Me
desperté cuando Amber y Oliver llamaron a la puerta donde dormía
todos los días. Ni siquiera respondí, porque sabía que ellos
tenían la suficiente confianza para pasar tal cual.
-Te
llaman, Martha -vociferó Oliver-. Y es mejor que vayas en nada, si
no quieres cargártela.
Ya
la tenía más que cargada... Siempre de alguna forma o otra la
cagaba. ¿Por qué coño no podía haber pensado mejor las cosas?
Dios mío, tan gilipollas no era o al menos eso pensaba. El problema
ya había pasado y ya no tenía nada que hacer...
-¡Martha,
escúchanos! -Exclamó Amber-. Tienes que bajar a la mesa. Todos
esperan una disculpa por lo de ayer. Deena ya está esperando abajo,
ella también lo hará.
Abrí
un poco los ojos y los miré.
-¡Qué
sí, que ahora bajo! -Exclamé medio gritando-. Pero largaros, si no
queréis que os eche a patadas. ¿O preferís que me vista delante de
vosotros?
-Por
mí no hay problema -sonrió Oliver.
Amber
negó con la cabeza y se llevó a Oliver a rastras. Yo, en cambio, me
di la vuelta y miré hacia el armario. No tenía pensado bajar y
pedir disculpas. Tenía más que suficiente con tener que verle la
cara al hijo de puta, como para también tenerle que pedir disculpas
a él y a su prometida. Estaría de broma, vamos. Volví a cerrar los
ojos y dejé vagar la mente por escondites que ni siquiera ella sabía
que existían.
Volvieron
a llamar la puerta y la voz de Hilary retumbó a través de ella.
-Vamos,
Martha, te esperan -dijo tras ella.
-Que
ya voy, que me estoy vistiendo... -dije, mientras escuchaba sus pasos
alejarse por el pasillo.
¿Podía
mentir más de lo que lo estaba haciendo ahora? Ni siquiera estaba
levantada, joder, ni siquiera tenía los ojos abiertos. Seguía medio
dormida y pensando en el futuro que siempre quise tener, en el futuro
que me merecía. Porque yo me merecía más que toda esta mierda que
me rodeaba. Lo sabía.
Comencé
a quedarme dormida cuando escuché como la puerta se abría, y ni
siquiera me giré a ver quien era para saber que era una persona con
mucha rabia contenida. Abrí los ojos, y rodeé los ojos.
-Que
sí, Amber, que bajaré pero esto va en contra de mi voluntad -le
salté-.Sobretodo para verles las caras de soplapollas que tienen
todos.
Oí
una risa masculina. Una risa masculina que conocía bien y abrí bien
los ojos.
-Anda,
mira tú que bien -respondió Wesley mientras agarraba las sábanas y
las echaba hacia atrás. Me volví hacia él, cabreada y confusa y me
senté de inmediato-. Vístete y baja. Inmediatamente.
Cogí
un cojín y se lo lancé a la cara.
-¡Tú
no me mandas! -Le chillé.
-Sí
que lo hago, soy tu jefe, por lo tanto debes hacerme caso en todo lo
que se refiere a trabajo -dijo él, sonriendo ampliamente, como si le
estuviera contando algún chiste.
Cogí
el otro cojín y se lo tiré. Aunque esta vez fallé.
-¿De
qué te ríes, imbécil? -Pregunté, más mosqueada todavía. Estaba
de pie sobre la cama y estaba dejando expuestas mis piernas, pues
solo llevaba un pequeño camisón. Pero ya me daba igual, la noche
anterior me había desnudado con sus propias manos... Así que esto
debería de parecerle lo más inútil del mundo.
-Escúchame
-dijo, señalándome con un dedo índice-. Aunque hayamos intimado,
tú no puedes tutearme, ¿entendido?
-Dijiste
que te llamara Wesley... -susurré aún con sus ojos clavados en los
míos.
Él
se encogió de hombros.
-Quiero
que te vistas -dijo, antes de volverse de espaldas hacia mí y
caminar hacia la puerta.
Sentir
el fuego arder bajo mi piel.
-Perdí
mi virginidad contigo, ¿lo sabía... señor? -Escupí las palabras
como si fueran ácido en mi boca.
Él
se volteó hacia atrás, me lanzó algún tipo de mirada que no
lograba descifrar y sonrió... de una manera que mi vello se erizara.
No sabía que quería decir aquello, pero sabía que dijese lo que
dijese iba a hacerme daño.
-Y
supongo que me odiarás por eso -dijo-. Bienvenida al grupo donde
todas mis amantes residen.
Abrí
la boca antes de que una bombilla se encendiese en mi cabeza.
-Espera
-dije, haciendo que él parase en seco y se mostrase curioso. Me bajé
de la cama y fui hacia él. Cogí sus manos y las puse sobre mi
trasero, apretándolo contra él. Acerqué su boca a la mía y justo
cuando lo tenía a mi alcance, lancé un puñetazo contra su
mandíbula.
Él
estaba jodido y yo estaba realmente feliz de aquello.
-Y
esto es todo, señor -ironicé-. Ya se puede ir usted, oh, y le pido
disculpas a usted y a su... prometida por lo de ayer. Espero que coja
mucha sida y vaya repartiéndola por ahí. Oh, a su mujer no, por
favor... Imagínese usted si llega a tener un niño... Oh, no, eso
sería peligroso.
Ladeé
la cabeza mientras veía como la furia llameaba en sus ojos. Puse una
mano en su pecho y comencé a echarlo de la habitación.
-Que
pase un buen día, señor -dije-. Cualquier cosa que pase con su
adorable hermana, Susie, ya sabe donde encontrarme.
Y
cerré la puerta en sus narices.
Me
escapé por la puerta principal para recibir a los que serían los
invitados de esa noche, Daniel estaba que ardía porque no quería
tenerme por allí... Decía que molestaba mucho, que era como... ¿un
grano en el culo? Pero al fin cayó en mis redes y me dejó. Sabía
que yo era adorable para él en todos los sentidos.
-¿Quién
es? -Preguntó Hilary, cotilleando como solía hacer.
-Dios
mío niñas, apartaros, que ellos necesitarán la puerta principal
para pasar... -decía Amber corriéndonos a un lado-. Tienen mucho
dinero, al parecer... Es un gran negocio, desde luego.
-¿Por
qué no dejan de hacer aquí las cenas? -Pregunté, alzando la ceja-.
La última cena en la que me permitieron estar la chafé. ¿Por qué
tantas ganas de hacer otra?
Daniel
nos ignoró y caminó hacia delante, para presentarse frente a los
ricachones. Me di cuenta de que me observaban y miré a uno de
ellos... Parecía tener mi edad, y era bastante guapo. Tenía el
cabello rubio (demasiado platino para mi gusto) y sus ojos parecían
ser de un color miel. Me sonrió y automáticamente yo también lo
hice.
-¡Martha!
-Exclamó Sam abriendo los ojos-. No puedes estar ligando con
ellos... -yo volví a rodar los ojos.
-Sam,
por favor, tienes veinte años y eres un tío. Encima guapo -dije
poniendo un brazo sobre su hombro-. ¿A qué viene eso de estar a la
antigua? Aun así no estoy ligando con nadie. Ha sido él quien me ha
sonreído... No es mi culpa.
Me
miró entrecerrando los ojos.
-Vas
a volver a cagarla, ¿verdad?
Me
encogí de hombros.
-Lo
más seguro.
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