Sobre
las doce y media de la madrugada me dejaron entrar, y como Susie,
Samantha y Beatrice no me dejaron en ningún momento, entramos las
cuatro a la vez. En cuanto vimos como estaba el salón abrimos la
boca.
La
pequeña mesa que usaban para tomar el dichoso té estaba volcada y
éstos sobre el suelo, rotos. Samantha resopló con indignación
mientras Beatrice miraba a todos los lados, intentando ver algún
indicio de qué había pasado. Sin embargo, fue Sam el primero que se
acercó a nosotras y nos hizo una seña junto con una reverencia, (en
realidad iba para ellas, no pasa mí).
-¿Qué
ha pasado aquí? -Preguntó algo histérica Samantha-. ¿Se puede
saber dónde están los... que estaban aquí? Y no sólo pregunto por
mi marido sino por los demás, en general.
-Ha
habido un pequeño altercado, pero todo podrá solucionarse...
-comenzó a decir Sam, antes de que Beatrice se le acercara y lo
estampase contra la pared con la mano en el pecho de él.
-Te
lo vamos a volver a preguntar -volvió a decir-. ¿Dónde cojones
están todos?
Miré
a Sam y tragué saliva, a la misma vez que le mandaba fuerzas.
-Los
señores Stromberg y el señor Chadwick están en el despacho del
señor -confesó, aunque tartamudeando por la ira que irradiaba
Beatrice y Samantha-. Están teniendo una charla importante y se me
ha exigido que no les molesten.
Cuando
vi la pequeña sonrisa de Beatrice supe que iba a saltarse el aviso
por la jeta, y más después de que Samantha fuese derecha hacia las
escaleras con Beatrice detrás. No sabía que hacer, hasta que Susie
me empujó hacia ellas, y éstas me hicieron un gesto con la cabeza.
Correteamos por el ala hasta llegar al despacho, ni siquiera tocaron
(algo que me sorprendió) y se metieron las tres de saco en la
habitación.
-¿Qué
demonios os ha pasado? -Gritó Samantha-. ¿Pero que habéis pasado
de ser empresarios a formar parte de una banda juvenil?
El
marido de ella, Drew, fue el primero en acercarse hacia ella y darle
un beso en los labios mientras sonreía.
-Estamos
bien -respondió-. Aunque Wesley parece ser el que peor lleva el
moretón en el ojo.
Pude
hacerme un hueco mientras miraba la cara de Wesley, este parecía que
le habían dado más de cinco puñetazos a la vez. Tenía el ojo
verde-morado. Sabía que debería de sentirme satisfecha por lo que
le había pasado, pero no era así. Sentía deseos de acercarme a él
y abrazarlo y comprobar que todo estaba bien.
-Supongo
que la cosa se nos fue un poco de las manos -añadió Keaton,
viniendo hacia nosotras, mientras rodeaba a su esposa con un brazo y
le plantaba un beso en la boca-. Tendremos que hacer algo para
solucionar todo esto.
Wesley
rugió mientras nos miraba uno a uno y empezó a hacer espasmos con
las manos.
-Iros,
antes de que me subáis el dolor de cabeza -se quejó mientras se
tiraba en la silla.
-Dios
mío, Wes, a veces no hay quien te soporte -dijo Beatrice negando con
la cabeza.
Fueron
yéndose uno tras otro pero yo aún seguía parada ahí, en mitad del
despacho, sin ningún consentimiento. No quería irme, ni dejarlo tal
y como estaba ahora... Me daba igual si él me echaba o no. Lo
sorprendente fue como todos se fueron, cerrando la puerta, sin
decirme ni una sola palabra. Él yacía con los ojos cerrados como si
intentara aguantar el dolor que tenía.
Me
acerqué a él, haciendo que mis zapatos hicieran ruido contra la
madera.
Él
abrió los ojos de golpe.
-¿No
os había dicho a TODOS que os fueseis? -Preguntó Wesley cabreado-.
Y con todos me refería también a ti, Martha. Así que si me
permites... -dijo alargando un brazo-, vete.
Me
senté enfrente e ignoré sus palabras.
-Aún
te sangra el labio -le dije-. ¿Quieres que te lo cure? -Él me miró
como si me hubiera vuelto completamente loca y negó con la cabeza.
-¿Recuerdas
que pedí a una niñera que no fuera alcohólica? -Preguntó a la
nada-. Pues creo que me confundí al cogerte a ti, pequeña.
Rodeé
los ojos e insistí:
-¿Puedo
curarlo o vas a seguir portándote como un idiota? -Pregunté, algo
mosqueada por el simple hecho de que él pensase que yo era un simple
niñera que buscaba su dinero-. ¿Me vas a decir que te molesta de
mí? ¿El por qué me has desechado como si fuera una... mierda?
Él
volvió a cerrar los ojos, y cuando menos me lo esperé dejó caer
sus manos en el escritorio creando un fuerte sonido. Un sonido que,
seguramente, se oyó a cuatro hectáreas.
-Óyeme
bien -me dijo mientras apretaba la mandíbula-. No quiero verte más
por aquí. Es más, no quiero verte más. Lárgate de esta casa
cuanto antes, coge ahora mismo las cosas y esfúmate. Buscaré a una
suplente para Susie.
Abrí
los ojos y agarré la mesa por si el veneno que irradiaba su voz, me
hacía caer.
-Tú
crees que todas las chicas somos iguales, ¿verdad? -Pregunté con la
voz totalmente ronca-. Crees que todas las que no nacemos ricas
queremos a un chico rico, que satisfaga nuestras necesidades
económicas. Pero no tienes ni puta idea de lo que yo quiero. Ni
siquiera me conoces.
Él
parecía cabrearse aún más, por tanto, se acercó aún más a mí.
-Te
dije que huyeras conmigo -rugió-. Me dijiste que no, que te quería
ocultar de la sociedad... ¡Tú lo que mierda querías era mi puto
dinero! ¿Pero sabes qué? ¿Quieres dinero? ¡Yo puedo darte todo lo
que quieras en cuanto te mande de una patada a la calle!
Apreté
tanto los labios que se me tornaron de un blanco folio.
-¡No,
pedazo de imbécil! -Chillé, sin importarme quien me oía o no-. ¡Yo
pensé que tú no me querías presentar a la sociedad porqué
pensabas que era una paleta de pueblo! ¡Fue exactamente lo que te
dije, inútil! ¡Y es exactamente lo que pensé! ¿Pero tú sabes qué
también? ¡Que él único paleto de mierda eres tú! -Exclamé,
tirando la silla, y llorando a mares mientras aún gritaba-. Pensé...
Pensé que luego de que te lo dejara claro tú me acogerías entre
tus brazos, Wesley. ¡Eso hiciste! ¿Pero luego que hicistes?
Marcharte... Avergonzarte de mí. ¡Sólo lo hiciste para hacerme
daño! -Hice puños con mis manos-. ¡Era virgen, joder! ¿Pensabas
que te iba a dar mi virginidad a cambio de... infelicidad para toda
la vida? ¡No quiero un puñado de dinero si no tengo el amor que me
merezco, el amor que quiero!
Cogí
la silla de mala manera para ponerla derecha y luego anduve hasta la
puerta, pero antes de que llegase a ella, sentí los labios dolorosos
de Wesley sobre mi nuca.
-Soy
un pedazo de idiota -dijo entre gruñidos-. Un pedazo de idiota que
no te merece de verdad, Martha. Siento muchísimo todo esto, pensé...
Dios mío, la he cagado, ¿verdad?
-Sí
-contesté mientras las lágrimas aún salían.
-¿Vas
a poder darme otra oportunidad? -Preguntó. Y antes de que siguiera
hablando, me di la vuelta y estampé mis labios con los suyos, para
cuando sus manos estuvieron en mi cintura una puerta se abrió.
Ambos
miramos hacia él/ella y... supe que me había metido en un lío.
Otra
vez.
Carly
parecía estar teniendo una pesadilla.
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