decir, con el
látigo en la mano y las ganas inmensas de pelear.
-Bien
-dijo Ingel, de pronto-. Vendrás, pero irás pegada a mí. ¿Me
explico lo suficientemente bien?
Maybritt
rodó los ojos pero tenía una enorme sonrisa en el rostro; eso
mejoró el estado de ánimo de Ingel. Que se dio cuenta de un vestido
que había en la enorme papelera, y con una mueca fue a cogerlo.
Maybritt sabía que iba a decir.
-Éste
vestido te lo regalé yo -rió, mientras sostenía a éste de un
dedo-. Fue en tu quincena.
Ella
asintió, soltando el látigo.
-Póntelo
-ordenó mientras se lo tiraba. La miró fijamente.
-Hace
dos años de ésto, Ingel -dijo ella, boquiabierta. Incapaz de
creerse que el vestido cupiese en ella de nuevo-. Es imposible que
me esté suficientemente bien, ¿sabías?
Él
se recostó en el sofá mientras le sonreía, alzando las comisuras
de los labios lo suficiente, como para saber que estaba jugando. Pero
jugando realmente en serio.
-Entonces
tendré que cambiar de opinión sobre que nos acompañes... -ella
alzó una mano para pararle y volteó los ojos.
-Muy
bien -enfadada se fue a su cuarto.
Cogió
el vestido entre sus dedos, y examinándolo atentamente pudo fijarse
que su naranja, que antes era llamativo, se tornaba pálido por el
paso de los años. Se quitó toda la ropa para luego meter las
piernas y subirse el vestido. Le costó lo suyo, ya que sus pechos
habían crecido considerablemente desde entonces. Parecía una mujer
adulta metida en un pequeño vestido, agarrándose a éste, no
terminando de creerse que ha envejecido. Tenía un escote cuadrado, y
el vestido (donde antes le llegaba hasta la rodilla) apenas rozaba el
muslo. Parecía salida de algún antro de mala muerte.
Salió
de la habitación, para encontrarse de nuevo con Ingel, que
permanecía distraído con una camiseta de un grupo poco conocido, y
además humanos. Ella carraspeó, y el giró la cabeza al instante
para encontrársela increíblemente hermosa. Su cabello rubio, algo
más claro en verano, lacio caía hasta media espalda. Su piel pálida
quedaba en contraste con el vestido naranja, y dándole más color al
verde de sus ojos. Ingel tardó un momento en darse cuenta de lo
corto que le quedaba. Sonrió al ver sus piernas al desnudo. Ella
bufó ante aquello.
-¿Te
hago gracia? -Preguntó, mosqueada-. ¿Ya puedo irme? Si
quisiera hacer la payasa me iría al circo. Cobraría por ello, al
menos.
Egil
levantó las manos, mientras recobraba toda su altura.
-En
realidad pienso que estás hermosa -dijo, de momento queriendo
haberse quedado callado. Maybritt, sin embargo, se ruborizó tanto
que sus mejillas recobraron un color rojizo-. No sabría si te
quedaría bien, aunque tampoco es que hayas crecido mucho...
-Tú
lo que quieres es una torta...
-Acaso
que hablemos de tus... -comenzó a decir Ingel, y terminando la
frase con un gesto y mirando directo a sus-: pechos.
Maybritt
levantó una ceja, incrédula y fue hacia él para darle un manotazo
en el brazo, pero éste la esquivó. Maybritt dio un paso en falso,
haciendo que tropezase con el pie de él. Y así caer al suelo
sentada. Ingel, con una sonrisa en sus labios, intentó ayudarla pero
ella no quería hacerlo.
-May,
venga, no ha sido mi culpa -le contestó, ofreciéndole la mano
derecha.
Ella
siguió negando con la cabeza.
-Sigo
esperando.
-No
puedo levantarme -susurró entre dientes-. Tengo el vestido
rajado, y todo por tu culpa.
Maybritt
se esperaba que él le consolase, como siempre hacía, pero ésta vez
comenzó a reírse. Su risa grave llenaba toda la estancia, y ella se
levantó totalmente cabreada y se abalanzó hacia él. Él no lo vio
venir y cayó al suelo, encima de toda la ropa y ella encima de él.
Se quedaron unos segundos mirándose, ella con las mejillas
encendidas y él aún con una leve sonrisa en sus labios.
-Se
me ha roto... -murmuró ella, más para sí misma que para él.
Él
la había oído perfectamente, pero no le faltó más de dos segundos
para dar rienda suelta a lo que realmente quería hacer ahora. Colocó
un dedo bajo la barbilla de ella, y la acercó a la cara de él.
Ambos tenían los ojos cerrados, y las respiraciones agitadas. Ingel
rozó los labios de ella, y comenzó a devorarla, como tantas veces
había pensado que quería hacerlo. Ella, dejándose llevar, apretó
los puños y los dejó sobre el pecho de él, aferrándose a su
camisa, por miedo a que él huyese.
Él,
sin embargo, no estaba pensando en otra cualquier cosa que no fuera
ella. Puso sus manos en la espalda de ella, y tras pasarlas de arriba
abajo, decidió ir más hacia abajo. Maybritt, sorprendida, exclamó;
pero eso no quitó que Ingel estuviera tan desenvuelto en aquello. Él
encontró el roto del vestido y comenzó a arrancarle el vestido,
para deshacerse de él lo antes posible. Sus bocas se volvieron a
encontrar, con más ganas de lo que querían admitir. Una vez que el
vestido se hubo ido, Ingel pudo darse cuenta de que ella no contaba
con ningún sujetador, y ella, totalmente vergonzosa intentó
levantarse; a lo que Ingel le respondió con un tirón de brazo,
hacia abajo, para ponerse encima de ella. Sus besos comenzaron en el
mentón de ella, y comenzó a bajar hasta el contorno de sus pechos,
donde se entretuvo un buen rato. Oyendo como ella exclamaba varias
maldiciones.
Él
sonreía, viendo como ella descubría tales cosas con él. Ella le
arrancó la camisa de él, sin ni siquiera preguntarle si quería que
lo hiciera. Lo hizo sin más. Él no puso ninguna resistencia cuando
ella le desabrochó los vaqueros y el los mandó lejos; a la misma
vez que arrancaba la ropa interior de ella. Ambos dándose cuenta de
que toda la ropa estaba sumamente destrozada en el suelo. Él
colocándose entre las piernas de ella, y ella tragando saliva
mientras se aferraba a los brazos de él.
Sintió
un dolor traspasar como un rayo por todo su cuerpo, haciendo que ésta
juntara las caderas con las de él. Ingel se estuvo quieto, mientras
volvía hacia ella, y pegado al oído de ella le murmuraba millones
de cosas, haciendo que ella se relajase. Y antes de que ella se diera
cuenta, él estaba descargándose con ella, agarrado a la cintura de
ella. Los primeros síntomas del clima estaban llegando demasiado
rápido, pensando por un momento en cuánto hacía que estaban así.
En cuanto hacía que él la estaba haciendo sentirse tan bien, como
si ella se hubiera desenvuelto de su caparazón, y ahora pudiera
demostrarle como realmente era. Como ella le amaba tanto a él, y que
tantas veces había querido expresar. No había, sin duda, algo mejor
que ésto, se dijo Maybritt.
Y
unos gritos ensordecedores llenaron la habitación.
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