-¡Pero
Daniel déjame ir! -Grité. Me tenía prisionera en el jardín
trasero; y a pesar de que los recuerdos estaban inundando mi mente,
Daniel no dejaba que me fuera hacia la mansión-. ¿Pero por qué no
puedo estar?
Él
volvió a negar con la cabeza.
-Sabes
que me gustaría dejarte ir -susurró, como si alguien nos pudiera
escuchar-. Pero tengo órdenes de la señora de que te deje aquí,
sola y no te deje entrar durante la cena.
-¿Y
Deena? -Pregunté.
-Dentro.
Abrí
la boca, creando una O redonda. De esto se iba a arrepentir la señora
Miner, o Stromberg, o como demonios se llamara. Iba a pasármelas
aquí sola... Al menos...
-¿Podrías
traerme a Susie? -Pregunté a Daniel, dándome por vencida.
-Ya
lo tenía pensado, señorita -dijo él sonriendo ampliamente-. Ella
vendrá en cuanto cene en la cocina, y vendrá corriendo contigo. Esa
niña te adora más que a nadie, ¿lo sabías?
Sonreí.
-Y
yo adoro a esa niña más que a nadie, y ella lo sabe -le respondí-.
Así que... ¿cuándo vendrá mi monstruito?
-¡Aquí!
-Gritó una voz de niña. Me giré hacia la puerta y vi a Susie venir
hacia mí para abrazarme. Se me tiró encima y no dejaba de
achucharme, fielmente a la dulzura que contenía aquel pequeño
cuerpo-. ¡Te eché de menos, Mar! ¡Aquello es una locura, no hay
más que gritos y gritos! No se ponen de acuerdo.
Agucé
la mirada, mientras miraba a Daniel.
-¿Gritos?
-Pregunté.
Él
negó con la cabeza, algo extraño.
-Al
parecer ahí dentro nadie se pone de acuerdo -explicó-. Los señores
quieren más de lo que el señor Stromberg puede dar... Y el
cargamento que tienen, según dicen, es más costoso que todo su
dinero. La cosa es que el señor Stromberg lo necesita, así que
acaban de venir su hermano y su amigo, para ayudarlo.
Asentí,
encogiéndome de hombros mientras abrazaba a aquella criatura; pero
la puerta volvió a sonar y pasaron dos chicas. Las dos eran morenas,
con el pelo largo. Nos miraron y vinieron hacia nosotros, sin
embargo, a mí ya me sonaban de algo.
-Señorita
Chadwick -dijo Daniel mientras le hacía la reverencia a una, y luego
a la otra-. Señorita Stromberg. Que hermoso que nos hagáis... -la
primera de ellas alzó la mano.
-Por
favor, Daniel -rió-. No queremos ahora el típico saludo de
millonarios, ya tenemos bastante en presencia de nuestros maridos.
¡Eh, Susie!
Susie
sonrió ampliamente y corrió hacia ellas para abrazarles tan fuerte
que yo pensé que alguna se rompería. Me pregunté si la gente
también pensaba eso cuando Susie me abrazaba.
-Hey,
hola -sonrió la segunda chica. Stromberg, dijo que era-. Me llamo
Beatrice.
-Y
yo Samantha -sonrió ampliamente.
Ellas
eran las esposas de Keaton y Drew, específicamente. Samantha solía
venir más a menudo aunque nunca me topé con ella, pues siempre
tenía que estar pendiente de la niña y, si no, tenía que quedarme
en la cocina. Beatrice venía antes más a menudo, hasta que se mudó
a otra ciudad, por asuntos de su trabajo y el de su marido. Ambas no
eran mantenidas, y eso me resultó bastante extraño teniendo en
cuenta que Carly no trabaja... ¿O se podía llamar trabajo a eso de
limarse las uñas?
-Mi
nombre es Martha -saludé, devolviéndoles la sonrisa-. Trabajo como
niñera para Susie.
Ellas
me miraron como si no les hubiese dicho nada nuevo y se acercaron a
mí.
-Bueno,
¿y qué tal si damos las chicas una vuelta? -Preguntó Beatrice-.
¡Por supuesto Susie viene, que también es una chica! ¿Verdad que
sí, cielo?
-¡Sí!
-Gritó efusiva, y luego miró a Daniel-. Daniel... eres un chico...
¿verdad?
Daniel
miró a la nada, como si no se creyese lo que acababa de preguntar.
Me reí antes de que me diera cuenta, Samantha y Beatrice comenzaron
a reírse también, y Daniel acabó por hacerlo también.
-Claro
que lo soy, Susie -contestó él, mientras hacía otra reverencia-.
Hasta luego, señoritas -se despidió de ellas, y luego me miró a
mí-. Martha, cuida los modales.
Rodé
los ojos mientras lo veía marcharse y luego cada una de ellas me
cogió de un codo y me llevaron por el jardín.
-Bueno,
Martha -comenzó a decir Samantha-. ¿Cuántos años tienes? Pareces
muy joven...
-Tengo
dieciocho -contesté, y por las miradas que me lanzaron se
sorprendieron bastante-. ¿Qué ocurre? ¿Para algo con mi edad?
-ellas me lanzaron una mirada extraña.
-No,
en realidad no pasa nada -dijo Samantha-. Pero me acordé de mí a tu
edad. Tengo veintiuno... Me casé con dieciocho, así que supongo que
me he acordado de mí en ti.
Ladeé
la cabeza para verla mejor.
-¿Como
pudiste casarte a esa edad? -Pregunté, y me olvidé de los modales-.
¿Cómo pudo casarse a esa edad?
Samantha
rió, al mismo tiempo que Beatrice lo hizo.
-Tutéame,
a mí sí puedes tutearme. No voy a matarte por ello -sonrió
ampliamente-. Siempre había estado enamorada de Drew desde el primer
día que lo vi a las orillas del mar. No tenía ni idea del dinero
que poseía, pues estaba de vacaciones en Reino Unido, y allí no era
famoso por su empresa. Me acerqué a él, como excusa de que se me
había perdido mi tabla de surf -rió-. ¡Ni siquiera sabía hacer
surf! Él me creyó y buscó conmigo por toda la playa, hasta que le
dije que no pasaba nada, que ya me compraría otra cuando tuviera
dinero. Le di las gracias, y justo cuando comencé a irme, desde
luego más decepcionada que de costumbre, me cogió del brazo y me
invitó a cenar. Tras eso me llevó a mi casa, y un día más tarde
recibí una tabla de surf en la puerta de mi casa. Tras eso
comenzamos a quedar más a menudo... y se propuso. Dios, estaba
locamente enamorada, aún lo estoy, y le dije que sí como loca. Más
tarde me desveló todo sobre él... y no pude creerlo. ¡Le quería,
con dinero o sin el!
Abrí
los ojos, mientras intentaba asimilar todo aquello.
Pensé
en Wesley. En Wesley sin riquezas, y en Wesley con ella.
Y
me daba una mierda todo.
Lo
quería con o sin ella. De eso estaba segura.
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