De
alguna manera el salón se había llenado de personas, y no es que
fueran todas de mi habla... Algunas de ellas hablaban otros idiomas,
idiomas que el señor Stromberg entendía y hablaba. Idiomas que yo
no entendía. ¿Francés quizás? ¿Alemán? ¿Sueco? No tenía ni
idea de que idiomas eran, pero estaba segura de que Daniel debería
de saberlo. Nos había vestido con un estúpido uniforme horrible,
negro y blanco. ¿Qué pasa? ¿Ahora habíamos vuelto al siglo
pasado?
-¡No
voy a salir con estas pintas! -Exclamé, justo cuando Daniel me
empujó hacia el salón y por más huevos, tuve que hacerlo.
Aparte
de ser negro y blanco enseñaba gran parte de escote. Éste llevaba
hasta la mitad de mis muslos y no me gustaba sentir que estaba
semidesnuda ante la vista de todos. Bien, vale, era una
exageración... ¡Pero no quería ir así en mitad de una cena con
viejos verdes! Daniel también se había encargado de hacerme una
coleta... y ponerme un gorro en el lado donde mi rapado yacía. No
quería que pareciese que era una... ¿cómo dijo? ¿Rebelde? ¿En
qué jodido siglo vivía?
Suspiré
y llegué hacia la mesa, donde todos parecían estar divirtiéndose...
para mi mal humor. Un viejo calvo, de larga barba blanca me miró y
sonrió ampliamente. Me entraron unas ganas inmensas de vomitar, pero
las reprimí y sonreí muy superficialmente.
-Oh,
aquí tenemos a una señorita... -dijo el viejo, mirando al señor
Stromberg-. Que buen servicio tienes, Wesley.
Él,
apartó la cabeza y me miró directamente a mí y noté como su
mirada recorría todo mi rostro. De momento tuve que apartar la
mirada si no quería ponerme más roja de lo que ya estaba...
-¿Desea
comer... o... algo? -Pregunté... intentando ser amable, aunque creo
que mi sarcasmo fue más que evidente.
-Oh,
cariño... -respondió-. Que rápido... Pensé que antes hablaríamos
sobre negocios... -dijo éste mirando a Wesley, de nuevo-. Pensé que
todo quedaría muy claro.
Alcé
una ceja, con clara ironía y vi tragar saliva a Wesley, que ahora
mismo me miraba de reojo.
-Claro,
pero me gustaría degustarlos con la comida de mi cocinera -sonrió,
falsamente. Al parecer no era mucho peor que yo-. ¿Le parece bien?
El
hombre, tras pensarlo largo y tendido. Tan tendido que pensé que mis
pies gritarían, asintió. Volvió a mirarme con esa jodida sonrisa
asquerosa en la cara y levantó la mano.
-Oh,
claro que sí, cariño -me contestó a mí-. Puedes traerlo y luego
hablaremos...
Abrí
la boca para responder pero Wesley contestó primero.
-Lo
siento, señor Stall, ella es mi sirvienta -dijo-. No da... nada a
nadie.
Noté
la mirada de Keaton, su hermano, y la de Drew, su mejor amigo, en
nosotros tres. Éste primero estaba algo asombrado sobre las palabras
de su hermano, mientras Drew con una sonrisa, parecía divertirse de
lo lindo.
-¿No?
-Preguntó él, mirándome de nuevo-. Pensé que ella sería de las
que...
Apreté
los puños a ambos lados.
-¡Mire,
yo no soy putita de nadie! -Grité, y noté las miradas iracundas de
Wesley y su prometida, Carly. Las miradas sorprendidas de Keaton, su
esposa; Drew y su esposa. Y las del resto de la mesa-. Si acaso lo
parezco por esta estúpida vestimenta es por culpa de... -eché una
mirada de reojo sobre Wesley-, mis amos... No soy más que una chica
que cuida a Susie, no hace esto, pero me necesitaban y era lo único
que podía hacer. ¡Así que respéteme!
Intenté
hacerlo lo mejor posible, no gritar más de la cuenta... Pero fue
inevitable. Y no le insulté... no insulté a nadie... salvo por las
miradas que les echaba a cada uno de ellos. Me arrepentí al instante
de haberlo hecho... pero ya no había nada más que hacer.
-Martha
váyase -rugió Wesley mirando hacia todos los presentes-. ¡Largo de
mi vista! ¡Váyase directa a mi despacho!
Resoplé
mientras varios segundos después me di la vuelta, chocándome con
Deena que sostenía una bandeja con un plato lleno de salsas. Hice
que ésta cayera la bandeja y lo hiciera sobre el pelo lacio de
Carly. Abrí la boca mediante ésta comenzaba a respirar con
frenesí... mientras que se ponía de pie e intentaba sacarse todo
del pelo... cosa que resultaba imposible
Recé.
No recé por nada, salvo por mí. Iban a despedirme del único
trabajo que me gustaba. Me iban a despedir y a cambio me obligarían
a pagar una sesión de peluquería para la ama.
-¡¿Pero
que has hecho pedazo de estúpida, muerta de hambre?! -Chilló,
tirando la silla al suelo.
Abrí
los ojos y busqué la mirada de Daniel, que parecía estar bastante
decepcionado conmigo. Deena estaba a mi lado, abriendo y cerrando la
boca como cuál pez. Wesley, sin embargo, ya le empezaba a salir humo
por las orejas.
-¡No
se lo digo más! -Gritó, mucho más fuerte esta vez-. ¡Qué se vaya
ya!
No
esperé ni un segundo más antes de subir corriendo escaleras arriba.
Cuando
llegué al despacho tuve la suerte de verlo abierto, pero no sin
antes empujar un poco más de la cuenta. Llevaba como media hora allí
sentada esperando al sermón de mi jefe, o el que sería mi ex-jefe a
partir de ahora.
-Martha
-vociferó a mis espaldas, tomándome por desprevenida. Hizo un gesto
con su cabeza-. Venga conmigo.
Miré
hacia su silla y luego hacia él, que estaba parado justo al lado del
marco de la puerta.
Caminé
a su lado, separados por grandes metros de distancia. Bajamos las
escaleras y fuimos al jardín trasero... Un jardín enorme, que nadie
visitaba a pesar de ser perfecto. Se ocupaban de él y para nada...
solo lo usaban para fiestas, donde derramaban tarta y alcohol y
estropeaban el precioso césped. Caminamos hacia la fuente, dejando
atrás la vista de la mansión y vi a mi jefe sentarse sobre ella,
metiendo la mano en el agua y luego subiéndola para ver como el agua
le escurría de entre los dedos...
-Sé
que va a echarme un pedazo de sermón increíble... pero debo decirle
que no fue intencionado -comencé con rapidez-. A ver, lo del hombre
si fue culpa mía... bueno, no del todo, porque me llamo puta, pero
en realidad lo de su esposa... prometida, lo que sea... no ha sido mi
culpa. Juro que no fue mi culpa. Simplemente me di la vuelta como
usted dijo, y me topé con Deena, ella se tropezó y cayó todo sobre
Carly... señora Carly.
-Lo
sé -contestó él, tranquilamente.
Entrecerré
los ojos, tanto que pensé que no volvería a ver el reflejo de la
luz tenue que destellaba desde dentro de la fuente.
-¿Entonces?
-Pregunté, dudando-. ¿Por qué es que me ha llevado hasta aquí?
Mire señor, no he hecho nada malo aparte de eso... Y con Susie me va
muy bien, por si es que me lo va a preguntar. Es una niña increíble.
-Lo
sé -volvió a contestar.
Ya
me estaba empezando a cansar.
-Señor
Stromberg, no me gustan que me ignoren -alcé las cejas, y me senté
a su lado, aunque nos separaban unos centímetros-. Y me gustaría
creer que me ha traído usted aquí por algo... Y si no... ¿por qué
tanto secretismo?
Él
me miró directamente.
-¿Quiere
que le sea sincero, Martha? -Preguntó.
Asentí
rápidamente.
-Claro
que me gustaría -sonreí ampliamente, dando gracias a Dios y al
Cielo que me había hecho caso.
-¿Usted
me creería que me estoy enamorando? -Preguntó.
Bajé
la mirada.
-Obvio
que lo creería -dije, sintiendo como las palabras me escocían en mi
propia garganta-. Carly y usted serán felices.
-No,
Martha -negó mientras se acercaba a mí-. De usted. Usted es quién
me hace feliz, Martha.
Sentí
mi furiosa respiración acelerarse desbocada.
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